lunes, 1 de abril de 2013

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo C«¡Señor mío y Dios mío!»

Feliz Pascua de Resurrección

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Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo C

 «¡Señor mío y Dios mío!»

 

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles 5,12-16

 

«Por mano de los apóstoles se realizaban muchas señales y prodigios en el pueblo... Y solían estar todos con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón, pero nadie de los otros se atrevía a juntarse a ellos, aunque el pueblo hablaba de ellos con elogio. Los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor, una multitud de hombres y mujeres. ... hasta tal punto que incluso sacaban los enfermos a las plazas y los colocaban en lechos y camillas, para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos. También acudía la multitud de las ciudades vecinas a Jerusalén trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos; y todos eran curados.»

 

Lectura del libro del Apocalipsis 1,9-11ª. 12-13.17-19

 

«Yo, Juan, vuestro hermano y compañero de la tribulación, del reino y de la paciencia, en Jesús. Yo me encontraba en la isla llamada Patmos, por causa de la Palabra de Dios y del testimonio de Jesús. Caí en éxtasis el día del Señor, y oí detrás de mí una gran voz, como de trompeta, que decía: "Lo que veas escríbelo en un libro y envíalo a las siete Iglesias".

 

Me volví a ver qué voz era la que me hablaba y al volverme, vi siete candeleros de oro, y en medio de los candeleros como a un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, ceñido al talle con un ceñidor de oro. Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. El puso su mano derecha sobre mí diciendo: "No temas, soy yo, el Primero y el Ultimo, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte y del Hades. Escribe, pues, lo que has visto: lo que ya es y = lo que va a suceder más tarde. »

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19 - 31

 

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".

 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: "La paz con vosotros". Luego dice a Tomás: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Dícele Jesús: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído". Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.»

 

 

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Las apariciones que nos remiten las lecturas de este Domingo nacen de los encuentros personales que los discípulos tienen con el mismo Señor Jesús Resucitado, vivo y en persona. Son experiencias de fe que tienen como base un hecho que se da en la realidad; no son alucinaciones ni mucho menos inventos. Del encuentro con Jesucristo Resucitado (Evangelio) se sigue, como fruto inmediato, la fe y la total transformación personal de los discípulos y de la comunidad de creyentes que iba aumentando día a día (Primera Lectura). Cristo ha resucitado; Él es nuestro Dios, Señor y Salvador que murió y que ahora vive por los siglos de los siglos (Segunda Lectura). 

 

J «Este es el día en que actuó el Señor»

 

El Evangelio de hoy nos presenta dos escenas clara­mente distinguidas por las dos apariciones de Cristo resucitado a los apóstoles; la primera ocurre al atardecer del mismo Domingo de la Resurrección del Señor («el primer día de la semana») y la segunda ocho días después, es decir, en un Domingo como hoy ya que también se contaba el día vigente. Por este motivo este Evange­lio se lee en este Domingo en los tres ciclos litúrgicos, A, B y C. El Evangelio atestigua que los discípulos de Jesús eran extremadamente observantes de la ley judía que mandaba mantener absoluto reposo el sábado: «Pusieron el cuerpo de Jesús en un sepulcro excavado en la roca. Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado... El sábado descansa­ron, según el precepto» (Lc 23,54.56). De aquí el apuro por ir al sepulcro apenas hubiera pasado el sábado, es decir, en la madru­gada del primer día. Ese mismo día al atardecer se presenta Jesús por primera vez a los Doce, menos Tomás que «no estaba con ellos cuando vino Jesús». La segunda aparición de Jesús, que nos relata el Evangelio de hoy, ocurrió también el primer día de la semana como ya hemos visto. Por ser éste el día de la Resurrección del Señor, fue llamado día del Se­ñor, «dominica dies», que en castellano se traduce por Domingo. Muy pronto fue éste el día en que la comunidad cristiana se reunía para la celebración del culto «en memoria de su Señor».

 

Hemos querido llamar la atención sobre un hecho que tal vez pasa inad­vertido: para que un grupo de fieles judíos, que se dis­tinguían por su fidelidad a la ley, cambiara el «día del Señor» del sábado al Domingo, es decir, del séptimo al primer día de la semana; tuvo que haber ocurrido en este día un hecho real histórico en que reconocieran la actua­ción de Dios de manera mucho más clara que en las antiguas inter­venciones de Dios en la historia del pueblo. Tuvo que mediar un hecho superior a los de este mundo, pues nada de este mundo habría sido suficiente para que un judío cam­biara una de sus tradiciones, y ¡qué tradición!, nada menos que la del sábado. El único hecho histórico capaz de explicar satisfactoriamen­te este cambio es la Resurrección de Cristo, que aconteció en Domingo: «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 118,24). Los cristianos reco­nocemos en este hecho el aconte­cimiento funda­mental de nuestra fe: la muerte fue vencida con todo su cortejo de males y al hombre se le ofrece poder compartir la vida divina.

 

J «¡Paz con vosotros!»

 

Una expresión de Jesús resucitado que llama inmediatamente la atención pues se repite con insistencia en el pasaje de San Juan es: «¡Paz a vosotros!». Apenas Jesús dice estas palabras, los que estaban llenos de temor, se alegraron de ver a Jesús. El Evangelio hace notar que los discípulos se encontraban reunidos «a puertas cerradas por miedo a los judíos». Pero sobre todo, tenían necesidad de la paz de Cristo, pues habían dudado de él, lo habían abandonado, no habían creído en su resurrección. Sentían que no estaban en paz con Jesús y cuando falta esta paz entra el temor y la desconfianza. Estaban a puertas cerradas, pero no hay puerta que nos sustraiga del amor de Dios. Por eso, Jesús, aunque estén cerradas las puertas, se presenta en medio de ellos. Los apóstoles tenían necesidad de este encuentro con Jesús para volver a su amistad, tenían urgencia de darle tantas explicaciones por su conducta, pero Jesús antes de preguntar nada los tranquiliza: «¡Paz a vosotros!».

 

El mismo que les había dicho: «Os he llamado amigos», ahora los confirma en su amistad dándoles la paz. «Dicho esto les mostró las manos y el costado», como para indicar a qué precio el hombre vuelve a la amistad con Dios. El Evangelio afirma que, después de comprender esto, «los apóstoles se alegraron de ver al Señor». Vuelve a ellos el gozo y no tienen ya miedo porque han sido relevados de un peso inmenso, tan grande que es imposible para el hombre cargar con él, han sido aliviados de un peso que oprime y destruye al hombre: el pecado. Ahora no tienen miedo a nada y pueden decir: «Este Jesús a quien vosotros habéis crucificado, Dios lo resucitó y nosotros somos testigos de su resurrección» (Hechos 2,32). Solamente después de haber vivido la experiencia del perdón ya pueden recibir los apóstoles el poder de perdonar los pecados.

 

K «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados...»

 

La frase de Jesús: «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados...», sería una pura tautología[1], si no tuviera un doble plano. Para decir simplemente que los apóstoles pueden perdonar a quienes los ofendan a ellos, no se necesita toda la solemnidad de la escena. Eso ya lo había enseñado Jesús durante su vida (ver Mt 18,21-22). El sentido de la frase es otro ya que se trata de un «poder» que consis­te en dar validez ante Dios a una sentencia emitida por estos sencillos hombres en la tierra. Es un poder enorme que da Jesús a Pedro perso­nalmente y también a la comunidad como tal (ver Mt 18,18). Pero sólo a Pedro dice: «A tí te daré las llaves del Reino de los cielos». Sabemos que empuñar la llave de una ciudad signi­fi­ca tener el poder.

 

Por más que busquemos en todo el Antiguo Testamento no encontraremos nunca un hombre que posea este poder. Es más, en Israel era dogma que sólo Dios puede perdonar los pecados, pues son una ofensa contra Él. Es un dogma obvio y verdadero. Por eso cuando en una ocasión Jesús dijo a un paralítico: «"Hijo, tus pecados te son perdonados", todos se escandalizaron pen­san­do: "Este blasfema; ¿quién puede perdonar los pecados, sino Dios sólo?"» (Mc 2,5.7). Y sin embar­go, Cristo demuestra que Él posee este poder: «"Para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder de perdonar pecados", dice al paralítico: "Toma tu camilla y echa a andar"» (Mc 2,10-11). La novedad del Evan­gelio está en que Cristo, que con­quistó el perdón de los pecados con su muerte, concede este poder a unos hombres elegidos por Él: les garantiza que Dios perdona a quienes ellos perdonen y no perdona a quienes ellos retengan los peca­dos.

 

J «Vio y creyó»

 

Luego viene el relato de lo ocurrido ocho días des­pués. Los «otros Doce» daban testimonio de la resu­rrección de Jesús diciéndole a Tomás: «Hemos visto al Señor». Pero él, que no estuvo en la primera aparición, no creyó en el testimo­nio de sus herma­nos porque la resurrección del Señor era algo que no entraba en su campo mental. Podemos imaginar que durante toda esa semana Tomás estuvo negando la verdad de sus hermanos que ya creían. En la segunda aparición de Jesús, las circunstancias son las mismas que la primera, solo que esta vez está allí Tomás. Jesús se dirige inme­diatamente a él y le dice: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente». No sólo se aparece Jesús y exhibe las señas de su Pasión, sino que sabe cuál es la prueba exigida por Tomás y pide al discí­pulo incrédulo que se acerque y verifique. Pero no fue necesario, pues Tomás ya ha sentido nacer en él la fe y exclama: «¡Se­ñor mío y Dios mío!».

 

El comentario que Jesús agrega es una de las frases del Evangelio que más conocemos y citamos, porque suele aplicar­se a nuestra situa­ción: «Porque me has visto has creído. Biena­venturados los que no han visto y han creí­do». Tomás había dicho: «Si no veo... no creeré». Podemos decir enton­ces que él «vio y creyó». Pero Jesús llama biena­ventu­rados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testi­monio de otros. Y ésta sí que es nuestra situación. Noso­tros creemos en la Resurrección del Señor por el testi­monio de la Iglesia y de sus apósto­les. ¡Este es el origen de nuestra fe!

 

En cambio, Tomás no creyó al testimonio de esos mismos apóstoles que le decían: «Hemos visto al Señor». Pero hay al menos uno de los apóstoles que creyó sin haber visto al Señor resucitado. Y ése es el autor de este Evangelio: Juan. Ante el sepulcro abierto y vacío, las mujeres aseguraban que se habían llevado el cuerpo del Señor. Pedro y Juan van co­rrieron al sepul­cro a verifi­car el hecho. Entonces, Juan, habiendo llegado primero al sepulcro no entra sino después de Pedro: «entonces... el que había llegado primero al sepulcro: vio y creyó» (Jn 20,8). En realidad, no vio más que los lienzos (la sábana y las vendas) con que se habían envuelto el cuerpo sin vida de Jesús. Pero de ello no dedujo que se «ha­bían llevado el cuerpo del Señor», sino que «cre­yó» que había resucita­do. Este discípulo «creyó sin haber visto» y a él se aplica, en primer lugar, la biena­venturanza de Jesús. Pero Jesús también piensa en nosotros en la medida en que, por el testimonio de la Iglesia, creemos.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

« "No temas: yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos" (Ap 1, 17-18). En la segunda lectura, tomada del libro del Apocalipsis, hemos escuchado estas consoladoras palabras, que nos invitan a dirigir la mirada a Cristo, para experimentar su tranquilizadora presencia. En cualquier situación en que nos encontremos, aunque sea la más compleja y dramática, el Resucitado nos repite a cada uno:  "No temas"; morí en la cruz, pero ahora "vivo por los siglos de los siglos"; "Yo soy el primero y el último, Yo soy el que vive".

 

"El primero", es decir, la fuente de todo ser y la primicia de la nueva creación; "el último", el término definitivo de la historia; "el que vive", el manantial inagotable de la vida que ha derrotado la muerte para siempre. En el Mesías crucificado y resucitado reconocemos los rasgos del Cordero inmolado en el Gólgota, que implora el perdón para sus verdugos y abre a los pecadores arrepentidos las puertas del cielo; vislumbramos el rostro del Rey inmortal, que tiene ya "las llaves de la muerte y del infierno" (Ap 1, 18).

                                                                                          

 Juan Pablo II. Homilía del 22 de abril de 2001

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¿De qué manera puedo vivir la alegría de la Pascua en mi familia?

 

2. Seamos particularmente conscientes al pronunciar «Señor mío y Dios mío» en la liturgia eucarística, del peso de nuestras palabras. 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 638 -  644

 


 



[1] Tautología: repetición inútil de un mismo pensamiento en distintos términos.

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lunes, 25 de marzo de 2013

{Meditación Dominical} Domingo de la Resurrección del Señor. «Vio y creyó»

Una feliz Páscua de Ressurrección


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Domingo de la Resurrección del Señor

«Vio y creyó»

 

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43

 

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados".»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4

«Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San  Juan 20,1-9

 

«El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: "Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto". Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Este es el grito de alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Esta es una afirmación de fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostra­ción empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede.

 

Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científi­cas, se ve con certeza infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cual­quier dominio que sea, experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiri­tual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verda­des de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.

 

Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Este es el día en el que actuó el Señor». Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él (Primera Lectura). San Pablo en su carta a los Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva (Segunda Lectura).

 

L «Se han llevado del sepulcro al Señor...»

 

El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena, la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difun­tos «conforme a la costum­bre judía de sepultar» (Jn 19,40). Todo esto ocurrió el viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día de estricto reposo: tam­bién en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdale­na junto con «las mujeres que habían venido con Él desde Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.

 

Esta premura de la Magdalena es expre­sión del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro abier­to. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor. Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia» como será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: 'He visto al Señor'» (Jn 20,18).

 

K «Salieron corriendo Pedro y el otro discípulo…» 

 

Lo que sigue es el relato de un testigo presencial. Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús quería». «El otro discípulo (Juan) corrió por delan­te, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro? Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como permaneciendo enrollado en el mismo lugar». En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos y «contempla» todo el conjunto y ve los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo mismo.

 

Pero llama inmediatamente la atención que no dice nada acerca de lo más impor­tante.  ¿Qué pasó con el cuerpo del amado Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por qué no concluyen de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: «se han lleva­do del sepulcro al Señor»? El discí­pulo amado comuni­ca entonces su propia experiencia con dos importantes palabras: «Vio y creyó». De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su inteli­gencia es proporcional a lo que vio empíri­camente, como ocurre con las verdades naturales y cientí­ficas. No es así, porque en ese caso habría dicho: «Vio y verificó», o bien: «Vio y comprobó». Dice: «Vio y cre­yó», porque la verdad que le fue dado captar es infinitamente superior a los lienzos colocados en la misma posición que los dejo el viernes de la Pasión. Lo explica él mismo cuando dice que: «Hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resuci­tar de entre los muertos».

 

Hasta ese momento reconoce que no había comprendido; pero desde ese instante eso es lo que él comprendió y creyó. Por primera vez se pronuncia la frase «resucitar de entre los muertos» aplicada a Jesús. Esta es la certeza que se abrió camino en la mente del discípulo amado. Creyó que, si Jesús no estaba en el sepulcro, era porque había resucitado; creyó sin haberlo visto, viendo solamente los lienzos. Vio un hecho de experiencia sensible, pero creyó en un hecho sobre­natural. Por eso a este discípulo se aplica la bienaventuranza que Jesús dice a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29). Es como si felicitara al discípulo amado, que es el único entre los apóstoles que está en ese caso. La certeza: «¡Cristo resucitó!», que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue tan firme que trans­formó su vida y  no vaciló en morir por ella.

 

J La Resurrección de Jesús

 

Ninguna experiencia visible puede ser suficiente para explicar la resurrección de Cristo. Esta, no obstante ser un hecho histórico, permanece un misterio de la fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda la existencia en una verdad que ha sido revelada (manifestada) por Dios. De este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber, la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo resucitado y afirman: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse... a noso­tros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10,40-41). Por tanto, la resurrec­ción de Jesucristo es un hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho trascendente que sobrepasa la historia. La resurrección de Cristo consistió en recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero Hombre, sentado a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Esta es una verdad de fe que va más allá de la visión de su cuerpo resu­citado

 

J «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo»

 

El discurso kerigmático que Pedro realiza en la casa del capitán (centurión) romano Cornelio que luego bautizará después de una clara intervención del Espíritu Santo, constituye un momento crucial en el cumplimiento del mandato universal de la Iglesia. «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo...» dice Pedro en su discurso dejando por sentado la plena historicidad de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es lo mismo que nos dice San Lucas cuando fundamenta sus fuentes: «tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,2). La conversión de este «temeroso de Dios[1]» se destaca repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles (Hch 11,1-8; 15,7.14). Las visiones simultaneas tanto de Cornelio como de Pedro y los fenómenos pentecostales que la acompañaran; hicieron de manifiesto que Dios había quitado la pared divisoria entre gentiles y judíos (ver Ef 2,14 -16). La conversión de Cornelio asentó el precedente para resolver la complicada cuestión de la relación entre judíos y gentiles, que quedará aclarada en el Concilio de Jerusalén (ver Hech 15,7-11). 

 

J «Aspirad las cosas de arriba...»

 

En este breve texto San Pablo coloca como punto de partida y base sólida de la vida cristiana la unión con Cristo resucitado, en la que nos introduce el bautismo. Éste nos hace morir al pecado y renacer a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando traspasemos los umbrales de esta vida mortal (1 Jn 3,1-2). Destinados a vivir resucitados con Cristo en la gloria, nuestra vida tiene que tender hacia Él. Ello implica despojarnos del hombre viejo por una conversión cada día más radical y conformarnos cada día más con Jesucristo por la fe y el amor. Tenemos que vivir con los pies bien en la tierra, pero con la mente y el corazón en el cielo donde están los bienes definitivos y eternos.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«La creación de Dios —lo acabamos de escuchar en el relato bíblico— comienza con la expresión: "Que exista la luz" (Gn 1,3). Donde hay luz, nace la vida, el caos puede transformarse en cosmos. En el mensaje bíblico, la luz es la imagen más inmediata de Dios: Él es todo Luminosidad, Vida, Verdad, Luz. En la Vigilia Pascual, la Iglesia lee la narración de la creación como profecía. En la resurrección se realiza del  modo más sublime lo que este texto describe como el principio de todas las cosas. Dios dice de nuevo: "Que exista la luz". La resurrección de Jesús es un estallido de luz. Se supera la muerte, el sepulcro se abre de par en par. El Resucitado mismo es Luz, la luz del mundo. Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia. A partir de la resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia. Se hace de día. Sólo esta Luz, Jesucristo, es la luz verdadera, más que el fenómeno físico de luz. Él es la pura Luz: Dios mismo, que hace surgir una nueva creación en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos.

 

Tratemos de entender esto aún mejor. ¿Por qué Cristo es Luz? En el Antiguo Testamento, se consideraba a la Torah como la luz que procede de Dios para el mundo y la humanidad. Separa en la creación la luz de las tinieblas, es decir, el bien del mal. Indica al hombre la vía justa para vivir verdaderamente. Le indica el bien, le muestra la verdad y lo lleva hacia el amor, que es su contenido más profundo. Ella es "lámpara para mis pasos" y "luz en el sendero" (cf. Sal 119,105). Además, los cristianos sabían que en Cristo está presente la Torah, que la Palabra de Dios está presente en Él como Persona. La Palabra de Dios es la verdadera Luz que el hombre necesita. Esta Palabra está presente en Él, en el Hijo. El Salmo 19 compara la Torah con el sol que, al surgir, manifiesta visiblemente la gloria de Dios en todo el mundo.

 

Los cristianos entienden: sí, en la resurrección, el Hijo de Dios ha surgido como Luz del mundo. Cristo es la gran Luz de la que proviene toda vida. Él nos hace reconocer la gloria de Dios de un confín al otro de la tierra. Él nos indica la senda. Él es el día de Dios que ahora, avanzando, se difunde por toda la tierra. Ahora, viviendo con Él y por Él, podemos vivir en la luz.

En la Vigilia Pascual, la Iglesia representa el misterio de luz de Cristo con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego: luminosidad y calor, luminosidad y energía transformadora del fuego: verdad y amor van unidos. El cirio pascual arde y, al arder, se consume: cruz y resurrección son inseparables. De la cruz, de la autoentrega del Hijo, nace la luz, viene la verdadera luminosidad al mundo. Todos nosotros encendemos nuestras velas del cirio pascual, sobre todo las de los recién bautizados, a los que, en este Sacramento, se les pone la luz de Cristo en lo más profundo de su corazón. La Iglesia antigua ha calificado el Bautismo como fotismos, como Sacramento de la iluminación, como una comunicación de luz, y lo ha relacionado inseparablemente con la resurrección de Cristo. En el Bautismo, Dios dice al bautizando: "Recibe la luz". El bautizando es introducido en la luz de Cristo. Ahora, Cristo separa la luz de las tinieblas.

 

En Él reconocemos lo verdadero y lo falso, lo que es la luminosidad y lo que es la oscuridad. Con Él surge en nosotros la luz de la verdad y empezamos a entender. Una vez, cuando Cristo vio a la gente que había venido para escucharlo y esperaba de Él una orientación, sintió lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor (cf. Mc 6,34). Entre las corrientes contrastantes de su tiempo, no sabían dónde ir. Cuánta compasión debe sentir Cristo también en nuestro tiempo por tantas grandilocuencias, tras las cuales se esconde en realidad una gran desorientación. ¿Dónde hemos de ir? ¿Cuáles son los valores sobre los cuales regularnos? ¿Los valores en que podemos educar a los jóvenes, sin darles normas que tal vez no aguantan o exigirles algo que quizás no se les debe imponer? Él es la Luz. El cirio bautismal es el símbolo de la iluminación que recibimos en el Bautismo. Así, en esta hora, también san Pablo nos habla muy directamente. En la Carta a los Filipenses, dice que, en medio de una generación tortuosa y convulsa, los cristianos han de brillar como lumbreras del mundo (cf. 2,15). Pidamos al Señor que la llamita de la vela, que Él ha encendido en nosotros, la delicada luz de su palabra y su amor, no se apague entre las confusiones de estos tiempos, sino que sea cada vez más grande y luminosa, con el fin de que seamos con Él personas amanecidas, astros para nuestro tiempo».

 

Benedicto XVI. Homilía en la Vigilia Pascual. Sábado 11 de abril de 2009.

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Estamos llamados a ser criaturas nuevas en el Señor Resucitado y a «buscar las cosas de arriba»: lo antiguo ya ha pasado. Hagamos nuestras resoluciones concretas para vivir una «vida nueva» en Jesús Resucitado.

 

2. Vivamos con María  la verdadera alegría que nace de un corazón reconciliado. Recemos en familia el Santo Rosario.   

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 647 - 655. 1166-1167. 

 

 



[1] Las expresiones de «temeroso de Dios», como es llamado Cornelio (ver Hch 10,2); designa a los que simpatizan con el Judaísmo sin llegar a integrarse en el pueblo judío por la circuncisión. 

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lunes, 18 de marzo de 2013

{Meditación Dominical} Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo C. «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»

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Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo C

«¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!»

 

Lectura del Santo Evangelio según San  Lucas 19, 28-40

 

«Y habiendo dicho esto, marchaba por delante subiendo a Jerusalén. Y sucedió que, al aproximarse a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciendo: "Id al pueblo que está enfrente y, entrando en él, encontraréis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre; desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta: "¿Por qué lo desatáis?", diréis esto: "Porque el Señor lo necesita."

 

Fueron, pues, los enviados y lo encontraron como les había dicho. Cuando desataban el pollino, les dijeron los dueños: "¿Por qué desatáis el pollino?" Ellos les contestaron: "Porque el Señor lo necesita". Y lo trajeron donde Jesús; y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús.

 

Mientras él avanzaba, extendían sus mantos por el camino. Cerca ya de la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar a Dios a grandes voces, por todos los milagros que habían visto. Decían: "Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas". Algunos de los fariseos, que estaban entre la gente, le dijeron: "Maestro, reprende a tus discípulos". Respondió: "Os digo que si éstos callan gritarán las piedras".»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 50, 4-7

 

«El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos;  el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás.  Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6-11

«El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios.  Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre.  Para que al nombre de Jesús = toda rodilla se doble = en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San  Lucas 22, 14 -23, 56[1]

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

¡La Reconciliación! Realidad histórica y designio de Dios. Aquí está el centro del mensaje del Domingo de Ramos. El Siervo de Yahveh (Primera Lectura) sufre golpes, insultos y salivazos, pero el Señor le ayuda y le enseña el sentido del dolor. San Pablo, en el himno cristológico de la carta a los Filipenses (Segunda Lectura), canta a Cristo que «se despojó de su grandeza, tomó la condición de esclavo». En la narración de la Pasión según San Lucas, Jesús afronta sufrimientos indecibles e incontables, a la manera de un esclavo, pero sabe que todo está dispuesto por el Padre y por ello le confía su Espíritu. Su abajamiento le mereció la exaltación y la gloria de la Resurrección. La exaltación de los Ramos y la Pasión están en mutua referencia aunque el primer paso suene a triunfo y el segundo a humillación. Las lecturas de la Misa que median entre el Evangelio de los Ramos y la lectura de la Pasión hacen como un puente que une los dos misterios de la vida de Jesús.     

 

K La Semana Santa

 

En todo el orbe católico se celebra hoy día el Domingo de Ramos, que conmemora la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, donde había de consumar el sacrificio de sí mismo en la cruz para salvación de todo el género humano. Con esta celebración concluyen los cuarenta días de la Cuaresma y se da comienzo a la Semana Santa. Los días más santos son los del Triduo pascual: desde el Jueves Santo en la tarde hasta el Domingo de Resurrec­ción. En los países de tradición cristiana se cesa del trabajo en estos días para desti­narlos a la contemplación de los miste­rios que nos dieron la salvación. El que los considera sim­plemen­te un "fin de semana largo" no ha entendido nada del misterio cristiano y demuestra que no tiene interés en Cristo.

 

J La entrada mesiánica de Jesús en Jerusalén

 

En el Evangelio de Lucas la entrada de Jesús en Jerusalén adquiere una gran importancia. En efecto, desde el versículo 9,51 hasta el capítulo 10, se nos presenta a Jesús «subiendo a Jerusalén». Cuando empezó a moverse hacia ese destino el evangelista lo destaca así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén» (Lc 9,51). La «asunción» de Jesús es el conjunto de su Pasión, Muerte y Resurrección. La expresión textual dice: «endureció su rostro para dirigirse a Jerusalén». Indica una resolución firme con un propósito deliberado. Jesús sabía bien a qué iba a Jerusa­lén. Sucesi­vamente, el Evangelio recordará a menudo este movimiento hacia la ciudad santa.

 

Gran parte de la lectura que relata la entrada en Jerusalén se concen­tra sobre el hecho de que Jesús entró en la ciudad montado en un asno. En efecto, antes de entrar, Jesús se detuvo al pie del monte de los Olivos, que está al frente de la ciudad, y desde allí mandó a dos de sus discípulos a Betania a buscar un asno, dándoles esta instrucción: «Encontra­réis un pollino atado, sobre el que no ha montado todavía ningún hombre: desatadlo y traedlo». Todo deja entender que es algo que el mismo Jesús había arreglado con conoci­dos suyos. Por eso basta­ría decir a los dueños del asno: «El Señor lo nece­sita», para que lo dejaran ir. Y así ocurrió. «Y echando sus mantos sobre el pollino, hicieron montar a Jesús». Y en esta cabalgadu­ra entró en Jerusalén.

 

¿Por qué reviste tanta importancia esta circuns­tancia? Es que así estaba anunciado que entra­ría en Jerusa­lén el Rey de Israel. El profeta Zacarías lo ve ocu­rrir así y exclama: «¡Exulta sin freno, hija de Sión, grita de ale­gría, hija de Jerusa­lén! Ha aquí que viene a ti tu Rey: justo él y victorioso, humilde y monta­do en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Así lo quiso hacer Jesús para dejar claro que en Él se cumple eso y «todo lo que los profetas escribieron acerca del Hijo del hombre». La gente entendió el gesto y su significado. Por eso al paso de Jesús montado sobre el pollino «extendían sus mantos por el camino... y llenos de alegría se pusieron a alabar a Dios a grandes voces: '¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!».

 

Los fariseos al ver las aclamaciones de la gente piensan que son excesivas y que Jesús no merece ser acla­mado como Rey y Mesías. Por eso dicen a Jesús: «Maestro, reprende a tus discípulos». Lo hacen con su habitual falta de sinceridad, llamándolo «Maestro», no porque adhieran a su doctrina, sino por temor a la gente. Jesús responde: «Os digo que si éstos callan, gritarán las piedras». Jesús, no obstante su humildad, responde reafirmando su condición de Rey y Mesías. Por algo ha querido llegar a Jerusalén en esa forma. Y lo hace con una frase enigmática que sólo Él podía pronunciar. En efecto, sólo Él puede asegurar, que en la hipótesis de que la multitud callara, gritarían las piedras. Cuando Jesús fue crucificado «esta­ba el pueblo mirando» (Lc 23,35), en silencio. Ya no gritan. Ha llegado el momento de que griten las piedras. Y así fue. Cuando Jesús murió, «tembló la tierra y las rocas se partieron» (Mt 27,51).

 

K La Pasión del Señor según San Lucas

 

El relato de la Pasión según San Lucas, al igual que su Evangelio, está destinado a cristianos no judíos provenientes del paganismo. Lucas relaciona los hechos de la Pasión con el ministerio apostólico de Jesús que ha precedido, y con el tiempo de la Iglesia, subsiguiente a la resurrección del Señor. Sabido que el relato de Lucas es el de la misericordia y perdón. Dos de las palabras que leemos en Lucas y que son pronunciadas por Jesús antes de morir, son de perdón y consuelo, aún en medio de su propio dolor: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (23,34) y «Hoy estarás conmigo en el paraíso» (23,43) dirigidas al buen ladrón.

 

Ì El Misterio de la Cruz de Cristo

 

En la Pasión del Señor Jesús se cumplió el repetido anuncio sobre su muerte violenta en Jerusalén. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué fue de esa manera tan cruel y violenta?  La respuesta más profunda y válida solamente Dios puede darla, pues estamos pisando el terreno insondable del Plan amoroso de la redención realizada por Jesucristo.

 

Sin embargo si es importante que entendamos que ni Dios Padre ni Jesús quisieron el sufrimiento, la Pasión dolorosa y la muerte violenta por sí mismas pues son realidades negativas sin valor autónomo.  Eso hubiera sido un sadismo absurdo por parte del padre y masoquismo patológico por parte de Jesús. El valor del dolor, Pasión y Muerte de Cristo radica en el significado que reciben desde una finalidad superior, es decir desde el Plan Reconciliador de Dios.

 

Nos consta la repugnancia natural de Jesús, como hombre que era, ante los sufrimientos de su pasión, tanto físicos (torturas, flagelación, corona de espinas, crucifixión), como síquicos (traición de Judas, negaciones de Pedro, deserción de discípulos, etc.). No obstante...«no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lc 22,42). Este es el motivo y la razón de la obediencia de Cristo; el querer del Padre que es la salvación de los hombres por el amor que le tiene.

 

Jesús carga la Cruz de su Pasión por fidelidad al Padre y por su amor solidario con toda la humanidad. El valor redentor de la Cruz viene de la realidad de que Jesús, siendo inocente, se ha hecho, por puro amor, solidario con los culpables y así ha transformado, desde dentro su situación. Y así, por obra de Cristo, cambia radicalmente el sentido  del sufrimiento y del dolor productos del pecado. El mal del sufrimiento, en el misterio redentor de Cristo, queda superado y de todos modos transformado: se convierte en la fuerza para la liberación del mal, para la victoria del bien.   

 

+  Una palabra del Santo Padre:

« Hoy contemplamos a Jesús que se acerca al término de su vida y se presenta como el Mesías esperado por el pueblo, que fue enviado por Dios y vino en su nombre a traer la paz y la salvación, aunque de un modo diverso de cómo lo esperaban sus contemporáneos. La obra de salvación y de liberación realizada por Jesús perdura a lo largo de los siglos. Por este motivo la Iglesia, que  cree con firmeza que Él está presente aunque de modo invisible, no se cansa de  aclamarlo  con la alabanza y la adoración. Por consiguiente, nuestra asamblea proclama una vez más: "¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor".

 La lectura de la página evangélica ha puesto ante nuestros ojos las escenas terribles de la pasión de Jesús:  su sufrimiento físico y moral, el beso de Judas, el abandono de los discípulos, el proceso en presencia de Pilato, los insultos y escarnios, la condena, la vía dolorosa y la crucifixión. Por último, el sufrimiento más misterioso:  "¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?". Un fuerte grito, y luego la muerte.

¿Por qué todo esto? El inicio de la plegaria eucarística nos dará la respuesta:  "El cual (Cristo), siendo inocente, se entregó a la muerte por los pecadores, y aceptó la injusticia de ser contado entre los criminales. De esta forma, al morir, destruyó nuestra culpa, y al resucitar, fuimos justificados" (Prefacio).

Así pues, en esta celebración expresamos nuestra gratitud y nuestro amor a Aquel que se sacrificó por nosotros, al Siervo de Dios que, como había dicho el profeta, no se rebeló ni se echó atrás, ofreció la espalda a los que lo golpeaban, y no ocultó su rostro a insultos y salivazos (cf. Is 50, 4-7)».

    Juan Pablo II. Homilía  del Domingo de Ramos del 8 de abril de 2001

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. No son infrecuentes los casos de jóvenes y adultos que ante el fracaso escolar o profesional, ante una decepción amorosa, ante un escándalo de corrupción, prefieren acabar con la vida, a enfrentarse con el rostro doloroso de la situación. ¿Por qué? No se conoce, no se ha descubierto el tesoro escondido en el dolor. Para el hombre es un tesoro escondido de humanización. Para el cristiano es un tesoro escondido de asimilación del estilo de Cristo, de valor redentor. Juan Pablo II ha tenido la osadía de hablar del Evangelio del sufrimiento, ciertamente del sufrimiento de Cristo, pero, junto con Él, del sufrimiento del cristiano. Estamos llamados a vivir este Evangelio en las pequeñas penas de la vida, estamos llamados a predicarlo con sinceridad y con amor. ¿Cómo vivo esta realidad en mi vida cotidiana?

 

2. ¿Cómo voy a vivir mi Semana Santa? ¿Qué esfuerzos voy a hacer para vivir con el Señor y desde el corazón de la Madre, los misterios centrales de mi fe?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 599- 623

 

 



[1] El Domingo de Ramos se lee como texto evangélico el texto íntegro de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Este texto varía de acuerdo al ciclo litúrgico. En este caso leemos el Evangelio de San Lucas.

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lunes, 11 de marzo de 2013

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo C«El que esté sin pecado que tire la primera pied

Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo C

«El que esté sin pecado que tire la primera piedra»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 43,16-21

 

«Así dice Yahveh, que trazó camino en el mar, y vereda en aguas impetuosas. El que hizo salir carros y caballos a una con poderoso ejército; a una se echaron para no levantarse, se apagaron, como mecha se extinguieron. ¿No os acordáis de lo pasado, ni caéis en la cuenta de lo antiguo? Pues bien, he aquí que yo lo renuevo: ya está en marcha, ¿no lo reconocéis? Sí, pongo en el desierto un camino, ríos en el páramo. Las bestias del campo me darán gloria, los chacales y las avestruces, pues pondré agua en el desierto (y ríos en la soledad) para dar de beber a mi pueblo elegido.  El pueblo que yo me he formado contará mis alabanzas.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 3, 8-14

 

«Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos.

 

No que lo tenga ya conseguido o que sea ya perfecto, sino que continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado por Cristo Jesús. Yo, hermanos, no creo haberlo alcanzado todavía. Pero una cosa hago: olvido lo que dejé atrás y me lanzo a lo que está por delante, corriendo hacia la meta, para alcanzar el premio a que Dios me llama desde lo alto en Cristo Jesús.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 8, 1-11

«Mas Jesús se fue al monte de los Olivos. Pero de madrugada se presentó otra vez en el Templo, y todo el pueblo acudía a él. Entonces se sentó y se puso a enseñarles. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorprendida en adulterio, la ponen en medio y le dicen: "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?"

 

Esto lo decían para tentarle, para tener de qué acusarle. Pero Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tierra. Pero, como ellos insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". E inclinándose de nuevo, escribía en la tierra. Ellos, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzando por los más viejos; y se quedó solo Jesús con la mujer, que seguía en medio. Incorporándose Jesús le dijo: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" Ella respondió: "Nadie, Señor". Jesús le dijo: "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

El Domingo pasado hemos conocido el corazón del Padre misericordioso. Este Domingo la Iglesia nos invita a meditar sobre el perdón y el amor reconciliador que Dios regala al pecador para que se convierta en una criatura nueva; para que recupere su dignidad perdida por el pecado. Esto lo vemos en el hermoso pasaje de la mujer adúltera (Evangelio) o del pueblo israelita, sumido en el desierto de Babilonia (Primera Lectura).

Este horizonte plenificador que el Señor nos ofrece nos debe de impulsar a  trabajar día a día, colaborando con la gracia de Dios, en favor de nuestra santificación personal. Nada se compara con la felicidad que el Señor nos ofrece o como leemos en la carta a los Filipenses; «todo es basura para ganar a Cristo» (Segunda Lectura).  

 

LL La hipocresía de los fariseos

 

A medida que Jesús cumplía con la misión encomendada por su Padre, el pueblo sencillo comen­zaba a darle crédito y decían: «Cuando venga el Cristo, ¿hará más seña­les que las que ha hecho éste?» (Jn 7,31). Los fariseos, en cambio, cuando se enteraron de que la gente hacía esos comentarios acerca de Él, «enviaron guardias para detener­lo» (Jn 7, 32). Los guardias partieron con el propósito de traerlo detenido; pero debieron volver sin él y, a la pregunta de los sumos sacerdo­tes y fariseos sobre los motivos de su fracaso, no pudieron dar más explicación que ésta: «Jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46).

 

En el Evangelio de este Domingo vemos cómo los fariseos comprobarán «cómo habla este hombre» y así alejarse de Él derro­tados. El hecho ocurrió al día siguiente en el Templo cuando predicaba nuevamente a todo el pueblo. Los escribas y fariseos le llevan una mujer sorpren­dida en adulterio, la ponen en medio de todos y le dicen: «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú qué dices?». El título de «Maestro» que dan a Jesús pone en evidencia su hipocresía. Poco antes, los fariseos reprochan a los guardias no haber detenido a Jesús, di­cién­doles: «¿Vosotros también os habéis dejado embaucar? ¿Acaso ha creído en Él algún magistrado o algún fariseo? Pero esta gente que no conoce la Ley son unos malditos» (Jn 7,47-48). ¡Ellos no están dispuestos a dejarse embau­car! Ellos no consultan a Jesús porque aprecien su opi­nión, como se hace con un maestro, sino para tenderle una trampa.

 

K La trampa: el dilema planteado...  

 

¿En qué consiste la trampa que han tendido al «Maestro Bueno»? El hecho en sí mismo no se discute para nada: la mujer había come­tido adulterio. Que la Ley de Moisés orde­naba apedrear a la adúltera, era cosa sabida; en efecto, la Ley dice: «Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera» (Lev 20,10). En el Pentateuco se prescribía la muerte de ambos sin especificar la manera que sería la de la lapidación en caso que la mujer sea virgen (ver Dt 22,23s) pero prometida con un hombre. Sin embargo ¿dónde estaba su cómplice en todo el pasaje? ¿El hombre implicado desapareció? ¿No es un poco raro y discriminatorio que solamente llevan a la mujer ante Jesús? Se presentan ante Jesús con un dilema[1]. Evidentemente no podía decretar la muerte de la mujer, pues en Él actúa la misericordia del Padre «que no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez 18,23). Pero tampoco podía decir: «Dejadla ir», porque enton­ces lo habrían acusado de estar contra la Ley de Moisés. Recordemos además que Jesús, estaba lejos de ser laxo en este punto. Al joven rico que le pregunta qué tiene que hacer para alcanzar la vida eterna, entre otras cosas, Jesús le responde: «No cometas adulterio» (Mc 10,19).

 

Ante esta disyuntiva y sorprendiendo a todos, «Jesús, inclinándose, se puso a escribir con el dedo en la tie­rra». Y la pregunta que nos hacemos es: ¿qué es lo que Jesús escribía? La verdad es que no lo sabemos. Tal vez escribía lo que iba a servir como fundamento para la respuesta que daría. Y así como la respuesta tardaba y los fariseos insistían; Jesús se levanta y dice una de esas frases que al leerla uno se siente inmediatamente cuestionado: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra». Recordemos que Él había declarado «No he venido a abolir la Ley, sino a darle cumplimiento» (Mt 5,17). Por eso, decre­ta: «¡Que se cumpla la Ley también en este caso; pero que comience a arrojarle piedras el que esté libre de pecado, es decir, el que nunca ha mere­cido él mismo ser apedreado por faltar a la Ley!». Y dicho esto, casi podemos decir con indiferencia, «inclinándose de nuevo, escribía en la tierra». ¿Quién podría haber dicho tal sentencia? ¿Qué juez dictaría tal sentencia? A ningún juez en la historia se le había ocurrido semejante dictamen. Es que en el fondo para emitir esta sentencia hay que conocer las conciencias de todos los hombres. Conocemos lo que sucede luego: «Ellos, los acusado­res, al oír estas palabras, se iban retirando uno tras otro, comenzan­do por los más viejos». Ante la mirada amorosa de Jesús el hombre siente que se verifi­ca lo que dice el Salmo 139: «Señor, tú me escrutas y me conoces... mi pensamiento calas desde lejos... no está aún en mi lengua la palabra y tú, Señor, ya la conoces toda».

 

«El que esté libre de pecado». ¿De qué pecado? De cualquier pecado; pues los mismos escribas y fariseos debían reconocer ante Dios que tampoco estaban libres de pecado, de un pecado tan grave como el adul­terio[2], y ¡también flagrante! En efecto, es un gravísimo pecado instrumen­tali­zar a una persona, aunque sea pecadora, con el fin de «tentar a Jesús y tener de qué acusarlo». El que comete adulterio igualmente instrumentaliza a una persona, la explota y la trata como un objeto. Por último, ellos no están libres de pecado, pues su pretendido celo por la ley de Moisés no es porque les interese la castidad, sino para poner una trampa a Jesús. La castidad no les interesa para nada. En cam­bio, la virtud de la pureza del corazón sí le interesa a Jesús, que afir­ma: «Bienaventu­rados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Esto es lo que Jesús desea para la mujer, que recupere la pureza del corazón para que pueda ver nuevamente a Dios.

 

J Una vida nueva

 

Al final quedan solos Jesús y la mujer. San Agus­tín es magistral en el comentario de la escena: «Quedaron solos ellos dos, la miseria y la misericordia». Jesús dice una palabra que restituye completamente a la mujer en su dignidad, perdida por el pecado: «Vete, y en adelante no peques más». Los escribas y fariseos habrían podido des­truir a la mujer, pero redimir­la no, por más que trataran. A Jesús, en cambio, le bastó mostrar misericordia para hacer de ella una mujer nueva; le bastó decirle una pala­bra para encender en ella el amor a la castidad. Aquí se revela plenamente su identidad de Dios y Hombre, pues esto puede hacerlo sólo Dios, como lo dice una hermosa oración litúr­gi­ca: «Oh Dios, que manifiestas tu omnipoten­cia, sobre todo, perdo­nando y teniendo misericor­dia, infunde tu gracia sobre nosotros sin cesar...» (Oración Colecta del Domingo XVI del tiempo ordinario).

 

J «Todo lo tengo por basura para ganar a Cristo» 

 

La imagen de Dios que Cristo nos ofrece en este episodio, más que un juez castigador, es la del Dios Padre, como el de la parábola del hijo pródigo. Un Dios que acepta al hombre en su fragilidad, tal cual es, lo comprende y lo perdona porque lo ama. La única condición es que el hombre reconozca su situación y quiera cambiarla. Así Dios lo restaura a su antigua dignidad de hijo y lo invita a compartir su pan (ver Ap  3,20).  Dios nos regenera con su perdón y nos justifica ante Él, como vemos en la Segunda Lectura.

 

Recordemos que esta carta fue escrita por San Pablo desde su prisión (posiblemente en Roma en los años 61- 63) y, cómo a pesar de su situación presente, la carta está llena de alegría, confianza y esperanza. Esa vida y condición nueva proviene de Dios y se apoyan en la fe; dándonos un conocimiento más profundo de Cristo y de su misterio pascual. El apóstol Pablo lo estima todo como pérdida y basura comparándolo con el conocimiento de Cristo y se siente impulsado a correr hacia la meta. No interesa lo que quedó atrás; ya ha sido perdonado y regenerado por Dios Misericordioso.

 

Lo nuevo también es el tema de la Primera Lectura. «Mirad que realzo algo nuevo...ofreceré agua en el desierto». Así habla Dios a los israelitas desterrados en Babilonia, anunciándoles la vuelta a la tierra prometida (VI a.C.). La salida de Babilonia y el regreso a la patria serán como un nuevo y mayor Éxodo.


Devueltos de la cautividad del pecado a la dignidad de hijos de Dios, la expresión de alabanza brota de los labios agradecidos como leemos en el Salmo Responsorial: «El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres...Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares» (Salmo 126).

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«"Mujer, (...) ¿ninguno te ha condenado? (...) Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más" (Jn 8, 10-11). Jesús es novedad de vida para el que le abre el corazón y, reconociendo su pecado, acoge su misericordia, que salva. En esta página evangélica, el Señor ofrece su don de amor a la adúltera, a la que ha perdonado y devuelto su plena dignidad humana y espiritual. Lo ofrece también a sus acusadores, pero su corazón permanece cerrado e impenetrable. Aquí el Señor nos invita a meditar en la paradoja que supone rechazar su amor misericordioso. Es como si ya comenzara el proceso contra Jesús, que reviviremos dentro de pocos días en los acontecimientos de la Pasión: ese proceso desembocará en su injusta condena a muerte en la cruz.

 

Por una parte, el amor redentor de Cristo, ofrecido gratuitamente a todos; por otra, la cerrazón de quien, impulsado por la envidia, busca una razón para matarlo. Acusado incluso de ir contra la ley, Jesús es "puesto a prueba": si absuelve a la mujer sorprendida en flagrante adulterio, se dirá que ha transgredido los preceptos de Moisés; si la condena, se dirá que ha sido incoherente con el mensaje de misericordia dirigido a los pecadores.

 

Pero Jesús no cae en la trampa. Con su silencio, invita a cada uno a reflexionar en sí mismo. Por un lado, invita a la mujer a reconocer la culpa cometida; por otro, invita a sus acusadores a no substraerse al examen de conciencia: "El que esté sin pecado, que tire la primera piedra" (Jn 8,7). Ciertamente, la situación de la mujer es grave. Pero precisamente de ese hecho brota el mensaje:  cualquiera que sea la condición en la que uno se encuentre, siempre le será posible abrirse a la conversión y recibir el perdón de sus pecados. "Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más" (Jn 8, 11). En el Calvario, con el sacrificio supremo de su vida, el Mesías confirmará a todo hombre y a toda mujer el don infinito del perdón y de la misericordia de Dios».

 

Juan Pablo II, Homilía del Domingo 1 de abril del  2001

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Blas Pascal escribió: «Hay dos clases de hombres: los unos, pecadores que se creen justos; y los otros, justos que se creen pecadores». Dios es quien conoce a cada uno y quiere que nos convirtamos. ¿Me he acercado a Dios en esta Cuaresma? ¿De qué manera concreta lo he hecho?

 

2.  La Cuaresma es un momento adecuado para meditar sobre nuestra propia necesidad de conversión personal.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1420 -1498


 



[1] Dilema: dilema. (Del lat. dilemma, y este del gr. δλημμα, de δς, dos, y λμμα, premisa). m. Argumento formado de dos proposiciones contrarias disyuntivamente, con tal artificio que, negada o concedida cualquiera de las dos, queda demostrado lo que se intenta probar. Duda, disyuntiva.

[2] Adulterio. (Del lat. adulterĭum). Ayuntamiento carnal voluntario entre persona casada y otra de distinto sexo que no sea su cónyuge.  

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