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martes, 6 de abril de 2010

Virtudes y Valores: Busco amigos


 El lugar de encuentro de los católicos en la red

Busco amigos
 
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Virtudes y valores
Busco amigos
La verdadera amistad se demuestra en el afecto, la confianza y el sacrificio por la persona amada
Autor: Diego Calderón, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



Antoine de Saint-Exupéry en su libro El Principito, resalta el carácter esencial del valor de la amistad. “Busco amigos”, es la respuesta del Principito al zorro y al mismo tiempo es la respuesta a uno de los deseos más profundos del hombre: amar y ser amado.

La etimología de la palabra amistad viene determinada en la voz del latín vulgar amicitas, derivada a su vez de amicus (amigo) y amare (amar). Entendida de esta manera la amistad es una de las formas más nobles del movimiento amoroso entre los hombres.

Aristóteles afirmaba que el hombre es un animal social por naturaleza. Nacimos “de”, crecimos “entre” y nos relacionamos cotidianamente “con” otras personas. Así la amistad se convierte en una característica no sólo necesaria sino fundamental de nuestra condición humana. Somos existentes que interactuamos en el mundo de los hombres.

El mismo Aristóteles, convencido de esta exigencia tan propia del hombre, decía: “sin amigos nadie querría vivir aunque tuviese todas las riquezas”. En el bienestar o prosperidad buscamos hacer el bien a nuestros amigos y en la pobreza o adversidad consideramos a los amigos el único refugio.

Amigo se dice en muchos sentidos por lo que es necesario distinguir entre los diversos tipos o grados de amistad para determinar quién es el verdadero amigo ya que este último parece una especie difícil de encontrar y en vía de extinción.

Siguiendo con la reflexión aristotélica, la amistad se divide en tres niveles:

En primer lugar hallamos la “amistad por el placer” que resulta ser la menos perfecta. En este tipo de relación cada uno busca su propia complacencia y no el buen carácter o el valor propio del otro amigo. Se hacen amigos con rapidez y dejan de serlo con facilidad porque es una amistad voluble que se basa en sentimentalismos y gustos propios. Esta relación se asemeja al cubito de azúcar cuando cae en la taza negra, amarga y caliente de café, pues al presentarse un problema la amistad se disuelve precipitadamente. Construir la amistad sobre estos motivos es igual que edificar una casa sobre la arena: llegan las tormentas y la casa se cae, pues no tenía buenos cimientos.

En segundo lugar emerge la “amistad por interés” donde el aprecio existente no es por sí mismos, por las personas en cuanto tales sino en la medida en que obtiene un beneficio el uno del otro. Esta relación está sujeta a la medida y al cálculo y carece de la generosidad, disponibilidad y donación que caracterizan una verdadera amistad.

Como diría el Principito: “Las personas mayores aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: ¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas? En cambio, os preguntan: ¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre? Sólo entonces creen conocerle...” Las relaciones fundadas en la utilidad son estables mientras dura el beneficio mutuo.

Las amistades constituidas en el placer o en la utilidad pueden producir cierta felicidad; pero no la felicidad plena y profunda que colma el deseo más profundo del hombre de amar y ser amado.

Finalmente llegamos al tercer tipo de amistad, llamada por Aristóteles: “amistad perfecta”. Esta relación auténtica no echa sus raíces en lo que una persona tiene o en el placer que me puede procurar sino que se alimenta en lo que el amigo es, en el valor y la belleza de su personalidad, en la aceptación de sus virtudes y defectos, en el conocimiento profundo y recíproco. El fruto de la amistad verdadera está en la alegría de amar y ser correspondido, en la satisfacción de dar más que de recibir. El tiempo, en este estrado tan elevado, no apaga los motivos de esta amistad sino que con el pasar de los años los lazos que la unen se purifican y se hacen aún más fuertes.

En el libro El Principito, el zorro al despedirse de nuestro pequeño protagonista le desvela su gran secreto: “no se ve bien sino con los ojos del corazón. Lo esencial es invisible a los ojos”. El verdadero amigo es aquel que ve con los ojos del corazón para trascender las apariencias de un físico, de las posesiones materiales, de las circunstancias, y para buscar desinteresadamente el verdadero bien de la otra persona. Encontrar un verdadero amigo es encontrar un tesoro.

Los mejores amigos demuestran su afecto y confianza y están dispuestos al sacrificio de sí mismos por el otro. Así la amistad perfecta se convierte en un componente clave para la felicidad que buscamos en esta tierra.




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sábado, 3 de abril de 2010

Fwd: Juan Pablo II, "ministro de la Sangre de Cristo"



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Juan Pablo II, "ministro de la Sangre de Cristo"


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Virtudes y Valores: campaña Viva el sacerdote
Juan Pablo II, "ministro de la Sangre de Cristo"
El sacerdote es por definición un ministro, un servidor.
Autor: Laureano López, L.C. | Fuente: Virtudes y Valores



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El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor y el que quiera ser el primero será vuestro esclavo (cf Mt 20,26-27). El sacerdote es por definición un ministro, un servidor.

El 2 de abril de 2010 se conmemora el 5º aniversario de la muerte de un enorme servidor de la Iglesia. Un Papa que dio un maravilloso testimonio sacerdotal al mundo entero. Juan Pablo II fue, en palabras de santa Catalina de Siena, un "ministro de la Sangre de Cristo".

Karol Wojtyla fue "ministro de la Sangre de Cristo" mediante la celebración de la Eucaristía. Todo sacerdote es un testimonio privilegiado de la Sangre del Señor. La puede ver, oler, tocar y distribuir a las almas necesitadas. Durante toda su vida vivió impregnado en la celebración de este misterio.

Él era consciente de que Cristo había dejado en sus manos su preciosísima Sangre no para él solo, sino para entregarla a los cristianos. Su ejemplo de recogimiento y fervor ante este don, hizo que muchas personas se beneficiaran de tan saludable Bebida de salvación.

Juan Pablo II fue "ministro de la Sangre de Cristo" promoviendo la confesión y el perdón. Las palabras del 17 de mayo de 1981 desde el policlínico Gemelli: "rezo por el hermano que me agredió, a quien he perdonado sinceramente" se unían al encuentro con Alí Agcá en 1983 cuando repetía: "nos encontramos como hombres y como hermanos". Experiencia inolvidable de reconciliación.

Sin embargo, habría un gesto todavía más elocuente. En el jubileo del año 2000, arrodillado ante la cruz, pronunciaba un solemne mea culpa por los pecados pasados de los hijos de la Iglesia. En ese momento, la Iglesia universal experimentaba la Sangre de Cristo que se derramaba sobre ella y la purificaba.

Se convirtió en "ministro de la Sangre de Cristo" predicando la misericordia de Dios. Esta fue una constante en su pontificado. Así lo demuestra su segunda encíclica de 1980 titulada Dives in Misericordia (Rico en Misericordia).

Él había vivido en carne propia las palabras que Cristo había transmitido a santa Faustina Kowalska: "Di a mis sacerdotes que los pecadores endurecidos se enternecerán con sus palabras cuando ellos hablen de mi infinita misericordia y de la compasión que tengo por ellos en mi corazón. A los sacerdotes que proclamen y exalten mi Misericordia, yo les daré una fuerza maravillosa, les daré unción a sus palabras y conmoveré los corazones a los que hablen" (Diario, n. 1521).

El testimonio sacerdotal de Juan Pablo II nos debe impulsar a imitar sus virtudes. Todos los cristianos, participando del sacerdocio común de Cristo, estamos llamados a ser servidores de la Sangre de Cristo. Los fieles estamos invitados a participar más activamente en la santa Misa, a promover el perdón y la reconciliación, y a transmitir en este año sacerdotal a un Dios infinitamente misericordioso.

El Siervo de Dios, Juan Pablo II, partió a la Casa del Padre el la tarde de aquel 2 de abril de 2005. Dios Padre llamó a su presencia, la víspera de la Fiesta de la Divina Misericordia, al Siervo fiel, que algunos años antes había instituido oficialmente esta fiesta como patrimonio de toda la Iglesia.




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