lunes, 10 de octubre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 29 del Tiempo Ordinario. Ciclo A. «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»

Domingo de la Semana 29 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 45 1.4-6

 

«Así habla el Señor a su ungido, a Ciro, a quien tomé de la mano derecha, para someter ante él a las naciones y desarmar a los reyes, para abrir ante él las puertas de las ciudades, de manera que no puedan cerrarse. Por amor a Jacob, mi servidor, y a Israel, mi elegido, yo te llamé por tu nombre, te di un título insigne, sin que tú me conocieras. Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí. Yo te hice empuñar las armas, sin que tú me conocieras, para que se conozca, desde el Oriente y el Occidente, que no hay nada fuera de mí. Yo soy el Señor, y no hay otro».

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 1,1-5b

 «Pablo, Silvano y Timoteo saludan a la Iglesia de Tesalónica, que está unida a Dios Padre y al Señor Jesucristo. Llegue a ustedes la gracia y la paz. Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes, cuando los recordamos en nuestras oraciones, y sin cesar tenemos presente delante de Dios, nuestro Padre, cómo ustedes han manifestado su fe con obras, su amor con fatigas y su esperanza en nuestro Señor Jesucristo con una firme constancia. Sabemos, hermanos amados por Dios, que ustedes han sido elegidos. Porque la Buena Noticia que les hemos anunciado llegó hasta ustedes, no solamente con palabras, sino acompañada de poder, de la acción del Espíritu Santo y de toda clase de dones».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22, 15-21

 «Los fariseos se reunieron entonces para sorprender a Jesús en alguna de sus afirmaciones. Y le enviaron a varios discípulos con unos herodianos, para decirle: «Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas con toda fidelidad el camino de Dios, sin tener en cuenta la condición de las personas, porque tú no te fijas en la categoría de nadie. Dinos qué te parece: ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?» Pero Jesús, conociendo su malicia, les dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tienden una trampa? Muéstrenme la moneda con que pagan el impuesto.» Ellos le presentaron un denario. Y él les preguntó: «¿De quién es esta figura y esta inscripción?» Le respondieron: «Del César.» Jesús les dijo: «Den al César lo que es del César, y a Dios, lo que es de Dios.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Yo soy el Señor, y no hay otro, no hay ningún Dios fuera de mí». El tema por el cual podemos relacionar las lecturas dominicales de esta semana es la soberanía y el señorío del Señor. La Primera Lectura nos muestra como Ciro, rey de Persia, es un instrumento de la providencia aún sin saberlo, para proteger al pueblo elegido y conducirlo nuevamente a la «tierra prometida». Isaías hace una lectura teológica y profética de estos hechos históricos.

 

El Evangelio, en el mismo contexto que los anteriores domingos, nos narra un tenso encuentro entre Jesús y los discípulos de los fariseos junto con los herodianos. Estos tienden a Jesús una celada para hacerlo caer. Le presentan un dilema, al parecer, insoluble: ¿se debe dar, sí o no, el tributo al César? Pero Jesús ofrece una respuesta que sorprende a todos, adversarios y discípulos: «Dad al César lo que es del César y dad a Dios lo que es de Dios». Con estas palabras, Jesús, no sólo confunde a sus adversarios, sino que nos enseña cual debe de ser la recta jerarquía en nuestra relación con Dios y el orden temporal. Las palabras de Jesús están llenas de sabiduría divina; nos muestran que, en última instancia, todo lo debemos a Aquel que nos dio la vida: «Al oír esto, quedaron maravillados, y dejándole, se fueron» (Mt 22,22). Este Domingo iniciamos la lectura de la carta a los Tesalonicenses. En sus primeras palabras a la comunidad de Tesalónica, Pablo reconoce la centralidad de Jesús en ella.

 

Los fariseos y los herodianos

 

Hoy leemos uno de los episodios más conocidos del Evangelio ya que contiene una de las frases más populares de Cristo: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Las hostilidades contra Jesús han aumentado hasta el punto que los fari­seos y los herodia­nos, que en situa­ción normal son completa­mente opuestos, se han puesto de acuerdo para eliminar a Jesús. Los fariseos[1] en su fideli­dad a la Torah, la ley de Dios escri­ta, desprecian las leyes im­puestas por Roma y se someten a ellas de mala gana. Por su parte, los herodia­nos, siguien­do la polí­tica de Hero­des, son convi­vientes con el poder de Roma, son colabora­cionistas. Pero contra Jesús están unidos: «Los fari­seos celebraron consejo sobre la forma de sorprender a Jesús en alguna palabra. Y le enviaron a sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: Maes­tro... dinos, qué te parece, ¿es lícito pagar el tributo al César, sí o no?».

 

Los fariseos y los herodianos tienen opinio­nes opuestas sobre el tema de los impuestos exigidos por Roma. Para los fariseos la dominación de Roma era una humi­llación; era intolerable que el Pueblo de Dios estu­viera sometido a esos paganos incircuncisos que no conocen la Ley, y lo peor de todo era la obligación de tener que sostenerlos con el pago de impuestos. En cambio, los herodianos eran los judíos que se habían vendido a Roma, porque habían sido puestos por el poder imperial en los puestos de la adminis­tración, como fue el caso de Herodes, nombra­do por Roma tetrarca de Galilea. Ellos eran favora­bles al pago de impuestos a Roma. En este tema no había cómo complacer a fariseos y herodianos. Entre ambos eran más peligrosos los herodianos. En efecto, ellos fueron los responsables directos de la muerte de Jesús.

 

La pregunta y la paradoja

 

La cuestión que los fariseos y los herodianos le proponen a Jesús, después de halagarlo sospechosamente, es bastante comprometedora ya que toda la Palestina era tributaria de Roma. Es interesante notar que la alabanza que hacen de Jesús ya la quisiera para sí cualquier fariseo: «Eres veraz y enseñas el camino de Dios[2] con franqueza». Pero es una alabanza hipócrita, porque ellos mismo no lo creen.

 

La pregunta sobre el pago de los impuestos, tomada en sí misma, podría haber sido una pregunta bien intencionada de uno de los discípulos de Jesús para conocer su opinión. En las escuelas rabínicas se discutía si era lícito o no, como judíos, pagar el impuesto a un usurpador pagano. Pero ésta era una pre­gunta llena de malicia, pensa­da con la intención de sorprenderlo, era una trampa que se le ponía para que Jesús cayera en ella. Respondiera que sí o que no, igual habría caído en desgra­cia. Si Jesús hubiera respondido que no es lícito a un judío pagar tributo a un pueblo pagano que estaba dominando al pueblo escogido de Dios e imponiendo sus leyes y cos­tum­bres, se habría hecho culpable de sedi­ción contra Roma. Y en esto Roma era de un totali­tarismo celoso, rayaba en la adoración del poder civil, es decir, del César. En este caso, Jesús se habría opuesto a los herodianos y se habría hecho reo de muerte.

 

Si en cambio, hubiera legitima­do el pago de impues­tos al César, se habría hecho odioso al pueblo judío, para quie­nes el pago de impues­tos a Roma era molesto y reproba­ble; en este caso, Jesús habría legitima­do la función de los publica­nos (los recauda­dores del impuesto exigido por Roma al pueblo sometido), que eran odiados por el pueblo. Éste era el deseo de los fariseos. A ellos les bastaba que Jesús se hiciera odioso al pueblo y así perdiera influen­cia. Hacerlo también parecería ser una aprobación tácita del dominio extranjero sobre el pueblo de Dios, y, consiguientemente, renunciar a la esperanza mesiánica.

 

La respuesta del Maestro Bueno

 

Jesús, conociendo su intención, se libra de la trampa. Nadie puede acusarlo, porque los envuelve en la misma red que le han tendido. Jesús dice: «Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentan un denario, que ciertamente tenía la imagen del César. Roma había impuesto su moneda como signo de dominación. Entonces Jesús les pregun­ta: «¿De quién es esta imagen y la ins­cripción?» Ellos respon­den: «Del César». Han caído en la trampa. Jesús con­cluye de esa respuesta: «Dad al César, lo que es del Cé­sar». La frase tiene un doble sentido; uno para satisfacer a los herodianos y otro para satisfacción de los fariseos, de manera que no pudieran acusarlo ni de sedicioso ni de colaboracionista. «Devolved al César lo que es del César», puede enten­derse: «Pagad el impuesto». De esta manera, no resistía el poder de Roma. Pero también puede entender­se: «Liberaos de la odiosa imagen del César y de su domi­nación, devol­vién­do­le lo suyo». De esta manera, daba satisfacción a los judíos. De todas maneras, fue acusado de sedición. La acusación que llevaron a Pilato era ésta: «Hemos encontra­do a éste alborotando a nuestro pueblo, prohibiendo pagar tributos al César» (Lc 23,2). Como vemos, era mentira.

 

Pero la pregunta también tenía una intención religiosa: «¿Es lícito, es decir, conforme a la ley de Dios, pagar el tribu­to?» Por eso Jesús agrega: «Dad a Dios lo que es de Dios». Si el denario tiene impresa la imagen del César y por eso debe devolverse al César lo suyo, el hombre tiene impresa «la imagen de Dios». Por tanto, él se debe completamente a Dios. Hemos sido creados por Dios, a imagen de Dios y para Dios. Dios es nuestro origen, nuestro divino prototipo y nuestro fin; por eso nuestro corazón está inquieto mien­tras no descansa en Dios donde en­cuentra su fin último y su felici­dad. El hombre debe obedecer la ley humana civil siempre que ésta no sea contraria a la ley divina natural. Si ocurre esa desgraciada circunstancia, el hombre debe resistir la ley civil porque «hay que obedecer a Dios antes que a los hombres« (Hch 5,29). Y lo debe hacer aunque esto le acarree inconve­nientes y persecu­ción, porque la pureza y paz de la con­ciencia moral es superior a cualquier bienes­tar o ventaja material.

 

«Yo soy el Señor y no hay otro»

 

La lectura del profeta Isaías pertenece al llamado «Libro de la Consolación de Israel» que se da al fin del destierro: la esclavitud del pueblo ha concluido y se prepara para un nuevo «éxodo o salida» bajo la guía de Dios. En el capítulo 45, Ciro, Rey de Persia del 550 al 530 a.C., recibe el título reservado a los reyes de Israel: «ungido de Yahveh» que luego se convirtió en el título del «rey - salvador esperado». En realidad no fue poco lo que Ciro hizo en favor de Israel: él puso fin a la deportación en Babilonia -a partir del 538-restituyó los objetos de oro y plata expropiados por Nabucodonosor y publicó el edicto de la reconstrucción del Templo. El libro de Isaías hace una lectura de estos hechos históricos a partir de la consideración de Dios como el « Señor de la Historia». Israel ha aprendido que el Señor no es solamente el único Dios de Israel, sino que es, en absoluto, el único Dios existente.

 

En la segunda lectura, Pablo alaba la fidelidad y tenacidad de la comunidad que coloca su esperanza firme en nuestro Señor Jesucristo así como su coherencia de vida: «fe con obras». Después de haber predicado y consolidado la comunidad en la ciudad de Tesalónica, capital de la provincia romana de Macedonia (en Grecia septentrional), les escribe dos cartas. Esta primera carta es de gran interés pues está escrita sólo 30 años aproximadamente después de la muerte de Jesús, y nos presenta algunas de las costumbres y modos de vida de las primeras comunidades cristianas.


 Una palabra del Santo Padre:

 

«Queridos hermanos y hermanas: esta mañana, en la Basílica de San Pedro, tuvo lugar la beatificación de Clemens August von Galen, obispo de Münster, cardenal intrépido, opositor del régimen nazi. Ordenado sacerdote en 1904, desempeñó durante mucho tiempo su ministerio en una parroquia de Berlín y en 1933 se convirtió en obispo de Münster. En nombre de Dios, denunció la ideología neopagana del nacionalsocialismo, defendiendo la libertad de la Iglesia y de los derechos humanos gravemente violados, protegiendo a los judíos y a las personas más débiles, que el régimen consideraba como despojos que había que eliminar. Son conocidas las tres famosas predicaciones que pronunció aquel intrépido pastor en 1941.

 

El Papa Pío XII lo creó cardenal en febrero de 1946 y, un mes después murió, rodeado de la veneración de los fieles, que reconocieron en él un modelo de valentía cristiana. Éste es precisamente el mensaje siempre actual del beato von Galen: la fe no puede reducirse a un sentimiento privado, que se esconde quizá cuando se convierte en algo incómodo, sino que implica la coherencia y el testimonio en el ámbito público a favor del hombre, de la justicia, de la verdad. Expreso mi profunda felicitación a la comunidad diocesana de Münster y a la Iglesia en Alemania, invocando sobre todos, por intercesión del nuevo beato, abundantes gracias del Señor».

 

Benedicto XVI. Ángelus del Domingo 9 de octubre de 2005.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. Estamos dispuestos a reconocer lo que somos: imagen y semejanza de Dios. ¿Vivo de acuerdo a mi dignidad de hijo de Dios? 

 

2. El Papa Benedicto XVI es muy claro al decir que la fe implica coherencia y testimonio en el ámbito público a favor de la justicia y de la verdad. ¿Soy coherente con mi fe en todos los momentos de mi vida?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2235-2240. 2242

 

 

 

 

 



[1] Los fariseos eran un movimiento religioso del tiempo de Jesús cuyos orígenes remontan al siglo II antes de Cristo. Con ocasión de la persecución del rey helenista Antíoco IV Epífanes (167 a.C.), nació el grupo de los fariseos (piadosos, justos) que resistían a la helenización del país porque querían mantenerse fieles a sus propias tradiciones (ver 1Mac 2,42).

[2] La noción de «camino de Dios» es antigua en Israel. Este era el modo de llamar a la norma de conducta codifi­cada en la Ley. La Ley era considerada como el camino que conduce a la vida (ver Sal 119,25-33).

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lunes, 3 de octubre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 28 del Tiempo Ordinario. Ciclo A. «Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos»

Domingo de la Semana 28 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 25, 6-10a

 

«El Señor de los ejércitos ofrecerá a todos los pueblos sobre esta montaña un banquete de manjares suculentos, un banquete de vinos añejados, de manjares suculentos, medulosos, de vinos añejados, decantados. El arrancará sobre esta montaña el velo que cubre a todos los pueblos, el paño tendido sobre todas las naciones.

        
Destruirá la Muerte para siempre; el Señor enjugará las lágrimas de todos los rostros, y borrará sobre toda la tierra el oprobio de su pueblo, porque lo ha dicho él, el Señor. Y se dirá en aquel día: «Ahí está nuestro Dios, de quien esperábamos la salvación: es el Señor, en quien nosotros esperábamos; ¡alegrémonos y regocijémonos de su salvación!» Porque la mano del Señor se posará sobre esta montaña».

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 12-14. 19-20

 

«Yo sé vivir tanto en las privaciones como en la abundancia; estoy hecho absolutamente a todo, a la saciedad como al hambre, a tener de sobra como a no tener nada. Yo lo puedo todo en aquel que me conforta. Sin embargo, ustedes hicieron bien en interesarse por mis necesidades. Dios colmará con magnificencia todas las necesidades de ustedes, conforme a su riqueza, en Cristo Jesús. A Dios, nuestro Padre, sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén».

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 22, 1-14

 

«Jesús habló otra vez en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El Reino de los Cielos se parece a un rey que celebraba las bodas de su hijo. Envió entonces a sus servidores para avisar a los invitados, pero éstos se negaron a ir. De nuevo envió a otros servidores con el encargo de decir a los invitados: "Mi banquete está preparado; ya han sido matados mis terneros y mis mejores animales, y todo está a punto: Vengan a las bodas." Pero ellos no tuvieron en cuenta la invitación, y se fueron, uno a su campo, otro a su negocio; y los demás se apoderaron de los servidores, los maltrataron y los mataron. Al enterarse, el rey se indignó y envió a sus tropas para que acabaran con aquellos homicidas e incendiaran su ciudad.

 

Luego dijo a sus servidores: "El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no eran dignos de él. Salgan a los cruces de los caminos e inviten a todos los que encuentren." Los servidores salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos, y la sala nupcial se llenó de convidados. Cuando el rey entró para ver a los comensales, encontró a un hombre que no tenía el traje de fiesta. "Amigo, le dijo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de fiesta?." El otro permaneció en silencio. Entonces el rey dijo a los guardias: "Átenlo de pies y manos, y arrójenlo afuera, a las tinieblas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes." Porque muchos son llamados, pero pocos son elegidos.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Una de las ideas principales de este Domingo es la respuesta que cada uno de nosotros debe de dar a la gratuidad de Dios ya que «muchos son los llamados pero pocos los elegidos».  La lectura del profeta Isaías presenta un horizonte esperanzador ya que muestra la intención de Dios que prepara, para los tiempos mesiánicos, un festín suculento en el monte Sión. Dios se dispone a enjugar las lágrimas de los rostros y alejar todo oprobio y sufrimiento (Primera Lectura).

 

En la parábola evangélica se pone de relieve la libertad y la responsabilidad de los invitados al banquete. La boda estaba preparada, pero los invitados no se hicieron merecedores de ella por su propia cerrazón a la invitación generosa y gratuita del rey. De manera indigna habían echado mano a los criados y los habían cubierto de golpes hasta matarlos. ¡Qué trágico y dramático el fin de aquellos invitados descorteses y asesinos: las tropas del rey prenden fuego a la ciudad y acaban finalmente con todos ellos!

 

Este pasaje se relaciona con la parábola que hemos escuchado el Domingo pasado de los viñadores homicidas. Dios invita al hombre, en Jesucristo, al banquete eterno, le ofrece la salvación y la vida eterna. Por parte de Dios todo está hecho; pero es el hombre quien debe acudir al banquete libremente. Hay que personalmente encontrarse con Jesucristo para poder decir como San Pablo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta» (Segunda Lectura).

 

«¡Alegrémonos y regocijémonos de su salvación!»

 

La enseñanza básica de la parábola de este Domingo es la vocación universal al Reino de Dios que, de acuerdo con la tradición bíblica, se describe como un banquete. En la Primera Lectura, el profeta Isaías presenta un cuadro fascinante y bellísimo, en el que resplandece en toda su amplitud el universalismo mesiánico. Yahveh es presentado como el gran Señor que da un banquete a todas las naciones en su mansión real, en este monte Sión, sede de la nueva teocracia. Los profetas, en general,  presentaban las realidades espirituales de la era prometida, con imágenes vivas materiales para captar la atención de sus oyentes. En realidad, el banquete nupcial que Dios dará en la era mesiánica sobrepasará a todas las descripciones proféticas, que ya éstos nunca pudieron vislumbrar la realidad del banquete eucarístico en toda su realidad espiritual y universal: «¡Dichosos los invitados a las bodas del Cordero!» (Ap 19,9).

 

Dios inaugurará con este banquete mesiánico una era de alegría sin fin, quitando el velo o signo de duelo que cubría el rostro de los pueblos, representados en la lectura como apesadumbrados y tristes por la desgracia que sobre ellos pesa (ver Is 14,7-12). El velo era el signo de duelo en la antigüedad (ver Jr 14,3). Una vez quitado el velo del duelo, Dios limpiará las lágrimas de los rostros. La frase «el Señor de los ejércitos aniquilará la muerte para siempre» es considerada como la primera referencia al tema de la inmortalidad y San Pablo la utilizará a favor de la resurrección de los muertos (ver 1Cor 15,54). Refiriéndose a Israel hemos leído en Deuteronomio 28,37: «Y vendrás  a ser un objeto de espanto, de oprobio y de burla entre todos los pueblos, adonde Yahveh te llevará» por haber servido a dioses extraños y haber salido así de la senda trazada por el Señor. Ahora Dios promete a Israel redimirlos de este «oprobio», pues todas las gentes reconocerán la superioridad del pueblo escogido.    

 

«Todo lo puedo en Aquel que me conforta»

 

En la Segunda Lectura, Pablo se dirige a los Filipenses haciéndoles ver que él está acostumbrado a todo. Sabe vivir en pobreza y en abundancia. Conoce la hartura y la privación y se ha ejercitado en la paciencia frente a las grandes dificultades de su ministerio. Nosotros, como Pablo, somos conscientes que en Cristo encontramos la fortaleza necesaria para perseverar en el bien y cumplir nuestra misión. Sabemos que nunca estamos solos en los momentos difíciles de nuestra vida. Sabemos que los sufrimientos son momentos privilegiados para conformarnos cada vez más con el Señor de la Vida y así repetir: «Todo lo puedo en aquel que me conforta».

 

La parábola del banquete nupcial

 

La parábola del banquete nupcial que leemos en el Evangelio de San Mateo, está ubicada en el mismo contexto que la parábola comentada el último Domingo, es decir, responde a la hostilidad de los sumos sacer­dotes y ancianos del pueblo contra Jesús. En su situación concreta e históri­ca, contiene, en primer lugar, un mensaje para ellos. Pero, siendo palabra de Dios, es palabra de vida eterna, y contie­ne, por tanto, un mensaje que atraviesa todas las edades y nos interpela también a noso­tros hoy. Jesús va a exponer el misterio incomprensi­ble del desprecio del hombre hacia Dios. El rey manda a sus siervos a llamar a los invita­dos. Pero éstos desprecian la invita­ción y no vie­nen. Para comprender la magnitud del desprecio, hay que fijar­se en el interés del rey -¡se trata de la boda de su hijo!- y en la soli­citud con que todo fue prepara­do.

 

Manda todavía otros siervos con este mensaje: «El ban­quete está listo, se han matado ya los novillos y anima­les cebados y todo está a punto: venid a la boda». Pero queda en eviden­cia la intención de los invitados de ofender al rey: «Sin hacer caso, uno se fue a su campo, el otro a su negocio, y los demás agarraron a los siervos y los mataron». Estos primeros invitados eran personas ilustres en las cuales el rey tenía interés. Pensando en ellos es que había preparado el banquete; les quería hacer una atención espe­cial. Por eso el rechazo de éstos es más elocuente y doloro­so; tiene la intención de herir. Entonces el rey declara: «La boda está preparada, pero los invitados no eran dignos». Por su propia decisión, éstos quedan excluidos del banquete.

 

En la segunda parte de esta parábola Jesús nos quiere enseñar princi­pal­mente dos cosas: la total gratuidad y univer­salidad de la sal­vación y la actitud interior con que es nece­sario recibir este don. Después que los prime­ros invitados rechazaron la invita­ción, el rey ordena invitar a todos a la fiesta: «Id, pues a los cruces de los caminos y a cuantos en­contréis, invitadlos a la boda». Los pobres, los que no podían corresponder a la invitación, los que nunca habrían soñado que tan alto Señor los invitara a su casa y a un banque­te tan magnífico, ellos también fueron invitados.

 

Comentan­do esta enseñanza es que San Pablo afirma: «Dios, rico en miseri­cor­dia, por el grande amor con que nos amó, estando nosotros muertos a causa de nuestros pecados, nos vivificó juntamente con Cristo -por gracia habéis sido salva­dos- con Él nos resuci­tó y nos hizo sentar en los cielos con Cristo Jesús» (Ef 2,4-6). Nosotros no hemos sido invitados a un banquete de esta tierra, sino al mismo cielo, al banquete de bodas del Cordero, Cristo Jesús. Y esto sin mérito alguno nuestro. En realidad, esto es imposi­ble merecerlo con nuestro esfuerzo. Es puro don.

 

«Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de bodas?»

 

Al extender la invitación a los que estaban en el cruce de los caminos hay un detalle a considerar. Dice que los siervos, enviados por el rey para invitar a todos los que encontraran, reunie­ron a «malos y buenos». Esto prepara la segunda parte, que se refiere a la suerte del invitado que entró sin el traje de bodas. Al reparar en él el rey le dice: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el traje de bodas?». El rey ordenó: «Echadlo a las tinieblas de fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes». Esta segunda parte de la parábola parece empañar la gratuidad y la felicidad de todos los mendigos y misera­bles que fueron invitados al banquete del rey.

 

En realidad, nos quiere enseñar que hay dos modos de despre­ciar al rey. Un modo es rechazando su invita­ción, como hicie­ron los primeros invitados; otro modo, es en­trando en el banquete, pero sin la presentación debida. Es evidente que desprecia al dueño de casa el invitado que no se molesta en procurarse el vesti­do conve­niente para la ocasión. La parábola nos enseña entonces que la llamada a la salvación y a gozar del banquete del Reino es enteramente gratuita y que la perspectiva que se ofrece es completa­mente inesperada e inmerecida; pero, una vez recibida esta gracia, exige de nosotros la conver­sión, exige una dispo­si­ción interior correspondiente a la santidad y bondad de Dios que invita.

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

«De este modo, hemos llegado al segundo pensamiento fundamental de las lecturas de hoy. Hablan ante todo de la bondad de la creación de Dios y de la grandeza de la elección con la que Él nos busca y nos ama. Pero hablan también de la historia que sucedió después, el fracaso del hombre… Queremos ser los dueños en primera persona y solos. Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de manera ilimitada. Dios nos estorba o se hace de Él una simple frase devota o se le niega todo, desterrándolo de la vida pública, hasta que de este modo deje de tener significado alguno. La tolerancia que sólo admite a Dios como opinión privada, pero que le niega el dominio público, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia, sino hipocresía. Ahora bien, allí donde el hombre se convierte en el único dueño del mundo y en propietario de sí mismo no puede haber justicia. Allí sólo puede dominar el arbitrio del poder y de los intereses…

 

Al llegar aquí nos surge la pregunta: «Pero, ¿no hay una promesa, una palabra de consuelo en la lectura y en la página evangélica de hoy? La amenaza, ¿es la última palabra?» ¡No! Hay una promesa y es la última palabra, la esencial. La escuchamos en el versículo del aleluya, tomado del Evangelio de Juan: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto» (Juan 15, 5). Con estas palabras del Señor, Juan nos ilustra el último, el auténtico final de la historia de la viña de Dios. Dios no fracasa. Al final, triunfa, triunfa el amor.»

 

Benedicto XVI. Homilía en la inauguración del Sínodo de Obispos, 2 de octubre de 2005.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. «Cuando entró a ver a los invitados, reparó en uno que no llevaba traje apropiado. Le preguntó: ¿cómo has entrado sin vestir un traje apropiado?» ¿Tengo yo la adecuada reverencia y preparación cuando soy invitado al banquete eucarístico por el mismo Señor Jesús cada Domingo?

 

2. «Todo lo puedo en Aquel que me conforta», nos dice San Pablo. ¿Cómo está mi confianza en el Señor? ¿Podría repetir la frase de San Pablo? 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 545 - 546.1027.1439.1682.

 

 

 

 

 

 

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lunes, 26 de septiembre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 27 del Tiempo Ordinario. Ciclo A. «El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

Domingo de la Semana 27 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

 

Lectura del libro del  profeta Isaías 5,1-7

 

«Voy a cantar en nombre de mi amigo el canto de mi amado a su viña. Mi amigo tenía una viña en una loma fértil. La cavó, la limpió de piedras y la plantó con cepas escogidas; edificó una torre en medio de ella y también excavó un lagar. Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? Si esperaba que diera uvas, ¿por qué dio frutos agrios?

 

Y ahora les haré conocer lo que haré con mi viña: Quitaré su valla, y será destruida, derribaré su cerco y será pisoteada. La convertiré en una ruina, y no será podada ni escardada. Crecerán los abrojos y los cardos, y mandaré a las nubes que no derramen lluvia sobre ella. Porque la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel, y los hombres de Judá son su plantación predilecta. ¡El esperó de ellos justicia, y hay iniquidad; esperó honradez, y hay alaridos!»

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Filipenses 4, 6-9

 

« No os inquietéis por cosa alguna; antes bien, en toda ocasión, presentad a Dios vuestras peticiones, mediante la  oración y la súplica, acompañadas de la acción de gracias.Y la paz de Dios, que supera todo conocimiento, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo  Jesús.

 

Por lo demás, hermanos, todo cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de amable, de honorable, todo  cuanto sea virtud y cosa digna de elogio, todo eso tenedlo en cuenta. Todo cuanto habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, ponedlo por obra y el Dios de la paz estará con vosotros».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 21, 33 - 43

 

«Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: «Escuchen otra parábola: Un hombre poseía una tierra y allí plantó una viña, la cercó, cavó un lagar y construyó una torre de vigilancia. Después la arrendó a unos viñadores y se fue al extranjero. Cuando llegó el tiempo de la vendimia, envió a sus servidores para percibir los frutos. Pero los viñadores se apoderaron de ellos, y a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. El propietario volvió a enviar a otros servidores, en mayor número que los primeros, pero los trataron de la misma manera.

 

Finalmente, les envió a su propio hijo, pensando: "Respetarán a mi hijo." Pero, al verlo, los viñadores se dijeron: "Este es el heredero: vamos a matarlo para quedarnos con su herencia." Y apoderándose de él, lo arrojaron fuera de la viña y lo mataron. Cuando vuelva el dueño, ¿qué les parece que hará con aquellos viñadores?» Le respondieron: «Acabará con esos miserables y arrendará la viña a otros, que le entregarán el fruto a su debido tiempo.» Jesús agregó:«¿No han leído nunca en las Escrituras: La piedra que los constructores rechazaron ha llegado a ser la piedra angular: Ésta es la obra del Señor, admirable a nuestros ojos? Por eso les digo que el Reino de Dios les será quitado a ustedes, para ser entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El Evangelio de este Domingo nos presenta una parábo­la­ expuesta por Jesús para expresar las relaciones de Dios con su pue­blo. Las lecturas nos muestran la imagen de la viña que simboliza a Israel; una viña que es amada y cuidada por Dios, pero que, lamentablemente, no produce los frutos que se esperaban de ella. La Primera Lectura nos muestra el poema del amigo y de su viña. Este hombre ama su viña y espera de ella que dé buenas uvas, en cambio, recibe uvas silvestres, agrazones[1]. El hombre se lamenta con razón y se pregunta: ¿qué más podía haber hecho por mi viña que no hice? Nada; ciertamente ya lo hizo todo.

 

En el Evangelio se recoge el tema de la viña en una especie de alegoría: el dueño de la viña la arrienda a unos trabajadores que no solamente no producen los frutos esperados sino que matan a su hijo, el heredero. En ambos casos el tema de los frutos que Dios espera de Israel y de los hombres se subraya de modo especial: el hombre ha recibido mucho de Dios y debe ofrecer frutos de vida eterna, de conversión, de santidad y de caridad. Por su parte, San Pablo en la carta a los Filipenses, continuando su exposición, los exhorta a dar «el buen fruto» que es poner por obra todo lo que han recibido y aprendido de Dios (Segunda Lectura).

 

La canción de la viña

 

«Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por la viña...» Este hermoso poema compuesto por Isaías al comienzo de su ministerio, probablemente se basó en alguna canción popular de vendimia. El tema de la viña de Israel, elegida y luego repudiada, fue esbozado ya por Oseas (10,1), lo repetirá Jeremías (2,21; 5,10; 6,9) y Ezequiel (15,1-18). Isaías compara a Israel con la viña, que Dios había plantado y cuidado cariñosamente con la esperanza de obtener una buena y rica cosecha. «Él esperaba que diera uvas, pero dio frutos agrios. Y ahora, habitantes de Jerusalén y hombres de Judá, sean ustedes los jueces entre mi viña y yo. ¿Qué más se podía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?». San Gregorio Magno comentando este pasaje nos dice: «¿No vemos en estas palabras la condenación de los que abusan de las gracias? ¿No somos todos "la viña del Señor", escogidos de entre muchos otros y destinados para la vida eterna? Por eso, los que hemos recibido más gracias que muchos otros, seremos también juzgados con mayor severidad; porque a medida que aumenten las gracias, aumenta la responsabilidad en que incurrimos».  

 

«Recurran a la oración y a la súplica»

 

San Pablo sale a nuestro encuentro y nos exhorta, en la carta a los Filipenses, a recurrir al Señor  por medio de la oración y de la súplica. La cristiandad de Filipos, ciudad principal de Macedonia, había enviado una pequeña subvención para aliviar la vida del apóstol en Roma. Conmovido por el gran cariño de sus hijos en Cristo les manda una carta de agradecimiento que es, a la vez, un modelo y un testimonio de ternura con que abraza a cada una de las comunidades por él fundadas. La epístola fue escrita en Roma hacia el año 63.

 

San Francisco de Sales nos dice acerca de la angustia y de la inquietud del corazón: «Proviene la inquietud de un inmoderado deseo de librarse del mal que se padece o de alcanzar el bien que se espera, y con todo, la inquietud y el desasosiego es lo que más empeora el mal y aleja el bien, sucediendo lo que a los pájaros, que al verse entre redes y lazos, se agitan y baten las alas para salir, con lo cual se enredan cada vez más y quedan presos. Por tanto, cuando quieras librarte de algún mal o alcanzar algún bien, ante todas las cosas, tranquiliza tu espíritu y sosiega el entendimiento y la voluntad». La vida del que espera y confía en el Señor excluye todo apego (ver Tt 2,11-13), entonces «el Dios de la paz estará con vosotros».

 

Los viñadores homicidas

 

La parábola de los viñadores homicidas es una de las únicas dos parábolas que aparecen en los tres Evangelios sinópticos[2]. La otra, es la parábola del sembrador. Y esta sola consta­tación indica ya su importancia. La parábola de los viñadores asesinos constituye un compendio de la historia de la salvación de Dios para el hombre, desde la Alianza del Sinaí hasta la fundación de la Iglesia por Jesucristo como Nuevo Pueblo de Dios; pasando por los profetas y la misma persona de Cristo que anunció el Reino de Dios y fue constituido piedra angular de todo el Plan Reconciliador del Padre mediante su sacrificio pascual. Jesús presenta la imagen de un propietario que plantó una viña y la cuidó con el máximo esmero posible. «Era un pro­pietario que plantó una viña, la rodeó de una cerca, cavó en ella un lagar[3] y edificó una torre». La fuerza expresiva de esta descripción está amplifica­da, por la evoca­ción del texto del profeta Isaías sobre la viña (Is 5, 1-7), que los oyentes no pueden dejar de recordar.

 

Jesús sigue exponiendo la parábola: «El propietario arrendó la viña a unos labradores y se ausentó», pero no se olvidó de su viña. Cuando llegó el tiempo de los fru­tos, envió a sus siervos a los labradores para recibir sus frutos. Pero los labradores los golpearon y los mataron; envió otros siervos más numerosos que los primeros y los trataron de la misma forma. Hasta aquí es sorprendente la paciencia que ha tenido el dueño; pero el auditorio co­mienza a irritarse con la actuación de los arrendatarios. Llega entonces el punto culmi­nan­te del relato donde el dueño manda a su propio hijo. Todo el auditorio está de acuerdo que lo respetarán ya que lo contrario sería excesivo, sería una provocación contra el dueño de la viña. Sin embargo el hijo es asesinado para quedarse con la viña.

 

La explicación de la parábola 

 

Ha quedado claro que en la parábola, cuando Jesús habla de «el hijo», está expresando su conciencia filial respecto de Dios. Él es el hijo que en el momento culmi­nante fue arrojado fuera y matado; y los que fueron envia­dos antes que Él son los profetas. Es la misma idea que Él expresa cuando a la vista de Jerusalén suspi­ra: «¡Jerusa­lén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que le son envia­dos!» (Mt 23,37). Es la misma idea con que se introduce la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últi­mos tiempos nos ha habla­do por medio del Hijo, a quien instituyó heredero de todo» (Hb 1,1-2). En esta misma epístola reaparece el detalle de que el hijo fue arrojado fuera de la viña y allí lo mataron: «Jesús pade­ció fuera de la puerta» (Hb 13,12).

 

Por medio de la parábola de los viñadores homicidas, Jesús se está refi­riendo a su propio fin. Ahora viene una reflexión y comentario, en la cual Jesús hace intervenir al auditorio para que exprese su reacción. Nadie puede quedar indiferente ante la pregunta sobre el destino de los viñadores. Le responden: «A esos miserables les dará una muerte miserable y arrendará la viña a otros labradores que le paguen los frutos a su tiem­po». Sin embargo para comprender el alcance de la respuesta de Jesús hay que recordar quiénes estaban oyendo esta parábola.

 

El Evangelio dice que «mientras Jesús enseñaba en el Tem­plo, se le acerca­ron los sumos sacerdo­tes y los ancianos del pueblo para pre­guntarle: ¿Con qué autoridad haces esto? ¿Quién te ha dado tal autori­dad?» (Mt 21,23). A la luz de la fe en Cristo, la pre­gunta es absurda y deja en evidencia toda la cegue­ra de las autori­dades judías. Jesús era el Hijo, que venía a «su propia casa», Él es la Pala­bra de Dios que, en el lugar de su morada, enseñaba. Hay que ser ciego para no ver con qué autoridad lo hace. Jesús responde a la pregunta propo­nien­do, entre otras, también esta parábola llamada «de los viñadores homici­das».

 

«El Reino de Dios será entregado a un pueblo que le hará producir sus frutos.»

 

En la aplicación de la parábola, Jesús se pasa de «la viña» al «Reino de Dios». Jesús está hablando del Reino de Dios que se hizo presente como un don a su pueblo cuando Él vino a los suyos pero no lo recibieron. Entonces fue dado a otro pueblo. Este otro pueblo al cual fue dado Jesús y con él el Reino de Dios es la Iglesia. Para formar parte de este pueblo se nace por medio del bau­tis­mo, que consiste en acoger a Jesús como Señor. Así se verifica lo anunciado por San Juan: «A cuantos lo recibieron les dio poder ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre» (Jn 1,11-12).

 

La parábola que hemos leído está en el Evangelio para interpelarnos a nosotros ahora. A nosotros se nos han dado ahora los sacramentos con todas sus infinitas gracias, sobre todo, el sacramento de la Eucaris­tía, que contiene a Cristo mismo. Dios no podía hacer nada más grande por nosotros. Por eso espera de nosotros frutos de caridad y de santidad.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«En el centro del Salmo (130) se resalta la imagen de una madre con su hijo, signo del amor tierno y materno de Dios, como ya lo había presentado el profeta Oseas: "Cuando Israel era niño, yo lo amé (...). Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y le daba de comer" (Os 11, 1. 4).  El Salmo comienza con la descripción de la actitud antitética a la de la infancia, la cual es consciente de su fragilidad, pero confía en la ayuda de los demás. En cambio, el Salmo habla de la ambición del corazón, la altanería de los ojos y "las grandezas y los prodigios" (cf. Sal 130, 1). Es la representación de la persona soberbia, descrita con términos hebreos que indican "altanería" y "exaltación", la actitud arrogante de quien mira a los demás con aires de superioridad, considerándolos inferiores a él.

 

La gran tentación del soberbio, que quiere ser como Dios, árbitro del bien y del mal (cf. Gn 3, 5), es firmemente rechazada por el orante, que opta por la confianza humilde y espontánea en el único Señor. Así, se pasa a la inolvidable imagen del niño y de la madre. El texto original hebreo no habla de un niño recién nacido, sino más bien de un "niño destetado" (Sal 130, 2). Ahora bien, es sabido que en el antiguo Próximo Oriente el destete oficial se realizaba alrededor de los tres años y se celebraba con una fiesta (cf. Gn 21, 8; 1 S 1, 20-23; 2 M 7, 27). El niño al que alude el salmista está vinculado a su madre por una relación ya más personal e íntima y, por tanto, no por el mero contacto físico y la necesidad de alimento. Se trata de un vínculo más consciente, aunque siempre inmediato y espontáneo. Ésta es la parábola ideal de la verdadera "infancia" del espíritu, que no se abandona a Dios de modo ciego y automático, sino sereno y responsable.  Como hemos visto, a la confianza humilde se contrapone la soberbia».

 

Benedicto XVI. Comentario al Salmo 130, Audiencia miércoles 10 de agosto de 2005.

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana  

 

1. Leamos en familia el hermoso Salmo 118 (117) que nos habla acerca de la confianza en Dios.

 

2. El Señor  Jesús es muy claro: «Se os quitará el Reino de Dios  para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos».  ¿Cuáles son los frutos que doy? ¿Qué voy a hacer?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 758-780.

 

 

 

 



[1] Agrazones: uvas que nunca maduran.

[2] Los Evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas.

[3] Lagar: sitio pequeño en que se pisa la uva para hacer vino y la aceituna para sacar el aceite.

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