domingo, 7 de agosto de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 20 del Tiempo Común. Ciclo A y Asunción de María (15 de agosto)

Domingo de la Semana 20 del Tiempo Común.  Ciclo A

«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 56, 1. 6-7

 

«Así dice Yahveh: Velad por la equidad y practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y mi justicia  para manifestarse. En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahveh para su ministerio, para amar el nombre de Yahveh, y para ser sus  siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarle y a los que se mantienen firmes en mi alianza, yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos».

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,13-15. 29-32

 

«Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos. Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?

 

Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28

 

«Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: "¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada". Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: "Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros". Respondió él: "No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!

 

El respondió: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos". "Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Y desde aquel momento quedó curada su hija».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El pasaje de este Domingo es realmente Impresionante ya que Jesús, el Maestro Bueno, responde de manera dura y fuerte - políticamente incorrecta diríamos hoy - a una mujer cananea que le suplica por su hija endemoniada. Pero la gran lección – y vínculo - de las lecturas dominicales es la universalidad del mensaje reconciliador de Dios.

 

La Primera Lectura expone la situación de los judíos deportados que después de haber convivido con pueblos paganos en el destierro babilónico – desde el 587 al 538 A.C. – vuelven a la Tierra Prometida y se encuentran que ya está habitada. En el exilio una de las más grandes exigencias fue la fidelidad a Dios y a su Alianza. Permaneciendo unidos alrededor de los profetas, sacerdotes y escribas; pero sin culto, sacrificio ni Templo; anhelaban siempre el retorno a Jerusalén. Pero ahora ven que tienen que convivir con los «pueblos extranjeros». Esto les obligará a pensar y a tomar una nueva actitud. También vamos a ver la misma temática en la Carta a Los Romanos (Segunda Lectura) donde San Pablo, «Apóstol de los gentiles», no hará distinción entre judíos y gentiles.

 

Finalmente en el Evangelio de San Mateo; Jesucristo realizará el milagro a la mujer cananea – considerada pagana[1]- dejando sentado que si bien su misión es salvar a «las ovejas perdidas de Israel»; dejará en claro que su mensaje es universal. Esto lo irá revelando poco a poco a sus Apóstoles hasta claramente hacerlo explícito durante su Ascensión a los Cielos (ver Mt 28, 19-20).

 

La reconciliación a todos los pueblos

 

Esta parte final del libro de Isaías, considerada del «trito-Isaías», es decir del tercer Isaías; es anterior al fin del Destierro y coetánea a la reconstrucción del Templo hacia el año 520 A.C. En la lectura del capítulo 56 leemos una afirmación sorprendente: «porque mi casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7).

 

Jesús mismo citará este versículo en circunstancias graves de su vida (ver Mt 21,13) y anunciará dos novedades: la primera es que la oración se impone sobre el sacrificio aun en el Templo - estamos hablando del contexto sacrificial del Antiguo Testamento -; y por otro lado se invita a todos los pueblos a la «Casa de oración». En otros pasajes vemos como Jesús dirá que su sangre (Jn 11, 51-52) ha derribado el muro que separaba a los judíos de los paganos (Ef 2,14), de modo que todos puede hacerse hijos de Abraham (Rm 4, 16). Esto lo vemos ejemplificado en el bautismo del centurión romano Cornelio de manos de San Pedro en la ciudad de Joppe (Hch 10).

 

Podemos entonces afirmar que la «caída» de Israel - es decir el no haber aceptado y reconocido a Jesús como el Mesías - se constituye el medio por el cual se hará factible[2] que el mensaje reconciliador de Jesucristo llegue a todos los hombres (ver Rm 11, 11- 16). Por otro lado San Pablo nos señala que para los cristianos tampoco debe de existir la distinción entre judío y gentil; entre libre y esclavo, sino todos somos uno en la fe la cual obra por amor (Gal 5,6).   

 

La región de Tiro y Sidón

 

El Evangelio nos narra un hecho que ocurre fuera de los confines de Israel. Es necesario tener en cuenta esta circuns­tancia para comprender lo ocurrido. En efecto, co­mienza informando: «Jesús se dirigió a las regiones de Tiro[3] y Sidón[4]». Estas ciuda­des están ubicadas en la costa del mar Mediterrá­neo, al norte de Israel (Líbano en la actualidad). Es la única vez que vemos a Jesús salir del terri­torio de Is­rael (aparte de la huida a Egipto con sus padres, cuando era niño peque­ño, para escapar de las manos de Hero­des el Grande). Jesús es el Salvador del género humano; pero debía realizar esta misión siendo el Mesías prometido a Israel.

 

Una mujer cananea

 

«Entonces una mujer cananea de esas partes, se puso a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija es cruelmente atormentada por un demonio». El gentilicio «cana­nea», que se atribuye a la mujer es único en el Evangelio. En efecto, éste es un nombre arcaico que designa al principal de los pueblos que habitaban la Palestina y que Israel tuvo que exterminar para no contaminarse con sus cultos idolátricos. Más pagana no podía ser la mujer. En el Evangelio de San Marcos, escrito para un público menos sensible a la historia de Israel, la mujer es des­crita como «de origen siro-fenicia» (Mc 7,24). En todo caso, no es del pueblo de Israel.

 

Su grito expresa total confianza; en griego, que es la lengua original del Evan­gelio, ese grito reprodu­ce la misma súplica que nosotros dirigimos a Dios en el acto peni­tencial de la Misa: «Kyrie eleison» - «Señor ten piedad». Pero ella agrega: «Hijo de David». Y este modo de referir­se a Jesús es un claro reconocimiento de que él es el Cristo, el Mesías esperado por Israel. Es el mismo grito que le dirigen los dos ciegos: «Hijo de David, ten piedad de nosotros» (Mt 9,27; 20,30). Es la aclamación de la multitud y de los niños cuando Jesús entró en Jerusa­lén: «Hosanna al hijo de David» (Mt 21,9.15). El mismo Jesús en cierta ocasión pregunta a los fari­seos: «¿Qué pensáis del Cristo, de quién es hijo?. Le res­pondieron: De David» (Mt 22,42). Es claro que, llamándole así, la mujer cananea hace una profesión de su fe en la identidad de Jesús

 

La indiferencia de Jesús

 

¿Cómo se explica la actitud de indife­rencia que mantiene Jesús? «El no le respondió palabra». Fue necesa­rio que intercedieran los apóstoles. Y lo hacen, no por interés en la mujer, sino para sacársela de encima: «Escúchala, que viene detrás gritando».

 

Entonces Jesús mismo explica el motivo de su silencio: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdi­das de la casa de Israel». Esto explica por qué Jesús se restringió a Israel y por qué allí des­plegó su obra y todos sus milagros, salvo el que se relata aquí, obviamente. Pero a sus discípu­los los formó para una misión universal, a la cual los envió antes de ascen­der al cielo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). El motivo que Jesús da a sus discípulos para evitar hablar con la mujer cananea, le debió parecer a ella un argumento "teológico" incomprensible; y por eso insiste: «¡Señor, socórreme!». Entonces Jesús se dirige a ella y le da una razón más a su alcance: «No está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perritos».

 

Los judíos se refe­rían a los paganos llamándoles «perros». Jesús se acomoda a este uso, pero lo hace de modo más afectuoso y dice el diminutivo «perritos», en atención a que la mujer había expresado admi­ración y absoluta confianza en Él. La mujer reac­ciona con prontitud y su respuesta cautiva a Jesús, que ya no se puede negar a conceder­le todo lo que pide: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella no discute que, siendo pagana, merece el apelativo «perritos» y que los judíos son «señores», pues de ellos viene el Mesías, el «hijo de Da­vid»; pero esto no impide que la acción del Mesías alcance a todos, incluso a los perritos, aunque sea en forma de miga­jas.

 

Jesús quedó admirado. Pocas veces expresa semejante admiración. Dice a la mujer: «¡Mujer, grande es tu fe! Que te ocurra como deseas». El Evangelio agrega el desen­lace: «Desde aquella hora su hija quedó curada». La mujer obtuvo lo que deseaba porque demostró una fe imbatible en el poder de Jesús. Es la condición necesaria para obtener cualquier gracia de Dios. Aquí vemos en acción la declara­ción de Cris­to: «Si tenéis fe como un grano de mosta­za, diréis a este monte: 'Desplázate de aquí allá', y se desplazará, y nada os será imposible» (Mt 17,20). La mujer cananea tenía fe más grande que un grano de mostaza.

 

Ella mereció que Jesús excla­mara: «¡Grande es tu fe!». Pero ella tiene otra lección que darnos. Ella no sólo demuestra fe, sino también una inmensa humildad y una confianza absoluta en la bondad de Jesús. Aunque Él le demostraba indiferencia y severidad, ella seguía insistiendo segura de que no sería rechazada. Podemos decir que ella – en ese momento - demos­traba conocer el Corazón de Jesús más que sus mismos discípu­los.

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

 «En este XX domingo del tiempo ordinario la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que "tenía un demonio muy malo". El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo. Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende:  "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas" (Mt 15, 21-28).


"Mujer, ¡qué grande es tu fe!". Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.


Este es el testimonio de los santos; este es, especialmente, el testimonio de los mártires, asociados de modo más íntimo al sacrificio redentor de Cristo. En los días pasados hemos conmemorado a varios: los Papas Ponciano y Sixto II, el sacerdote Hipólito y el diácono Lorenzo, con sus compañeros, que murieron en Roma en los albores del cristianismo.

 

Además, hemos recordado a una mártir de nuestro tiempo, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, copatrona de Europa, que murió en un campo de concentración; y precisamente hoy la liturgia nos presenta a un mártir de la caridad, que selló su testimonio de amor a Cristo en el búnker del hambre de Auschwitz: San Maximiliano María Kolbe, que se inmoló voluntariamente en lugar de un padre de familia.


Invito a todos los bautizados, y de modo especial a los jóvenes que participan en la Jornada mundial de la juventud, a contemplar estos resplandecientes ejemplos de heroísmo evangélico. Invoco sobre todos su protección y en particular la de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, que pasó algunos años de su vida precisamente en el Carmelo de Colonia. Que sobre cada uno de vosotros vele con amor materno María, la Reina de los mártires, a quien mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo».

 

Benedicto XVI. Ángelus 14 de Agosto de 2005

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¡Una fe admirable e indómita! Ante la fe de la mujer cananea ¿Cómo está mi fe? ¿Cómo la vivo en los momentos de dificultad? ¿En las tentaciones? ¿En mis propias fragilidades? 

 

2. María es la mujer de la fe. Recemos un rosario en familia para que sea Ella la que nos guie en los momentos difíciles y nos aumente la fe.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 402-406. 969. 2087- 2094.

 

 

 

 



[1] Pagano. Del latín paganus: habitante del campo. Los no cristianos que iban quedando en los medios rurales cuando el cristianismo se fue extendiendo sobretodo en las ciudades en el Imperio Romano. Infiel no bautizado. En el Antiguo Testamento a los que no pertenecían al Pueblo de Dios se les llamaba gentiles. Otras veces se refería a los pueblos extranjeros.  

[2] Hay que tener en cuenta la providencia de Dios que de una u otra manera iba a hacer esto posible, es decir que la Buena Nueva llegase a toda la humanidad.

[3] Tiro era un importante puerto y ciudad- estado en la costa del Líbano. En realidad contaba con dos puertos; uno en la costa y otro en una isla frente a la costa. Hacia el año 1200 A.C. los filisteos saquearon Sidón y entonces Tiro pasa a ser el puerto fenicio más importante. La edad de oro de Tiro fue en la época de David y Salomón.  El rey Ajab de Israel se casó con la hija del rey de Tiro. Lego será conquistada por los asirios en el siglo IX A.C. Recuperará su libertad para más tarde caer en manos de Alejandro Magno (332 A.C.).   

[4] Sidón (puerto fenicio) en la costa moderna del Líbano. En Sidón trabajaban muchos artesanos de alta calidad. Entre sus exportaciones se contaban  tallas de marfil, joyas de oro y plata, y fina cristalería. Cada ciudad fenicia era prácticamente independiente. Cuando los israelitas conquistaron Canaán, no consiguieron lograr tomar Sidón. Pero poco a poco fueron mezclándose hasta que finalmente se acusa a los israelitas de darle culto al dios Baal de Sidón y Asrtoret. Jezabel, que fomentó el culto a Baal, era hija de un rey de Sidón. En los tiempos de Jesús la mayoría de los habitantes de Sidón eran griegos y muchos acudían a Galilea para escuchar su predicación. San Pablo se detuvo en Sidón cuando se dirigía a Roma y permaneció en la casa de unos amigos.  

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lunes, 1 de agosto de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 19 del Tiempo Ordinario. Ciclo A y Transfiguración del Señor (se celebra el sábado 6 de agosto)

  Domingo de la Semana 19 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

 

Lectura del Primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

 

«Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra de Yahveh. Le dijo: "Sal y ponte en el monte ante Yahveh". Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva.»

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 9, 1- 5

 

«Digo la verdad en Cristo, no miento, - mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo -, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.»

 

 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 22- 33

 

«Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: "Es un fantasma", y de miedo se pusieron a gritar.

 

Pero al instante les habló Jesús diciendo: "¡Animo!, que soy yo; no temáis". Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas". "¡Ven!", le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: "¡Señor, sálvame!" Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: "Verdaderamente eres Hijo de Dios".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

En toda la Sagrada Escritura la teofanía o manifestación de Dios posee un lugar siempre importante. Dios se manifiesta con su poder y grandeza al hombre que queda cautivado por esta visión. Este Domingo veremos dos teofanías especiales. En el libro de los Reyes se nos narra el paso de Yahveh ante el profeta Elías, que se refugiaba en una cueva en el monte Horeb. A diferencia de otras manifestaciones divinas, aquí el Señor se hace presente por medio de una suave brisa (Primera Lectura). En el Evangelio los discípulos que se encontraban en medio de la tormenta en el lago Tiberíades ven caminar por las aguas a Jesús. Esta aparición se vincula con el acto de fe de Pedro. «Si eres tú - le dice a Jesús que se acerca caminando por las aguas - mándame ir a Ti». En el corazón de Pedro hay una mezcla de fe incipiente y un poco de duda temerosa. En cuanto Jesús sube a la barca, el viento amaina y los apóstoles se postran ante Él reconociéndolo como «Hijo de Dos». Ambas manifestaciones de Dios están encaminadas a fortalecer la fe. Es la fe que descubrimos en San Pablo, a quien el Señor se le apareció como «el último de los apóstoles» (Segunda Lectura).

 

Vayamos a la primera lectura...

 

En la primera Lectura, del primer libro de los Reyes, Dios no se va a manifestar a Elías  en la violencia del huracán, ni en la fuerza del terremoto, sino en el murmullo de la brisa suave. El Señor eligió mostrar de esta forma su misteriosa presencia. Al que tiene un amor celoso por Dios, Él lo hace partícipe de su ternura de una forma diferente a la que podamos imaginar. Así, Yahveh se da a conocer en la brisa suave mejor que en la furia del huracán y del terremoto. El profeta Elías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Actuó en el reino del Norte (Reino de Israel) en el siglo IX a.C. en tiempos del impío rey Ajab y su pérfida esposa Jezabel. En sus libros trata sobre su lucha contra el dios pagano «Baal». Se le recuerda por haber derrotado a todos los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Termina su vida siendo arrebatado al cielo en un carro ardiente jalado por caballos de fuego de donde volvería cuando fuese el «tiempo mesiánico».   

 

«Estar mucho rato a solas con Dios solo…»

 

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro que pide ir a su encuentro. Es la continua­ción inme­diata del episodio de la multiplica­ción de los panes que hemos comen­tado el Domingo pasado. Hay que considerar que los apóstoles acababan de vivir esa experien­cia y estaban aún bajo su efecto. Después de haberles dado de comer, de mano de los apóstoles, y haberse saciado, los obliga a embarcarse «mar adentro» mientras Él despedía a la gente. El Evangelio incluye una observa­ción que es una magnífica lección para noso­tros: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí». Esta frase vale más que un extenso trata­do sobre la oración. Jesús tenía necesidad de recogerse en la soledad y el silencio para entregarse a la oración. Después de la agitación de la jornada, al atarde­cer, necesi­taba tener este trato de intimidad a solas con su Padre. Esto es lo que han anhelado todos los místicos y contempla­tivos: «Estar mucho rato a solas con Dios solo», según la expre­sión de la carmelita Isabel de la Trini­dad.

 

Una teofanía

 

Este impresionante episodio de la vida de Jesús es claramente una teofanía como leemos en la conclusión del pasaje. Después de haber despedido a la multitud y mientras los discípulos combatían contra el viento y las olas, en medio de la noche; Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. «Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turba­ron, diciendo: 'Es una aparición', y se pusieron a gritar de temor». El «temor» es la primera actitud del hombre ante cual­quier manifestación de Dios. Es un sentido agudo de su condi­ción de creatura ante el Creador, es decir, de su limitación ante la infinitud de Dios, de su pequeñez ante la grandeza de Dios, de su pecado ante la santidad de Dios. La fe israelita tenía una viva conciencia de la tras­cen­dencia de Dios.

 

Entre ellos es una verdad clara que «el hombre no puede ver a Dios y quedar vivo». En efecto, cuando Moisés pidió al Señor: «Déjame ver tu gloria», recibió de Él esta respuesta: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir vivien­do» (Ex 33,18.20). Pero, en realidad, según afirma el evan­gelista San Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Lo que el hombre ha visto es una manifes­tación de Dios, una «teofa­nía» y en este caso, la reacción normal del hombre es el «temor» o miedo reverencial.

 

«¡Ánimo! Yo soy ¡No temáis!»

 

La respuesta de Jesús confirma lo dicho: «¡Animo! Yo soy. ¡No temáis!» La frase «No temáis» es el signo más claro de que estamos ante una manifestación de Dios. Se trata de tranquili­zar al hombre. Seguramente ya hemos distinguido en la expresión «Yo soy» el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés. Cuando vio una zarza ardiendo que no se consumía y desde ella Dios lo llamó, «Moisés se cubrió el rostro porque temía ver a Dios». Es el mismo temor que sintieron los discípulos al ver a Jesús cami­nar sobre el mar. Y a la pregunta: ¿Cuál es tu nombre?, Dios responde: «Yo soy el que soy» y añadió: «Así dirás a los israelitas: YO SOY me ha enviado a vosotros» (Ex 3,14). Por tanto la expresión «Yo soy» en labios de Jesús tiene un doble signifi­cado. El significado primero y más evidente es: «Yo soy Je­sús». Pero no se puede excluir el significado «yo soy» como referencia al nombre divino[1]. Cual­quier alusión al «yo personal» de Jesús, debería ponernos aten­tos ya que nos remite a su propia identidad.

 

Cuando Jesús dice: «Yo soy», también él alude a su persona, pero en este caso se trata de una Perso­na divina, del Hijo, es decir, de la segunda Persona de la Santí­sima Trinidad. Es lo que afirma la conclusión del episodio: «Los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios». Éste es un acto de adoración que se reserva sólo a Dios. El pueblo de Israel había mantenido estrictamen­te su fe monoteísta como signo de su identidad. El primer manda­miento del decálogo dice: «Yo, Yahveh, soy tu Dios... No te postrarás ante otros dioses ni les darás culto, porque Yo, Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,2.5).

 

«Si eres tú…mándame ir donde ti sobre las aguas»

 

La reacción de Pedro indica tanto su total confianza en Jesús como su fogoso temperamento ya que su pedido desafiaba claramente las leyes elementales de la naturaleza: «Mándame ir a ti caminando sobre las aguas». Tal vez para su sorpresa y la de los demás apóstoles, Jesús le responde con una palabra: «¡Ve­n!». Y aquí empieza la aventura de la fe. Se puede explicar lo que es la fe de manera teórica. Pero lo que ahora sucede es una clara representación de lo que es la fe en Jesucristo. «Pedro se puso a caminar sobre las aguas yendo hacia Jesús».

 

En la multiplicación de los panes, Pedro había visto claramente el poder de la palabra de Jesús. Sobre la base de esa misma palabra de Jesús, ahora no tiene duda y camina sobre las aguas. Mientras cree, el agua lo sostiene; pero cuando asoma la duda, cuando desvía su mirada del Maestro Bueno que lo ama y mira «la violencia del viento»; entra en su corazón la desconfianza, el miedo y comienza a hundirse. Entonces lanza un grito al único que es capaz de sacarlo de su angustiosa situación: «¡Señor, sálvame!». Pedro tendría que haber mante­nido la actitud del creyente que dice: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me tranquilizan» (Sal 23,4). Jesús lo toma; pero no deja de reprocharle su falta de fe: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

 

El hombre puede obtenerlo todo de Dios, porque Dios es omnipotente. Pero el poder de Dios queda bloqueado ante nuestra falta de fe. A Dios no se le pueden pedir las cosas «por si acaso», mientras nos aseguramos también por otro lado. Eso es lo mismo que desconfiar de su poder infinito. Por eso fueron beneficiados con milagros solamente quienes tenían fe en Cristo. Cuando Jesús veía que alguien tenía fe suficiente como para confiar que Él podía hacer un milagro, entonces lo hacía. Por ejemplo, en el caso del paralítico, cuando Jesús le dijo: «Leván­tate, toma tu camilla y vete a tu casa», se requería una gran dosis de fe para obede­cer. El paralítico creyó que Jesús podía sanarlo y por eso, «se levantó y se fue a su casa» (Mt 9,2ss). En otras ocasio­nes cuando la gente se acerca­ba para pedirle la salud de algún enfermo, Él solía responder: «Que te suceda como has creí­do». Y esto es lo que ocurre cada vez que pedimos algo a Dios: nos sucede como hemos creído. A menudo hemos creído poco, pues somos «hombres y mujeres de poca fe», y por eso obtenemos poco. La promesa de Cristo no puede fallar: «Todo lo que pidáis con fe en la oración lo recibiréis» (Mt 21,22).

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Mi madre me decía cuando era ya mayor: De pequeño estuviste muy malo; tuve que llevarte de un médico a otro y velar noches enteras; ¿me crees? ¿Cómo habría yo podido decir: Madre, no te creo? Pero sí que creo, creo lo que me dices, más te creo especialmente a ti. Y así ocurre con la fe. No se trata sólo de creer lo que Dios  ha revelado, sino a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado y tanto ha hecho por nuestro amor».

 

 Juan Pablo I. Alocución del 13 de septiembre 1978. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».Esta pregunta el Señor la dirige a cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces dudamos del amor y de las promesas del Señor? ¿Cuántas veces el temor de los vientos (preocupaciones, tentaciones, etc.) nos hacen desviar nuestra mirada del maestro Bueno? 

 

2. ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Me doy los espacios para encontrarme con Dios?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 154-155. 157. 166. 1028 -1029

 

 



[1] La traducción «soy yo» opta por el primer significado y oscurece el segundo; mientras en el texto original griego dice claramente: «egó eimí».

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lunes, 25 de julio de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A. «Todos comieron hasta saciarse»

Domingo de la Semana 18ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Todos comieron hasta saciarse»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 55, 1-3

 

«¡Oh, todos los sedientos, id por agua, y los que no tenéis plata, venid, comprad y comed, sin plata, y sin pagar, vino y leche! ¿Por qué gastar plata en lo que no es pan, y vuestro jornal en lo que no sacia? Hacedme caso y comed cosa buena, y disfrutaréis con algo sustancioso. Aplicad el oído y acudid a mí, oíd y vivirá vuestra alma. Pues voy a firmar con vosotros una alianza eterna: las amorosas y fieles promesas hechas a David».

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 8, 35. 37-39

 

«¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada? Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquel que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 13-21

 

«Al oírlo Jesús, se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar solitario. En cuanto lo supieron las gentes, salieron tras él viniendo a pie de las ciudades. Al desembarcar, vio mucha gente, sintió compasión de ellos y curó a sus enfermos. Al atardecer se le acercaron los discípulos diciendo: "El lugar está deshabitado, y la hora es ya pasada. Despide, pues, a la gente, para que vayan a los pueblos y se compren comida".

 

Mas Jesús les dijo: "No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer". Dícenle ellos: "No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces". El dijo: "Traédmelos acá". Y ordenó a la gente reclinarse sobre la hierba; tomó luego los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente. Comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos.Y los que habían comido eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Nos encontramos – en las lecturas dominicales- ante una de las verdades más consoladoras de la Sagrada Escritura: el amor misericordioso de Dios nunca abandona al hombre. La lectura del profeta Isaías nos habla de ese gran banquete de los últimos tiempos al que todos estamos llamados. Basta que uno reconozca su «hambre o sed» y el amor de Dios (el Espíritu Santo) se derramará en ese corazón hambriento. «Si alguno tiene sed, que venga, si tiene hambre que acuda, no importa que no tenga dinero». El hambre y la sed expresan adecuadamente esa necesidad vital y profunda que el hombre experimenta de Dios y de su amor reconciliador (Primera Lectura).

 

En el Santo Evangelio aparece también un enorme grupo de hombres, mujeres y niños  necesitados. Así como en el desierto del Sinaí, Yahveh multiplicó los medios de sustento del pueblo hambriento; así Jesús hoy dará de comer a una multitud que no tiene realmente cómo satisfacer su necesidad de alimento. El alimento material dado por Jesús nos lleva a la consideración de un alimento de carácter espiritual y que responde a la necesidad más esencial del hombre: su deseo profundo de Dios, su anhelo de sentirse eternamente amado por Dios.

 

Justamente es este amor el que hace exclamar a San Pablo con franqueza y sencillez: «¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo?» No hay potencia alguna que pueda apartarnos del amor de Cristo ya que en Él vemos al amoroso rostro del Padre que nos ama eternamente (Segunda Lectura).


¡Vengan a tomar agua todos los sedientos!

 

La perícopa de este Domingo forma parte del último capítulo del Deutero–Isaías que fue escrito, aproximadamente, en el siglo V antes de Cristo. La situación histórica de Israel era la del dominio de Ciro, rey de los Medos y de los Persas. Este pasaje tiene como contexto la visión mesiánica y escatológica que vivía el «pueblo elegido» en el destierro babilónico. Todo el capitulo 55 es una invitación a convertirse y a confiar en Dios mientras aún es tiempo para participar de los bienes de la nueva Alianza. Aparecen en este relato los temas de la salvación y la conversión de todas las naciones (Is 55, 4)  motivada por la misericordia divina.

 

Los primeros versículos relatan la oferta de Dios que quiere brindar gratuitamente los bienes de la nueva Alianza a su pueblo. Agua, vino, leche y manjares sustanciosos son figuras simbólicas que, desde Jesucristo, sabemos que aluden a la delicia y riqueza de los bienes sublimes y espirituales de la Alianza definitiva que Dios  realiza con los hombres. Leemos en el segundo versículo, el adolorido lamento del corazón de Dios que nos quiere decir: ¿por qué gastan su tiempo y afán en cosas que, de verdad, no los alimentan? ¿Por qué prefieren la falsa sabiduría del mundo y sus engañosas promesas? ¿Por qué corren atrás de espejismos y falsos tesoros? Sólo en la Nueva Alianza, el hombre será plenamente colmado y saciado en sus anhelos más profundos. «Él que beba del agua que yo le dé – nos dice Jesús -  no tendrá sed jamás» (Jn 4,13). Finalmente se evoca la promesa davídica, no como restauración de la monarquía, sino como una promesa mesiánica y eterna.

 

El Reino de los Cielos

 

En los tres últimos domingos, el Evangelio nos ha presentado diversas parábolas por medio de las cuales Jesús expuso el misterio del Reino de los Cielos. Este Domingo no nos presenta una parábola, sino un episodio real de la vida de Jesús: la multiplicación de los panes. Es un hecho que tiene un profundo significado ya que se refiere a las primicias de ese Reino prometido: la Iglesia.  

 

El episodio está introducido con una explicación de por qué la multitud estaba con Jesús en un lugar desierto. Después que Jesús fue informado sobre la decapita­ción de Juan el Bautista por orden de Herodes, «Jesús se retiró de allí en una barca, aparte, a un lugar desierto» pero ya su palabra había cautivado a las multitudes. Nadie jamás había hablado como Él. Ya habían comprendido que sólo Él tiene palabras de vida eterna; de esas palabras que son necesa­rias para nutrir, no esta vida corporal, sino la vida que estamos llamados a poseer por toda la eterni­dad: la vida divina comunicada a nosotros. Por eso, lo siguen: «Cuando lo supieron las gentes, salieron tras Él viniendo a pie de las ciudades». Ya no se quieren separar de Él, olvidándose incluso del transcurrir de las horas y de algo tan esencial como es el comer.

 

«Dadle vosotros de comer…»

La gente permanece con Él todo el día. El Evangelista San Marcos dice que Jesús «sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). En el relato de San Mateo se agrega que Jesús también «curó sus enfermedades». Cuando comienza a hacerse tarde los discípulos manifiestan su preocupación; se acercan a Jesús y le dicen que despida  a la gente para que puedan llegar a los pueblos donde encontrarían comida ya que ellos estaban en «un lugar deshabitado». Los discípulos se muestran más preocupados por la gente que Jesús mismo. Pero al final del relato va a quedar claro que Jesús está libre de esa inquietud porque Él tiene poder para saciar a la gente sin necesidad de despedirla en ayunas.

Jesús responde a la inquietud de los apóstoles con una frase desconcertante, que, dicho con todo respeto, podría parecer hasta insensata: «No tienen por qué marcharse; dadles vosotros de comer». Los apóstoles habían expresado una inquietud bien fundada: «el lugar está deshabitado». Pero además se han informado de la situación real y subrayan más la imposibilidad de lo propuesto por Jesús: «No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces». Es como decir: «Lo que pides es realmente imposible». Es imposible pero recordemos que «todo es posible para el que cree» (Mc 9,23). Jesús esperaba que ellos confiaran en Él y que se abandonaran a su palabra, que obedecieran a su mandato aunque  - en su momento - no entendieran. Entonces, ¡el milagro de dar de comer a esa multitud en el desierto lo habrían hecho ellos! ¡La multiplicación de los panes la habrían obrado ellos ya que la fe puede mover montañas! La orden de Jesús: «Dadles vosotros de comer», tenía esa intención. Ellos debieron comenzar a partir los cinco panes y los dos peces y ¡se habrían multiplicado en sus manos!

Visto que no daban crédito a su palabra, para demostrarles que su orden no era insensata, Jesús dice, refiriéndose a esos cinco panes y dos peces: «Traédmelos acá». Ya que ellos rehusaron hacerlo, lo hará Él mismo y les demostrará lo que ellos también están llamados hacer: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición y, partiendo los panes, se los dio a los discípulos y los discípulos a la gente».

El Evangelio nos informa que los que comieron «eran unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños». Y no es que cada uno comiera un pedacito, sino que «comieron todos y se saciaron, y recogieron de los trozos sobrantes doce canastos llenos».

Jesús hizo un milagro asombroso. Pero más asombroso habría sido si, obedeciendo a su mandato, el milagro lo hubieran hecho los apóstoles. Sin embargo sí lo hicieron los apóstoles después que Jesús instituyó la Eucaristía y lo siguen haciendo sucesivamente hasta ahora los ministros del Señor; obedeciendo a su mandato: «Haced esto en memoria mía» (Lc 22,19). Ellos nos dan el verdadero pan del cielo, el pan que sacia nuestra hambre de Dios. Participando de la Eucaristía cada Domingo todos podemos asistir a ese milagro obrado por los ministros del Señor y nutrirnos del pan de vida eterna que ellos nos dan. ¡Que nadie se prive de semejante alimento!


«¿Quién nos separará del amor de Cristo?»

 

«¿Quién nos separará del amor de Cristo?… estoy seguro de que (nada ni nadie) podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro» ¿Quién puede tener tal convicción para exclamar esto con firmeza, sino aquél que ha experimentado vivamente el amor de Dios, manifestado en toda su plenitud y magnitud en el Señor Jesús? En su Hijo, hecho Hombre de María Virgen por obra del Espíritu Santo, el Padre nos ha mostrado cuanto nos ama, y cómo - una y otra vez, incansablemente, y de muchos modos, respetando siempre al máximo su libertad - sale al encuentro de nosotros para ofrecernos una «bebida» y un «alimento» capaz de apagar nuestra sed de infinito, capaz de satisfacer nuestro hambre de Dios.

 

En efecto, nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica que hay «otra clase de hambre de la que desfallecen los hombres: "No sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Dios» (Dt 8, 3), es decir, de su Palabra y de su Espíritu. (…) «Hay hambre sobre la tierra, «más no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la Palabra de Dios" (Am 8, 11)»[1].

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

«Quisiera hacerlo recordando la peregrinación que el siervo de Dios Juan Pablo II realizó, en 1982, a Santiago de Compostela, donde hizo un solemne «acto europeo» en el que pronunció aquellas memorables palabras: «Yo, obispo de Roma y pastor de la Iglesia universal, desde Santiago, te lanzo, vieja Europa, un grito lleno de amor: "Vuelve a encontrarte. Sé tú misma. Descubre tus orígenes. Aviva tus raíces. Revive aquellos valores auténticos que hicieron gloriosa tu historia y benéfica tu presencia en los demás continentes"» (9 noviembre de 1982).

 

Juan Pablo II lanzó entonces el proyecto de una Europa consciente de su propia unidad espiritual, apoyada sobre el fundamento de los valores cristianos. Volvió a tocar este tema con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud de 1989, que tuvo lugar precisamente en Santiago de Compostela. Deseó una Europa sin fronteras, que no reniegue de las raíces cristianas, sobre las que surgió y que no renuncie al auténtico humanismo del Evangelio de Cristo. ¡Qué actual sigue siendo este llamamiento a la luz de los recientes acontecimientos del continente europeo!».

 

Benedicto XVI. Ángelus, 24 de julio de 2005. 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «¿Por qué gastan dinero en algo que no alimenta y sus ganancias en algo que no sacia?». ¿Cómo se aplica este lamento del corazón de Dios que leemos en la Primera Lectura en nuestras vidas?

 

2. ¿Descubro la real necesidad que tengo de la Eucaristía para saciar mi hambre de Dios?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1335- 1336. 2828- 2837.

 

 

 



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 2835. 

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