martes, 2 de noviembre de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos»

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos»

 

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2.9-14

 

«Sucedió también que siete hermanos apresados junto con su madre, eran forzados por el rey, flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de puerco (prohibida por la Ley). Uno de ellos, hablando en nombre de los demás, decía así: "¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres".

 

Al llegar a su último suspiro dijo: "Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna". Después de éste, fue castigado el tercero; en cuanto se lo pidieron, presentó la lengua, tendió decidido las manos  (y dijo con valentía: "Por don del Cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño y de El espero recibirlos de nuevo)". Hasta el punto de que el rey y sus acompañantes estaban sorprendidos del ánimo de aquel muchacho que en nada tenía los dolores. Llegado éste a su tránsito, maltrataron de igual modo con suplicios al cuarto. Cerca ya del fin decía así: "Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida".»

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 2, 15-3,5

 

«Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena.»

 

«Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros, y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; porque la fe no es de todos. Fiel es el Señor; él os afianzará y os guardará del Maligno. En cuanto a vosotros tenemos plena confianza en el Señor de que cumplís y cumpliréis cuanto os mandamos. Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 20, 27-38

 

«Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer".

 

Jesús les dijo: "Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

En la magistral encíclica «Fides et ratio», el Santo Padre escribe: «Una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad cómo en las distin­tas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracte­rizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?... Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre; de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existen­cia»[1]. 

 

Esas pregun­tan nos asaltan con mayor o menor fuerza en los momentos críticos de nuestra existencia y, queramos o no queramos, nuestra actitud ante la vida, nuestras opciones y los intereses que nos mueven están determinados por las res­puestas que les demos. Es imposi­ble permanecer en la soledad y el silencio por un tiempo prolongado sin que irrumpan las preguntas por el sentido de nuestra existencia; en realidad la necesidad de sentido «acucia el corazón del hombre» tal como nos dice el Santo Padre.

 

Estas preguntas fundamentales son las que trata de responder la liturgia de este Domingo. Jesús nos enseña que el destino es la vida, pero que esa vida en el más allá no se iguala a la vida terrena (Evangelio). El martirio de la madre y sus siete hijos en tiempo de la guerra macabea ofrece al autor sagrado la ocasión para proclamar vigorosamente la fe en la resurrección para la vida (Primera Lectura). San Pablo pide oraciones a los tesalonicenses para que «la palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria» (Segunda Lectura), una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el Juez supremo, que es Dios.

 

¿Qué nos narra la historia de los Macabeos?

 

Durante el gobierno del rey seléucida[2], Antíoco IV (conocido como Epífanes), en el año 167 a.C.,se produjo una violenta persecución religiosa a causa de su política helenizante. Prohibió la práctica de la religión judía. La medida contra los que se mantenían fieles a la fe en Yahvé era extrema: la pena de muerte para los que observaran el sábado y la práctica de la circuncisión. Además se impusieron prácticas idolátricas. Sin duda algunas personas apostataron de la fe pero gran parte de la población se mantuvo fiel a la Ley. Unos huyeron al desierto de Judá, otros se dejaron torturar pero no se doblegaron. Otros pasaron a la resistencia armada, dirigidos por Matatías y sus hijos. A Judas, uno de los hijos de Matatías, le pusieron el sobrenombre de «Macabeo» (martillo), de ahí que todos fueron denominados con ese nombre. El segundo libro de los Macabeos cubre los primeros quince años de la resistencia armada de Judas (ver 2Mac 1-7).       

 

La fe en la resurrección de la carne fue un punto que tardó en afirmarse en Israel. La primera mención explícita se encuentra en el pasaje del libro de los Macabeos. Leemos en la respuesta de uno de los siete hermanos ante la tortura del Rey Antíoco IV: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna». Igualmente el libro del profeta Daniel, contemporáneo de estos acontecimientos, menciona claramente la resurrección de los muertos (ver Dn 12,2s), y el libro de la Sabiduría (50 a.C.) habla de la inmortalidad (ver Sb 3,1ss).

 

Se debía de dar respuesta a una dificultad que siempre reaparece y que agobia también a los hombres de nuestro tiempo. Si sólo se vive en el espacio de esta vida terrena, y Dios dispone sólo de este tiempo para compensar a los justos, entonces, ¿por qué el justo sufre y el impío prospera? El profeta Jeremías aborda directamente este problema cuando dice: «Tu llevas la razón, Yahveh, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia: ¿Por qué prosperan los impíos y son felices todos los malvados?» (Jer 12,1).  El libro de los Macabeos presenta el caso de los justos que prefieren las torturas y la muerte antes de transgredir la ley de Dios. ¿Cómo podrá retribuirles Dios en esta vida? No los recompensará en ésta sino en la otra. Ésta es la fe que expresan los siete hermanos: «nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna». 

 

¿Quién será su marido en la resurrección? 

En el tiempo de Jesús había divergencias respecto a la fe en la resurrección corporal. El grupo de los saduceos[3], que era la clase dirigente, a la cual pertenecían los Sumos Sacerdotes, se aferraba exclusivamente a los cinco libros del Pentateuco y no creía en la resurrección. Los fariseos por otro lado, siguiendo más la tradición oral, en su observancia de la ley estaban dispues­tos a renunciar a los goces terrenos y  a profesar su fe en la resurrección. Es la fe de Marta, la hermana de Lázaro. Cuando Jesús le dice: «Tu hermano resucitará» y ella afirma: «Sé que resucitará en el último día».

 

Esta introducción explica la intención que encierra la pregunta puesta a Jesús por los saduceos, «ésos que sostie­nen que no hay resurrección»: una mujer que estuvo casada con siete hermanos y después de todos ellos muere sin hijos, ¿en la resurrección quién será su esposo? Basándose en ley mosaica del levirato[4] que mandaba al hermano de un marido difunto casarse con la viuda (ver Dt 25,5ss), tratan de ridiculizar la fe en la resurrección mediante un caso extremo, casi absurdo. Jesús reafirma la verdad de la resurrección y resuelve la cuestión explicando que el tomar marido o mujer pertenece a este estado proviso­rio de cosas; «en la resurrección ni ellos tomarán mujer ni ellas marido. En ese estado no pueden ya morir porque son como ángeles y son hijos de Dios».

 

En la resurrección no será ya necesario perpetuar la especie por vía de la reproducción, pues no pueden ya morir; no será, por tanto, necesaria la unión sexual entre el hombre y la mujer. Existirá una unión mucho más perfecta pues allí existirá la plenitud del amor y de la participación en la vida divina. Es lo que quiere decir San Pablo cuando afirma que «la caridad no acaba nunca» (1Cor 13,8), es lo único que perdura eternamente.

 

Jesús agrega un argumento a favor de la resurrección tomado del mismo Pentateuco, cuyo autor es Moisés, pues es la única Escritura a la cual los saduceos reconocen autori­dad: «Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza». Sin embargo el testimonio máximo de la resurrección de los muertos es el propio Jesús que resucitó al tercer día: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1Cor 15,20). Él nos redimió del pecado y de su salario, la muerte. «Habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos» (Cf. Rom 5,15-19). Si ya Marta y María creían en la resurrección, no sabían, quién habría vencido a la muerte, hasta que Jesús declara ante ellas: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25)[5].  

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vi­da eterna» (Jn 3, 16). En estas palabras del Evangelio de san Juan el don de la vida eterna constituye el fin último del plan de amor del Padre. Ese don nos permite tener acceso, por gracia, a la inefable comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el úni­co Dios verdadero, y al que tú has en­viado, Jesucristo» (Jn 17, 3). La vida eterna, que brota del Padre, nos la transmite en plenitud Jesús en su Pascua por el don del Espíritu Santo. Al recibirlo, participamos en la victoria de­finitiva que Jesús resucitado obtuvo so­bre la muerte.

 

«Lucharon vida y muerte —nos invita a proclamar la liturgia— en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta» (Secuencia del Domingo de Pascua). En ese evento decisivo de la salvación Jesús da a los hombres la vida eterna en el Espíritu Santo. Así, en la plenitud de los tiempos Cristo cumple, más allá de toda expec­tativa, la promesa de vida eterna que desde el origen del mundo, había inscri­to el Padre en la creación del hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26)».

 

Juan Pablo II, Audiencia General.  Miércoles 28 de octubre de 1998.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. «Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena». ¿Vivo siendo consciente de mi vocación hacia la eternidad?

 

2. En oración, busquemos alimentar nuestro «hambre de infinito», meditando el salmo 16.  

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988-1004.

 

 

 



[1] Juan Pablo II, Fides et ratio n.2

[2]Seleucida. Dícese de una dinastía fundada por el general Seleuco, general de Alejandro Magno. Los seléucidas reinaron de 312 a 64 A.C. y establecieron un vasto imperio que se expandió por Bactriana, Persia, Babilonia, Siria y parte de Asia Menor. Su poder decreció tanto, que se concretó en Siria. Fue entonces que en 64 a.C. Pompeyo la convirtió en provincia romana.

 

 

[3] Saduceos: fue una de las sectas judías de la época de Jesús. Los saduceos formaron un partido político-religioso en el judaísmo desde el siglo II a.C. hasta la caída de Jerusalén en el año 70 d.C. Sus afiliados pertenecían sobretodo a las grandes familias sacerdotales y a la aristocracia laica. Frente a la severa observancia de los fariseos, adoptaron una actitud más libre y laica; por consiguiente, se adaptaron en cierta medida al helenismo de los Seléucidas; más tarde les fue más fácil entenderse con los romanos. Se les consideraba un grupo comprometido con el poder del momento. Desde el punto de vista religioso, a pesar de estar coludidos con el poder dominante, se aferraban a la ortodoxia judía de sólo aceptar el Pentateuco como texto normativo.     

[4] En Israel existía, además de la ley matrimonial singular, el matrimonio por levirato (término derivado del latín levir que significa "el hermano del esposo"). Tan importante era dejar herederos que si un hombre moría antes de tener hijos, unos de sus hermanos debía de casarse con la viuda; al primogénito de este nuevo matrimonio se le consideraba legalmente como el hijo del difunto. Esta costumbre existía también entre los asirios y los hititas.

[5] No obstante la certeza de la Resurrección que Jesús nos da, Él no nos desvela el modo y las condiciones de la supervivencia: su misterio permanece íntegro. Será vida ciertamente, aunque distinta de la presente ya que estará fuera de los límites del tiempo y del espacio. .

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com

lunes, 25 de octubre de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «Hoy la salvación ha llegado a esta casa»

Domingo de la Semana 31ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Hoy la salvación ha llegado a  esta casa»

 

Lectura del libro de la Sabiduría 11, 23-12,2

 

«Te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y nada de lo que hiciste aborreces, pues, si algo odiases, no lo habrías hecho.

 

Y ¿cómo habría permanecido algo si no hubieses querido? ¿Cómo se habría conservado lo que no hubieses llamado?  Mas tú con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida, pues tu espíritu incorruptible está en todas ellas. Por eso mismo gradualmente castigas a los que caen; les amonestas recordándoles en qué pecan para que, apartándose del mal, crean en ti, Señor.»

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 1,11-2,2

 

«Con este objeto rogamos en todo tiempo por vosotros: que nuestro Dios os haga dignos de la vocación y lleve a término con su poder todo vuestro deseo de hacer el bien y la actividad de la fe, para que así el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

 

Por lo que respecta a la Venida de nuestro Señor Jesucristo y a nuestra reunión con él, os rogamos, hermanos, que no os dejéis alterar tan fácilmente en vuestro ánimo, ni os alarméis por alguna manifestación del Espíritu, por algunas palabras o por alguna carta presentada como nuestra, que os haga suponer que está inminente el Día del Señor.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 19, 1-10

 

«Habiendo entrado en Jericó, atravesaba la ciudad. Había un hombre llamado Zaqueo, que era jefe de publicanos, y rico. Trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura. Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro para verle, pues iba a pasar por allí. Y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista, le dijo: "Zaqueo, baja pronto; porque conviene que hoy me quede yo en tu casa". Se apresuró a bajar y le recibió con alegría.

 

Al verlo, todos murmuraban diciendo: "Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador". Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: "Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo". Jesús le dijo: "Hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque también éste es hijo de Abraham, pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El amor de Dios embarga cada página de la Biblia y de la liturgia cristiana. En los textos del presente Domingo resaltan de modo especial. El amor de Dios a todas las criaturas, porque todas tienen en el amor de Dios su razón de ser y su sentido último (Primera Lectura). El amor que Dios tiene por todos, sin distinción alguna, busca salvar a aquellos que están perdidos (Evangelio). El amor de Dios hacia los cristianos que exige que vivan de acuerdo a lo que son, «para que el nombre de Jesús sea glorificado en vosotros, y vosotros en Él, según la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo» (Segunda Lectura).

 

«Zaqueo era jefe  de publicanos y rico» 

 

En el Evangelio del Domingo pasado se hablaba también de un publicano; pero era el personaje de una parábola. En el Evangelio de hoy se trata de un publicano real del cual se nos dice incluso el nombre y hasta su estatura. Zaqueo era «jefe de publi­canos y rico». Y si en la parábola Jesús concluía que el publi­cano «bajó a su casa justificado», aquí podemos ver qué significa en concreto «ser justificado».

 

Todos sabemos que en el tiempo de Jesús la Palestina estaba bajo el dominio de Roma. Pero Roma permitía a los pueblos sometidos bastan­te libertad para observar sus costumbres, con tal que recono­cieran ciertas leyes supre­mas del Imperio y pagaran el tributo al César. Es así que la Judea, después de haber sido parte del reino de Hero­des el Grande, fue gobernada por su hijo Arquelao; y sólo porque éste fue incapaz de mantener el orden, fue nombrado un procurador romano, que durante el ministerio públi­co de Jesús era Poncio Pilato. Incluso para la recaudación del tributo, Roma daba la concesión a persona­jes del lugar. Tratándose de un impuesto para el Estado (la «res publi­ca» es decir la cosa pública), el nombre griego «telones», que se daba a estos personajes, fue tradu­cido al latín por «publica­nus».

 

Los publicanos estaban investidos de poder para exigir este impuesto a la población. Y muchas veces abusa­ban exigiendo un pago superior al debido. Después de entregar a Roma el precio de la concesión, se enriquecían ellos con lo defraudado. El mismo Lucas refiere que a algunos publicanos que vinieron donde Juan el Bautista para ser bautiza­dos con el bautismo de conversión, y le preguntaron: «Maestro, ¿qué debemos hacer nosotros?", él les respondió: 'No exijáis más de los que os está fijado'» (Lc 3,12-13). Y a nadie le es agradable pagar impuestos a una potencia extranjera, ¡cuánto más si sabemos que nuestro dinero va a enriquecer a un compatriota colaboracionista que fija la cantidad arbi­trariamente! Es entonces com­prensible que los publicanos fueran odiados y que tuvieran fama de pecadores. Zaqueo era «jefe de publicanos» y no sólo tenía fama de pecador sino que ciertamente lo era. Lo mismo que el publicano de la parábola que reconocía ante Dios: «¡Ten compasión de mí, que soy un pecador!»

 

La salvación: don gratuito de Dios y aceptación libre del hombre

 

Una de los puntos claros de este episodio es la gratui­dad de la salvación. Cuando Jesús llegó a Jericó, «Zaqueo trataba de ver quién era Jesús» ya que era de baja estatura, como coloca puntualmente Lucas. Por aquí comenzó la acción de la gracia. «Se adelantó corriendo y se subió a un sicómoro[1] para verlo, pues Jesús iba a pasar por allí». ¿Quién le inspiró a Zaqueo esta curio­sidad tan grande, que, a pesar de su rango, lo llevó a subirse a un sicómo­ro? El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que: «la preparación del hombre para acoger la gracia es ya una obra de la gracia»[2] .

 

Un judío de cierta edad, más aún si es rico, asume una actitud venerable y no se rebaja a correr. En la parábola del hijo pródigo el padre es presentado «corriendo» al encuentro de su hijo perdido que vuelve, pero se describe así precisamente para destacar su inmensa alegría. Zaqueo no sólo corre, sino que se trepa a un árbol como un niño. Para ver a Jesús hace todo lo que puede, incluso pasando por encima de su honor. La humildad de Zaqueo no podía pasar inadvertida ante Dios. Dios premia siempre un gesto de humildad del hombre. El Evange­lio continúa y Jesús, alzando la vista, dice: «Zaqueo, baja pronto porque conviene que hoy me quede yo en tu casa». ¿Qué obra buena había hecho Zaqueo para que mereciera esta gracia, es decir, que Jesús se dirigiera a él y lo distinguiera alojándose en su casa? Al con­trario, sus obras habían sido malas, tanto que todos comentaban: «Ha ido a hospedarse a casa de un hombre pecador». ¡Y esto, lamentablemente, era verdad!

 

Hasta aquí todo es don de Dios. Es Dios quien le está dando la posibilidad de cambiar de vida. Pero lo que sigue revela que Zaqueo ya es un hombre nuevo, es decir que está actuando siguiendo las mociones de esa vida nueva que le ha sido dada. Nadie lo obliga, es libre, y libre­men­te dice: «Señor, daré la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien le devolveré el cuádruplo». Según la ley mosaica estaba obligado a restituir el total sustraído y un quinto más de la suma (ver Lv 5,24; Nm 5,7); si bien la ley romana imponía el cuádruplo. Pero además Zaqueo está dispuesto a repartir entre los pobres la mitad de su hacienda. Si se examina con atención las cifras en juego, veremos que no le iba a quedar nada o, en el mejor de los casos, muy poco.

 

Esta es una obra de amor superior a sus fuer­zas naturales; pero le fue posible hacerla porque fue Cristo quien lo habilitó a ella dándole la salvación como un don gratuito. Zaqueo, por su parte, se abre a este don y responde desde su libertad ya que siempre: «la libre iniciativa de Dios exige la respuesta libre del hombre»[3]. Esto es lo que comenta Jesús a modo de corolario: «Hoy ha llegado la salva­ción a esta casa... porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». La salvación es un don de Dios absolutamente inalcanzable por el propio esfuerzo del hombre «perdido»; pero Dios lo da a quien pone todo lo que está de su parte, aunque siempre es mínimo en comparación con el don de Dios. En este caso, Zaqueo puso lo suyo: correr como un niño y subirse a un árbol. Si él hubiera rehusado hacer esta acción humilde, todo se habría frustrado y hoy día no estaríamos leyendo esta hermosa página del Evangelio.

 

«Señor, que amas la vida»

 

El libro de la Sabiduría de Salomón apareció en el siglo I a.C. y fue escrito probablemente en Alejandría. Puede ser considerado el libro más helenístico de todos los libros sapiensales y su fin era alejar de la idolatría a los judíos en Egipto, demostrando que la sabiduría de Dios supera ampliamente a la pagana. La omnipotencia de Dios, sola, no explica adecuadamente la creación, entra también el deseo amoroso de crear y conservar todo por amor.

 

«Señor, que amas la vida» (Sb 11,26): ésta es quizás una de las afirmaciones más consoladoras de la Sagrada Escritura.  Sabemos, en efecto, que Dios es todopoderoso, eterno y omnisciente. Pero ¿qué sería de nosotros si con todo esto fuera malo y cruel? Más San Juan nos dice que «Dios es amor» (ver 1Jn 4,8) y San Pablo no se cansa de destacar el inmenso amor que nos tiene (ver Filp 3,21) y esa infinita bondad lo llevó a dar su Hijo único por nosotros (ver Jn 3,16) para hacernos hijos en el Hijo.

 

Santo Tomás formula el mismo pensamiento diciendo que Dios está más dispuesto a darnos que nosotros a recibir. Esta Buena Nueva de Dios nunca hubiera podido ser conocida si Él mismo no la hubiese revelado. En ella reside nuestra plena alegría, esperanza y reconciliación; porque el hombre que no se sabe amado y redimido por la gracia de Dios, caerá o en el abismo de la desesperación o en la soberbia de creerse justificado por sí mismo.  

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«En el caso de Zaqueo vemos cómo Cristo disipa las tinieblas de la conciencia humana. A su luz se ensanchan los horizontes de la existencia: la persona comienza a darse cuenta de los demás hombres y de sus necesidades. Nace el sentido de la relación con los demás, la conciencia de la dimensión social del hombre y, en consecuencia, el sentido de la justicia.

 

San Pablo enseña: "El fruto de la luz consiste en toda bondad, justicia y verdad" (Ef 5, 9). La atención a los demás hombres, al prójimo, constituye uno de los principales frutos de una conversión sincera. El hombre sale de su egoísmo, deja de vivir para sí mismo, y se orienta hacia los demás; siente la necesidad de vivir para los demás, de vivir para los hermanos.

 

Ese ensanchamiento del corazón como fruto del encuentro con Cristo es la prenda de la salvación, como lo demuestra el desenlace del diálogo con Zaqueo: "Jesús le dijo: Hoy ha llegado la salvación a esta casa (...), pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido" (Lc 19, 9-10). Esa descripción que nos hace san Lucas del evento que tuvo lugar en Jericó resulta muy actual también aquí hoy. Y nos renueva la exhortación de Cristo, a quien "hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención" (1 Co 1, 30). Al igual que en aquella ocasión frente a Zaqueo, también hoy Cristo se presenta ante el hombre de nuestro siglo, y a cada uno le hace su propuesta: "Conviene que hoy me quede yo en tu casa" (Lc 19, 5).

 

Queridos hermanos y hermanas, ese "hoy" es muy importante. Constituye una especie de estímulo. En la vida hay asuntos tan importantes y urgentes que no pueden dejarse para el día de mañana. Deben afrontarse ya "hoy". El salmista exclama: "Ojalá escuchéis hoy su voz: "no endurezcáis vuestro corazón" (Sal 95, 8). "El clamor de los pobres" (cf. Jb 34, 28) de todo el mundo se eleva sin cesar de esta tierra y llega hasta Dios. Es el grito de los niños, de las mujeres, de los ancianos, de los prófugos, de los que han sufrido injusticias, de las víctimas de la guerra, de los desempleados.

 

Los pobres están también entre nosotros: los que no tienen hogar, los mendigos, los que sufren hambre, los despreciados, los olvidados por sus seres más queridos y por la sociedad, los degradados y los humillados, las víctimas de diversos vicios. Muchos de ellos intentan incluso ocultar su miseria humana, pero es preciso saberlos reconocer.

 

También son pobres las personas que sufren en los hospitales, los niños huérfanos o los jóvenes que tienen dificultades y atraviesan los problemas propios de su edad. "Existen situaciones de miseria permanente que deben sacudir la conciencia del cristiano y llamar su atención sobre el deber de afrontarlas con urgencia, tanto de manera personal como comunitaria. (...) También hoy tenemos ante nosotros grandes espacios en los que ha de hacerse presente la caridad de Dios a través de la actuación de los cristianos".

 

Así pues, el "hoy" de Cristo debería resonar con toda su fuerza en cada corazón y hacerlo sensible para realizar obras de misericordia. "El clamor y el grito de los pobres» nos exige una respuesta concreta y generosa. Exige estar disponibles para servir al prójimo. Es una exhortación de Cristo. Es una llamada que Cristo nos hace constantemente, aunque a cada uno de forma diversa. En efecto, en varios lugares el hombre sufre y llama a sus hermanos. Necesita su presencia y su ayuda. ¡Cuán importante es esta presencia del corazón humano y de la solidaridad humana!»

 

Juan Pablo II. Homilía en Elk, Polonia. Martes 8 junio de 1999

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Comentando este pasaje nos dice Beda: «He aquí cómo el camello, dejando la carga de su jiba, pasa por el ojo de la aguja; esto es, el publicano siendo rico, habiendo dejado el amor de las riquezas y menospreciando el fraude, recibe la bendición de hospedar al Señor en su casa». ¿Qué estoy dispuesto a dejar para recibir a Jesús en mi casa?

 

2.  Leamos y meditemos el salmo responsorial de este Domingo: Salmo 145 (144).

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1996- 2005.



[1] Sicómoro. Planta de la familia de las Moráceas, que es una higuera propia de Egipto, con hojas algo parecidas a las del moral, fruto pequeño, de color blanco amarillento, y madera incorruptible, que usaban los antiguos egipcios para las cajas donde encerraban las momias.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 2001.

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 2002.

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com

lunes, 18 de octubre de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!»

 

Lectura del libro del Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

 

«El Señor es juez, y no hay ante él acepción de personas. No hará acepción de personas

contra el pobre, pero escuchará la súplica del oprimido. No desdeña la súplica del huérfano ni la de la viuda si prodiga ante él sus quejas. El que sirve al Señor como él quiere es aceptado, y su súplica llega a las nubes. La súplica del humilde atraviesa las nubes; no descansa hasta llegar a Dios, y no se retira hasta que intervenga el altísimo, reconozca el derecho de los justos y les haga justicia.»

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 4, 6-8.16-18

 

«Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe. Y desde ahora me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo Juez; y no solamente a mí, sino también a todos los que hayan esperado con amor su Manifestación».

 

En mi primera defensa nadie me asistió, antes bien todos me desampararon. Que no se les tome en cuenta. Pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles. Y fui librado de la boca del león. El Señor me librará de toda obra mala y me salvará guardándome para su Reino celestial. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 9 -14

 

«Dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: "Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: "¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias."

 

En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!" Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Los términos «justicia y oración» resumen bien las lecturas de hoy. En la parábola evangélica tanto el fariseo como el publicano oran en el templo, pero Dios hace justicia y sólo el último es justificado. El Sirácida, en la primera lectura, aplica la justicia divina a la oración y enseña que Dios, justo juez, no tiene acepción de personas y por eso escucha la oración del humilde que «atraviesa las nubes». Finalmente, San Pablo le revela a Timoteo sus sentimientos y deseos más íntimos: «Me aguarda la corona de la justicia que aquel Día me entregará el Señor, el justo juez» (Segunda Lectura).

 

K Dos actitudes ante Dios

 

La parábola del fariseo y el publicano presenta dos actitudes completamente opuestas frente a la salvación que proviene de Dios. El fariseo se presenta ante Dios, confiado en sus buenas obras y seguro de merecer la salvación gracias a su fiel cumplimiento de la ley: «Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias, etc.». La seguridad en sí mismo está expresada en su actitud y su relación con los demás hombres. «De pie, oraba en su interior y decía: ¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano». Se tiene por justo y su relación con Dios es la del que puede exigir: él ha realizado las obras que ordena la ley y Dios le está debiendo la salvación. El publicano, por otro lado,  ni siquiera se sentía digno de «alzar los ojos al cielo».

 

L ¿Quiénes eran los «fariseos»?

 

Para comprender la actitud autosuficiente del fariseo es conveniente saber quiénes eran estos señores. Ante todo la palabra «fariseo» proviene del hebreo «perushim» que significa: separados, segregados. En su origen era el nombre dado a una secta de origen religioso que se aisló del resto del pueblo, probablemente a fines del siglo II a.C., para poder vivir estrictamente las normas de la ley, pues creían obtener la salvación por esta observancia. En la mayoría de los casos, sus miembros eran personas corrientes, no sacerdotes que ampliaban a menudo el alcance de las leyes hasta el punto de que estas resultaban difíciles de observar. Deben de haber sido unos 6,000 miembros en la época de Jesús. 

 

El peligro de tales grupos es el de despreciar a los demás hombres, considerándolos como una «masa» de infieles. Una actitud análoga se repite en la historia: es el caso de la secta gnóstica de los perfectos, de los cátaros (puros) en el medioevo, de los puritanos, etc. Una reedición de esta actitud, aunque pueda parecer extraño, se da en ciertos grupos actuales que se consideran poseedores de «conocimientos milenarios» que son revelados solamente a aquellos que, puntualmente, pagan su cuota mensual. Los vemos por doquier y de las más diversas formas (autores de libros de autoayuda, cursos de Nueva Acrópolis, el oráculo de los arcanos, entre otros).  A éstos va dirigida la parábola de Jesús, pues ellos ya se consideran justos y, por tanto, para ellos la venida de Cristo y su sacrificio en la cruz resultan inútiles y sin sentido.

 

K ¿Quién era un «publicano»?

 

Por otro lado «Publicano» es el nombre que se daba en Israel a los recaudadores de los impuestos así como de los derechos aduaneros, con que Roma gravaba al pueblo. En ese tiempo eran los que entendían de finanzas y son presentados como ricos e injustos. Algunos de ellos abusaban de la gente y por eso eran odiados y «despreciados» ya que éstos eran obligados a entregar al gobierno de Roma una cantidad estipulada, pero el sistema se prestaba a obtener más de lo acordado y embolsarse así el restante.

 

Autores paganos, como Livio y Cicerón, señalan que los publicanos habían adquirido mala fama en sus días a causa de los referidos abusos. Los judíos que se prestaban para este trabajo tenían que alternar mucho con los gentiles y, lo que era peor, con los conquistadores; por eso se les tenía por inmundos ceremonialmente (ver Mt 18,17). Estaban excomulgados de las sinagogas y excluidos del trato normal; como consecuencia se veían obligados a buscar la compañía de personas de vida depravada, los «pecadores» (ver Mt 9,10-13; Lc 3,12ss; 15,1). 

 

Ellos son, justamente, la antítesis de los fariseos: son pecadores, y están conscientes de serlo, es decir, no presumen de «justos». Un exponente típico de este grupo es Zaqueo, jefe de los publicanos, descrito como «publicano y rico»; otro publicano es Mateo, de rango inferior que Zaqueo, a quien Jesús llama mientras está «sentado en el despacho de impuestos» (Mt 9,9). Para ambos el encuentro con Jesús fue la salvación.

 

K ¿Qué oración fue escuchada por el Señor?

 

En la parábola presentada por Jesús el publicano «se mantenía a distancia, no se atrevía a alzar los ojos al cielo y se golpeaba el pecho diciendo: ¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador!» La conclusión es que «éste bajó a su casa justificado y aquél no». Bajó justificado no por ser publicano, ni por ser injusto, sino por reconocerse pecador y perdido; él no ostenta su propia justicia ni confía en su esfuerzo personal; confía sólo en la misericordia de Dios e implora de Él la salvación. Reconoce así que la salvación es obra sólo de Dios, que Él la concede como un don gratuito, inalcanzable a las solas fuerzas humanas.

 

El fariseo, en cambio, volvió a su casa sin ser justificado, no porque ayunara y pagara el diezmo, no porque fuera una persona de bien -estas cosas es necesario hacerlas-, sino por creer que gracias a esto es ya justo ante Dios y Dios le debe la salvación que él se ha ganado con su propio esfuerzo. Para éstos Cristo no tiene lugar; ellos creen que se pueden salvar solos. A ellos se refiere Jesús cuando dice: «He venido a llamar no a los justos, sino a los pecadores» (Mt 9,13).

 

J «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes»

 

Ahora podemos observar la ocasión que motivó esta enseñanza: «Jesús dijo esta parábola a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás». A éstos los resiste Dios porque son soberbios. «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (St 4,6; 1P 5,5). Éste es un axioma que describe las relaciones de Dios con el hombre. Dios creó al hombre para colmarlo de sus bienes y hacerlo feliz, sobre todo, con el don de su amistad y de su propia vida divina. Pero encuentra un solo obstáculo que la libertad del hombre le puede oponer: la soberbia. Cuando el hombre se pone ante Dios en la actitud de que él puede, con su propio esfuerzo, alcanzar la salvación, eso «bloquea» a Dios, aunque decir esto pueda parecer excesivo.

 

En su comentario a los Salmos, San Agustín hace una magnífica definición de quién es el soberbio: «¿Quién es el soberbio? El que no confiesa sus pecados ni hace peniten­cia, de manera que por la humildad pueda ser sanado. ¿Quién es el soberbio? El que atribuye a sí mismo aquel poco bien que parece hacer y niega que le venga de la misericordia de Dios. ¿Quién es el soberbio? El que, aunque atribuya a Dios el bien que hace, desprecia a los que no lo hacen y se exalta sobre ellos». El mismo San Agustín aplicando esta definición de la soberbia a la parábola del fariseo y el publicano, agrega: «Aquél era soberbio en su obras buenas; éste era humilde en sus obras malas. Pues bi­en, -¡observad bien hermanos!- más agradó a Dios la humildad en las obras malas que la sober­bia en las obras buenas. ¡Cuánto odia Dios a los sober­bios!». Tenerse por justo ante Dios no sólo es soberbia, sino una total insensatez.

 

J Dios, el Juez justo y bueno 

 

Algo que también impresiona en los textos litúrgicos de este Domingo, es que al decirnos la actitud de Dios ante el orante, subraya la de juez. No se excluye que Dios sea Padre, pero es un Padre que hace justicia. Hace justicia a quien eleva su oración con la actitud adecuada, como el publicano, y lo justifica; y hace justicia a quien ora con actitud impropia, como el fariseo, que sale del templo sin el perdón de Dios, porque, por lo visto, no lo necesitaba y quizás ni lo quería. Dios es un juez que no tiene acepción de personas, y por eso escucha con especial atención al frágil, al débil; que le suplica en su desdicha y dolor. Su oración «penetra hasta las nubes», es decir hasta allí donde Dios mismo tiene su morada.

 

Dios juzga al orante según sus parámetros de redentor, y no conforme a los parámetros del orante o de otros hombres. En la respuesta al orante Dios no actúa por capricho, sino para restablecer la «equidad», la justicia. Por eso, la corona que Pablo espera no es fruto del mérito personal, cuanto justicia de Dios para con él y para con todos los que son imitadores suyos en el servicio al Evangelio. La oración del justo, dice San Agustín, es la llave del cielo; la oración sube y la misericordia de Dios baja. 

 

 

 

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«Es necesario sobre todo comprender bien la grandeza fundamental y la dignidad de la oración. Oración de cada hombre Y también de toda la Iglesia orante. La Iglesia llega, en cierto modo, tan lejos como la oración. Dondequiera haya un hombre que ora.

 

Es necesario orar basándose en este concepto esencial de la oración. Cuando los discípulos pidieron al Señor Jesús: "Enséñanos a orar", Él respondió pronunciando las palabras de la oración del Padrenuestro, creando así un modelo concreto y al mismo tiempo universal. De hecho, todo lo que se puede y se debe decir al Padre está encerrado en las siete peticiones que todos sabemos de memoria. Hay en ellas una sencillez tal, que hasta un niño las aprende, y a la vez una profundidad tal, que se puede consumir una vida entera en meditar el sentido de cada una de ellas. ¿Acaso no es así? ¿No nos habla cada una de ellas, una tras otra, de lo que es esencial para nuestra existencia, dirigida totalmente a Dios, al Padre? ¿No nos habla del "pan de cada día", del "perdón de nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos", y al mismo tiempo de preservarnos de la "tentación" y de "librarnos del mal"?

 

Cuando Cristo, respondiendo a la pregunta de los discípulos "enséñanos a orar", pronuncia las palabras de su oración, enseña no sólo las palabras, sino enseña que en nuestro coloquio con el Padre debemos tener una sinceridad total y una apertura plena. La oración debe abrazar todo lo que forma parte de nuestra vida. No puede ser algo suplementario o marginal. Todo debe encontrar en ella su propia voz. También todo lo que nos oprime; de lo que nos avergonzamos; lo que por su naturaleza nos separa de Dios. Precisamente esto, sobre todo. La oración es la que siempre, primera y esencialmente, derriba la barrera que el pecado y el mal pueden haber levantado entre nosotros y Dios.

 

A través de la oración todo el mundo debe encontrar su referencia justa: esto es, la referencia a Dios: mi mundo interior y también el mundo objetivo, en el que vivimos y tal como lo conocemos. Si nos convertimos a Dios, todo en nosotros se dirige a Él. La oración es la expresión precisamente de este dirigirse a Dios; y esto es, al mismo tiempo, nuestra conversión continua: nuestro camino».

 

Juan Pablo II. Audiencia General. Miércoles 14 de marzo de 1979.

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. ¿Con qué actitud me aproximo al Señor, como la del fariseo o la del publicano?

 

2.  Leamos y meditemos el Salmo 32 (31): el reconocimiento del pecado obtiene la misericordia de Dios. 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2607-2619.

 

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com

lunes, 11 de octubre de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «¿Encontrará fe sobre la tierra?»

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«¿Encontrará fe sobre la tierra?»

 

Lectura del Éxodo 17, 8-13

 

«Vinieron los amalecitas y atacaron a Israel en Refidim. Moisés dijo a Josué: "Elígete algunos hombres, y sal mañana a combatir contra Amalec. Yo me pondré en la cima del monte, con el cayado de Dios en mi mano". Josué cumplió las órdenes de Moisés, y salió a combatir contra Amalec. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte.

 

Y sucedió que, mientras Moisés tenía alzadas las manos, prevalecía Israel; pero cuando las bajaba, prevalecía Amalec. Se le cansaron las manos a Moisés, y entonces ellos tomaron una piedra y se la pusieron debajo; él se sentó sobre ella, mientras Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a un lado y otro al otro. Y así resistieron sus manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su pueblo a filo de espada.»

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo 3, 14 - 4,2

 

«Tú, en cambio, persevera en lo que aprendiste y en lo que creíste, teniendo presente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Letras, que pueden darte la sabiduría que lleva a la salvación mediante la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la justicia; así el hombre de Dios se encuentra perfecto y preparado para toda obra buena.  Te conjuro en presencia de Dios y de Cristo Jesús que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su Manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 18, 1-8

 

«Les decía una parábola para inculcarles que era preciso orar siempre sin desfallecer. "Había un juez en una ciudad, que ni temía a Dios ni respetaba a los hombres. Había en aquella ciudad una viuda que, acudiendo a él, le dijo: "¡Hazme justicia contra mi adversario!" Durante mucho tiempo no quiso, pero después se dijo a sí mismo: "Aunque no temo a Dios ni respeto a los hombres, como esta viuda me causa molestias, le voy a hacer justicia para que no venga continuamente a importunarme." Dijo, pues, el Señor: "Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que están clamando a él día y noche, y les hace esperar? Os digo que les hará justicia pronto. Pero, cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará la fe sobre la tierra?"»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Jesús les propuso una parábola para inculcarles que era preciso orar sin desfallecer». El tema central de este Domingo lo leemos en el inicio de la lectura evangélica. La perseverancia en la oración es esencial para la vida cristiana y sin duda ya lo vemos en el Antiguo Testamento. Moisés, acompañado de Aarón y de Jur, no cesa durante todo el día de elevar las manos y el corazón a Yahveh para que los israelitas salgan vencedores sobre los amalecitas (Primera Lectura). El mismo San Pablo nos recuerda la necesidad de «perseverar en lo que aprendiste y en lo que creíste» (Segunda Lectura). Así la viuda importuna de la parábola no se cansa de suplicar justicia al juez, hasta que recibe respuesta (Evangelio).

 

Se les cansaron las manos...pero perseveraron

 

El antiguo relato del libro del Éxodo, probablemente yahvista, representa una tradición de las tribus del sur. Está unido al relato anterior donde brota agua de la roca habiendo acampado en Refidim. Los amalecitas eran un pueblo nómade que habitaba en la región de Négueb y Sinaí. Amalec, presentado, por Gn 36,12  como hijo de  Elifaz y nieto de Esaú[1], forma un pueblo muy antiguo (ver Nm 24,20). En el tiempo de los Jueces se asocian a los salteadores de Madián (ver Jue 3,13). Saúl los derrota pero desobedece el mandato del profeta Samuel de no dar muerte al rey Agar (ver 1Sam 15). David los debilita de sobremanera (ver 1Sam 27,6-9) y finalmente un remanente de ellos fue destruido en los días del rey de Judá, Ezequías (Ver 1Cr 4,42-43).

 

En el pasaje que leemos del Éxodo, el pueblo de Israel comandados por Josué ganan su primera victoria militar a causa de la oración perseverante de Moisés y la protección de Yahveh. Comentando este pasaje San Agustín nos dice: «Venzamos también nosotros por medio de la Cruz del Señor, que era figurada en los brazos tendidos de Moisés, a Amalec, esto es, el demonio, que enfurecido sale al camino y se nos opone negándonos el paso para la tierra de promisión».Dios revelará a Moisés que en el futuro los amalecitas sufrirán el exterminio a causa de su pecado: «Escribe esto en un libro para que sirva de recuerdo, y haz saber a Josué que borraré por completo la memoria de Amalec de debajo de los cielos» (ver Ex 17, 14-16).    

 

La justicia de Dios

 

Según su método habitual, Jesús propone a sus oyentes una parábola, es decir, trata de aclarar un punto de su enseñanza por medio de una comparación tomada de la vida real con el fin de enseñar la perseverancia en la oración. Se trata de un juez inicuo[2] al cual una viuda venía con insistencia a pedir que se le hiciera justicia contra su adversario. El breve texto recalca dos veces que el juez «no temía a Dios ni respetaba a los hombres»; pero al final, para que la viuda no lo molestara más y no viniera continuamente a importunarlo, decide hacerle justicia; para «sacársela de encima», como suele popularmente decirse. Todos los oyentes están obligados a reconocer: «Es verdad que ese modo de proceder del juez se da entre los hombres». La conclusión es de la más extrema evidencia que se puede imaginar: si el juez, que es injusto y a quien ni Dios ni los hombres le importan, se ve vencido por la insistencia de la viuda; ¿cómo actuará el Justo Dios con nosotros?

 

Pero ¿qué quiere enseñar Jesús con esto? Aquí se produce el paso de ese hecho de la vida real a una verdad revelada. Ese paso lo explica el mismo Jesús: «Oíd lo que dice el juez injusto; y Dios, ¿no hará justi­cia a sus elegidos, que están clamando a Él día y noche, y les hará esperar? Os digo que les hará justicia pronto». Es una comparación audaz que actúa por contraste. En realidad, parece haber dos temas que están como entremez­clados. El primero es el de «la justicia de Dios». El juez tramitaba a la viuda y no le hacía justicia porque era injus­to; Dios es justo y hará pronto justicia a sus elegi­dos. Este es el tema que corresponde mejor al contexto. Jesús está hablan­do de la venida del «Hijo del hom­bre» y dice: «El día en que el Hijo del hombre se manifieste, sucederá como en los días de Noé» (Lc 17,26ss). Pues bien, en esos días toda la tierra estaba corrompida y el juicio de Dios actuó por medio del diluvio, haciendo perecer a todos; pero salvó por medio del arca a sus elegidos: a Noé y su fami­lia.

 

«El Hijo del hombre»

 

El segundo tema se refiere al título de «Hijo del hombre», que Jesús usaba para hablar de sí mismo (aparece más de noventa veces en el Evangelio). Jesús toma este enigmático título de la visión del profeta Daniel: «He aquí que en las nubes del cielo venía uno como Hijo de hombre... se le dio imperio, honor y reino... su imperio es un imperio eterno que nunca pasará y su reino no será destruido jamás» (Dan 7,13-14). Este título se lo apropia Jesús sobre todo en el contexto del juicio final, cuando Dios hará justicia. En efecto, ante el Sanedrín, el tribunal del cual Él mismo fue víctima inocente, Jesús declara: «Yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,64). Sin duda está aludiendo a la visión de Daniel antes mencionada. Y la conocida escena del juicio final del Evangelio de San Mateo la presenta con esas mismas imágenes: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, acom­pañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria. Serán congregadas delante de Él todas las nacio­nes, y Él separará los unos de los otros como el pastor separa a las ovejas de los cabritos... E irán éstos a un castigo eterno y los justos a una vida eterna» (Mt 25,31­ss).

 

Dios hará justicia a sus elegidos. El Elegido de Dios es Jesús mismo. Él fue condenado injustamente por jueces inicuos y sometido a muerte; pero Dios lo declaró justo resucitándolo de los muertos. Es lo que dice la primera predicación cristiana: «Vosotros los matasteis, clavándolo en la cruz... pero Dios lo resucitó» (Hech 2,23-24). Los elegidos de Dios, a quienes hará justicia prontamente, son los que creen en Jesús: «Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él tenga vida eterna y yo lo resucite el último día» (Jn 6,40).

 

«Cuando venga...¿encontrará fe sobre la tierra?»

 

Por eso la lectura de hoy concluye con la pregunta muy fuerte: «Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe sobre la tierra?» Es una pregunta que cada uno debe responder examinando su propia vida. Jesús pregunta esto porque el único obstáculo que puede frustrar la pron­titud de Dios, es que no encuentre esos elegidos a quienes dar la recompensa, porque no encuentre fe sobre la tierra. Justamente este mismo criterio lo leemos en el documento de trabajo de los obispos latinoamericanos reunidos en Santo Domingo cuando dicen: «La falta de coherencia entre la fe que se profesa y la vida cotidiana es una de las causas que genera pobreza en nuestros países, porque la fe no ha tenido la fuerza necesaria para penetrar los criterios y las decisiones...» (n. 473).

 

Efectivamente la verdadera respuesta ante tantas situaciones de injusticias, pobreza extrema, corrupción, terrorismo, drogas, etc.; que sufren nuestros países latinoamericanos está en la falta de coherencia entre la fe que profesamos y nuestra vida cotidiana. Esa fe que es viva y que debería darse a conocer en nuestros criterios, en nuestra conducta y en nuestras decisiones diarias. ¿Dónde podemos encontrar los criterios que necesitamos para nuestro actuar? San Pablo nos responde claramente en la Segunda Lectura.

 

Orar sin desfallecer

 

El Evangelista San Lucas en la introducción a la parábola pone de relieve la lección transmitida: «... era preciso orar siempre, sin desfalle­cer». En efecto, en la parábola y su aplicación son llamativos los términos que tienen que ver con la perseve­rancia: «durante mucho tiempo... que no venga continuamen­te a importunarme... clamando día y noche... ¿les hará esperar?». La enseñanza de la parábola, desde este punto de vista, es la perseverancia en la oración: si el juez se dejó mover por la insis­tencia, ¡cuánto más Dios escuchará a sus elegidos que claman a Él día y noche! En este caso, para ser escu­chados prontamente por Dios hay que cumplir dos condicio­nes: contarse entre los elegidos de Dios por la semejanza con su Hijo Jesucristo y clamar a Él «día y noche». Santa Teresa del Niño Jesús, en medio de las pruebas que pasaba, escribía a su hermana Inés: «Antes se cansará Dios de hacerme esperar, que yo de esperarlo» (Carta del 4 de mayo de 1890).

 

¿Dónde alimentar mi fe?

 

En la Segunda Lectura, San Pablo recuerda a su discípulo Timoteo que «toda Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para argüir, para corregir y para educar en la virtud». Porque la Sagrada Escritura nos da la «sabiduría que, por la fe en Cristo Jesús, conduce a la salvación». Esta fe se consolida, profundiza y aumenta cuando se vive de acuerdo a los criterios evangélicos que leemos en las Sagradas Escrituras.  Timoteo, el «temeroso de Dios», era hijo de padre pagano y madre judía (ver Hch 6,1), fue fiel discípulo de Pablo, compañero suyo en los viajes segundo y tercero, colaborador muy estimado (ver Flp 2, 19-23) a quien encomendó misiones muy especiales en diversas Iglesias (Ver Hch 17, 14-16; 18, 5; 1 Cor 4, 17; 2 Cor 1,19; 1Tm 3,6). Estuvo junto con Pablo en la primera cautividad y fue obispo de Éfeso.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

« En las meditaciones que seguirán trataremos de entrever cuán profundamente penetran en el hombre estos caminos: qué significan para él. El cristiano debe comprender el verdadero sentido de estos caminos, si quiere seguirlos.

 

Primero, pues, el camino de la oración. Digo "primero", porque deseo hablar de ella antes que de las otras. Pero diciendo "primero", quiero añadir hoy que en la obra total de nuestra conversión, esto es, de nuestra maduración espiritual, la oración no está aislada de los otros dos caminos que la Iglesia define con el término evangélico de "ayuno y limosna". El camino de la oración quizá nos resulta más familiar. Quizá comprendemos con más facilidad que sin ella no es posible convertirse a Dios, permanecer en unión con Él, en esa comunión que nos hace madurar espiritualmente. Sin duda, entre vosotros, que ahora me escucháis, hay muchísimos que tienen una experiencia propia de oración, que conocen sus varios aspectos y pueden hacer partícipes de ella a los demás. En efecto, aprendemos a orar, orando.

 

El Señor Jesús nos ha enseñado a orar ante todo orando Él mismo: "y pasó la noche orando" (Lc 6, 12); otro día, como escribe San Mateo, " subió a un monte apartado para orar y, llegada la noche, estaba allí solo" (Mt 14, 23). Antes de su pasión y de su muerte fue al monte de los Olivos y animó a los Apóstoles a orar, y Él mismo, puesto de rodillas, oraba. Lleno de angustia, oraba más intensamente (cf. Lc 22, 39-46). Sólo una vez, cuando le preguntaron los Apóstoles: "Señor, enséñanos a orar" (Lc 11, 1), les dio el contenido más sencillo y más profundo de su oración: el "Padrenuestro"».

 

Juan Pablo II. Audiencia General. Miércoles 14 de marzo de 1979.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Hay que orar «sin desfallecer», es decir hay que perseverar en la oración aunque parezca que no obtenemos el  resultado esperado. ¿Será que sabemos pedir lo que nos conviene? ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Soy constante en ella?

 

2. ¿Vivo de acuerdo a mi fe? ¿Soy coherente con la fe que profeso?¿Cuál es mi respuesta personal a la pregunta que Jesús lanza: «encontrará la fe sobre la tierra»? 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2566 - 2594.

 

 

 



[1] Esaú: hermano gemelo de Jacob pero nació  antes que él. Hijo de Isaac y Rebeca. Se hizo cazador y se preocupó tan poco de las promesas de Dios, que un día al llegar a su casa hambriento «vendió» a Jacob por un plato de lentejas su derecho de primogenitura. Cuando Isaac se enteró del ardid de Jacob para lograr su bendición, éste se marchó de casa. Esaú se asentó en la zona que queda en torno al monte Seír y se enriqueció. Cuando los dos hermanos se volvieron a encontrar, Esaú acogió calurosamente a su hermano. Esaú volvió a Seír  y fundó la nación de Edom, mientras de Jacob regresó a Canaám. Pero entre los descendientes de ambos siempre hubo constantes problemas.  

[2] Inicuo, cua. (Del lat. iniqŭus). Contrario a la equidad. Malvado, injusto.

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com