lunes, 5 de julio de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 30, 10-14

 

«Si tú escuchas la voz de Yahveh tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley, si te conviertes a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance.

 

No están en el cielo, para que hayas de decir: "¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: "¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1, 15-20

 

«El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación,  porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,  él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.  El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,  y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

 

«Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: "Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?" El le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?" Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Díjole entonces: "Bien has respondido. Haz eso y vivirás". Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: "Y ¿quién es mi prójimo?"

 

Jesús respondió: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.

 

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" El dijo: "El que practicó la misericordia con él". Díjole Jesús: "Vete y haz tú lo mismo".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Y ¿quién es mi prójimo?» Este Domingo el Señor Jesús tiene la delicadeza de responder, con una de las más bellas parábolas de todo el Evangelio, la pregunta que un huidizo legista le hace acerca del amor al prójimo. La pregunta hecha por el legista es acerca de la «vida eterna» es, curiosamente, la misma pregunta que le hace el «joven rico». La respuesta ya la podemos vislumbrar en la Primera lectura que nos habla acerca de la Palabra de Dios inscrita en nuestro corazón y que «se deja ver en la inteligencia a través de sus obras...de forma que no hay disculpa» (Rom 1, 20) para seguir los mandamientos de Dios. Toda creación, toda ley; todas las cosas tienen en Jesucristo su plenitud. En Él podremos encontrar la luz y la seguridad que necesitamos para entendernos plenamente.

 

La ley en el corazón y en la boca

 

La Primera Lectura es un fragmento del discurso de Moisés al final de la peregrinación por el desierto a punto de cruzar el Jordán. Todo el discurso es una viva exhortación al cumplimiento de la Alianza con Dios, renovada en la llanura del país de Moab (ver Deut. 29). La observancia de la ley no es imposible, pues no se trata de un código extraño y lejano, sino del mandamiento que Dios mismo ha escrito en el corazón de todos los hombres y que se manifiesta en la conciencia moral. «Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

 

Es la ley interior como nos recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo»[1].

 

El Primogénito de toda la creación...

 

En la Segunda Lectura tenemos un denso resumen de la cristología de San Pablo (ver también Flp 2,6-11). El apóstol de los gentiles escribe  a los fieles de Colosas, ciudad de Frigia, en el Asia Menor (hoy Turquía), durante su custodia militar en Roma (alrededor de los años 61-63). Toda la carta se centra en la afirmación de la supremacía de Cristo sobre las potencias cósmicas (eones o demiurgos[2]) a los que rendían pleitesía al sincretismo de las religiones mistéricas, influenciados por el mundo helenista. Todo esto tenía desorientados a los colosenses que eran de origen griego y pagano en su gran mayoría. Por el sacrificio redentor del Hijo; el Padre reconcilia consigo al hombre y a toda la creación de manera tal que todo es nuevamente creado en Él por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 12ss. Ap 21, 1)

 

Se levantó un legista para ponerlo a prueba...

 

El Evangelio de hoy pone en evidencia este problema planteado por un legista: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Un «legista» era un especialista en la ley judía, y un convencido de que esa ley fue dada por Dios como el medio para alcanzar la felicidad, es decir la vida eterna. «Y ahora Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que... guardes los mandamientos de Yahveh y sus pre­ceptos... para que seas feliz?» (ver Dt 10,12-13). Los legistas o maestros de la Ley, también conocidos como escribas, eran llamados de «Rabbí»[3]. Eran hombres que consagraban toda su vida a estudiar, a conservar la Ley y a transmitirla con toda exactitud buscando aplicarla con toda minuciosidad.

 

Los rabinos del tiempo de Jesucristo señalaban en la ley de Moisés 613 preceptos, agrupados en 248 positivos y 365 negativos. No eran raras entre ellos las disputas sobre cuál de todos estos preceptos era el más importante. Al reconocer a Jesús como «Maestro», sin duda debía tener una postura propia sobre el punto más central: «¿qué se debe hacer para heredar vida eterna?». El legista quiere conocer la sabiduría del Maestro, por eso su pregunta tiene el objetivo de «ponerlo a prueba». Jesús ciertamente tiene una postura ante la ley. Él también concuerda en que la ley es el medio dado por Dios para alcanzar la felicidad. Por eso responde: «¿Qué está escrito en la Ley?». A una persona sencilla e interesada Jesús le habría respondido directamente, pero a un especialista en la ley que debe saber los preceptos le responde con una pregunta. Y este legista ciertamente lo sabía ya que su respuesta fue plenamente aprobada por Jesús «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»... se entiende: «tendrás vida eterna».

 

La parábola sobre la misericordia divina

 

Respecto a la primera parte de la respuesta de Jesús que se refiere al amor a Dios, no hay discusión. Respecto a la segunda parte de su respuesta, el legista pone a Jesús ante un real problema de interpretación: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús responde proponiendo la hermosa parábola del «buen samaritano». Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasó por allí un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo; pasó un levita y, al verlo, dio un rodeo. Pasó por allí un samaritano y al verlo, tuvo compasión. La identidad o condición del hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, permanece en el anonimato, sin embargo, por el objetivo didáctico de la parábola, es probable que el Señor estuviera indicando que se trata de un judío y más aún, de un sacerdote o un levita.

 

Veamos algunos detalles para poder entender mejor esta parábola. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Unos 24 kilómetros de camino separaban a Jerusalén de Jericó, camino de «bajada», puesto que Jericó se ubica 1000 metros más abajo. Desde el octavo kilómetro hasta casi llegar a las puertas de Jericó; el paraje se vuelve desértico, las muchas montañas y lugares escarpados hicieron de esta zona un lugar ideal para los ladrones de caminos, que podían emboscar fácilmente a los peregrinos y huir sin más. Sin embargo, aunque sumamente inseguro, este camino era muy transitado: desde Jerusalén no había otro modo de llegar a Jericó o la Transjordania.

 

¿Quiénes eran los sacerdotes y los levitas? Bajo la dirección del Sumo Sacerdote oficiaban el culto en el Templo de Jerusalén los descendientes de la tribu de Leví, divididos en las dos antiguas categorías de sacerdotes y de simples levitas. Los sacerdotes ejercían las funciones litúrgicas ordinarias, ya las del culto público oficial, ya las especialmente solicitadas por particulares. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones, estando generalmente encargados de los servicios secundarios del Templo. Los sacerdotes se dividían en 24 clases, que se turnaban por semanas en los servicios del Templo. La mayoría de los sacerdotes residían en la propia Jerusalén o en sus contornos, pero algunos habitaban en aldeas bastante distantes, a las que regresaban terminado su turno de servicio en Jerusalén. ¿Y los samaritanos...quiénes eran?

 

 En aquellos tiempos, mientras Judea y su capital, Jerusalén, representaban el auténtico bastión del judaísmo, Samaría significaba un rotundo contraste étnico y religioso. Los samaritanos, en efecto, descendían de los colonos asiáticos importados a aquellas regiones por los asirios hacia fines del siglo VIII a. C., los cuales se habían mezclado con los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera en subs­tancia idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo; se fue purificando sucesivamente, y al declinar el siglo IV a. C. los samaritanos ya tenían su propio templo construido sobre el monte Garizim. Para ellos, natural­mente, era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahvé; por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se conside­raban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y con­tinuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Sa­maria era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y Judea en el sur.  


¿Por qué el sacerdote y el levita dieron un rodeo?

 

Ante la posibilidad de que el hombre que yacía malherido estuviese muerto: la ley mosaica (ver Nm 19,16) establece una demarcación absoluta entre el reino de la muerte y el reino de la vida. Esto se da también en lo que se refiere al culto, a las cosas de Dios: Los muertos no conocen ni ven nada, con ellos Dios ya no trata por tanto, el que directa o indirectamente entra en contacto con los muertos «se hace impuro», esto es, se halla separado de Dios. Lo mismo dígase de tocar sangre humana: al curar heridas expuestas, se harían impuros al menor contacto con la sangre del herido.

 

Así, pues, en el caso de que estuviese muerto o no, el sacerdote y el levita, luego de una agotadora semana en el templo, probablemente no querían contraer impureza alguna para luego tener que pasar por los largos y exigentes rituales de purificación, o acaso, como hombres dedicados al servicio de Dios, simplemente no querían caer en impureza legal para verse separados de Dios. Si es éste el caso, lo que los separa de Dios es contradictoriamente su apego a la legalidad y su incapacidad para vivir la misericordia con el prójimo.

 

El buen samaritano

 

Es conmovedor ver todo lo que hizo el samaritano por el hombre herido: «acercándose, vendó sus heridas...; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». Estamos tentados de exclamar: ¡Es excesivo! El samaritano atiende al herido con sus propias manos; pero además ¡con su dinero! Y hay que considerar que se trataba de un desconocido y, además, judío y que «los judíos no hablaban con los samaritanos» (Jn 4,9) como ya hemos visto. Se puede decir que este samaritano amó a ese hombre «como a sí mismo».

 

En efecto, no habría puesto mayor solicitud en curar sus propias heridas ni habría gastado más dinero en su propio cuidado. La pregunta que Jesús le hace al legista sobre el prójimo es recíproca, es decir equivale a: ¿quién consideró al herido como su prójimo? Al legista no le queda otra salida que decir: el samaritano. Pero se resiste a reconocerlo, por los motivos indicados más arriba, y responde: «el que practicó la misericordia con él». Jesús concluye lo mismo que le había dicho antes: «Vete y haz tú lo mismo». Se entiende: haciendo eso mismo heredarás la vida eterna.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«El Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea… es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que «se conmueve» ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno.

 

Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre... el que ofrece ayuda en el sufrimiento... en ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio «yo», abriendo ese «yo» al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede «encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo».

Juan Pablo II, Carta Encíclica Salvifici doloris, 28.

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos», nos dice Tomas Merthon. ¿De qué manera vivo esta realidad? ¿Cómo vivo el amor al prójimo y a mí mismo? 

 

2. El amor a Dios se manifiesta entonces en el servicio que se hace concreto en el rostro también concreto del hermano que sufre, del que - en cuerpo, alma o espíritu - necesita de nuestra caridad. Este es el camino seguro para la vida eterna. Busquemos esta semana vivir la caridad y el amor solidario con el prójimo.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1503- 1504. 2447-2448.



[1] Gaudium et spes, 16.

[2] Demiurgo. Del griego demos: pueblo, y ergón: trabajo. Quien trabaja para el pueblo, el artesano. En la cosmología de Platón y los alejandrinos, el dios creador o el artesano divino que crea el mundo. Se trata de un dios malo o ignorante que, al crear, provoca un desastre cósmico, ya que atrapa en la materia el elemento divino que sale del verdadero Dios.    

[3] Rabbí: derivado el verbo rahab que significaba «ser grande». Luego se les llamará «rabinos».

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{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 30, 10-14

 

«Si tú escuchas la voz de Yahveh tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley, si te conviertes a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance.

 

No están en el cielo, para que hayas de decir: "¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: "¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1, 15-20

 

«El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación,  porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,  él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.  El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,  y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

 

«Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: "Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?" El le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?" Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Díjole entonces: "Bien has respondido. Haz eso y vivirás". Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: "Y ¿quién es mi prójimo?"

 

Jesús respondió: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.

 

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" El dijo: "El que practicó la misericordia con él". Díjole Jesús: "Vete y haz tú lo mismo".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Y ¿quién es mi prójimo?» Este Domingo el Señor Jesús tiene la delicadeza de responder, con una de las más bellas parábolas de todo el Evangelio, la pregunta que un huidizo legista le hace acerca del amor al prójimo. La pregunta hecha por el legista es acerca de la «vida eterna» es, curiosamente, la misma pregunta que le hace el «joven rico». La respuesta ya la podemos vislumbrar en la Primera lectura que nos habla acerca de la Palabra de Dios inscrita en nuestro corazón y que «se deja ver en la inteligencia a través de sus obras...de forma que no hay disculpa» (Rom 1, 20) para seguir los mandamientos de Dios. Toda creación, toda ley; todas las cosas tienen en Jesucristo su plenitud. En Él podremos encontrar la luz y la seguridad que necesitamos para entendernos plenamente.

 

La ley en el corazón y en la boca

 

La Primera Lectura es un fragmento del discurso de Moisés al final de la peregrinación por el desierto a punto de cruzar el Jordán. Todo el discurso es una viva exhortación al cumplimiento de la Alianza con Dios, renovada en la llanura del país de Moab (ver Deut. 29). La observancia de la ley no es imposible, pues no se trata de un código extraño y lejano, sino del mandamiento que Dios mismo ha escrito en el corazón de todos los hombres y que se manifiesta en la conciencia moral. «Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

 

Es la ley interior como nos recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo»[1].

 

El Primogénito de toda la creación...

 

En la Segunda Lectura tenemos un denso resumen de la cristología de San Pablo (ver también Flp 2,6-11). El apóstol de los gentiles escribe  a los fieles de Colosas, ciudad de Frigia, en el Asia Menor (hoy Turquía), durante su custodia militar en Roma (alrededor de los años 61-63). Toda la carta se centra en la afirmación de la supremacía de Cristo sobre las potencias cósmicas (eones o demiurgos[2]) a los que rendían pleitesía al sincretismo de las religiones mistéricas, influenciados por el mundo helenista. Todo esto tenía desorientados a los colosenses que eran de origen griego y pagano en su gran mayoría. Por el sacrificio redentor del Hijo; el Padre reconcilia consigo al hombre y a toda la creación de manera tal que todo es nuevamente creado en Él por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 12ss. Ap 21, 1)

 

Se levantó un legista para ponerlo a prueba...

 

El Evangelio de hoy pone en evidencia este problema planteado por un legista: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Un «legista» era un especialista en la ley judía, y un convencido de que esa ley fue dada por Dios como el medio para alcanzar la felicidad, es decir la vida eterna. «Y ahora Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que... guardes los mandamientos de Yahveh y sus pre­ceptos... para que seas feliz?» (ver Dt 10,12-13). Los legistas o maestros de la Ley, también conocidos como escribas, eran llamados de «Rabbí»[3]. Eran hombres que consagraban toda su vida a estudiar, a conservar la Ley y a transmitirla con toda exactitud buscando aplicarla con toda minuciosidad.

 

Los rabinos del tiempo de Jesucristo señalaban en la ley de Moisés 613 preceptos, agrupados en 248 positivos y 365 negativos. No eran raras entre ellos las disputas sobre cuál de todos estos preceptos era el más importante. Al reconocer a Jesús como «Maestro», sin duda debía tener una postura propia sobre el punto más central: «¿qué se debe hacer para heredar vida eterna?». El legista quiere conocer la sabiduría del Maestro, por eso su pregunta tiene el objetivo de «ponerlo a prueba». Jesús ciertamente tiene una postura ante la ley. Él también concuerda en que la ley es el medio dado por Dios para alcanzar la felicidad. Por eso responde: «¿Qué está escrito en la Ley?». A una persona sencilla e interesada Jesús le habría respondido directamente, pero a un especialista en la ley que debe saber los preceptos le responde con una pregunta. Y este legista ciertamente lo sabía ya que su respuesta fue plenamente aprobada por Jesús «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»... se entiende: «tendrás vida eterna».

 

La parábola sobre la misericordia divina

 

Respecto a la primera parte de la respuesta de Jesús que se refiere al amor a Dios, no hay discusión. Respecto a la segunda parte de su respuesta, el legista pone a Jesús ante un real problema de interpretación: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús responde proponiendo la hermosa parábola del «buen samaritano». Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasó por allí un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo; pasó un levita y, al verlo, dio un rodeo. Pasó por allí un samaritano y al verlo, tuvo compasión. La identidad o condición del hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, permanece en el anonimato, sin embargo, por el objetivo didáctico de la parábola, es probable que el Señor estuviera indicando que se trata de un judío y más aún, de un sacerdote o un levita.

 

Veamos algunos detalles para poder entender mejor esta parábola. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Unos 24 kilómetros de camino separaban a Jerusalén de Jericó, camino de «bajada», puesto que Jericó se ubica 1000 metros más abajo. Desde el octavo kilómetro hasta casi llegar a las puertas de Jericó; el paraje se vuelve desértico, las muchas montañas y lugares escarpados hicieron de esta zona un lugar ideal para los ladrones de caminos, que podían emboscar fácilmente a los peregrinos y huir sin más. Sin embargo, aunque sumamente inseguro, este camino era muy transitado: desde Jerusalén no había otro modo de llegar a Jericó o la Transjordania.

 

¿Quiénes eran los sacerdotes y los levitas? Bajo la dirección del Sumo Sacerdote oficiaban el culto en el Templo de Jerusalén los descendientes de la tribu de Leví, divididos en las dos antiguas categorías de sacerdotes y de simples levitas. Los sacerdotes ejercían las funciones litúrgicas ordinarias, ya las del culto público oficial, ya las especialmente solicitadas por particulares. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones, estando generalmente encargados de los servicios secundarios del Templo. Los sacerdotes se dividían en 24 clases, que se turnaban por semanas en los servicios del Templo. La mayoría de los sacerdotes residían en la propia Jerusalén o en sus contornos, pero algunos habitaban en aldeas bastante distantes, a las que regresaban terminado su turno de servicio en Jerusalén. ¿Y los samaritanos...quiénes eran?

 

 En aquellos tiempos, mientras Judea y su capital, Jerusalén, representaban el auténtico bastión del judaísmo, Samaría significaba un rotundo contraste étnico y religioso. Los samaritanos, en efecto, descendían de los colonos asiáticos importados a aquellas regiones por los asirios hacia fines del siglo VIII a. C., los cuales se habían mezclado con los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera en subs­tancia idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo; se fue purificando sucesivamente, y al declinar el siglo IV a. C. los samaritanos ya tenían su propio templo construido sobre el monte Garizim. Para ellos, natural­mente, era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahvé; por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se conside­raban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y con­tinuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Sa­maria era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y Judea en el sur.  


¿Por qué el sacerdote y el levita dieron un rodeo?

 

Ante la posibilidad de que el hombre que yacía malherido estuviese muerto: la ley mosaica (ver Nm 19,16) establece una demarcación absoluta entre el reino de la muerte y el reino de la vida. Esto se da también en lo que se refiere al culto, a las cosas de Dios: Los muertos no conocen ni ven nada, con ellos Dios ya no trata por tanto, el que directa o indirectamente entra en contacto con los muertos «se hace impuro», esto es, se halla separado de Dios. Lo mismo dígase de tocar sangre humana: al curar heridas expuestas, se harían impuros al menor contacto con la sangre del herido.

 

Así, pues, en el caso de que estuviese muerto o no, el sacerdote y el levita, luego de una agotadora semana en el templo, probablemente no querían contraer impureza alguna para luego tener que pasar por los largos y exigentes rituales de purificación, o acaso, como hombres dedicados al servicio de Dios, simplemente no querían caer en impureza legal para verse separados de Dios. Si es éste el caso, lo que los separa de Dios es contradictoriamente su apego a la legalidad y su incapacidad para vivir la misericordia con el prójimo.

 

El buen samaritano

 

Es conmovedor ver todo lo que hizo el samaritano por el hombre herido: «acercándose, vendó sus heridas...; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». Estamos tentados de exclamar: ¡Es excesivo! El samaritano atiende al herido con sus propias manos; pero además ¡con su dinero! Y hay que considerar que se trataba de un desconocido y, además, judío y que «los judíos no hablaban con los samaritanos» (Jn 4,9) como ya hemos visto. Se puede decir que este samaritano amó a ese hombre «como a sí mismo».

 

En efecto, no habría puesto mayor solicitud en curar sus propias heridas ni habría gastado más dinero en su propio cuidado. La pregunta que Jesús le hace al legista sobre el prójimo es recíproca, es decir equivale a: ¿quién consideró al herido como su prójimo? Al legista no le queda otra salida que decir: el samaritano. Pero se resiste a reconocerlo, por los motivos indicados más arriba, y responde: «el que practicó la misericordia con él». Jesús concluye lo mismo que le había dicho antes: «Vete y haz tú lo mismo». Se entiende: haciendo eso mismo heredarás la vida eterna.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«El Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea… es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que «se conmueve» ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno.

 

Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre... el que ofrece ayuda en el sufrimiento... en ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio «yo», abriendo ese «yo» al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede «encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo».

Juan Pablo II, Carta Encíclica Salvifici doloris, 28.

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos», nos dice Tomas Merthon. ¿De qué manera vivo esta realidad? ¿Cómo vivo el amor al prójimo y a mí mismo? 

 

2. El amor a Dios se manifiesta entonces en el servicio que se hace concreto en el rostro también concreto del hermano que sufre, del que - en cuerpo, alma o espíritu - necesita de nuestra caridad. Este es el camino seguro para la vida eterna. Busquemos esta semana vivir la caridad y el amor solidario con el prójimo.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1503- 1504. 2447-2448.



[1] Gaudium et spes, 16.

[2] Demiurgo. Del griego demos: pueblo, y ergón: trabajo. Quien trabaja para el pueblo, el artesano. En la cosmología de Platón y los alejandrinos, el dios creador o el artesano divino que crea el mundo. Se trata de un dios malo o ignorante que, al crear, provoca un desastre cósmico, ya que atrapa en la materia el elemento divino que sale del verdadero Dios.    

[3] Rabbí: derivado el verbo rahab que significaba «ser grande». Luego se les llamará «rabinos».

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lunes, 28 de junio de 2010

{Meditación Dominical} Solemnidad de San Pedro y San Pablo. Domingo XIV del Tiempo Ordinario.

Estimados amigos:

Les estoy mandando las dos Meditacione Bíblicas para esta semana. La propia para la Solemnidad de San Pedro y San Pablo y la de la XIV Semana del Tiempo Ordinario (domingo 4 de Julio).

Con mis oraciones,

Rafael de la Piedra 

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lunes, 21 de junio de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C«Te seguiré adondequiera que vayas»

Domingo de la Semana 13ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Te seguiré adondequiera que vayas»

 

Lectura del primer libro de los Reyes 19,16b-21

 

«Ungirás a Jehú, hijo de Nimsí, como rey de Israel, y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel Mejolá, le ungirás como profeta en tu lugar. Al que escape a la espada de Jazael le hará morir Jehú, y al que escape a la espada de Jehú, le hará morir Eliseo. Pero me reservaré 7.000 en Israel: todas las rodillas que no se doblaron ante Baal, y todas las bocas que no le besaron".

 

Partió de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando. Había delante de él doce yuntas y él estaba con la duodécima. Pasó Elías y le echó su manto encima. El abandonó los bueyes, corrió tras de Elías y le dijo: "Déjame ir a besar a mi padre y a mi madre y te seguiré". Le respondió: "Anda, vuélvete, pues ¿qué te he hecho?" Volvió atrás Eliseo, tomó el par de bueyes y los sacrificó, asó su carne con el yugo de los bueyes y dio a sus gentes, que comieron. Después se levantó, se fue tras de Elías y entró a su servicio.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Gálatas 4,31b-5,1.13-18

 

«Así que, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre. Para ser libres nos libertó Cristo. Manteneos, pues, firmes y no os dejéis oprimir nuevamente bajo el yugo de la esclavitud. Porque, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; sólo que no toméis de esa libertad pretexto para la carne; antes al contrario, servíos por amor los unos a los otros.

 

Pues toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero si os mordéis y os devoráis mutuamente, ¡mirad no vayáis mutuamente a destruiros! Por mi parte os digo: Si vivís según el Espíritu, no daréis satisfacción a las apetencias de la carne. Pues la carne tiene apetencias contrarias al espíritu, y el espíritu contrarias a la carne, como que son entre sí antagónicos, de forma que no hacéis lo que quisierais. Pero, si sois conducidos por el Espíritu, no estáis bajo la ley.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 9, 51-62

 

«Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén, y envió mensajeros delante de sí, que fueron y entraron en un pueblo de samaritanos para prepararle posada; pero no le recibieron porque tenía intención de ir a Jerusalén.

 

Al verlo sus discípulos Santiago y Juan, dijeron: "Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?" Pero volviéndose, les reprendió; y se fueron a otro pueblo. Mientras iban caminando, uno le dijo: "Te seguiré adondequiera que vayas". o: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza". A otro dijo: "Sígueme".

 

El respondió: "Déjame ir primero a enterrar a mi padre". Le respondió: "Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios". También otro le dijo: "Te seguiré, Señor; pero déjame antes despedirme de los de mi casa". Le dijo Jesús: "Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Llamado y respuesta»: dos palabras que resumen el contenido sustancial de las lecturas del presente Domingo. Jesús en su caminar hacia Jerusalén llama a algunos a seguirle y a darle una respuesta inmediata (Evangelio). En esto Jesús supera las exigencias del llamado y del seguimiento que vemos en el Antiguo Testamento, particularmente en la vocación de Eliseo (Primera Lectura). San Pablo recuerda a los miembros de la comunidad de Galacia que todos los cristianos hemos sido llamados a la libertad del Espíritu, y por consiguiente tenemos que responder con un comportamiento de acuerdo a nuestra nueva condición de «hombres libres» viviendo el mandamiento del amor, que exige servir y preocuparse por el otro; antes de dejarse llevar por las apetencias desordenadas de la carne evitando caer otra vez en la esclavitud del pecado (Segunda Lectura).

 

La vocación de Eliseo

Jesús exige a sus seguidores más que el profeta Elías a su discípulo y sucesor Eliseo, como leemos en la Primera Lectura. Al pasar Elías junto a Eliseo[1], que está arando con doce yuntas de bueyes, le echa su manto encima. El manto simboliza la personalidad y los derechos de su dueño. Además de manera particular el manto de Elías tiene una eficacia milagrosa (ver 2Re 2,8). Elías adquiere así un derecho sobre Eliseo, al que Eliseo no puede sustraerse. Elías accede al deseo de su futuro discípulo: despedirse de los suyos. A continuación, renunciando a todo aquello que lo vincula a su vida pasada, Eliseo destruye el yugo de los bueyes y servirá como criado a Elías por ocho años. Eliseo completa la obra iniciada por Elías destruyendo en esa época el culto pagano a Baal. Finalmente morirá durante el reinado de Joás siendo llorado por el pueblo y por el rey (ver 2Re 13,14-20). Sin duda la vocación de Eliseo nos recuerda mucho la vocación de los apóstoles (ver Mt 9,9; Jn 1,35ss).

 

La vida nueva en el Espíritu


La vocación cristiana, como leemos en la carta a los Gálatas, es un llamado a la libertad. «Para ser libres nos libertó Cristo». El discípulo de Cristo, liberado del pecado, de la ley mosaica y de toda ley que tiene como fin ella misma; no tiene más límites a su libertad que la que señala el Espíritu: el amor y el servicio fraterno. Estos son irreconciliables con el egoísmo, el libertinaje y la vida sin Dios. La vida nueva de los creyentes alcanza su plenitud en el amor que es presentado por Cristo como una ley nueva. Los frutos del Espíritu son: «amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gál 5, 22); opuesto a las obras de la carne (ver Rom 13,8.12). Conducidos por el Espíritu, el cristiano vive espontáneamente donándose a los demás y alejándose así de las apetencias o concupiscencias de la carne[2].  «Servíos por amor los unos a los otros» (Gál 4,13) ¡Todo un programa social! Vivir amándonos y sirviéndonos libremente por el amor de Aquel que nos amó antes y que nos muestra con su ejemplo cómo debemos servir (ver Jn 13,4ss). El verbo «servir» podemos entenderlo como el «ser siervo de otro». El hombre que no es capaz de hacer un servicio a otro, es sin duda un hombre que no sirve para nada. Nos dice el Papa León XII en su Carta Encíclica Sapientia Christianae, acerca de las obras de la caridad: «No sería tan grande la osadía de los malos, ni habría sembrado tantas ruinas, si hubiese estado más firme y arraigada en el pecho de muchos la fe que obra por medio de la caridad ni habría caído tan generalmente la observancia de las leyes dadas al hombre por Dios».

 

«Decidió firmemente ir a Jerusalén»

 

El Evangelio de hoy[3] comienza con una frase oscura, cuya traducción literal es la siguiente: «Y sucedió que como iban cumpliéndose los días de su asunción, endureció el rostro para ir a Jerusalén[4]». A partir de 9,51, todo lo que Lucas relata en los diez capítu­los siguientes ocurre de camino hacia Jerusa­lén. Y siempre reaparece la misma resolución que guía a Jesús. Cuando le ad­vierten que Herodes quiere matarlo, no logran disuadirlo de su propó­sito, sino que respon­de: «Conviene que hoy y mañana y pasado siga adelan­te, porque no cabe que un profeta perez­ca fuera de Jerusa­lén» (Lc 13,33). Y ya cerca de la ciu­dad, el Evangelista observa que  «Jesús marchaba por delan­te, subiendo a Jeru­salén» (Lc 19,28). La subida de Jesús a Jerusalén, desde la Galilea, fue pasando a través de Samaría. Existían hostilidades entre judíos y samaritanos, porque éstos tenían su propio culto considerado cismático por parte de los judíos. Por eso los samaritanos no daban facilidades a los peregrinos que pasaban por su territorio para ir a adorar a Jerusalén.

 

Una vez llegado a Jerusalén, no entra de cualquier manera; sino que entra, preme­ditadamente, montado en un pollino para pasar el mensaje de que es Él quien da cumplimiento a aquella antigua profecía mesiánica: «¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! He aquí que viene a ti tu rey... humil­de y montado en un asno, en un pollino, cría de asna» (Zac 9,9). Su destino final es el Templo de Jerusalén, el mismo lugar al que había sido presentado por sus padres cuarenta días después de su nacimiento y donde se había quedado instruyendo a los doctores de la ley a los doce años. Llegado al Templo, su desti­no, dice: «Entrando en el templo, comenzó a echar fuera a los que vendían». Jesús ya no saldrá de Jerusalén, pues allí será su muerte, su resurrección y las apariciones a los discí­pulos. La «asunción» de Jesús es el proceso que abraza su muerte, resurrección, ascensión al cielo y sesión a la derecha del Padre. El Evangelio subraya a menudo que este hecho salvífico tendría lugar en el «tiempo establecido» por Dios. El tiempo va fluyendo hasta que llega a su plenitud y alcanza el momento culminante en la muerte de Jesús. La cruz de Jesús se alza para indicar el centro de la historia. La misma idea se expresa en el Evangelio de Juan con los conceptos de «la hora» de Jesús y de su «glorifi­ca­ción». A esto se refiere la precisión cronológi­ca: «Cuando se cumplían los días de su asunción».

 

«Te seguiré adondequiera que vayas...»

 

«Endureció el rostro» es una frase idiomática semita para expresar firme y enérgica decisión. Él que pone esa expresión del rostro denota una determinación tal que nada puede disuadirlo. Sabemos que cuando Pedro quiso hacerlo reconsiderar su decisión de ir a Jerusalén, Jesús lo rechazó severamente diciéndole: «¡Apártate Satanás, porque eres obstáculo para mí!» (Mt 16,23). Se trataba de cumplir su misión, de abrazar la cruz para llevar hasta el extremo su amor al Padre y su amor a los hombres y nada podía detenerlo. Y en esto con­siste también la vocación cristia­na. Para seguir a Cristo hay que «endurecer el rostro» es decir «mostrar el semblante decidido[5]» y actuar como Él cuando se encaminó a Jerusalén. La esencia del seguimiento de Cristo es una determinación al amor y nada más. Cualquiera otra motiva­ción es inacepta­ble. El resto del Evangelio nos narra, por medio del relato de tres vocaciones reales, en qué consiste en concreto «negarse a sí mismo y seguir a Je­sús».

 

En el primer caso, a uno que expresa su intención de seguirlo, Jesús lo llama a moderar el falso entusiasmo, advirtiéndole que hay que estar dispuesto a privarse de todas las comodida­des, porque «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar su cabeza». A un segundo, que pide licencia para enterrar a su padre, Jesús le dice que para este segui­miento hay que estar dispuesto a abandonar todos los afec­tos, incluso los afectos familia­res: «Deja que los muertos entie­rren a sus muertos; tú vete a anun­ciar el Reino de Dios». «Muer­tos» son los que han preferi­do salvar su vida en este mundo, porque ellos la perderán.

 

Por último a uno que pide un tiempo para despe­dirse de los suyos, Jesús le expresa la urgencia y radicalidad exigidas: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios». Cuando Cristo llama, Él exige la misma disponibilidad que admiramos en sus apóstoles: «Dejándolo todo, lo siguieron». Ninguno de estos tres episodios tiene desenlace. El Evangelio no nos dice si esos tres se alejaron «tristes porque tenían muchos bienes» o si «dejándolo todo, llenos de gozo, lo siguieron». Pero no hace falta que se nos diga el desenlace, pues en la vida real, en nuestro mismo tiempo, vemos casi a diario la reac­ción de diversos jóve­nes ante el llamado de Dios: algunos, dispues­tos a sufrir la misma suerte que Cristo, lo siguen; otros, muchos, prefie­ren tener asegurado un lugar dónde reclinar la cabeza y gozar del afecto de los suyos y se alejan de Cristo tristes.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«En los momentos difíciles, en los momentos de prueba, se miden la calidad de las opciones. Así pues, en estos tiempos de dificultad cada uno de vosotros está llamado a tomar decisiones valientes. No existen atajos para la felicidad y la luz.

 

Prueba de ello son los tormentos de personas que, en el decurso de la historia de la humanidad, se han puesto a buscar con empeño el sentido de la vida, la respuesta a los interrogantes fundamentales inscritos en el corazón de todo ser humano. Ya sabéis que estos interrogantes no son sino expresión  de la nostalgia de infinito sembrada por Dios mismo en el interior de cada uno de nosotros». 

 

Juan Pablo II. Mensaje para la XI Jornada Mundial de la juventud, 26 de noviembre de 1995

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «Servíos por amor los unos a los otros» ¿En qué situaciones concretas vivo mi llamado a servir a mis hermanos? ¿Me cuesta servir? ¿Qué voy hacer para poder servir a mis hermanos?

 

2. ¿Soy consciente del llamado que Jesús me hace a vivir con «radicalidad» y «coherencia» mi fe?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 897 - 913. 1730- 1784. 1939- 1942.

 



[1] Eliseo significa «Dios es mi salvación».

[2] Leemos en el Catecismo: «En sentido etimológico, la "concupiscencia" puede designarse toda forma vehemente de deseo humano. La teología le ha dado el sentido particular de un movimiento del apetito sensible que contraría la obra de la razón humana. El apóstol San Pablo la identifica con la lucha que la "carne" sostiene contra el "espíritu". Procede de la desobediencia del primer pecado», Catecismo de la Iglesia Católica, 2515. 

[3] El Evangelio de Lucas, como lo encontramos en los códices más antiguos (siglo IV), no está dividido en capítulos y versículos. La división en capítulos de la Biblia la hizo Esteban Langton sobre un manuscrito de la Vulgata alrededor del año 1214. La división del texto griego del Nuevo Testamento en versículos la hizo Robert Estienne en 1551. Pero Langton no advirtió que en este punto del Evangelio comenzaba una nueva sección. Así lo sugieren las palabras: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, Jesús se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén». Son palabras propias de un comienzo: el comienzo del viaje a Jerusalén. Esta necesidad de subir a Jerusalén estaba anunciada poco antes. En efecto, éste es el tema sobre el cual hablaban Moisés y Elías con Jesús en el monte de la Transfiguración: "Hablaban de su partida, que Él iba a cumplir en Jerusalén" (Lc 9,31).

[4] Leemos en el Nuevo Testamento Interlineal de Francisco Lacuela: «Y sucedió que al cumplirse los días de la asunción de Él, que Él el rostro fijó para ir a Jerusalén».

[5] Esta es la traducción que encontramos en «Los Cuatro Evangelios» del Padre. José J. Reboli S.J.

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