lunes, 22 de octubre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B «Rabbuní, ¡que vea!»

Domingo de la Semana 30ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B

«Rabbuní, ¡que vea!»

 

Lectura del libro del profeta Jeremías 31, 7-9

«Pues así dice Yahveh: Cantad con alegría loores a Jacob, y gritos por la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: "¡Ha salvado Yahveh a su pueblo, al Resto de Israel!" Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Entre ellos, el ciego y el cojo, la preñada y la parida a una. Gran asamblea vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre, y Efraím es mi primogénito.»

 

Lectura de la carta a los Hebreos 5, 1-6

«Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados; y puede sentir compasión hacia los ignorantes y extraviados, por estar también él envuelto en flaqueza. Y a causa de esa misma flaqueza debe ofrecer por los pecados propios igual que por los del pueblo. Y nadie se arroga tal dignidad, sino el llamado por Dios, lo mismo que Aarón. De igual modo, tampoco Cristo se apropió la gloria del Sumo Sacerdocio, sino que la tuvo de quien le dijo: Hijo mío eres tú; yo te he engendrado hoy. Como también dice en otro lugar: Tú eres sacerdote para siempre, a semejanza de Melquisedec».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 46-52

 

«Llegan a Jericó. Y cuando salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran muchedumbre, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que era Jesús de Nazaret, se puso a gritar: "¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!" Muchos le increpaban para que se callara. Pero él gritaba mucho más: "¡Hijo de David, ten compasión de mí!" Jesús se detuvo y dijo: "Llamadle".

 

Llaman al ciego, diciéndole: "¡Animo, levántate! Te llama". Y él, arrojando su manto, dio un brinco y vino donde Jesús. Jesús, dirigiéndose a él, le dijo: "¿Qué quieres que te haga?" El ciego le dijo: "Rabbuní, ¡que vea!" Jesús le dijo: "Vete, tu fe te ha salvado". Y al instante, recobró la vista y le seguía por el camino.»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Los textos de este Domingo destacan la amorosa atención de Dios hacia los hombres. El destierro es como un desierto donde el pueblo elegido se encuentra nuevamente con su Señor ya que en Él se manifiesta el amor eterno de un Dios que es siempre fiel a su pueblo. El retorno a la tierra prometida es alegre (Sal 126,5), pero no esconde la realidad: está formado por una procesión de inválidos y tullidos que regresan confiados en Dios. Justamente es Jesucristo, con el poder de Dios, quien dará salud al ciego Bartimeo que manifiesta una enorme fe y confianza en el «Hijo de David» (Evangelio). La acción amorosa de Dios se muestra de modo especial en Cristo, Sumo Sacerdote, que saca a los hombres de la ignorancia y del dolor, y los libra de sus pecados (Segunda Lectura).

 

J «Porque yo soy para Israel como un padre…»

 

En los capítulos 30 al 33, Jeremías emplea todos los recursos proféticos para describir la gloriosa restauración de Israel y el esplendor de la Nueva Alianza que Dios hará con su pueblo. En los versículos anteriores al texto de este Domingo, leemos una maravillosa manifestación del amor de Dios a su pueblo: «Con amor eterno te he amado, por eso no dejé de compadecerte» (Jer 31,3). La afirmación que todos los pueblos se alegrarán cuando vuelva Jacob (Jer 31,1) tiene una clara connotación mesiánica: «No temas, le dice Dios a Jacob al término de sus días. Baja a Egipto, porque allí te pondré una numerosa posteridad. Yo bajaré contigo allá y yo te traeré de allí cuando vuelvas» (Gn 46, 3b-4).

 

La frase que leemos en el texto de Jeremías «el resto de Israel» es frecuentemente usada en los libros proféticos refiriéndose a aquellos «anawin» o «pobres de Yahveh» que en medio de las calamidades han sido fieles a la promesa (Alianza) hecha a Dios. Dios corrige y reprende los crímenes de su pueblo porque permanece fiel a la alianza: «las promesas de Dios son inmutables» (Rom 11,29). Finalmente es Dios mismo quien los conducirá, como un pastor, a la nueva Sión y los cuidará como un padre cuida a sus hijos.

 

En la Primera Lectura hay un detalle en consonancia con el Evangelio de hoy. Entre la gran multitud de israelitas repatriados del destierro por Dios, ve el profeta caminar ciegos y cojos. El Señor ha salvado y restituido a su pueblo. El nombre Efraín históricamente se refiere al reino del Norte; conceptualmente recuerda la concesión de la primogenitura al hermano pequeño (ver Gn 48,8-20; 31,20; Os 11). El Salmo responsorial canta la alegría del regreso a  la tierra prometida: «El Señor ha estado grande con nosotros y estamos alegres» (Salmo 125 (126).

 

J «Tu eres sacerdote para siempre»

 

El texto de la carta a los Hebreos profundiza la última idea del Domingo pasado: «acerquémonos con confianza al trono de la gracia» (Heb 4,16). Para ello pone de relieve la misericordia de Jesucristo-Sacerdote, por comparación y contraste con los antiguos sacerdotes: es uno de nosotros, que puede compadecerse de nuestras debilidades, porque Él también ha sido sometido a la prueba y al sufrimiento. A partir de aquí, el autor afronta el misterio del Jesús histórico, que, precisamente a través del sufrimiento, aprendió la entrega total de sí mismo a Dios, llegando a la perfección suprema (ver Heb 5, 9-10)[1].

 

Jesucristo tiene la dignidad y el honor del sacerdocio no porque lo haya arrebatado, usurpado, comprado o robado, sino por la humilde aceptación de una misión, de un don. El mismo Dios, que lo ha proclamado su Hijo, lo ha nombrado, declarado y proclamado solemnemente Sumo Sacerdote, como leemos en (Sal 110,4): «Lo ha jurado Yahveh y no va a retractarse: "Tú eres sacerdote, según el orden de Melquisedec». Con ello el autor sagrado ve realizado en Cristo un nuevo tipo de sacerdocio, un sacerdote eficaz que proporciona la salvación a cuantos a Él se adhieran llevándolos plenamente hasta Dios.

 

K «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!»

 

El Evangelio de este Domingo presenta un episodio de la vida de Jesús que se asemeja mucho al que meditábamos hace algunas semanas. En ambos casos vemos cómo Jesús está abandonando un lugar para ponerse de camino. Sin embargo ¡qué diferencia en el desenlace de uno y otro! En el primer caso Jesús llama a un joven a dejar sus riquezas y a seguirlo, pero éste prefiere quedarse triste con sus "bienes". En cambio hoy vemos a un pobre mendigo a quien Jesús le devuelve la vista y "alegremente" lo va a seguir en el camino arrojando tal vez su único "bien" en el mundo: «su manto». Del primero no sabemos ni siquiera el nombre, del segundo sabemos que se llamaba: Bartimeo, el hijo de Timeo. El mencionar el nombre revela, tal vez, el hecho de que el ciego curado fuese parte de la comunidad cristiana en Jerusalén.

 

Los detalles que leemos en el pasaje de San Marcos son notables y podrían ser las reminiscencias de un testigo ocular. Ante todo el pasaje transcurre en la ciudad de Jericó. Esta quedaba a unos ocho kilómetros al oeste del Jordán y treinta kilómetros al nordeste de Jerusalén. Fue reedificada por Herodes el Grande que murió allí mismo. Por allí pasaba el camino que de la Transjordania llevaba a Jerusalén y allí realizaría Jesús la última curación que es narrada en los sinópticos. Inmediatamente nos llama la atención cómo el ciego, sentado a la orilla del camino como era la costumbre de la época, se dirige a Jesús que pasa: «¡Hijo de David, Jesús ten piedad de mí!». Es un claro y abierto reconocimiento de la mesianidad de Jesús.

 

En efecto, David había sido ungido rey[2] y es a él a quien Dios le promete que un nuevo mesías saldría de su descendencia (ver 2Sam 7,12.16). Sobre este trasfondo entendemos mejor  las palabras del arcángel Gabriel cuando le dice a María: «El Señor Dios le dará el trono de David su padre...su reino no tendrá fin» (Lc 1,32.33).

 

Y es claro también el sentido de las palabras de Bartimeo que reconoce a Jesús como el Mesías esperado. Si bien es cierto que durante su ministerio Jesús había evitado el título de «Hijo de David» por la fuerte connotación política que tenía; sin embargo en este episodio al ser interpelado en esta forma, se detiene, pues en las palabras del ciego había algo más que una mera alusión al poder político: el ciego agrega: «¡Ten piedad de mí!». Esto llamó poderosamente la atención de Jesús. Cuando el ciego se pone a gritar queriendo llamar la atención del Maestro, muchos le reprendían para que se callara. Su grito parece ser intempestivo y no quieren que moleste a Jesús. Para ellos (sus discípulos y una gran multitud) no era más que el grito desesperado de un mendigo ciego sentado a la largo del camino, es decir, un marginado más.

 

Sin embargo hay un claro contraste entre la actitud de Jesús y la de los discípulos. La actitud de Jesús encierra un reproche hacia sus seguidores. Él está atento a los marginados y despreciados de la sociedad: los llama y los acoge. El ciego entusiasmado, deja su manto y de un salto va hacia Él. Quedan frente a frente el mendigo ciego y el Maestro Bueno. Entonces Jesús le pregunta qué es lo que quiere. Bartimeo le pide algo insólito, algo que nadie habría pedido a David ni a un descendiente suyo: «Maestro, ¡que vea!». Cualquier mendigo le habría pedido una limosna; pero este mendigo, con su petición, expresó una inmensa fe en Jesucristo, seguro que Él podría darle la vista. Esa fe mereció la salvación y también su señal externa: la vista material. Jesús le dijo: «Tu fe te ha salvado». Y al instante recuperó la vista y lo siguió por el camino. El hombre que era un pobre mendigo ciego fue capaz de entender la misión de Jesús tal vez mejor que los mismos apóstoles quedando así plenamente restituido e incorporado a la comunidad de los que seguían a Jesús.

 

La fe consiste en poner a Cristo y su enseñanza como fundamento de nuestra existencia seguros que, apoyándonos en Él, estaremos firmes y nunca quedaremos defraudados. El reconocer que muchas veces necesitamos ser curados para «ver nuevamente» implica tener la grandeza personal para aceptar nuestras cegueras personales. El alejarnos de la comunión con Dios y nuestros hermanos nos coloca al «margen del camino», colocándonos en una situación muy semejante a la del ciego Bartimeo.      

 

 

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«"¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!" (Mc 10, 47). Estas son las palabras del ciego de Jericó en el episodio narrado en la página evangélica que acabamos de proclamar. Ojalá que las hagamos nuestras: "¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí!". Fijamos, oh Cristo, nuestra mirada en ti, que ofreces a todo hombre la plenitud de la vida. Señor, tú curas y fortaleces a quien, confiando en ti, cumple tu voluntad. Hoy, en el ámbito del gran jubileo del año 2000, están reunidos aquí espiritualmente los deportistas de todo el mundo, ante todo para renovar su fe en ti, único Salvador del hombre.

 

También los que, como los atletas, están en la plenitud de sus fuerzas, reconocen que sin ti, oh Cristo, son interiormente como ciegos, o sea, incapaces de conocer la verdad plena y de comprender el sentido profundo de la vida, especialmente frente a las tinieblas del mal y de la muerte. Incluso el campeón más grande, ante los interrogantes fundamentales de la existencia, se siente indefenso y necesitado de tu luz para vencer los arduos desafíos que un ser humano está llamado a afrontar».

 

Señor Jesucristo, ayuda a estos atletas a ser tus amigos y testigos de tu amor. Ayúdales a poner en la ascesis personal el mismo  empeño  que  ponen  en  el deporte; ayúdales a realizar una armoniosa y coherente unidad de cuerpo y alma. Que sean, para cuantos los admiran, modelos a los que puedan imitar. Ayúdales a ser siempre atletas del espíritu, para alcanzar tu inestimable premio: una corona que no se marchita y que dura para siempre. Amén.

 

Juan Pablo II, Homilía en el Jubileo de los deportistas el Domingo 29 de octubre de 2000

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Leamos el Salmo Responsorial 125 (126) y meditemos sobre las bendiciones del Señor en nuestras vidas.

 

 2. ¿Me considero totalmente sano? ¿Cuáles son mis cegueras personales (pecado personal) que necesitan ser curadas por el Señor Jesús?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 439. 547-550.714. 1822-1829. 2616.



[1] «Llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec» (Heb 5,9-10).

[2] Recordemos que «Ungido» (palabra de origen griego); en hebreo se dice: «Mesías».

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{Meditación Dominical} El Señor de los Milagros«Y como Moisés levantó la serpiente…así tiene que ser levantado el Hijo del hombre»

El Señor de los Milagros

«Y como Moisés levantó la serpiente…así tiene que ser levantado el Hijo del hombre» 

 

Lectura del libro de los Números 21, 4b-9

 

«El pueblo se impacientó por el camino. Y habló el pueblo contra Dios y contra Moisés: "¿Por qué nos habéis subido de Egipto para morir en el desierto? Pues no tenemos ni pan ni agua, y estamos cansados de ese manjar miserable". Envió entonces Yahveh contra el pueblo serpientes abrasadoras, que mordían al pueblo; y murió mucha gente de Israel. El pueblo fue a decirle a Moisés: "Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti. Intercede ante Yahveh  para que aparte de nosotros las serpientes", Moisés intercedió por el pueblo.

 

Y dijo Yahveh a Moisés: "Hazte un Abrasador y ponlo sobre un mástil. Todo el que haya sido mordido y lo mire, vivirá". Hizo Moisés una serpiente de bronce y la puso en un mástil. Y si una serpiente mordía a un hombre y éste miraba la serpiente de bronce, quedaba con vida».

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2,5-12

 

«Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre. Así pues, queridos míos, de la misma manera que habéis obedecido siempre, no sólo cuando estaba presente sino mucho  más ahora que estoy ausente, trabajad con temor y temblor por vuestra salvación».

           

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,11 – 16

 

«En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El nexo entre las lecturas

 

En esta Fiesta del Señor de los Milagros, todas las lecturas nos remiten a centrar nuestra mirada en el Señor Jesús. Así como el pueblo elegido tiene que alzar su mirada a la serpiente de bronce para quedar curados (Primera Lectura); San Pablo en este bello himno cristológico de la carta a los Filipenses nos invita a vivir la misma dinámica que Jesús vivió: despojarse – revestirse,  muerte para la vida.  ¿Por qué Jesucristo muere y es elevado en la Cruz? La única razón por la cual el Verbo Eterno se hizo Hombre como nosotros, sin dejar su naturaleza divina; es para que tengamos «vida eterna». Dios no quiere nuestra muerte sin que participemos con Él de la bienaventuranza celestial. 

 

L «Hemos pecado por haber hablado contra Yahveh y contra ti»

 

El libro de los Números refiere la historia del pueblo de Israel durante los casi 40 años de peregrinación por el desierto del Sinaí. Comienza relatando los acontecimientos que sucedieron dos años después de la salida de Egipto y termina, precisamente con la entrada en Canaán, la tierra que Dios había prometido darles. El título de «Números» se debe a las dos numeraciones o censos de los israelitas en el monte Sinaí y en las llanuras de Moab, al otro lado del Jordán, frente a Jericó. Durante este periodo los israelitas se asentaron durante algún tiempo en el oasis de Cades Barne, y después siguieron caminando hacia una región al este del Jordán. El libro de los Números, y lo vemos en el pasaje de la lectura, es la larga y triste historia de las quejas y del descontento de Israel. Se rebelaban contra Dios y contra el mismo Moisés. Sin embargo solamente dos personas, Caleb y Josué, entre todos los que habían salido de Egipto, sobrevivieron para entrar en la tierra prometida.

  

La Primera Lectura narra el paso del pueblo de Israel por la tierra de los edomitas. La ocupación sedentaria de Edom no había alcanzado el golfo de Ácaba  y los israelitas tomaron la ruta normal que les permitía rodear el territorio sin problemas. Algunos edomitas se dedicaban al comercio, otros a la extracción del cobre o a la agricultura. El pueblo de Israel se impacienta y cansado reniega del «pan del cielo» (ver Sal 77, 25) que ahora les parece insípido a pesar de recibirlo gratuita y diariamente. San Pablo se referirá a este pasaje diciendo: «Ni tentemos al Señor como algunos de ellos le tentaron y perecieron víctimas de las serpientes» (1Cor 10,9); porque despreciar el don es despreciar al donante. Lamentablemente lo mismo sucede cuando no valoramos el verdadero «maná del cielo» que es la Santa Eucaristía.

 

Yahveh manda al pueblo ingrato y rebelde «serpientes abrasadoras». La palabra «abrasador» proviene de la palabra «saraf», que en Isaías 30, 6 representa una serpiente alada o dragón. Por otro lado la palabra hebrea de «serpiente» también significa «abrasador[1]». Cuando leemos el pedido de Yahveh a Moisés, le está pidiendo colocar una serpiente de bronce sobre un mástil. Ésta serpiente, remedio contra las mordeduras, será figura de la Cruz redentora de Cristo. La serpiente de bronce se conservó en  el Templo hasta el tiempo del rey Ezequías, quien la hizo pedazos, para evitar su culto idolátrico (ver 2Re 18,4).           

 

J «No retuvo ávidamente ser igual a Dios...»

 

San Pablo en este hermoso himno de la carta a los Filipenses nos descubre la inmensa e infinita paradoja de la humillación de Jesús en la cual reside todo su misterio íntimo, que es la amorosa obediencia a su Padre, a quien no quiso disputar ni una gota de gloria entre los hombres. Por eso sin prejuicio de dejar perfectamente establecida su divinidad y esa igualdad con el Padre (ver Jn 3,13; 5, 18-23), por lo cual el Padre mismo se encarga de darle testimonio de muchas maneras (ver Mt 3, 17; 5, 17; Jn 1, 33; Lc 22, 42 s); Jesús renuncia en su aspecto exterior a la igualdad con Dios y abandona todas sus  prerrogativas para no ser más que el «Enviado» que habla de lo que el Padre le ha pedido que diga y las obras que le ha encomendado hacer.         

 

K «Así tiene que ser levantado el Hijo del hombre…»

 

El Evangelio hace parte de la entrevista que tuvo Nicodemo con Jesús en Jerusalén.  El centro de diálogo se encuentra en el versículo 11 que es el inicio de nuestra lectura evangélica: «nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio». Ante todo, ¿quién era Nicodemo? Lo que sabemos de él es que era fariseo y miembro del consejo supremo judío (el sanedrín). Lo veremos defendiendo a Jesús cuando los fariseos querían prenderle (Jn 7,50)  y llevando los aromas para embalsar el cuerpo del Maestro Bueno (Jn 19,39 - 42). Su nombre, en griego, quiere decir «pueblo victorioso». El griego y toda la cultura helénica habían penetrado mucho en el mundo judío después de las conquistas de Alejandro Magno. Nicodemo fue uno de los pocos judíos socialmente importantes que siguieron a Jesús, aunque lo hiciera con cierto recelo. La circunstancia material del encuentro tiene un profundo significado espiritual en el Evangelio de San Juan. Cuando Judas deja a Cristo era de noche (Jn 13,30). Ahora Nicodemo viene a Cristo, cuando es de noche. El primero huía de la luz; éste busca la luz.

 

Nicodemo dice a Jesús: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las seña­les que tú realizas si Dios no está con él». «Rabbí» quiere decir literalmente "maestro mío" en un tono muy respetuoso a diferencia de «Rabboni» que indica más afecto y cercanía. Las señales por las cuales Nicodemo se ve urgido de hablar con Jesús las leemos en los versículos anteriores: «Mientras Jesús estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en él al ver las señales que realizaba» (Jn 2,23). Sin duda uno de los muchos que creyeron era Nicodemo. Para comprender esta reacción de la gente es necesario saber qué se entiende por «señal» en el Evangelio de San Juan. Una «señal» es un hecho milagroso. Juan lo llama «señal», porque este hecho visible por todos deja en eviden­cia la gloria de Jesús que supera la experiencia sensible inmediata. Por eso la señal puede suscitar en la persona una respuesta de fe, dependiendo de su apertura a la gracia. Como Tomás cuando vio ante sí a Jesús con las heridas de la Pasión y exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28).

 

En su diálogo con Nicodemo Jesús nos va a dejar talvez una de las afir­macio­nes más impresionantes sobre el amor de Dios hacia el mundo: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna». Lo primero que hace Jesús es darnos una señal, algo que será visto por todos: «Así como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna»". Jesús evoca el episodio que hemos leído en la Primera Lectura. Así como la serpiente de bronce, el «Hijo del hombre» tiene que ser levantado en el estandarte de la cruz para librarnos de la muerte eterna que merecemos por nues­tros pecados. Y es que siempre la Cruz tiene el doble sentido de: ser elevado en la cruz y de ser elevado a la gloria del Padre. Ambos movimientos coinciden. Discutiendo con los judíos Jesús les dice: «Cuando hayáis levantado al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy»(Jn 8,28). Quiere decir que allí quedará en evidencia la verdadera identidad divina de Jesús. En otra ocasión les dice: «Yo cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12,32).

 

La cruz es el signo más evidente del amor de Dios. ¿Qué explicación o motivación se puede dar al hecho de que el Hijo eterno de Dios se haya hecho hombre y haya muerto en la cruz? No hay otra explicación ni otra motivación que el amor de Dios hacia el hombre. Es un amor gratuito, sin mérito alguno de nuestra parte. El que cree en esto es destinatario de esta promesa de Cristo: «No perecerá sino que tiene la vida eterna». El que no crea rehúsa el amor de Dios y se excluye de la salvación. San Pablo no se cansaba de contemplar este hecho y de llamar la atención de los hombres sobre la misericordia de Dios: «La prueba de que Dios nos ama es que, siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom 5,8). Dios no podía darnos un signo mayor de su amor que la cruz de Cristo. Para eso fue elevado Jesús sobre la cruz: para que lo mire­mos, creamos y tengamos vida eterna.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«Con motivo de las especiales celebraciones que tienen lugar al cumplirse el 350° aniversario de la imagen del Señor de los Milagros, patrono de Lima y venerado en el Santuario de Las Nazarenas, deseo hacer llegar un afectuoso saludo a esa comunidad cristiana que, bajo la guía de sus Pastores, da gracias a Dios por los beneficios recibidos durante siglos y, especialmente, por el don de la fe, robustecida con la ayuda de esa devoción hondamente arraigada en tantas generaciones limeñas. Así como antaño las gentes de toda condición y origen, sencillas o nobles, pusieron confiadamente sus ojos en el Cristo doliente en la cruz y acudían con fervor a Pachacamilla, también hoy se invita a los cristianos a no quedarse en meras palabras, sino que contemplen el rostro del Señor, reflejen su luz y lo hagan resplandecer ante las generaciones del nuevo milenio (cf. Novo millennio ineunte, 16. 28).

 

Por eso me satisface saber que esta significativa conmemoración, centrada sobre todo en la llamada "Cuaresma Limeña", tiene un carácter eminentemente jubilar, de gracia y de perdón, de conversión sincera y de reconciliación, con el propósito de vivir profundamente el misterio de la cruz en la cual Cristo ha redimido a todo el género humano. En efecto, en Él está la salvación al vencer en la cruz el pecado y su poder tiránico, para que todos participen con Él en la gloria de la resurrección. Ésta es la experiencia de los devotos y peregrinos, agobiados a veces, por el peso de sus faltas, de su debilidad o de otras muchas preocupaciones que atenazan su corazón. Ellos sienten muy dentro las palabras de Jesús: "Venid a mí..., y yo os daré descanso" {Mt 11, 28). Junto a Él, con la fuerza de la gracia que nos sigue dispensando abundantemente, especialmente a través de los sacramentos, hallaremos también nosotros el arrojo de Pedro para adentramos de nuevo en las aguas, a pesar de los presentimientos más sombríos (cf. Le 5, 4).

 

En esta circunstancia, me siento unido espiritualmente al gozo de tantos limeños y peruanos por esta oportunidad singular de encontrarse de nuevo con Cristo, que ha querido manifestar su cercanía entrañable a través de esa imagen secular, exhortándoles ardientemente a renovar su fe y a fortalecer su esperanza. Cada uno de ellos, como también el pueblo peruano en su conjunto, no ha de caer en el desánimo ante las circunstancias adversas ni buscar extraños e ilusorios refugios. Las palabras de Jesús siguen siendo fuente inagotable de vitalidad: "En el mundo tendréis .tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo" (Jn 16, 33)».

 

Ruego al Señor de los Milagros que proteja a los limeños, convierta a quienes llevan a hombros su imagen en portadores de Cristo también con su fe y su testimonio de vida intachable, transforme en verdaderos imitadores de Jesús a quienes visten la túnica nazarena y derrame su gracia sobre cuantos le invocan con devoción. Mientras encomiendo a la Virgen María, la más fiel seguidora de su Hijo hasta la Cruz, a la Comunidad carmelita que continúa la tradición de las "fíeles guardianas y cuidadoras" de la venerada imagen, así como a los Pastores y fieles de Lima, les imparto con afecto la Bendición Apostólica».

 Juan Pablo II. Carta por los 350 años de la imagen del Señor de los Milagros, 21 de Septiembre de 2001.

 

'  Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana 

 

1. Octubre es el Perú un mes donde de manera especial Dios me muestra su amor a través del Señor de Pachacamilla. ¿Qué puedo hacer para acoger el inmenso amor que me muestra Jesús en su Cruz?

 

2. Juan Pablo II nos habla de la "Cuaresma Limeña" y hace un llamado particular a la conversión sincera y a la reconciliación. Con humildad acerquémonos al Señor de los Milagros y reconozcamos qué tenemos que cambiar en nuestras vidas para ser más amigo de Jesús.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 218 – 221.599 – 618.



[1] Abrasador: que abrasa. Reducir a brasa, quemar.  

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lunes, 15 de octubre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B. «El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos»

Domingo de la Semana 29ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B

«El Hijo del hombre ha venido a dar su vida como rescate por muchos»

 

Lectura del libro del profeta Isaías  53, 2a.3a.10-11

«Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.

Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará.»

Lectura de la carta a los Hebreos 4, 14-16

 

«Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos - Jesús, el Hijo de Dios - mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna.»

 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 10, 35-45

 

«Se acercan a él Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, y le dicen: "Maestro, queremos, nos concedas lo que te pidamos". El les dijo: "¿Qué queréis que os conceda?" Ellos le respondieron: "Concédenos que nos sentemos en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda". Jesús les dijo: "No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber, o ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?" Ellos le dijeron: "Sí, podemos". Jesús les dijo: "La copa que yo voy a beber, sí la beberéis y también seréis bautizados con el bautismo conque yo voy a ser bautizado; pero, sentarse a mi derecha o a mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado".

 

Al oír esto los otros diez, empezaron a indignarse contra Santiago y Juan. Jesús, llamándoles, les dice: "Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones, las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

«El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos», nos dice claramente el Señor Jesús en el Evangelio. Jesús nos precede a todos en el servicio, realizando en sí la figura del Siervo de Yahveh, despreciado, marginado, hombre doliente y enfermo, que se da a sí mismo en expiación por su pueblo (Primera Lectura). Justamente asume así la figura del Sumo Sacerdote que puede compadecerse de nuestras flaquezas porque ha sido tentado en todo como nosotros, excepto en el pecado (Segunda Lectura).

L «Despreciable y desecho de hombres»

 

El impresionante texto del profeta Isaías es el cuarto poema sobre el «Siervo del Señor». A diferencia de los anteriores poemas, se limita a narrar los sufrimientos del Siervo y el sentido último de los mismos. Lo que describe de manera impactante es la pasión, muerte y exaltación inaudita del Siervo. Todo el proceso se desarrolla a base de contrastes y paradojas entre lo que sufre el Siervo en el lugar de las otras personas. Irreconocible descripción de su estado externo, sufrimientos totalmente desmesurados por crímenes ajenos, proceso injusto, muerte ignominiosa propia de malvados. «Con sus llagas nos curó» (Is 53,5) corrige con audacia principios profundamente enraizados en la cultura religiosa antigua, y también en la del Antiguo Testamento.

 

El Servidor no responde «herida por herida» como permitía e incluso ordenaba la ley del talión (ver Éx 21,25)[1]; mucho menos trata de vengarse desproporcionadamente de la herida recibida (ver Gn 4,23-24)[2]. Por el contrario, sorprendentemente sus propias heridas llevan la curación a un cuerpo cubierto de ellas, el cuerpo de Israel así como cada uno de sus miembros. Al final, se da la explicación de lo inaudito: todo respondía al designio divino que es aceptado libremente por el Siervo. Sus sufrimientos y muerte han tenido un sentido redentor de expiación y salvación (han curado, perdonado y salvado a los verdaderos culpables): el triunfo final ha demostrado su inocencia y el sentido de sus sufrimientos. En el Nuevo Testamento, este cuarto canto del Siervo nos ayuda a entender mejor el sentido Reconciliador de la Pasión, Muerte y Resurrección de nuestro Señor Jesucristo, el Siervo de los siervos.

 

K Los hijos de Zebedeo  

 

El Evangelio de hoy nos presenta uno de eso casos en que los apóstoles quedan «mal parados»; y, lamentablemente, no se salva ninguno de ellos. Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercan al Maestro Bueno y le hacen un pedido. Manifiestan una ambición humana, pues están pensando en un reino terreno que ellos esperaban cuando Jesús, como Mesías prometido, se sentara en el trono del David. No sólo manifiestan ambición, sino también completa incomprensión del misterio y de la misión de Jesucristo. Cuando en la Sagrada Escritura el término «gloria» es aplicado a personas, expresa generalmente su riqueza o su posición destacada. En el Antiguo Testamento la «gloria de Dios» se manifiesta fundamentalmente en dos acontecimientos: el éxodo y el destierro. En el Nuevo Testamento se afirma que Jesús era la «gloria de Dios» que se había hecho visible en la tierra. «Nosotros hemos visto su gloria» escribe el apóstol San Juan.

 

Recordemos que el pasaje de esta semana se sitúa inmediatamente después del tercer anuncio de la Pasión de Cristo (ver Mc 10, 32-34). Este tercer anuncio llama la atención por lo detalles tan precisos de los acontecimientos que iban a suceder. Se nombra a Jerusalén como escenario de la Pasión y se dan en perfecto orden cronológico los hechos principales que la constituyen. Lejos de liberar a Israel del dominio extranjero para restaurar el reino terreno, Jesús anuncia que será «entregado a los gentiles»[3], es decir a los romanos y será sometido a muerte. Algunos Domingos atrás notábamos cómo después del segundo anuncio de su Pasión los apóstoles discutían sobre quién sería el mayor (ver Mc. 9,30-37). La repetición de la misma situación acentúa la incomprensión de los apóstoles.

 

K «El cáliz que he de beber...»

 

Si bien Santiago y Juan le formulan un pedido al Maestro que denota una clara manifestación de ambición humana, los otros diez tampoco estaban exentos de esta incomprensión ante el mensaje de Jesús. Como que vemos dos niveles en lo que va siendo narrado por San Marcos. Los otros diez «empezaron a indignarse contra Santiago y Juan». De esa manera demuestran que esos puestos de poder y privilegio también eran deseados por cada uno para sí. No estaban dispuestos a cederlos a otro; la ambición era más fuerte que la amistad que los unía. En ese momento cada uno pensaba en su propio interés. ¡Qué frágiles pero cercanos se nos hacen estos sentimientos de los apóstoles!

 

Jesús, con admirable paciencia y cariño, trata de explicarles que esa petición está fuera de lugar, porque lo que realmente debían de querer era más bien beber el cáliz y ser bautizados con el mismo bautismo con que Él iba  a ser bautizado. Éstas son expresiones idiomáticas que se usan para indicar una muerte trágica asumida con paciencia y abnegación. Es decir, lo que debían ambicionar era asumir la cruz y estar a su lado en sus sufrimientos. Para luego gozar con Él de su victoria ante la muerte. Y luego Jesús agrega una enseñanza que es como la esencia del Evangelio.

 

En el Antiguo Testamento el cáliz es símbolo tanto de gozo (ver Sal 23,5; 106,13) como de sufrimiento  (ver Sal 75,9; Is 51, 17-22). Aquí la idea es la del sufrimiento redentor mesiánico. El cáliz es uno que bebe el mismo Jesús «yo bebo», como leemos en el original griego. El uso del presente indica  que ya hay una experiencia ya comenzada durante toda su vida terrena. La figura del bautismo expresa la misma idea. El uso del simbolismo del agua para una calamidad es frecuente en el Antiguo Testamento (ver Is 43,2). Jesús va emplear la expresión para significar la muerte que debe de pasar: «Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50).

 

J La esencia del Evangelio

 

«El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». Jesús mismo se pone como modelo, describiendo su propia vida y misión. «Que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos». Esta frase es una de las más importantes en los Evangelios y parece estar tomada de la profecía que leemos en Isaías 53 acerca del Siervo de Yahveh. La palabra más importante en la frase es «lytron»: rescate. En el griego clásico, la palabra es usada generalmente en plural para designar el precio de redención[4] de un cautivo; en los papiros, para designar el dinero por la libertad de los esclavos.  En el Antiguo Testamento, cuando las palabras de esta raíz se empleaban en sentido religioso, significan la liberación realizada por Dios sin ninguna connotación de precio. Designa una cosa positiva por la que el hombre pasa a ser posesión de Dios (ver Est 13,9; Ex 6,6-8).

 

A la luz de lo dicho, la palabra «lytron» debe de significar el medio como se realiza la redención (reconciliación, liberación). Y se aplica, de hecho, a la muerte de Jesucristo que fue el precio que se pagó para poder reconciliarnos con el Padre en el Espíritu Santo. Los apóstoles finalmente comprendieron bien la enseñanza de Jesús y bebieron de su mismo cáliz. Por eso, no obstante todo, son las columnas de la Iglesia. En efecto San Pablo afirma que su ideal no es poseer poder en esta tierra, sino «tener comunión con los padecimientos de Cristo hasta hacerse semejante a Él en su muerte» (Fil 3,10).  Y San Juan nos enseña: «En esto hemos conocido lo que es amor: en que Él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos» (1Jn 3,16). 

 

J «Acerquémonos confiadamente al trono de la gracia»

 

Termina este largo comentario del Salmo 95 en la Carta a los Hebreos con un canto a la palabra de Dios, que es eficaz en el anuncio de la salvación, y al mismo tiempo es penetrante a la hora de discernir la actitud radical del corazón del hombre. Con este canto se cierra el elogio de Jesús en cuanto tiene una dignidad mayor que la de Moisés, y nos presenta a Jesús como el Sumo Sacerdote misericordioso e inocente, que nos comprende y nos ayuda.

 

En Heb 4,15-16 se inicia el tema que se relaciona con lo que leemos en Heb 2,17-18. La afirmación primera tiene una connotación afectiva no exenta de ternura: «tenemos un Sumo Sacerdote»; existe, es nuestro, está ahí para nosotros, a nuestro alcance. No es un Sumo Sacerdote que no tenga capacidad para comprender nuestras debilidades, pues Él mismo ha pasado por todas ellas a semejanza nuestra, aunque no le llevaron a pecar ni a apartarse de Dios, como nos ocurre a todos los demás. La semejanza no le exigió asumir el pecado. Esta realidad ha de movernos a acercarnos con libertad, sin miedo, a ese trono lleno de gracia, de donde brota el favor y la disposición para ayudarnos.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

« El Hijo del hombre no ha venido para ser servido, sino para servir y dar su vida como rescate por muchos". Estas palabras constituyen la autopresentación del Maestro divino. Jesús afirma de sí mismo que vino para servir y que precisamente en el servicio y en la entrega total de sí hasta la cruz revela el amor del Padre. Su rostro de "siervo" no disminuye su grandeza divina; más bien, la ilumina con su nueva luz...Él no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida por todos. Siguiendo las huellas de Cristo, la entrega de sí a todos los hombres constituye un imperativo fundamental para la Iglesia y a la vez una indicación de método para su misión...

 

Las palabras de Jesús sobre el servicio son también profecía de un nuevo estilo de relaciones que es preciso promover no sólo en la comunidad cristiana, sino también en la sociedad. No debemos perder nunca la esperanza de construir un mundo más fraterno. La competencia sin reglas, el afán de dominio sobre los demás a cualquier precio, la discriminación realizada por algunos que se creen superiores a los demás y la búsqueda desenfrenada de la riqueza, están en la raíz de las injusticias, la violencia y las guerras. Las palabras de Jesús se convierten, entonces, en una invitación a pedir por la paz. La misión es anuncio de Dios, que es Padre; de Jesús, que es nuestro hermano mayor; y del Espíritu, que es amor.

 

La misión es colaboración, humilde pero apasionada, en el designio de Dios, que quiere una humanidad salvada y reconciliada. En la cumbre de la historia del hombre según Dios se halla un proyecto de comunión. Hacia ese proyecto debe llevar la misión».

 

Juan Pablo II. Jornada Mundial de las Misiones.  Homilía del Domingo 22 de octubre de 2000

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Leamos y meditemos todo el pasaje de Isaías 53, a la luz de lo leído de la lectura del Evangelio.

 

2. «El que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos». ¿Cómo vivo esta realidad de manera concreta? ¿La vivo de verdad?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 440. 786. 1897-1904.

 

 

 

 




[1] El texto del Éxodo 21,  23- 27 es lo que se conocía como la ley del talión: « Pero si resultare daño, darás vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, quemadura por quemadura, herida por herida, cardenal por cardenal.  Si un hombre hiere a su siervo o a su sierva en el ojo y le deja tuerto, le dará libertad en compensación del ojo. Si uno salta un diente a su siervo o a su sierva, le pondrá en libertad en compensación del diente».

[2] Gn 3, 23-24 «Y dijo Lámek a sus mujeres: "Adá y Sillá, oíd mi voz; mujeres de Lámek, escuchad mi palabra: Yo maté a un hombre por una herida que me hizo y a un muchacho por un cardenal que recibí. Caín será vengado siete veces,  mas Lámek lo será setenta y siete"».

[3] Gentiles: en el AT eran los que no pertenecían a la religión judía. El término equivale a politeístas o idólatras. En el NT se emplea de preferencia a los paganos, es decir los no bautizados. 

[4] Redimir: redimir. (Del lat. redimĕre). Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio. Comprar de nuevo algo que se había vendido, poseído o tenido por alguna razón o título. Dicho de quien cancela su derecho o de quien consigue la liberación: Dejar libre algo hipotecado, empeñado o sujeto a otro gravamen. Librar de una obligación o extinguirla. Poner término a algún vejamen, dolor, penuria u otra adversidad o molestia.

 

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lunes, 8 de octubre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B. «Vende cuanto tienes, luego ven y sígueme»

Domingo de la Semana 28ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

«Vende cuanto tienes, luego ven  y sígueme»

 

Lectura del libro de la Sabiduría 7, 7-11

«Por eso pedí y se me concedió la prudencia; supliqué y me vino el espíritu de Sabiduría. Y la preferí a cetros y tronos y en nada tuve a la riqueza en comparación de ella. Ni a la piedra más preciosa la equiparé, porque todo el oro a su lado es un puñado de arena y barro parece la plata en su presencia. La amé más que la salud y la hermosura y preferí tenerla a ella más que a la luz, porque la claridad que de ella nace no conoce noche. Con ella me vinieron a la vez todos los bienes, y riquezas incalculables en sus manos. »

Lectura de la carta a los Hebreos 4,12 - 13

 

«Ciertamente, es viva la Palabra de Dios y eficaz, y más cortante que espada alguna de dos filos. Penetra hasta las fronteras entre el alma y el espíritu, hasta las junturas y médulas; y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón. No hay para ella criatura invisible: todo está desnudo y patente a los ojos de Aquel a quien hemos de dar cuenta.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 17 - 30

 

«Se ponía ya en camino cuando uno corrió a su encuentro y arrodillándose ante él, le preguntó: "Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?" Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios. Ya sabes los mandamientos: No mates, no cometas adulterio, no robes, no levantes falso testimonio, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre". El, entonces, le dijo: "Maestro, todo eso lo he guardado desde mi juventud".

 

Jesús, fijando en él su mirada, le amó y le dijo: "Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme". Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes.

 

Jesús, mirando a su alrededor, dice a sus discípulos: "¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!" Los discípulos quedaron sorprendidos al oírle estas palabras. Mas Jesús, tomando de nuevo la palabra, les dijo: "¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de la aguja, que el que un rico entre en el Reino de Dios". Pero ellos se asombraban aún más y se decían unos a otros: "Y ¿quién se podrá salvar?"

 

Jesús, mirándolos fijamente, dice: "Para los hombres, imposible; pero no para Dios, porque todo es posible para Dios". Pedro se puso a decirle:"Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido". Jesús dijo:"Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora al presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Jesús sigue instruyendo a sus apóstoles mientras continúan su camino a Jerusalén. Si el Domingo pasado el tema central era la fidelidad conyugal y la infancia espiritual; hoy es la verdadera riqueza que es el escuchar la Palabra de Dios, ser generoso y seguirla hasta sus últimas consecuencias (Evangelio). Esta es la Sabiduría que pide Salomón a Dios y que vale más que «todo el oro» (Primera Lectura). Por otro lado la Palabra es viva y eficaz y es «más cortante que espada de dos filos» ya que es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de nuestro espíritu y de nuestra alma (Segunda Lectura).

 

 

 

J «Maestro bueno...»

 

El Evangelio de este Domingo no se trata de una «parábola»[1], sino de un «hecho histórico» en la vida de Jesús. El hecho de que Jesús esté ya partiendo de ese lugar y haya de venir corriendo un hombre a detenerlo para hacerle una última pregunta; imprime, sin duda, un carácter de urgencia. En esta presentación todo parece un tanto extremo: un hombre corre, dando la impresión de que no puede prescindir de la orientación que pide a Jesús; se arrodilla ante Él y lo llama «Maestro bueno». El evangelista Mateo nos dice que era «joven» (Mt 19,20) y Lucas que era «uno de los principales» (Lc 18,18). Que en Israel una persona de esa categoría se ponga a correr era considerado poco decoroso; se explica sólo ante una situación realmente extrema en la que está dispuesto a dejar de lado el propio orgullo. Por otro lado todo judío estaba prohibido de arrodillarse sino sólo ante Dios; en todo caso esta actitud indica una extrema reverencia. Finalmente ¿quién duda de la sinceridad de este importante personaje cuando llama a Jesús de «Maestro bueno»? Para él, Jesús no es cualquier maestro sino, un maestro que enseña la verdad.

 

La pregunta realizada por el joven refleja su propia inquietud interior y, sin duda, la de cada uno de nosotros: «¿Qué debo de hacer para tener en herencia la vida eterna?» La vida eterna es la felicidad plena para el hombre, tal como lo prometiera Jesús a sus seguidores: «se alegrará vuestro corazón y vuestra alegría nadie os la podrá quitar» (Jn 16,22). Esto es lo que todos queremos llegar a alcanzar algún día. Si alguien, concluido su paso por la tierra, no alcanza la vida eterna puede considerarse eternamente infeliz; ha fracasado como persona para siempre. Y no existe nadie más indicado que Jesús para responder la pregunta de este angustiado joven ya que su misión es precisamente enseñarnos el camino que conduce al Padre. Por eso dice: «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10).

 

Estamos todos deseando que Jesús responda a una pregunta tan fundamental y he aquí su respuesta: «Ya sabes los mandamientos...» y cita los más importantes. El hombre iba tomando conciencia de lo que él había cumplido y sin embargo algo faltaba; de lo contrario su pregunta habría sido una mera formalidad. Tampoco Jesús le dice: «Está muy bien, quédate tranquilo, eres bueno; sigue igual y tendrás la vida eterna». Algo le faltaba cumplir o más bien, vivir: observar el primero y el más exigente de todos los mandamientos ya que es el que los resume a todos: «Amarás a Dios con todo tu corazón... y al prójimo como a ti mismo».

 

En efecto cuando Jesús le hace notar que le falta una cosa: «Una cosa te falta: anda, cuanto tienes véndelo y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme», no está dispuesto a aceptar. Se trataba de dejar sus riquezas y ponerse de camino con Jesús que ya partía rumbo a Jerusalén. Pero el hombre prefiere quedarse atrás, pues ama sus bienes más que a Jesús. No quiere desprenderse de ellos. Tiene en ellos su corazón y ante la perspectiva de dejarlos para poseer la vida eterna, prefiere sus bienes. Y tampoco ama al prójimo como a sí mismo, pues rehúsa dar a los pobres los bienes que él goza, es decir, se ama a sí mismo más que a su prójimo. Al escuchar las palabras del «Maestro bueno», fue poniéndose triste y se fue apesadumbrado[2], porque tenía muchos bienes. La respuesta de Jesús era la verdad pero él prefirió escucharse a sí mismo y quedarse con sus bienes ya que «los que son de la verdad escuchan mi voz» (Jn 19,37).  

 

L Se fue abatido y triste… ¿pero no tenía muchos bienes?

 

¿Triste porque poseía muchos bienes? Parece contradictorio. Un «bien» está ordenado a dar gozo a quien lo posee y eso le produce un estado de felicidad o gozo interior. Pero en este caso vemos como el bien terreno y limitado se ha antepuesto a un bien infinito; se ha transformado en un obstáculo (escándalo). Por eso ya no es un bien, ¡ahora es un mal! En efecto el mal moral es todo aquello que nos impide la posesión de la vida eterna, todo aquello que no se ordena al fin último del hombre para lo cual hemos sido creados. Es por eso que «nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti», nos dice San Agustín. El joven prefirió un poco de seguridad y placer terrenal a cambio de la vida eterna. La certeza de estar perdiendo la vida eterna arroja una sombra sobre todos sus gozos terrenos y lo hace triste.

 

Esta verdad hace de él un infeliz. Jesús les hace notar la dificultad de entrar en el Reino de los cielos si es que el corazón está apegado a los bienes de la tierra. En el fondo estos bienes se quedan en este mundo y con él también nuestro corazón. «Feliz el rico que fue hallado intachable, que tras el oro no se fue. ¿Quién es, y le felicitaremos?, pues obró maravillas en su pueblo. ¿Quién sufrió esta prueba y fue hallado perfecto? será para él motivo de gloria. ¿Quién pudo prevaricar y no prevaricó, hacer mal y no lo hizo?  Sus bienes se consolidarán, y la asamblea hablará de sus bondades» (Eclo 31, 8-11).  

 

K «¡Hijos, qué difícil es entrar en el Reino de Dios!»

 

Entonces…¿quién podrá salvarse? Preguntan los discípulos ante la dura afirmación de Jesús sobre la entrada al reino de los Cielos. Sin embargo la vida eterna es un don gratuito adquirido por Jesús para cada uno de nosotros con su Muerte y Resurrección. A nosotros se nos pide acoger el don de la reconciliación y desearlo más que todas las riquezas que este mundo nos pueda ofrecer. Justamente la recompensa de haber elegido ser de Cristo es la vida eterna. Aquí vemos la generosidad de Dios que nos ha prometido recibir el ciento por uno, es decir una ganancia centuplicada a nuestra inversión, no solamente «en el mundo venidero» sino «ahora en el presente».

 

J La verdadera riqueza está en Dios

 

«Tuve en nada la riqueza en comparación de la Sabiduría». Salomón es consciente de que no tiene la sabiduría, ni por nacimiento ni por su dignidad real. Por eso acude a la fuente de la Sabiduría para que le otorgue ese don. Y Dios le concede la sabiduría especulativa y la práctica. Ambas las poseyó el rey sabio Salomón en grado excelente. El sabio soberano estima la sabiduría por encima de todos los bienes terrenos. Cita entre ellos los que los griegos estimaban de modo especial: la belleza, la salud, la luz del día. Nada hay en la naturaleza más hermoso que la luz del día. La sabiduría, sin embargo, la supera (Sab 7,10). Aquélla se extingue al atardecer, ésta pertenece a otro orden. Es reflejo de la luz eterna y, por lo mismo, inextinguible.

 

De la Sabiduría hecha carne dirá San Juan que es la luz del mundo (Jn 8,12) y que ilumina a todo hombre (ver Jn 1,9; Ap 22,5). Salomón pidió a Dios solamente la sabiduría, pero Dios le otorgó además gloria y riquezas incalculables, por lo que pasó a la posteridad no sólo como el rey sabio por excelencia, sino también como el rey más glorioso y admirado de Israel. En la medida que uno coloca el espíritu de la Sabiduría por encima de las cosas materiales es realmente sabio y rico. «Con sencillez la aprendí y sin envidia la comunico» (Sab 7,13), expresa una actitud digna del sabio, que descubierto el valor de la sabiduría, trata de comunicarla y compartirla a los demás. Al final menciona el don de la sabiduría que supera a todos los demás: «la amistad de Dios»[3], a que lleva al fiel cumplimiento de la Palabra.

 

K «Más eficaz y cortante que espada de dos filos»

 

El comentario al Salmo 95 que leemos a lo largo del tercer capítulo de la carta a los Hebreos  termina con una especie de himno a la Palabra de Dios, de la cual Jesús es su máxima expresión ya que Él mismo es la Palabra viva del Padre que se hace carne (Jn 1,14). La Palabra de Dios es fuerte, actuante, vivificadora y eficaz. Y es esta Palabra la que ha sido constituida en juez de los hombres. Ella pondrá de relieve los más íntimos secretos, intenciones y actitudes de los corazones humanos tanto en su relación con los hermanos como en relación con Dios. Nada se escapa a esta Palabra que, por frágil que parezca, es la fuerza decisiva en la historia de cada ser humano. De la aceptación o rechazo depende nuestra «felicidad eterna». Podrá ser desoída, despreciada, ignorada, pero a la hora de la verdad «el que oiga mis palabras y las ponga en práctica, será como el hombre prudente (sabio) que edificó su casa sobre roca» (Mt 7,24) y permanecerá firme en medio de las tempestades y tormentas de la vida.   

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«La perspectiva es realmente fascinante: estamos llamados a vivir como hermanos y hermanas en Jesús, a sentirnos hijos e hijas del mismo Padre. Es un don que cambia radicalmente toda idea y todo proyecto exclusivamente humanos. La confesión de la verdadera fe abre de par en par las mentes y los corazones al misterio inagotable de Dios, que impregna la existencia humana. ¿Qué decir, entonces, de la tentación, tan fuerte en nuestros días, de sentirnos autosuficientes hasta tal punto de cerrarnos al misterioso plan de Dios sobre nosotros?

 

El amor del Padre, que se revela en la persona de Cristo, nos interpela. Para responder a la llamada de Dios y ponerse en camino no es necesario ser ya perfectos. Sabemos que la conciencia de su pecado permitió al hijo pródigo emprender el camino de regreso y experimentar así la alegría de la reconciliación con el Padre. Las fragilidades y los límites humanos no constituyen un obstáculo, con tal de que nos ayuden a tomar cada vez mayor conciencia de que necesitamos la gracia redentora de Cristo.

 

Esta es la experiencia de san Pablo, que afirmaba: "Con sumo gusto seguiré gloriándome en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo" (2 Co 12, 9). En el misterio de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, la fuerza divina del amor cambia el corazón del hombre, capacitándolo para comunicar el amor de Dios a los hermanos.

 

A lo largo de los siglos numerosos hombres y mujeres, transformados por el amor divino, han consagrado su vida a la causa del Reino. Ya a orillas del mar de Galilea muchos se dejaron conquistar por Jesús: buscaban la curación del cuerpo y del espíritu, y fueron tocados por la fuerza de su gracia. Otros fueron elegidos personalmente por él y se convirtieron en sus apóstoles. Encontramos también a personas, como María Magdalena y otras mujeres, que lo siguieron por su propia iniciativa, solamente por amor, pero, al igual que el discípulo Juan, también ellas ocuparon un lugar especial en su corazón.

 

Esos hombres y mujeres, que conocieron a través de Cristo el misterio de amor del Padre, representan la multiplicidad de las vocaciones que desde siempre están presentes en la Iglesia. El modelo de quienes están llamados a testimoniar de manera especial el amor de Dios es María, la Madre de Jesús, asociada directamente, en su peregrinación de fe, al misterio de la Encarnación y de la Redención».

 

Benedicto XVI. Mensaje en la XLIII Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. 5 de marzo de 2006

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿Cuántos jóvenes que están llamados a seguir al Maestro Bueno tienen su corazón amarrado a  las riquezas de este mundo? Recemos para que más jóvenes puedan escuchar y responder el llamado del Señor a seguirlo. Recemos también por las familias de estos jóvenes para que sean generosas y desprendidas.

 

2. ¿Cuáles son mis verdaderos bienes y tesoros? Jesús nos dice que «donde está tu tesoro, ahí estará tu corazón» (Mt 6,21)

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1965 - 1974. 2052-2055.

 

 

 

 

 

 



[1] Parábola. (Del latín. parabŏla, y este del griego παραβολή). Narración de un suceso fingido, de que se deduce, por comparación o semejanza, una verdad importante o una enseñanza moral.

[2] Apesadumbrado: acongojado, angustiado, contrito, abatido, apenado, desconsolado, adolorido. Pesadumbre: Molestia, desazón, padecimiento físico o moral. Motivo o causa del pesar, desazón o sentimiento en acciones o palabras.

 

[3] Amigos de Dios fueron denominados los grandes hombres de la historia de Israel: Abrahán (Is 41,8; 2 Cr 20,7) y Moisés (Éx 33,11).

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