lunes, 1 de octubre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 27ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

Domingo de la Semana 27ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

«Lo que Dios unió, no lo separe el hombre»

 

Lectura del libro del Génesis 2, 18-24

 

«Dijo luego Yahveh Dios: "No es bueno que el hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada". Y Yahveh Dios formó del suelo todos los animales del campo y todas las aves del cielo y los llevó ante el hombre  para ver cómo los llamaba, y para que cada ser viviente tuviese el nombre que el hombre le diera. El hombre puso nombres a todos los ganados, a las aves del cielo y a todos los animales del campo, mas para el hombre no encontró una ayuda adecuada.

 

Entonces Yahveh Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual se durmió. Y le quitó una de las costillas, rellenando el vacío con carne. De la costilla que Yahveh Dios había tomado del hombre formó una mujer y la llevó ante el hombre. Entonces éste exclamó: "Esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada mujer, porque del varón ha sido tomada". Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne».

 

Lectura de la carta a los Hebreos 2, 9 - 11

 

«Y a aquel que fue hecho inferior a los ángeles por un poco, a Jesús, le vemos coronado de gloria y honor por haber padecido la muerte, pues por la gracia de Dios gustó la muerte para bien de todos. Convenía, en verdad, que Aquel por quien es todo y para quien es todo, llevara muchos hijos a la gloria, perfeccionando mediante el sufrimiento al que iba a guiarlos a la salvación. Porque, santificador y santificados, todos proceden de uno mismo. Por eso Jesús no se avergüenza de llamarlos hermanos».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 10, 2-16

 

«Se acercaron unos fariseos que, para ponerle a prueba, preguntaban: "¿Puede el marido repudiar a la mujer?" El les respondió: "¿Qué os prescribió Moisés?" Ellos le dijeron: "Moisés permitió escribir el acta de divorcio y repudiarla". Jesús les dijo: "Teniendo en cuenta la dureza de vuestro corazón escribió para vosotros este precepto. Pero desde el comienzo de la creación, Él los hizo varón y hembra. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre, y los dos se harán una sola carne. De manera que ya no son dos, sino  una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió, no lo separe el hombre".

 

Y ya en casa, los discípulos le volvían a preguntar sobre esto. El les dijo: "Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio".

 

Le presentaban unos niños para que los tocara; pero los discípulos les reñían. Mas Jesús, al ver esto, se enfadó y les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí, no se lo impidáis, porque de los que son como éstos es el Reino de Dios. Yo os aseguro: el que no reciba el Reino de Dios como niño, no entrará en él". Y abrazaba a los niños, y los bendecía poniendo las manos sobre ellos».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

No hay duda que el tema central de nuestra reflexión dominical se centra en la familia. Si bien es cierto que la ley de Moisés permitía al esposo repudiar a la esposa «por no hallar gracia a sus ojos» (Dt 24,1); Jesús responde a los insidiosos fariseos remitiéndoles a la ley originaria creada por Dios al momento de la creación (Primera Lectura), donde vemos que «Él los hizo varón y hembra» para que dejasen de ser dos y fuesen, de ahora en adelante,  «una sola carne» indivisible (Evangelio). Los hijos serán la primavera del hogar y la forma más pura de vivir el amor será siendo como niños. En la carta a los Hebreos (Segunda Lectura) vemos cómo Jesús es el modelo máximo de fidelidad y donación por su esposa que es la Iglesia. Por ella se entrega hasta la muerte para purificarla y santificarla con su propia sangre.

 

J « No es bueno que el hombre esté solo»

 

En las primeras páginas de la Biblia leemos que Dios creó al ser humano hombre y mujer, y los creó de un solo principio: la mujer fue tomada del hombre. Según el amoroso Plan de Dios esta unidad entre el hombre y la mujer debe restable­cerse por una unión tan estre­cha e indisoluble que vuelva a hacer de ellos «una sola carne». Así creó Dios al hombre y la mujer; eso es lo que está inscrito por Dios en la naturaleza del hombre y de la mujer y no hay poder humano que pueda cambiarlo. Pretenderlo es lo mismo que preten­der ser el Creador del ser humano. ¿Y no es acaso la tentación primera el querer ser como dioses? Es decir decidir qué es bueno y qué es malo en sí mismo.

 

Dios crea al hombre (adam) de la tierra (adamá) y le infunde el aliento vital (Gn 2,7). Después aparece el espacio vital del hombre: el huerto frondoso se convierte en el objeto de su trabajo (Gn 2,8-9.15) que es concebido como algo beneficioso para el hombre. La creación de los animales (Gn 2,18-20) aparece supeditada a la del hombre. También ellos proceden de la tierra (adamá) y su finalidad será servir de ayuda y complemento al hombre. La acción de «nombrar» expresa el señorío del hombre y pone en evidencia los límites de los nuevos seres: son medios y están subordinados finalmente al «hombre».

 

La creación de la «mujer» constituye, sin duda, el punto culminante de la escena: es sacada del mismo hombre (no de la tierra), es idéntica a él, es la ayuda y complemento adecuado, como expresa el nombre (es ishá-varona porque procede del ish-varón). La conclusión del pasaje nos ofrece una bella explicación del misterio de la unión entre hombre y mujer: lo que era uno tiene que volver a encontrarse en la unidad perfecta del amor, que tiene su origen en el proyecto amoroso del Creador. La alusión final a la desnudez de ambos al final de este capítulo[1] nos habla de estado de armonía y felicidad original.

 

K El sacrificio reconciliador

 

El texto de la carta a los Hebreos nos remite al Salmo 8: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides?».  En Jesucristo podemos ver realizada la verdadera y sublime vocación del ser humano. Él es el auténtico «Hijo del hombre» que ha muerto para que podamos recoger el fruto maduro de la reconciliación: la vida eterna. La vocación del ser humano no se realiza por el camino de Adán, que busca el honor y la gloria rebelándose contra Dios y enfrentándose con sus semejantes. Este camino llevó de hecho a la perdición a toda la humanidad. La gloria y el honor del hombre proceden y se muestra en el ejemplo que Jesús nos ha dejado ya que «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Porque Adán, el primer hombre, era figura del que había de venir, es decir, Cristo nuestro Señor»[2].

 

La expresión «era conveniente» o «convenía» (Hb 2,10) designa no una obligación que se derive necesariamente de la naturaleza de las cosas, sino la aceptación libre de parte de Jesús de la voluntad de Dios. «Llevar… a la perfección» (Hb 2,10) es un término aplicado constantemente a la prédica de Jesús (ver Hb 5,9; 7,28; 9,9; 10,14; 11,40; 12,23) y expresa la idea de llegar al fin, de conseguir el objetivo o la meta últimos. Es decir designa una verdadera transformación que afecta a la naturaleza íntima del ser, que lo hace apto para conseguir la meta, que es la vida en Dios. Éste término se aplicaba en el Antiguo Testamento a la consagración de los sacerdotes que los destinaba y capacitaba para el servicio divino (ver Éx 28,40-41; 29,1ss; Lv 21,10). Ahora se aplica en su sentido pleno a los cristianos ya que todos estamos llamados a la perfección que es aceptar la «nueva vida» que hemos recibido gracias al sacrificio reconciliador de Jesucristo.

 

K ¿Puede el marido repudiar a su mujer?

El Evangelio de hoy tiene dos partes: la enseñanza de Jesús acerca de la unidad e indiso­lubilidad del matrimonio y su enseñanza acerca de los niños. Como se verá, ambas cosas están estrechamen­te relacionadas. No tenemos que hacer complicados ejercicios de interpretación, porque la pregunta que se pone a Jesús es precisa y su respuesta es clara. Se le pregunta: «¿Puede el hombre repudiar a su mu­jer?». Y la respuesta de Jesús es absolutamente clara y contundente: «Desde el prin­cipio de la creación Dios los hizo varón y mujer. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y se harán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios ha unido no lo separe el hom­bre». Esta respuesta adquiere mayor fuerza en su contexto. En efecto, está dicha en oposición al ambiente que reinaba en Israel, que era un ambiente "divorcis­ta". Los que pusieron la pregunta habían agregado la premisa: «Moisés ordenó escribir un acta de divorcio y repudiarla». Ésta era la práctica habitual establecida en Israel.

Sin embargo no se puede dudar de la clara intención de Jesús: lo que ha unido Dios no lo puede separar el hombre, ni sus leyes. La extra­ñeza de sus mismos apóstoles, le da ocasión para corro­borar su enseñanza: «En casa los discí­pulos le volvieron a pregun­tar sobre esto. Él les dijo: 'Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquélla; y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulte­rio'». Y el adulte­rio no es un pecado leve. Así lo dice San Pablo, por si hubiera alguna duda: «No os enga­ñéis: los adúlte­ros no heredarán el Reino de Dios» (ver 1Cor 6,9-10).

J «¡Dejad que los niños vengan a mí!»

 

La segunda parte del Evangelio es también una nove­dad. Inútilmente buscaremos en el Antiguo Testamento alguien que revele un interés tan profundo por los niños. En la época de Jesús los niños no contaban para nada, no merecían la atención de los adultos. Vemos que cuando presen­tan a Jesús unos niños, «los discípulos los reñían». En cambio, Jesús adopta una actitud insólita hacia los niños. Jesús dice: «Dejad que los niños vengan a mí» y los abraza y los bendice. Y, sobre todo, dice algo absoluta­men­te desconcer­tante para esa época y totalmente nuevo: «El Reino de Dios es de los que son como los niños... el que no reciba el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Es decir, ¡un niño puesto como ejemplo!

 

Es importante que sepamos dónde tiene su origen el interés por los niños que profesa nuestra cultura. Los hospitales para niños, la pediatría, las organizaciones estatales e internacio­na­les en favor de los niños tienen su origen en Jesucristo. Él introdujo esto en el mundo. Pero la preocupación de Jesús va más allá: Él reconoce a los niños como personas con derechos inalienables, y advierte que uno de esos derechos es el venir a la existencia como fruto del amor indisoluble de los padres, y ser acogido en el seno de una familia estable donde recibir amor y educa­ción. Por eso Jesús enseña que el matrimonio es indisolu­ble, desde la creación del hombre y la mujer. Esta unión es la única que asegura a los niños su derecho a venir al mundo en el ambiente adecua­do, a recibir amor y ser educa­dos.

 

Las leyes de divorcio civil con nueva unión son leyes de adul­tos, expresan el egoísmo de los adultos y el olvido de los niños; son una vuelta a la menta­li­dad que existía antes de Cristo y que Él vino a cambiar. Por eso decíamos que las dos partes del Evangelio están profun­da­mente rela­cionadas. El niño se desa­rrolla bien y armónicamente sólo cuando experimenta su existencia como fundada en un solo princi­pio; en su padre y su madre, pero siendo los dos una sola carne. Esta es la enseñanza de Cris­to. Es lamentable que nunca se pregunte a  los niños acerca de la separación de sus padres ya que ellos inmediatamente responderían que no.

 

Es paradójico que las leyes se aprueben sin preguntar a los que son los primeros en sufrir las consecuencias de un divorcio: los hijos. En estos últimos años, unos 30 o 40 años, se han aprobado toda clase de leyes que lo único que han hecho es ayudar a que las familias sean menos consistentes y sólidas. Esto no es una exageración basta ver las estadísticas de los divorcios, separaciones o  parejas conviviendo. Jesucristo lo único que ha hecho es manifestar todo aquello que nos va ayudar a vivir de acuerdo a lo que Dios ha pensado y quiere para nosotros. ¡Y Dios siempre quiere lo mejor!

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«La primera (pregunta) es: ¿cómo comunicar a la gente de hoy la belleza del matrimonio? Vemos cómo muchos jóvenes tardan en casarse en la iglesia, porque tienen miedo de hacer una opción definitiva. Más aún, también tardan en casarse por lo civil. A muchos jóvenes, y también a muchos no tan jóvenes, una opción definitiva les parece un vínculo contra la libertad. Y su primer deseo es la libertad. Tienen miedo de fallar al final. Ven muchos matrimonios fracasados. Tienen miedo de que esta forma jurídica, como ellos la perciben, sea una carga exterior que apague el amor.

 

Es preciso ayudarles a comprender que no se trata de un vínculo jurídico, de una carga que se asume con el matrimonio. Al contrario, la profundidad y la belleza radican precisamente en el hecho de que es una opción definitiva. Sólo así el matrimonio puede hacer madurar el amor en toda su belleza. Pero, ¿cómo comunicarlo? Creo que es un problema que afrontamos todos nosotros.

 

Para mí, en Valencia —y usted, eminencia, podrá confirmarlo— un momento importante no sólo fue cuando hablé de esto, sino también cuando se presentaron ante mí diversas familias con más o menos hijos; una familia era casi una "parroquia", con muchos niños. La presencia, el testimonio de estas familias fue realmente mucho más fuerte que todas las palabras. Esas familias presentaron ante todo la riqueza de su experiencia familiar: cómo una familia tan grande resulta realmente una riqueza cultural, una oportunidad de educación de unos y otros, una posibilidad de hacer que convivan juntas las diversas expresiones de la cultura de hoy, la entrega, la ayuda mutua también en los momentos de sufrimiento, etc...

 

Pero también fue importante el testimonio de las crisis que han sufrido. Uno de esos matrimonios casi había llegado al divorcio. Explicaron cómo habían aprendido a superar esa crisis, el sufrimiento ante la alteridad del otro, y cómo habían aprendido a aceptarse de nuevo. Precisamente al superar el momento de la crisis, del deseo de separarse, creció una nueva dimensión del amor y se abrió una puerta hacia una nueva dimensión de la vida, que sólo podía abrirse soportando el sufrimiento de la crisis. Esto me parece muy importante.

 

Hoy se llega a la crisis en el momento en que se constata la diversidad de temperamentos, la dificultad de soportarse cada día, durante toda la vida. Entonces, al final, se decide: separémonos. A través de estos testimonios hemos comprendido que en la crisis, soportando el momento en que parece que ya no se puede más, realmente se abren nuevas puertas y una nueva belleza del amor. Una belleza hecha sólo de armonía no es una verdadera belleza; le falta algo; es deficitaria. La verdadera belleza necesita también el contraste. Lo oscuro y lo luminoso se completan. La uva para madurar no sólo necesita el sol, sino también la lluvia; no sólo el día, sino también la noche».

 

Benedicto XVI. Diálogo con sacerdotes de la diócesis de Albano. 30 de agosto de 2006.

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. El profesor genetista francés Jérôme Lejeune narra cómo en una reunión de periodistas en París, en 1974, una mujer dijo: «Queremos destruir la civilización judeocristiana, para ello tenemos que destruir a la familia, y para ello tenemos que atacar su elemento más débil: el niño que todavía no ha nacido; nosotros somos favorables al aborto». Recemos por todos aquellos niños asesinados a través del aborto. Tomemos consciencia de este terrible flagelo a la sociedad actual.

 

2.  ¿Qué puedo hacer para  ayudar a que las familias sean más fuertes? ¿Conozco a alguien que necesite un consejo para salvar su matrimonio? ¿Qué voy a hacer? ¿Me voy a quedar callado?   

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2201-2233.

 

 

 



[1] «Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban uno del otro» (Gn 2,25).

[2] Gaudium et spes, 22. 

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lunes, 24 de septiembre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B

Domingo de la Semana 26ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B

«Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros»

 

Lectura del libro de los Números 11, 25 -29

«Bajó Yahveh en la Nube y le habló. Luego tomó algo del espíritu que había en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar, pero ya no volvieron a hacerlo más. Habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían salido a la Tienda, eran de los designados. Y profetizaban en el campamento.

Un muchacho corrió a anunciar a Moisés: "Eldad y Medad están profetizando en el campamento". Josué, hijo de Nun, que estaba al servicio de Moisés desde su mocedad, respondió y dijo: "Mi señor Moisés, prohíbeselo". Le respondió Moisés: "¿Es que estás tú celoso por mí? ¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara porque Yahveh les daba su espíritu!"»

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 5, 1-6

 

«Ahora bien, vosotros, ricos, llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolillados; vuestro oro y vuestra plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son los últimos.

 

Mirad; el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza. Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 9, 38- 43.45.47- 48

 

«Juan le dijo: "Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros". Pero Jesús dijo: "No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros". "Todo aquel que os dé de beber un vaso de agua por el hecho de que sois de Cristo, os aseguro que no perderá su recompensa".

 

"Y al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar. Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Más vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Más vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Más vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna, donde = su gusano no muere y el fuego no se apaga; =»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Los textos de este Domingo tienen como telón de fondo la necesidad de tener un recto discernimiento[1] cristiano. El intento de querer monopolizar el uso carismático del nombre de Jesús por parte de sus discípulos (Evangelio), o el espíritu de profecía por parte de Josué (Primera Lectura), tiene su respuesta en las palabras de Jesús: «El que no está contra nosotros, está a nuestro favor», y en las de Moisés: «¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!». El Apóstol Santiago (Segunda Lectura) se dirige, ya en el final de su carta, a los miembros ricos de la comunidad para recriminar su conducta en relación al justo, al que han condenado y matado; y así hacerles reflexionar sobre el día del juicio final.

K ¡Quién me diera que todo el pueblo de Yahveh profetizara!

La Primera Lectura hace parte de los lamentos de Moisés ante las constantes quejas del pueblo, que siente nostalgia por la abundancia de alimentos que tenían en Egipto. Moisés, que se siente abrumado con tantos problemas, clama a Dios: «No puedo cargar yo sólo con este pueblo: es demasiado pesado para mí» (Nm 11,14). Dios responde a Moisés diciendo que tomaría su Espíritu para ponerlo sobre setenta ancianos a fin de que lleven juntos la carga del pueblo. Moisés nos dice cómo «el pueblo viene a mí para consultar a Dios. Cuando tienen alguna querella vienen a mí y yo me pronuncio entre ellos, haciéndoles saber los mandatos de Dios y sus leyes » (Ex 18,15s). Esto mismo es lo que aquellos ancianos van a realizar movidos por el Espíritu que Dios les otorgará, y que en la Biblia se denominará «profetizar». Da ahí comenzaron su actividad ayudando a Moisés en el gobierno del pueblo. La institución de «los setenta ancianos» se mantuvo hasta los tiempos de Jesús aunque en forma modificada. En tiempos de Jesús, el Sanhedrín o Gran Concilio se componía de los «jefes principales, los escribas y los ancianos» y tiene su origen en la elección de Moisés.

En nuestro pasaje dominical vemos como el incidente de Eldad y Medad sirve para introducir en la historia a un muchacho llamado Josué, que va a ser el sucesor de Moisés, y también para sentar la tesis, que viene a ser como la culminación de todo el pasaje: «¡Ojalá que todo el pueblo profetizara y el Señor infundiera en todos su espíritu!» (Nm 11,29). Joel se hará portavoz de estos mismos deseos (Jl 3,1-2), y Pedro los verá cumplidos el día de Pentecostés (Hch 2,16-18). Josué quisiera monopolizar el espíritu solamente en Moisés (Nm 11,28). Lo mismo vemos que hará Juan en el Evangelio (Mc 9,38-40). Pero éste no es el parecer de Moisés (Nm 11,29), ni el de San Pablo (1 Tes 5,19-20), ni tampoco el de Jesús (Mc 9,38-40) ya que «el viento sopla donde quiere» (Jn 3,8). 

L «¡Vosotros, ricos, llorad y dad alaridos!»

La carta de Santiago concluye con dos series de exhortaciones. Esta primera se centra en algunos aspectos negativos que ya han merecido anteriormente la atención del autor sagrado; destaca en especial la denuncia de la situación injusta creada por los ricos que explotan a sus hermanos los pobres. La dimensión social del mensaje de Santiago es evidente y realmente cuestionadora. Es posible y probable que en estos pasajes de la carta reflejen la situación concreta de la comunidad de Jerusalén, en la que abundaban los necesitados.

Pero en la comunidad hay también ricos que no parecen prestar demasiada atención a los pobres, y por ello son denunciados con palabras que recuerdan el tono condenatorio de los antiguos profetas y del mismo Jesús (ver Lc 6,24-26).

Sin duda el pasaje debe de ser entendido en una dimensión escatológica; las calamidades que aguardan a los ricos se sitúan en la perspectiva del Juicio Final (ver Mt 6, 19; Is 5,8-10; Am 2,6-7). Vemos cómo, en una visión profética, se contempla el final negativo de las riquezas acumuladas a costa de «condenar y matar al justo». Entonces serán el oro y la plata los que gritarán contra los ricos (St 5,3) ya que «cuanto dejasteis de hacer con uno de estos más pequeños, también conmigo dejasteis de hacerlo» (Mt 25,45).

J «El que no está contra vosotros, está por vosotros»

El Evangelio comienza abruptamente sin introducción, ni presentaciones y habla de un extraño que expulsa demonios en nombre de Jesús pero que no anda con ellos. Según el Apóstol Juan, nadie puede invocar el nombre de Jesús, si no pertenece al círculo de los discípulos: por dos veces repite la circunstancia «no viene con nosotros». Comentando este punto, nos dice el Pseudo-Crisóstomo: «No era, pues, por envidia o celo por lo que quería San Juan impedir que lanzase aquel hombre los demonios, sino porque deseaba que todos los que invocaban el nombre del Señor siguiesen a Cristo y formasen como un solo cuerpo con sus discípulos. Pero el Señor por medio de éstos que hacen milagros, aunque sean indignos de ello, llama a otros a la fe, y por esta inefable gracia los induce a hacerse mejores. "No hay para qué prohibírselo, respondió Jesús"».

 

Ciertamente lo que ese hombre anónimo hacía era expulsar demonios. Esto fue lo que hizo Jesús desde el primer momento de su ministerio público; y también a sus apóstoles les dio poder sobre los demonios (ver Mc 3,14-15). Para expulsar demonios era necesario poseer un poder que venía de lo alto. Por eso a la expulsión del demonio Jesús la llama: «obrar un milagro invocando mi nombre». La condición esencial para que un milagro se realice es que quien lo realiza no crea que se da por su virtud o en mérito propio sino exclusivamente por gracia (regalo, don) de Dios. Lo que el hombre consigue por su propia virtud no es un milagro; es un logro humano. Los milagros no se conceden sino por la fe, y no cualquier fe sino «aquella que mueve las montañas».

 

Quien tiene esta fe, y por eso obra milagros, obviamente reconoce a Cristo como Dios. Este no puede «hablar mal de Cristo». De su boca no puede salir más que alabanzas y agradecimientos hacia Jesús. Como conclusión de este episodio, notemos cómo Jesús pasa del trato que recibe Él - «no puede hablar mal de mí» - al trato que reciben los apóstoles - «no está contra vosotros», expresando una identificación con ellos. Recordemos que ya lo había dicho de manera explícita: «Quien a vosotros os escucha, a mí me escucha; y quien a vosotros os rechaza, a mí me rechaza; y quien me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado» (Lc 10,16). No estar contra significa estar a favor. No hay opción intermedia. Respecto a Jesucristo todos tenemos que optar y esa opción es radical: en contra o a favor. Finalmente aprendemos de este episodio que la gracia de Cristo es absolutamente libre y gratuita ya que también puede actuar fuera de los cauces ordinarios.

 

K Lo que está en juego…

 

La segunda idea que vemos en el Evangelio es: Jesús anuncia la recompensa o el castigo según la actitud de los discípulos. Jesús describe a sus discípulos por medio de dos expresiones «los que son de Cristo» y «estos pequeños que creen». Si el apóstol Juan parecía entender que Jesús era propiedad de los Doce, ahora Jesús dice que, en realidad, ellos son de Cristo. Y  Cristo agradece incluso un vaso de agua dado a uno de ellos y promete recompensa. Vemos como Jesús considera gravísimo quien ponga un obstáculo y haga caer - que esto es lo que significa «escándalo» - a uno de sus pequeños discípulos como cariñosamente los llama. El «escándalo», en el sentido moral de la palabra, es una acción que constituye un tropiezo para otro en su caminar hacia Dios. La responsabilidad es inmensa ya que la figura utilizada por Jesús es extrema: «mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y que le echen al mar». La comparación puede sonar extraña en los labios de Jesús pero expresa toda la gravedad que atribuye al escándalo.

 

Por último, hay una tercera parte del Evangelio en que Jesús advierte a sus discípulos contra el pecado grave, el pecado que priva de la vida divina a quien lo comete. «Si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela...». La frase tiene una lógica implacable.  Si el pecado trae la muerte entera al hombre entero, ciertamente antes de cometer un acto de tan graves consecuencias, más vale perder una mano. Y para que se entienda claramente el mensaje el Señor lo va a repetir por tres veces. ¿Cómo describe Jesús la gehena?[2] Es un lugar donde «donde el gusano no muere y el fuego no se apaga»[3].

 

Nos dice nuevamente el Pseudo - Crisóstomo: «He aquí el testimonio profético de Isaías: "Cuyo gusano no muere nunca, y cuyo fuego jamás se apagará" (Is 66,24). Pero no es del gusano material del que habla, sino del gusano de la conciencia que remuerde al que no ha obrado el bien. Cada cual será su propio acusador, recordando lo que hizo en la vida mortal, y por eso su gusano no morirá nunca». Que el fuego no se apague significa que el tormento físico causado por la sensación del calor abrasador no acaba nunca y no hay posible refresco. Así describe Jesús la pena eterna debido al pecado.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«Para mí fue una experiencia particularmente bella en ese día pronunciar una conferencia ante un gran auditorio de profesores y estudiantes en la Universidad de Ratisbona, en la que durante muchos años fui profesor. Con alegría me encontré una vez más con el mundo universitario que, durante un largo período de mi vida, fue mi patria espiritual. Había elegido como tema la cuestión de la relación entre fe y razón. Para introducir al auditorio en el carácter dramático y actual del tema, cité algunas palabras de un diálogo cristiano-islámico del siglo XIV, con las que el interlocutor cristiano —el emperador bizantino Manuel II Paleólogo— de forma incomprensiblemente brusca para nosotros, presentó al interlocutor islámico el problema de la relación entre religión y violencia. Por desgracia, esta cita ha podido dar pie a un malentendido.

 

Sin embargo, a quien lea atentamente mi texto le resultará claro que de ningún modo quería hacer mías las palabras negativas pronunciadas por el emperador medieval en ese diálogo y que su contenido polémico no expresa mi convicción personal. Mi intención era muy diferente:  partiendo de lo que Manuel II afirma a continuación de modo positivo, con palabras muy hermosas, acerca de la racionalidad que debe guiar en la transmisión de la fe, quería explicar que la religión no va unida a la violencia, sino a la razón.

 

Por consiguiente, el tema de mi conferencia —respondiendo a la misión de la universidad— fue la relación entre fe y razón: quería invitar al diálogo de la fe cristiana con el mundo moderno y al diálogo de todas las culturas y religiones. Espero que en diferentes ocasiones de mi visita —como por ejemplo en Munich, cuando subrayé la importancia de respetar lo que para otros es sagrado— haya quedado claro mi profundo respeto por las grandes religiones, y en particular por los musulmanes, que "adoran al único Dios" y junto con los cuales estamos comprometidos a "defender y promover la justicia social, los valores morales, la paz y la libertad para todos los hombres" (Nostra aetate,3). Así pues, confío en que, tras las reacciones del primer momento, mis palabras en la universidad de Ratisbona constituyan un impulso y un estímulo a un diálogo positivo, incluso autocrítico, tanto entre las religiones como entre la razón moderna y la fe de los cristianos».

 

Benedicto XVI. Audiencia General, 20 de septiembre de 2006.

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Nosotros podemos escandalizar a muchas personas con nuestra propia incoherencia o mal ejemplo. ¿Soy verdadero testimonio de mi amor a Dios y a su Iglesia? ¿En qué actitudes podría ser escándalo para los pequeños del Señor? 

 

2. A la luz de la Carta del Apóstol Santiago, ¿soy una persona justa y generosa? ¿De qué manera concreta vivo la caridad?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2258- 2262. 2284 - 2326

 

 

 

 

 



[1] Discernir (Del lat. discernĕre).  Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo.

 

[2] Gehenna: nombre primitivo del valle de Hinnón, al suroeste de Jerusalén. Donde en un tiempo se dio culto al Molok que era la deidad nacional de los amonitas cuyo culto, posiblemente, se basaba en el sacrificio de seres humanos, especialmente de niños. Las víctimas eran puestas vivas en los brazos enrojecidos por el fuego de la estatua hueca, de bronce, y con cabeza de becerro que representaba a Molok. La víctima caía en el hoyo ardiente del ídolo al sonido de flautas y tambores. Estos antecedentes y el hecho de que en él ardiera continuamente las basuras, hicieron de la gehenna el símbolo del lugar de tormentos y de condenación al que va el pecador después de la muerte (ver Mt 5,22; 23,33; Mc 9,43.45.47; Lc 12,5, Sant 3,6). 

[3] La cita completa de  Isaías 66, 24 es: «Y en saliendo, verán los cadáveres de aquellos que se rebelaron contra mí; su gusano no morirá, su fuego no se apagará y serán el asco de todo el mundo».  

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miércoles, 12 de septiembre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B y Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz (14 de septiembre)

Domingo de la Semana 24ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B

«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 50,5-9a

«El Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás.  Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado. Cerca está el que me justifica: ¿quién disputará conmigo? Presentémonos juntos: ¿quién es mi demandante? ¡que se llegue a mí! He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2,14-18

«¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: "Tengo fe", si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: "Idos en paz, calentaos y hartaos", pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta. Y al contrario, alguno podrá decir: "¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos  8,27-35

«Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo, y por el camino hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que soy yo?" Ellos le dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas". Y él les preguntaba: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?" Pedro le contesta: "Tú eres el Cristo". Y les mandó enérgicamente que a nadie hablaran acerca de él.

 

Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: "¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres". Llamando a la gente a la vez que a sus discípulos, les dijo: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Vivir de acuerdo a lo que se cree, es decir según las opciones que uno ha realizado. La fe en el Nuevo Testamento es la adhesión a Dios y a lo que Él ha revelado en Jesucristo. La fe lleva al creyente a prestar obediencia a Dios, que se revela, y a modelar la propia existencia de acuerdo a lo que Él revela y manifiesta al hombre para que viva (ver Dt 4,1).

 

Esto es lo que reclama el apóstol Santiago (Segunda Lectura): « ¿Tú tienes fe?; pues yo tengo obras. Pruébame tu fe sin obras y yo te probaré por las obras mi fe». La fe sin obras es una fe muerta e hipócrita. Jesús mismo nos ha dejado un mensaje claro y exigente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Son palabras duras pero verdaderas y libertadoras. El camino de la coherencia y del seguimiento exige confiar en el Padre a pesar de los sufrimientos e incomprensiones que esto pueda acarrear (Primera Lectura).

 

J «He aquí que el Señor Yahveh me ayuda: ¿quién me condenará?»

 

En la lectura del profeta Isaías, el tercer canto del Siervo de Yahveh, se muestra cómo el discípulo fiel es encargado de enseñar a los «temerosos de Dios», es decir a los judíos piadosos (ver Is 50,10) y a los extraviados o infieles «que andan a oscuras». El Siervo de Yahveh acepta la misión que se le ha encomendado, aunque es difícil y llena de peligros: la confianza que pone en Dios le da la fuerza y los recursos necesarios para cumplirla, permaneciendo firme incluso en medio de la terrible adversidad de no ser comprendido.

 

El Siervo de Yahveh sabe que debe enfrentar un juicio ante sus enemigos. Así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: «defender, denunciar, comparecer, acusar, condenar». Sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso. Pero sabe también que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17)[1] ya que el Señor mismo es quien lo defenderá. La imagen nos habla de un prisionero que «por la mañana muy temprano» (Is 50,4) se ha despertado con la plena seguridad de que Dios está siempre a su lado ayudándolo y por ello será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con serena alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios.

 

J Los criterios buenos

 

La carta del apóstol Santiago denuncia de manera enérgica la falta de consecuencia con los «pensamientos de Dios», es decir el traicionar con la conducta diaria aquello que se cree. «Yo, por las obras, te demostraré mi fe». Con estas palabras el apóstol nos invita a expresar en la vida diaria, abiertamente y con valentía, nuestra fe en Jesucristo; especialmente a través de nuestras obras de caridad y solidaridad con los más necesitados.

 

Dos ejemplos tomados de la Escritura ilustran la fe operante de Abrahán y de Rajab, pues sus obras hicieron efectiva la fe. Santiago desarrolla el tema en tres momentos (St 2,14-17.18-20 y en 21-26), que culminan con una valoración totalmente negativa de la fe sin obras. Los modelos de fe del Antiguo Testamento subrayan el sentido operativo de la fe en Dios (St 2,21-25). Abrahán demuestra la plenitud de su fe no sólo al fiarse de Dios sino cuando va a realizar la ofrenda en sacrificio de su hijo Isaac (ver Gn 15,6), de modo que su conducta revela su confianza en Dios. También la prostituta Rajab[2] demuestra su fe (ver Jos 2,9-10) cuando ayuda a los mensajeros de Josué. La conclusión final del capítulo refleja por medio de una imagen antropológica y de una sentencia la realidad de la fe sin obras: es un cadáver.

 

K « ¿Quién dicen los hombres que yo soy?»

 

El leer el Evangelio de este Domingo nos queda la impresión que aquí hay un verdadero punto de quiebre, algo que produce un cambio de actitud en Jesús. En efecto después de la famosa confesión de Pedro, el Evangelio dice que a partir de ese momento Jesús «comenzó a enseñarles» (Mc 8,31) a sus discípulos acerca de su misión: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado... ser matado y resucitar a los tres días». A lo largo de las lecturas que hemos venido acompañando en este año litúrgico (Ciclo B), hemos visto cómo Jesús ha hecho una serie de señales realmente sorprendentes: curaciones, multiplicación de los panes, calmar la tormenta, etc.

 

Todo esto era más que suficiente para que, en el pequeño ambiente de esa época, Jesús se hiciera notar. «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28). Era pues natural que la gente se preguntará: «¿Quién es éste?», e intentaran dar explicaciones sobre su identidad. El Evangelio toca este punto directamente. Jesús pregunta a sus apóstoles sobre la idea que tenían la gente de Él. Si todo el Evangelio consiste en la revelación de la identidad de Jesús, sin duda que aquí tenemos un punto central. Los discípulos le refieren a las diversas opiniones que tenía la gente acerca de Jesús: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Los discípulos saben que las respuestas no son exactas y el mismo Jesús no reacciona ante ellas.

 

J «Tú eres el Cristo»

 

Pero ahora Jesús hace una segunda pregunta que cuestiona directamente a sus discípulos y los obliga a comprometerse en primera persona: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Se hace un momento de incómodo silencio ya que es fácil decir lo que los otros piensan, sin embargo es difícil «jugarse» y decir lo que uno piensa acerca de otra persona cuando ella hace una pregunta directa. Es entonces que se adelanta Pedro y contesta «Tú eres el Cristo». Ésta es una respuesta extraordinariamente comprometedora porque quiere decir: «Tú eres el Esperado de Israel, el Mesías, el anunciado por todos los profetas, el que salvará a su pueblo». «Cristo» es la traducción griega del término hebreo «Mesías» que quiere decir «ungido»[3].

 

El «ungido» por excelencia había sido el rey David. A él Dios le había prometido: «Uno salido de tus entrañas se sentará sobre tu trono y yo consolidaré el trono de su realeza para siempre» (2Sam 7,12). Y toda la historia de Israel está cómo que orientada hacia el futuro a la espera de este descendiente de David que restablecería la monarquía y la grandeza que gozó Israel durante el reinado de este gran rey. Sin embargo el verdadero «ungido», no con aceite a modo de signo, sino directamente por el Espíritu Santo, era Jesús. Por eso el adopta el nombre propio de «Cristo».

 

Es interesante recordar que el Evangelio de Marcos, que es el primero que se escribió y por lo tanto el único que existió solo; ya antes de la profesión de Pedro menciona la palabra «Cristo» solamente en el título: «Comienzo del Evangelio de Jesús Cristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Por eso la profesión de Pedro es totalmente novedosa. Sin embargo, después de esa profesión, el nombre «Cristo» aparecerá otras cinco veces (Mc 9,41; 13,21; 12,35; 14,61; 15,32). En todas estas ocasiones manifestará lo que es el «Cristo». En la opinión general el Cristo es «hijo de David» y, por tanto, «Rey de Israel»; pero en la opinión más ilustrada del Sumo Sacerdote (ver Mc 14,61) y en la de Jesús mismo; el Cristo es Hijo de Dios Bendito y, por tanto, mucho más que David.

 

 

L «¡Quítate de mi vista, Satanás!»

 

Jesús acepta la definición dada por Pedro; pero impone un absoluto silencio acerca de su identidad y comienza a decirles algo que contrasta con su condición de «Cristo», tal como entendía la gente y como los mismos discípulos entendían: «el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado...ser matado». Literalmente quiere decir que tenía que ser reprobado como indigno o incompetente. Y esto lo habla abiertamente. Esto los discípulos no se lo esperaban, era realmente demasiado. El mismo Pedro no lo puede digerir y comienza a censurar a Jesús. ¡No es posible que el Cristo, anunciado como rey y salvador, pueda ser víctima de maltrato por parte de los hombres y pueda ser sometido a muerte! Es que aquí Jesús está dando una definición del Cristo y de su misión de salvador del mundo, que es nueva y que contrasta con la opinión de los hombres, pero que responde a las antiguas profecías acerca del siervo de Dios como hemos leído en la Primera Lectura. Ésta es la misión que Jesús tenía que cumplir y la cumplió con total fidelidad.

 

Por eso cualquiera que tratara de apartarlo de ella sería rechazado con energía, como lo hace en este pasaje con Pedro. Jesús lo manda «ponerse detrás de Él» porque «no tienes en mente las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mc 8, 33). Lo llama Satanás, que quiere  decir «adversario» en hebreo, porque así como Satanás arruinó una vez la obra de Dios en Adán, ahora intenta arruinarla de nuevo desviando de su misión al «Nuevo Adán». Jesús le dice literalmente a Pedro: «Ponte detrás de mí», es decir, toma tu lugar de discípulo y no pretendas ser el maestro.

 

Desde este momento Jesús, sin rechazar su identidad de «Cristo» e «Hijo de David», comienza a explicar a sus discípulos cada vez más claramente que su misión era la de ofrecerse en sacrificio por el perdón de todos los pecados. Si Cristo hubiera hecho el papel de un rey al modo de David, es decir, como era el pensamiento de los hombres acerca del Cristo, habría sido un rey más de esta tierra pero su «reino no es de este mundo» (Jn 18,36). Él, dando su vida por cada uno de nosotros, se ofreció como víctima agradable reconciliándonos con el Padre. Dios demostró que había aceptado el sacrificio del Hijo, resucitándolo de los muertos, como Él ya lo había anunciado. Por eso la definición de la identidad de Jesús la dio Juan el Bautista cuando lo vio venir hacia él: «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29).

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«El misterio de sufrimiento y de redención anunciado por la figura del Siervo de Yahveh se realizó plenamente en Cristo. Como hemos escuchado en el Evangelio de hoy, Jesús comenzó a enseñar a los Apóstoles "que el Hijo del hombre tenía que padecer mucho" (Mc 8, 31). A primera vista, esta perspectiva resulta humanamente difícil de aceptar, como lo muestra también la reacción inmediata de Pedro y de los Apóstoles (cf. Mc 8, 32-35). ¿Y cómo podría ser de otro modo?

 

El sufrimiento no puede por menos de causar miedo. Pero precisamente en el sufrimiento redentor de Cristo está la verdadera respuesta al desafío del dolor, que tanto influye en nuestra condición humana. En efecto, Cristo tomó sobre sí nuestros sufrimientos y cargó con nuestros dolores, mediante su cruz y su resurrección, con una luz nueva de esperanza y de vida»

Juan Pablo II. Audiencia ,17 de septiembre de 2000.

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Leamos la carta de Santiago 2,14-26 y hagamos un examen de conciencia. ¿Vivo mi fe en mi vida cotidiana? ¿Cuáles son mis obras de fe?

 

2. ¿Para mí quién es Jesús? ¿Yo qué hubiese respondido a la pregunta del Maestro?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436 - 440. 1814-1816. 1886-1889.


 



[1]« Yo he creado al destructor para aniquilar. Ningún arma forjada contra ti tendrá éxito, e impugnarás a toda lengua que se levante a juicio contigo. Tal será la heredad de los siervos de Yahveh y las victorias que alcanzarán por mí - oráculo de Yahveh» (Is 54, 17).

[2] Rajab: mujer que vivía en Jericó cuando Israel inició la conquista de Canaán (ver Jos 2,1ss). Acampado en Sitim, antes de entrar a Canaán, Josué mando dos espías a Jericó para explorar el territorio enemigo. Rajab había oído las victorias israelitas y por tanto resolvió ampararlos. Cuando el rey de Jericó se enteró de la presencia de los espías mandó capturarlos, pero Rajab los escondió bajo manojos de lino en su terraza. Después ayudó en la huida. En la conquista de Jericó, Rajab y sus familiares fueron sacados de la ciudad antes de su destrucción. En el Nuevo testamento, Rajab es alabada por su fe (Heb 11,31) así como por sus obras (St 2,25). En Mt 1,5; se refiere a ella como esposa de Booz en la genealogía de Jesús.  

[3] Catecismo de la Iglesia Católica, 436

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martes, 4 de septiembre de 2012

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario. Ciclo B. «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

Domingo de la Semana 23ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo B

«Todo lo ha  hecho  bien: hace  oír a los sordos y hablar a los mudos»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 35, 4 -7a

«Decid a los de corazón intranquilo: ¡Ánimo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo. Pues serán alumbradas en el desierto aguas, y torrentes en la estepa, se trocará la tierra abrasada en estanque, y el país árido en manantial de aguas.»

Lectura de la carta del Apóstol Santiago 2, 1-5

«Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado. Supongamos que entra en vuestra sinagoga un hombre con un anillo de oro y un vestido espléndido; y entra también un pobre con un vestido sucio; y que dirigís vuestra mirada al que lleva el vestido espléndido y le decís: "Tú, siéntate aquí, en un buen lugar"; y en cambio al pobre le decís: "Tú, quédate ahí de pie", o "Siéntate a mis pies". ¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos? Escuchad, hermanos míos queridos: ¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?»

                                                                                                                              

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos  7, 31-37

«Se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo, por Sidón, al mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan imponga la mano sobre él. El, apartándole de la gente, a solas, le metió sus dedos en los oídos y con su saliva le tocó la lengua. Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: "Effatá", que quiere decir: "¡Abrete!" Se abrieron sus oídos y, al instante, se soltó la atadura de su lengua y hablaba correctamente.

 

Jesús les mandó que a nadie se lo contaran. Pero cuanto más se los prohibía, tanto más ellos lo publicaban. Y se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Los criterios que el mundo tiene para juzgar a las personas no son los mismos criterios de Dios. Todas las lecturas dominicales nos hablan del amor de predilección[1] de Dios por los enfermos, los necesitados y los disminuidos física o espiritualmente. En la curación del sordomudo (Evangelio) comienza a darse la esperanza mesiánica que había sido anunciada ocho siglos antes por el profeta Isaías (Primera Lectura). Es lo mismo que afirma tajantemente el apóstol Santiago al decir: «¿Acaso no ha escogido Dios a los pobres según el mundo como ricos en la fe y herederos del Reino que prometió a los que le aman?» (Segunda Lectura). 

 

 

J ¡Sé fuerte en el Señor!

 

La secuencia de los capítulos 34 y 35 del libro de Isaías es conocida como el «apocalipsis de Isaías» o «pequeño apocalipsis». El capítulo 34 nos muestra la destrucción y el juicio de Edom (ciudad enemiga de Israel). Dios se presenta como el protector del pueblo que es fiel. En la lectura vemos al pueblo sufrido que vuelve a Sión después de la esclavitud en Babilonia. Muchos se encuentran física y espiritualmente disminuidos. Hay ciegos, sordos y cojos. Algunos tal vez sean soldados heridos a causa de las continuas guerras. El mensaje de esperanza les viene directamente de Dios que se dirige al corazón de cada uno de ellos: «¡Ánimo, no tengas miedo!». Frase que nos remite al bello Salmo 27 (26): «Yahveh es mi luz y mi salvación, ¿a quién he de temer? Yahveh  es el refugio de mi vida, ¿por quién he de temblar?». Para la tradición judía las personas que tenían un defecto o disminución física eran consideradas impuras y no poseían la bendición de Dios. Si habían nacido así, tenían un pecado y estaban siendo castigadas por Dios. Ellas debían ser separadas de las personas «perfectas o sanas» para no contaminarlas.

 

Sin embargo Dios mismo «vendrá y los salvará»; es decir devolverá a estas personas, consideradas disminuidas, su auténtica dignidad humana. Serán «curadas» y entonces podrán volver a sus familias, a sus trabajos; podrán integrarse nuevamente a la sociedad. Podrán sonreír nuevamente con los suyos. Pero además Dios hará brotar torrentes de abundante agua en el desierto. Así como cuando el pueblo caminaba por el desierto y Moisés hizo salir agua de una roca antes de entrar a la Tierra Prometida; ahora, después de la esclavitud de Babilonia, Dios volverá a sacar agua y ríos caudalosos en el «país árido». Entonces habrá «un cielo nuevo y una tierra nueva» (Ap 21,1). Así «Los redimidos de Yahveh volverán, entrarán en Sión entre aclamaciones, y habrá alegría eterna sobre sus cabezas. ¡Regocijo y alegría les acompañarán! ¡Adiós penar y suspiros!» (Is 35,10). ¡Todo será alegría eterna en el Señor!

 

L «¿No sería esto hacer distinciones entre vosotros y ser jueces con criterios malos?»

 

La carta del apóstol Santiago es considerada como una de las siete «cartas católicas» y estas están colocadas según el orden que leemos en Gálatas 2,9. Ellas tienden a ser «mensajes sapienciales», es decir escritos que muestran la sabiduría cristiana ante las dificultades o problemas concretos de la vida cotidiana. Algunas de ellas parecen ser homilías o exposiciones catequéticas. Al estudiar la carta de Santiago veremos que se dirige a los judíos-cristianos de mentalidad helénica que viven fuera de Palestina ya que coloca muchas citas de la Versión de los LXX[2]. El contenido de la carta reduce toda la Ley - Torah - al mandamiento del amor al prójimo (ver St 1,25; 2,8.12). Durante la carta, Santiago, va demostrando cómo vivir, concretamente, ese amor en la comunidad. Encontramos en ella, la mayor y más directa crítica a los ricos de toda la Biblia (ver St 5,1-6).

 

En el pasaje de nuestra lectura dominical vemos cómo una persona de fe verdadera jamás discrimina al prójimo ya que lo considera su hermano. Leemos: «Supongamos que entra en vuestra asamblea» o «sinagoga» (St 2,2). Éste es el  único pasaje de todo el Nuevo Testamento en que así es llamada una asamblea cristiana. Hay quienes ven en esto un indicio de que Santiago se dirigía a judíos conversos. Termina llamando la atención a sus oyentes colocando a los pobres como los predilectos de Dios. Sin embargo no coloca esta preferencia en desmedro de los ricos ya que esos  pobres son «ricos en la fe y herederos del Reino prometido». Por lo tanto ni los pobres ni ninguna persona debe de ser discriminada, separada ya que sería colocarnos en el lugar del Buen Juez que nos dice «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

 

J «Hace oír a los sordos y hablar a los mudos»

 

El nombre «Marcos» proviene del latín y significa «siervo de Marte». Era el nombre romano del discípulo llamado Juan Marcos, ya que era la costumbre  de los antiguos súbditos del Imperio Romano adoptar dos nombres. La familia de Marcos era muy considerada en la comunidad primitiva ya que en su casa se reunían los cristianos en los primeros tiempos para rezar (ver Hch 12,12). Marcos era hijo de María (Hch 12,12), muy cercano a Pedro (1Pe 5,13) y a Bernabé (ver Hech 15,36-39). En el pasaje que leemos este Domingo vemos a Jesús que, después de un breve viaje al norte, a la región de Tiro en Fenicia, vuelve a su tierra, es decir, a los alrededores del mar de Galilea. Sabemos que uno de los rasgos que distinguía Jesús era su condición de «galileo» (ver Lc 23,6. Jn 18, 4-5).

 

Comienza el relato mencionando de manera exacta una serie de lugares geográficos del itinerario seguido por Jesús: «Jesús se marchó de la región de Tiro y vino de nuevo por Sidón, al mar de Galilea, atrave­sando la Decápo­lis». La Decápolis es una región que se extiende al oriente del mar de Galilea y del río Jordán; se llama así porque abraza diez ciudades griegas que el emperador romano Pompeyo organizó en una especie de confederación cuando conquistó ese territo­rio. El Evangelio nos presenta una de las curaciones que realizó en su propia tierra: Galilea. Como en la mayoría de los relatos de milagros, se comienza con la presentación del enfermo y la descripción de su mal: «Le presentan un sordo que, además, hablaba con dificultad, y le ruegan que imponga la mano sobre él». Se trata de un hombre que «no está bien», es decir que no está en su integridad. Veamos la petición que le hacen a Jesús: que imponga la mano sobre él. Podemos decir que éste es un gesto propio de Jesús.

 

En efecto, no vemos que en el Antiguo Testamento se use la imposición de manos; en cambio, en el Nuevo Testamento aparece con frecuencia en la actuación de Jesús y de sus apóstoles. Ya antes de este episodio el mismo Evangelio de Marcos dice que en su propio pueblo de Nazaret Jesús «curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos» (Mc 6,5). En Cafarnaún le presentan a todos los que estaban enfermos y, «Jesús, poniendo las manos sobre cada uno de ellos, los curaba» (Lc 4,40). Asimismo Jesús resucitado declara que una de las señales que acompañarán a los que crean en su nombre es ésta: «Impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien» (Mc 16,18). Desde el primer momento los cristianos usaron este gesto como signo, no sólo de una curación física, sino también de la transmisión de un don espiritual (ver Hech 8,17. 9,17).

 

Con su intervención Jesús devuelve al pobre sordomudo a su situación original. Lo hace por medio de su palabra: «Y, levantando los ojos al cielo, dio un gemido, y le dijo: "Effatá", que quiere decir: "¡Abrete!"». Se le abrieron los oídos y, al instante, se puso a hablar. El hecho adquiere un sentido más profundo si se ubica en el contexto de las profecías, cuyo cumplimiento todos aguardaban expectantes en Israel. Nadie ignoraba la profecía que hemos leído en la Primera Lectura del profeta Isaías. Ésta es utilizada por el mismo Jesús ante los enviados por Juan el Bautista (ver Lc 7,20-22). Son los signos de la intervención salvífica personal de Dios que se esperaba y que iba a ser definitiva.

 

Cuando los presentes vieron al que era sordomudo hablar correctamente, «se maravillaban sobremanera y decían "Todo lo ha hecho bien; hace oír a los sordos y hablar a los mudos".». Estas expresiones no pueden dejar de evocar en nosotros el relato de la creación en que el agente es Dios mismo y todo viene a la existencia por su Palabra. Después de toda la obra de la creación, el Génesis dice: «Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien» (Gn 1,3-31). La ruptura producida por el pecado hace que el hombre necesite la reconciliación ofrecida por Dios mismo a través del sacrificio redentor de su Hijo. Es como si fuera un nuevo acto creador. La muerte de Jesucristo en la cruz fue un sacrificio que expió[3] al hombre del pecado y de todo su cortejo de males.

 

Por eso en Cristo actúa la salvación que devuelve al hombre a su integridad primera, en el aspecto físico y, sobre todo, moral. Dios lo creó íntegro y Cristo lo recreó. Su actuación puede homologarse a una nueva creación. Por eso el relato de la curación del sordomudo se presenta en esos términos: Jesús asume la actuación creadora de Dios. A esto se refiere San Pablo cuando dice: «El que está en Cristo es una nueva creación» (2Cor 5,17). Y para los tiempos finales, por obra de la salvación de Cristo, se esperan «nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia» (2Pe 3,13).

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«Jesús acoge en el grupo de sus íntimos a un hombre que, según la concepción de aquel tiempo en Israel, era considerado como un pecador público. Mateo, de hecho, no sólo manejaba dinero considerado impuro por provenir de gente ajena al pueblo de Dios, sino que además colaboraba con una autoridad extranjera, odiosamente ávida, cuyos tributos podían ser determinados arbitrariamente. Por estos motivos, en más de una ocasión, los Evangelios mencionan conjuntamente a los «publicanos y pecadores» (Mateo 9, 10; Lucas 15, 1), a los «publicanos y prostitutas» (Mateo 21, 31). Además, ven en los publicanos un ejemplo de avaricia (Cf. Mateo 5, 46: sólo aman a los que les aman) y mencionan a uno de ellos, Zaqueo, como «jefe de publicanos, y rico» (Lucas 19, 2), mientras la opinión popular les asociaba a «hombres rapaces, injustos, adúlteros» (Lucas 18, 11).

 

Ante estas referencias, hay un dato que salta a la vista: Jesús no excluye a nadie de su amistad. Es más, precisamente mientras se encuentra sentado en la mesa de la casa de Mateo-Leví, respondiendo a quien estaba escandalizado por el hecho de frecuentar compañías poco recomendables, pronuncia la importante declaración: «No necesitan médico los que están fuertes, sino los que están mal; no he venido a llamar a justos, sino a pecadores» (Marcos 2, 17). El buen anuncio del Evangelio consiste precisamente en esto: ¡en el ofrecimiento de la gracia de Dios al pecador!

 

En otro pasaje, con la famosa parábola del fariseo y del publicano que subieron al templo para rezar, Jesús llega a indicar a un publicano anónimo como ejemplo de humilde confianza en la misericordia divina: mientras el fariseo hacía alarde de perfección moral, «el publicano […] no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!"». Y Jesús comenta: «Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Lucas 18, 13-14). Con la figura de Mateo, por tanto, los Evangelios nos presentan una auténtica paradoja: quien se encuentra aparentemente más lejos de la santidad, puede convertirse incluso en un modelo de acogida de la misericordia de Dios y dejar vislumbrar sus maravillosos efectos en su existencia.

 

 En este sentido, San Juan Crisóstomo hace un comentario significativo: observa que sólo en la narración de algunas llamadas se menciona el trabajo que estaban realizando los interesados. Pedro, Andrés, Santiago y Juan son llamados mientras estaban pescando; Mateo mientras recauda impuestos. Se trata de oficios de poca importancia, comenta el Crisóstomo, «pues no hay nada que sea más detestable que el recaudador y nada más común que la pesca» («In Matth. Hom.»: PL 57, 363). La llamada de Jesús llega, por tanto, también a personas de bajo nivel social, mientras desempeñan su trabajo ordinario».

Benedicto XVI. Audiencia del 30 de agosto 2006. 

 

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1.  Santiago nos dice claramente: «Hermanos míos, no entre la acepción de personas en la fe que tenéis en nuestro Señor Jesucristo glorificado». Leamos con atención el texto de la carta de Santiago y hagamos un sincero examen de conciencia para ver qué criterios guían nuestro actuar. ¿Acepto a todos como mis hermanos y los valoro como son? ¿Hago acepción de personas?

 

2. Juan Pablo II nos dice que «la caridad de los cristianos es la prolongación de la presencia de Cristo que se da a sí mismo». ¿Cómo y de qué manera concreta vivo la caridad?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 25, 1822 – 1829. 1853, 2013, 2094.

 

 



[1] Predilección. (Del lat. prae, pre-, y dilectĭo, -ōnis).  Cariño especial con que se distingue a alguien o algo entre otros.

[2] La versión de los Setenta es la primera y la más importante traducción del hebreo al griego. Se llama Setenta porque, según la leyenda, habría sido realizada por 72 sabios judíos (6 de cada una de las tribus). Se llevó a cabo a lo largo de aproximadamente un siglo (250 – 150 a.C.). Se realizó esta versión como respuesta a la necesidad de los judíos que vivían en la diáspora (judíos dispersos en el mundo pagano) y se efectuó en Alejandría (Egipto).

[3] Expiar. (Del lat. expiāre). Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio.

 

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