martes, 13 de diciembre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 4 del Tiempo de Adviento. Ciclo B. «El que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios»

Domingo de la Semana 4 del Tiempo de Adviento.  Ciclo B

«El que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios»

 

Lectura del segundo libro de Samuel 7,1-5.8b-12.14a.16

 

«Cuando el rey se estableció en su casa y Yahveh le concedió paz de todos sus enemigos de alrededor, dijo el rey al profeta Natán: «Mira; yo habito en una casa de cedro mientras que el arca de Dios habita bajo pieles.» Respondió Natán al rey: «Anda, haz todo lo que te dicta el corazón, porque Yahveh está contigo.»

 

Pero aquella misma noche vino la palabra de Dios a Natán diciendo: «Ve y di a mi siervo David: Esto dice Yahveh. ¿Me vas a edificar tú una casa para que yo habite? Yo te he tomado del pastizal, de detrás del rebaño, para que seas caudillo de mi pueblo Israel. He estado contigo dondequiera has ido, he eliminado de delante de ti a todos tus enemigos y voy a hacerte un nombre grande como el nombre de los grandes de la tierra: fijaré un lugar a mi pueblo Israel y lo plantaré allí para que more en él; no será ya perturbado y los malhechores no seguirán oprimiéndole como antes, en el tiempo en que instituí jueces en mi pueblo Israel; le daré paz con todos sus enemigos.

 

Yahveh te anuncia que Yahveh te edificará una casa. Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá  de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza. Yo seré para él padre y él será para mí hijo. Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 16, 25-27

 

«A Aquel que puede consolidaros conforme al Evangelio mío y la predicación de Jesucristo: revelación de un Misterio mantenido en secreto durante siglos eternos, pero manifestado al presente, por las Escrituras que lo predicen, por disposición del Dios eterno, dado a conocer a todos los gentiles para obediencia de la fe, a Dios, el único sabio, por Jesucristo, ¡a él la gloria por los siglos de los siglos! Amén».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1,26-38

 

«Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen era María. Y entrando, le dijo: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo.» Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo.

 

El ángel le dijo: «No temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios; vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. El será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin.»

 

María respondió al ángel: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» El ángel le respondió: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por  eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Mira, también Isabel, tu pariente, ha concebido un hijo en su vejez, y este es ya el sexto mes de aquella que llamaban estéril, = porque ninguna cosa es imposible para Dios.»

 

Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue».

 

 Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Próximos ya a la celebración del Misterio de la Navidad, la Iglesia hace preceder al nacimiento del Salvador el misterio de la Virgen-Madre, porque tiene la clara «conciencia de que María apareció antes de Cristo en el horizonte de la historia de la salvación», como ha dicho Juan Pablo II. El arcángel Gabriel le anticipa a María que su hijo: «será grande y será llamado Hijo del Altísimo, y el Señor Dios le dará el trono de David».

 

El segundo libro de Samuel (Primera Lectura) nos presenta al rey David con la intención de construir un templo para Yahveh pero el profeta Natán indica a David que la voluntad de Dios es diversa: no será él, el rey David, quien construirá el templo, sino que será Dios mismo quien dará a David, una «casa», una descendencia y un reino que durarán por siempre.

 

María, concebida sin pecado y colmada de la gracia y santidad de Dios, fue elegida para una misión muy específica: ser Madre de Dios y Madre nuestra. De este modo, Dios mismo, «al llegar la plenitud de los tiempos» habitaría en su seno purísimo para tomar de Ella nuestra humanidad y «construirse» así en María una morada dignísima. Este es el gran Misterio escondido por siglos eternos y manifestado en Jesucristo con el fin de atraer a todos los hombres a la «obediencia de la fe» (Segunda Lectura). Porque tanto nos ha amado Dios que nos ha dado a su Hijo único para que tengamos en Él la vida eterna.

 

«Yahveh te edificará una casa» 

 

Ésta es la primera intervención del profeta Natán que desempeñará un papel muy importante a lo largo del reinado del rey David.  Cuando éste muere; la casta se va a dividir y Adonías (cuarto hijo de David) va a querer usurpar el poder, sin embargo Natán ungirá a Salomón (el segundo hijo de David con Betsabé) como rey sucesor. La profecía que leemos en la Primera Lectura, se elabora a base de una contraposición: no será David quien edifique una casa (un templo) para Yahveh sino que será Yahveh quien levantará una casa - es decir una dinastía- a David. La promesa concierne esencialmente a la permanencia del linaje davídico sobre el trono de Israel e irá más allá del primer sucesor de David: Salomón. Éste es el primer eslabón de las profecías sobre el Mesías como hijo de David, título aplicado posteriormente a Jesús (ver Hch 2, 29-30).     

 

 El más grande Misterio de toda la humanidad

 

Uno puede leer mil veces, un millón de veces, el relato de la Anunciación-Encarnación y siempre encontrará algo nuevo, porque nos habla de un misterio insondable que no puede ser agotado por nuestra limitada inteligen­cia. Si la litera­tura consiste en transmitir un conteni­do valioso usando el vehículo de la palabra humana, podemos decir que aquí tenemos la página más hermosa de toda la literatura universal. Con una so­briedad impresio­nante se relata el acon­tecer de un miste­rio que recapitula y, de golpe, da sentido a todo el Anti­guo Testamento y a toda la historia humana. Lo que era oscuro y latente, aquí se hizo luminoso y patente.

 

Dios estaba realizando la prome­sa de salvación enviando a su Hijo único para que asumiera la naturale­za humana en el seno de una Virgen y diera cum­plimiento a todas las profecías. Cuando Lucas, después de informar­se de todo diligente­mente, escribió su Evangelio, él no sabía que nosotros lo íbamos a editar junto con los otros tres Evange­lios. Él quiso escribir una obra completa como si fuera el único relato del misterio de Cristo y de la Iglesia (su Evangelio se prolonga en los Hechos de los Apósto­les). Por eso aquí tenemos la primera presenta­ción de la Virgen María: «El sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Naza­ret, a una virgen desposada con un hombre llamado José de la casa de David; el nombre de la virgen era María». No sobra ninguna palabra; el estilo carece de todo triunfa­lismo y adorno super­fluo.

 

Este comienzo recuerda la presentación de los grandes profetas a quienes es dirigida la Palabra de Dios. Así es presentado Ezequiel: «En el año treinta... fue dirigida la palabra del Señor a Ezequiel, hijo de Buzí en el país de los caldeos...» (Ez 1,1-3). Así es presentado Oseas: «Palabra del Señor que fue dirigida a Oseas, hijo de Beerí, en tiem­pos de Ozías...» (Os 1,1). En el caso de Jonás leemos: «La palabra del Señor fue dirigida a Jonás» (Jon 1,1).

 

Pero en el caso de la Virgen María, le fue enviado un ángel de parte de Dios para anunciarle que en ella tomaría carne la Palabra eterna de Dios. Ella la acogería en su seno y la daría al mundo. La Epístola a los Hebreos nos ayuda a ver la diferencia en relación a los profetas del Antiguo Testamento: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas: en estos últimos tiempos nos ha hablado por el Hijo» (Hb 1,1-2). Esta Palabra, que existía desde siempre junto al Padre, fue modulada en el seno de María y desde allí fue pronunciada al mundo.

 

 «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?»

 

El Evangelio de hoy es el anuncio de un nacimiento. La Virgen supo desde el primer momento quién era el que iba a nacer. El arcángel le dijo claramente su identidad y la Virgen comprendió que esta era la promesa hecha a David y que tenía ahora cumplimiento; comprendió que el que iba a nacer era el Mesías, el que Israel espe­ra­ba como salva­dor. Pero subsiste un proble­ma. De la pregunta de María se deduce que ella tenía un propósito de perpetua virgi­nidad, es decir, de consagración total a Dios, percibido como una llama­da divina.

 

No se pueden entender de otra manera sus palabras (tanto más considerando que ella estaba comprometi­da como esposa de José que sin duda también había aceptado mantenerse célibe): «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?». «Conocer varón» es una expresión idio­mática para indicar la relación sexual; y «no conozco», dicho en presente, indica una situación que se prolonga perpe­tuamen­te. De lo contrario, ¿qué dificultad podía encontrar una esposa al anuncio del nacimiento de un hijo? La literatura antigua está llena de anuncios de nacimientos y ninguna mujer reacciona así.

 

El problema de María es que, de parte de Dios, siente el llamado a la virginidad perpetua y, de parte de Dios, se le anuncia el nacimiento de un hijo, y más encima, del Mesías esperado. La respuesta del arcángel le disipa toda duda: «El Espíri­tu Santo vendrá sobre tí y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra... ninguna cosa es imposible para Dios». El Espíritu de Dios es el que, cerniéndose sobre el abismo caótico, puso armonía y belleza en el universo creado (ver Gn 1,2); el Espíritu de Dios es el que da vida al polvo que es el hombre (ver Gn 2,7; Sal 104,29-30); el Espíritu de Dios hace revivir los huesos secos (ver Ez 37,10); el Espí­ritu de Dios hace conocer la Verdad (ver Jn 16,13). El Espíritu de Dios puede hacer que una mujer sea virgen y madre.

 

El resto del anuncio, es decir, la identidad completa del que iba a nacer, la Virgen no lo pudo comprender plena­mente en ese momen­to: «Será grande y será llamado Hijo del Altísi­mo... será santo y será llamado Hijo de Dios». Esto era un misterio que ella comprendería en plenitud después de peregrinar en la fe y de conservar, meditándolas en su corazón, cada cosa y cada palabra de Jesús. La Virgen María se entregó sin reserva al misterio de la vida que se engendraba en ella y comenzó su maternidad. Lo aceptó con estas palabras: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mi según tu palabra». Si tenía otros planes en su vida, en este momento quedaron todos sometidos al Plan de Reconciliación del Padre amoroso.


 «La obediencia de la fe»

 

Si tratamos de entender lo que San Pablo quiere decir cuando nos habla de «obediencia de la fe» en su carta a los Romanos, podemos decir que se trata de la confianza absoluta puesta en Dios y en lo que Él revela. A la luz de la experiencia de María, que leemos en el pasaje de San Lucas, estamos invitados a vivir «la obediencia de la fe» como una respuesta a la invitación de Dios a cooperar con su Divino Plan. Y no podía ser de otro modo, pues siendo Dios Amor, quiere de nosotros una respuesta generosa, y por ello respeta infinitamente la libertad de su creatura humana. De este modo Dios ha hecho depender del hombre mismo, en sentido último y real, su propia salvación: «Nos creaste sin nuestro consentimiento, pero sólo nos salvarás con nuestro consentimiento», decía san Agustín. El hombre no puede alcanzar la propia salvación y realización humana si no es por la obediencia de la fe, libre y amorosa.

 

  Una palabra del Santo Padre:

 

«En la actual sociedad de consumo, este período sufre por desgracia una especie de «contaminación» comercial, que corre el riesgo de alterar su auténtico espíritu, caracterizado por el recogimiento, la sobriedad, una alegría que no es exterior, sino íntima. Por tanto, es providencial que, como una puerta de entrada en la Navidad, exista la fiesta de la Madre de Jesús, quien mejor que nadie puede guiarnos a conocer, amar, adorar al Hijo de Dios hecho hombre.

 

Dejemos, por tanto, que sea ella quien nos acompañe; que sus sentimientos nos animen a predisponernos con sinceridad de corazón y apertura de espíritu a reconocer en el Niño de Belén al Hijo de Dios, venido a la tierra por nuestra redención. Caminemos junto a ella con la oración y acojamos la repetida invitación que nos dirige la Liturgia de Adviento a permanecer en espera, una espera vigilante y gozosa, pues el Señor no tardará: viene a liberar a su pueblo del pecado.


En muchas familias, continuando una bella y consolidada tradición, inmediatamente después de la fiesta de la Inmaculada, se empieza a preparar el belén, como si se quisiese revivir junto a María estos días plenos de trepidación que precedieron al nacimiento de Jesús. Hacer el belén en casa puede ser una forma sencilla pero eficaz de presentar la fe y transmitirla a los propios hijos. El pesebre nos ayuda a contemplar el misterio del amor de Dios que se ha revelado en la pobreza y en la sencillez de la gruta de Belén.

 

San Francisco de Asís quedó tan sobrecogido por el misterio de la Encarnación que quiso volver a presentarlo en Greccio con el pesebre viviente, convirtiéndose de este modo en el iniciador de una larga tradición popular que todavía conserva hoy su valor para la evangelización. El belén nos puede ayudar, de hecho, a comprender el secreto de la verdadera Navidad, porque habla de la humildad y de la bondad misericordiosa de Cristo, que «siendo rico, por vosotros se hizo pobre» (2 Corintios 8, 9). Su pobreza enriquece a quien la abraza y la Navidad trae alegría y paz a quienes, como los pastores, acogen en Belén las palabras del ángel: «esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lucas 2, 12). Sigue siendo el signo también para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI. No hay otra Navidad».

 

Benedicto XVI. Ángelus 11 de diciembre de 2005.

 

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana 

 

1. La maternidad es un auténtico don de Dios. Recemos por aquellas mujeres que están en estado de «buena esperanza» para que acojan con amor y cariño a ese niño que llevan en su vientre. También pidamos por aquellas madres que están pensando abortar en estos días, para que se abran a la gracia de Dios y acogen la bendición de una «vida nueva».         

 

2. Acojamos el pedido de Benedicto XI y de manera particular vivamos estos últimos días del Adviento cerca de la Madre de Dios, la Virgen María.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 456 - 460. 496 - 498. 502- 511.

 

 

 

 

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lunes, 5 de diciembre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 3 del Tiempo de Adviento. Ciclo B. «Yo soy la voz del que clama en el desierto» e Inmaculada Concepción de María

Domingo de la Semana 3 del Tiempo de Adviento.  Ciclo B

«Yo soy la voz del que clama en el desierto»

 

Lectura del profeta Isaías 61,1-2a. 10-11

 

«El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad; a pregonar año de gracia de Yahveh, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran, "Con gozo me gozaré en Yahveh, exulta mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en manto de justicia me ha envuelto como el esposo se pone una diadema, como la novia se adorna con aderezos. Porque, como una tierra hace germinar plantas y como un huerto produce su simiente, así el Señor Yahveh hace germinar la justicia y la alabanza en presencia de todas las naciones"».

 

Lectura de la Primera Carta a los Tesalonicenses 5,16-24

 

«Estad siempre alegres. Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros. No extingáis el Espíritu; no despreciéis las profecías; examinadlo todo y quedaos con lo bueno. = Absteneos de todo género de mal. = Que El, el Dios de la paz, os santifique plenamente, y que todo vuestro ser, el espíritu, el alma y el cuerpo,  se conserve sin mancha hasta la Venida de nuestro Señor Jesucristo. Fiel es el que os llama y es él quien lo hará».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1, 6-8.19-28

 

«Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Este vino para un testimonio, para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. Y este fue el testimonio de Juan, cuando los judíos enviaron donde él desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: "¿Quién eres tú?" El confesó, y no negó; confesó: "Yo no soy el Cristo"». Y le preguntaron: "¿Qué, pues? ¿Eres tú Elías?" El dijo: "No lo soy." – "¿Eres tú el profeta?" Respondió: "No." Entonces le dijeron: "¿Quién eres, pues, para que demos respuesta a los que nos han enviado? ¿Qué dices de ti mismo?"

 

Dijo él: "Yo soy - voz del que clama en el desierto: Rectificad el camino del Señor, = como dijo el profeta Isaías." Los enviados eran fariseos. Y le preguntaron: "¿Por qué, pues, bautizas, si no eres tú el Cristo ni Elías ni el profeta?" Juan les respondió: "Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está uno a quien no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia." Esto ocurrió en Betania, al otro lado del Jordán, donde estaba Juan bautizando».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«¿Quién eres tú?».Ciertamente la figura de San Juan Bautista es bastante inquietante para las autoridades religiosas judías. «Si no eres el Cristo (es decir el Mesías), ni Elías, ni el profeta, por qué bautizas?». Es que Juan viene a cumplir una misión que es la de allanar los caminos del Señor (ver Is 40,3-5). Pero él no es el Cristo y no quiere ser confundido con Él. «El espíritu del Señor me ha enviado para dar la buena nueva...me ha enviado para anunciar...» (Is 61,1-2). Jesús iniciará su predicación haciendo suyo el pasaje de Isaías acerca de aquél que, ungido por el Espíritu de Dios, viene a anunciar la Buena Nueva y la liberación a los cautivos. Finalmente, San Pablo, el apóstol enviado por el mismo Jesús, llevará a cabo su misión mediante la predicación y sus cartas. En su primera carta a los Tesalonicenses les exhorta a vivir de acuerdo al mensaje anunciado y a estar preparados para la venida de nuestro Señor Jesucristo que «es fiel a sus promesas» como también leíamos en la Segunda Lectura de la Carta de San Pedro (ver 2Pe 3, 8-9) del Domingo anterior.

 

«¡Alégrense! el Señor está más cerca…»

 

El tono general de este tercer Domingo de Adviento está dado por la antífona de entrada: «Estad alegres en el Señor; os lo repito: estad alegres. ¡El Señor está cerca!» (Fil 4,4.5). Esa doble invitación a la alegría se expresa en latín con una sola palabra: «Gaudete». Y esta exhortación es la que ha dado tradicionalmente el nombre a este Domingo, ubicado en el centro del Adviento. Por este motivo hay una mitigación en la nos­talgia por la ausen­cia del Señor, que se expresa por el color de los ornamentos del sacerdote: no ya morado, que es el propio del Adviento, sino rosado.

 

Una análoga invitación a la alegría había sido usada también, tiempo antes, por el ángel Gabriel, cuando, enviado por Dios, entró en la presencia de María, la Virgen de Nazaret: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Con este saludo llegaba para ella y para todo el pueblo de Israel la definitiva invitación al júbilo mesiánico (ver Zac 9, 9-10) ya que por ella Dios mismo se disponía finalmente a dar cumplimiento a todas las promesas de salvación hechas a Israel.

 

Podemos decir que el tema que la Iglesia nos propone para meditar hoy es el de la alegría, pero no el de una alegría cualquiera, sino el de la alegría que se vive por la cercanía del Señor, que, en otras palabras, es la alegría que Santa María experimentó de modo eminente. Por ello, ¿qué mejor que acercarnos a la meditación a través del Corazón amoroso de la Madre Virgen? Su experiencia única y singular es la que hace madurar a los discípulos del Señor en la profunda alegría, en la silenciosa espera; que se vive cuando se experimenta la cercanía del Señor.

 

«Su nombre era Juan»

 

Las primeras palabras de hoy están tomadas del prólogo del cuarto Evange­lio: «Hubo un hombre enviado por Dios; su nombre era Juan». Este nombre es importante en el Evangelio. Aquí vemos que está destacado. El cuarto Evangelio es llamado el «Evan­gelio según San Juan» pero, curiosamente, en este Evangelio se reserva el nombre de Juan a un solo personaje: al «Bautista». El apóstol del Señor, que conocemos por los otros Evangelios con el nombre de Juan, se llama siempre a sí mismo «el discípulo amado». El Evangelio concluye con su dis­creta firma: «Éste es el discípulo que da testimo­nio de estas cosas y que las ha escrito» (Jn 21,24).

 

Ya en otro episodio evangélico ha merecido especial aten­ción el nombre de Juan el Bautista. Al igual que Jesús, este nombre le fue dado por el ángel Gabriel, cuando anunció su nacimiento a su padre Zacarías, mientras éste estaba ofi­ciando en el santua­rio en la presencia de Dios (ver Lc 1,13). Juan era hijo único de madre estéril y avanzada en años. Como es natural, cuando nació todos que­rían llamarlo igual que su padre: Zacarías. Su madre, para sorpresa de todos, intervino: «No; se llamará Juan» (Lc 1,60). Y cuando interroga­ron al padre, éste escribió en una tabli­lla: «Su nombre es Juan». El nombre dado en el nacimiento expresa ordinariamente, según la mentalidad judía, la actividad o la misión del que lo lleva. ¿Qué signi­fica entonces Juan? En hebreo suena «Yohanan». Es un nombre teóforo (contiene la palabra Dios) que significa: «El Señor ha hecho miseri­cor­dia».

 

«¿Quién eres…?»

 

Juan es la alborada que precede a la luz verdadera. Es el primer anuncio. Con su nacimiento comienza a cumplirse la promesa de salva­ción. Había en él muchos rasgos que anuncian a Cristo mismo y por eso es necesario aclarar: «No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz». Y cuando vienen los sacer­dotes y levitas a preguntarle: «Quién eres tú», el decla­ra lo que no es: «No soy el Cristo, no soy Elías, no soy el profe­ta». Juan nos deja un ejemplo admirable de modestia, de humildad y de fidelidad a su misión. El define a Cristo así: «En medio de vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mí, a quién yo no soy digno de desatarle la correa de su sandalia».

 

Pero por más que quisiera decrecer para que Cristo creciera, fue Jesús mismo quien lo exaltó. El no era la luz verdadera, pero parti­cipaba de ella. Él no era la Verdad pero daba testimonio de ella. Así lo declara Jesús: «Voso­tros mandasteis enviados donde Juan y él dio testimonio de la ver­dad... él era la lámpara que arde y alumbra y voso­tros quisis­teis recrearos una hora con su luz» (Jn 5,33. 35). Hay motivos para aseme­jarlo a Jesús, que dijo sobre sí mismo ante Poncio Pilato: «Para esto he venido al mundo: para dar testi­monio de la ver­dad» (Jn 18,37).

 

Las preguntas de los enviados nos revelan la situación de expectati­va que se vivía entonces en Israel. Es que se estaba cum­pliendo el tiempo, en realidad, ya había llegado el tiempo de gracia y de salvación: «En medio de vosotros está uno que no cono­céis». Se esperaba el Cristo, el Ungido, hijo de David que vendría a reinar y liberar al pueblo. Se esperaba a Elías que, habiendo sido arrebatado al cielo en un carro de fuego, debía volver a la tierra. Se esperaba un «profeta», según la antigua promesa de Dios transmitida por Moisés: «Yo les suscitaré, de en medio de sus hermanos, un profeta semejante a tí, pondré mis pala­bras en su boca, y él les dirá todo lo que yo le mande» (Dt 18,18).

 

Respecto de estos tres perso­najes Juan declaró: «No soy yo». Pero fue exaltado también en esto. No soy Elías. Pero en su anunciación el ángel Gabriel había dicho a su padre Zaca­rías: «Irá delante del Señor con el espíritu y el poder de Elías» (Lc 1,17). Y Jesús va más allá aun: «El es Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14). No soy el profeta. Pero, cuando Je­sús habla a la gente, que había ido al desierto para ver a Juan el Bautista, les pregunta: «¿Qué salisteis a ver al desierto: un profeta?». Y él mismo se responde: «Sí, os digo, y más que un profeta... entre los nacidos de mujer no ha surgido uno mayor que Juan el Bautis­ta» (Mt 11,9).

 

«Yo no soy el Cristo»

 

«Yo no soy el Cristo». Esta es la única afirmación que Juan se adelanta a hacer sin que le pregunten. Y en esta fue tajante. Él mismo después insiste ante sus discípulos: «Voso­tros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de Él. El que tiene a la esposa es el esposo; pero el amigo del esposo, el que asiste y le oye, se alegra mucho con la voz del esposo. Esta es pues mi alegría, que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que Él crezca y que yo disminuya" (Jn 3,28-30). Aquí está completo el testi­monio de Juan. Para este testimonio vino. Y si Jesús lo exaltó llamándolo Elías y profeta, no pudo llamarlo Cristo. A este nombre responde sólo Jesús y lo hace solemne­mente, cuando en el curso de su juicio ante el Sanedrín, el Sumo Sacerdote le pregunta: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?». Entonces Jesús responde: «Sí, yo soy» (Mc 14,61-62).

 

«Estad siempre alegres. Orad sin cesar»

 

El apóstol Pablo sabe muy bien que los tesalonicenses, con sus solas fuerzas, no podrán poner en  práctica cuanto ha venido aconsejando, pues la santificación si bien requiere nuestra colaboración, es obra principalmente de Dios. Por eso pide para ellos que Dios «los santifique plenamente». De modo que todo su ser (cuerpo, alma y espíritu) se mantengan irreprochables y así aparezcan luego, cuando llegue el momento solemne de la parusía o segunda venida de Jesucristo.

 

No deben jamás desconfiar de Dios, pues es Él quien los ha llamado a la fe y, consiguientemente, dará todo lo necesario para llevar a cabo su obra. «(Estoy) firmemente convencido de que, quien inició en vosotros la buena obra, la irá consumando hasta el Día de Cristo Jesús» (Flp 1,6. Ver también Rom 4, 20-21; 1Cor 1,9).

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Desde hace veinte siglos esta fuente de alegría no ha cesado de manar en la Iglesia y especialmente en el corazón de los santos. Vamos a sugerir ahora algunos ecos de esta experiencia espiritual, que ilustra, según los carismas peculiares y las vocaciones diversas, el misterio de la alegría cristiana.

 

El primer puesto corresponde a la Virgen María, llena de gracia, la Madre del Salvador. Acogiendo el anuncio de lo alto, sierva del Señor, esposa del Espíritu Santo, madre del Hijo eterno, ella deja desbordar su alegría ante su prima Isabel que alaba su fe: «Mi alma engrandece al Señor y exulta de júbilo mi espíritu en Dios, mi Salvador... Por eso, todas las generaciones me llamarán bienaventurada» (Lc 1,46-48). Ella mejor que ninguna otra criatura, ha comprendido que Dios hace maravillas: su Nombre es santo, muestra su misericordia, ensalza a los humildes, es fiel a sus promesas.

 

Sin que el discurrir aparente de su vida salga del curso ordinario, medita hasta los más pequeños signos de Dios, guardándolos dentro de su corazón, y no es que haya sido eximida de los sufrimientos: ella está presente al pie de la cruz, asociada de manera eminente al sacrificio del Siervo inocente, como madre de dolores. Pero ella está a la vez abierta sin reservas a la alegría de la Resurrección; también ha sido elevada en cuerpo y alma a la gloria del cielo.

 

Primera redimida, inmaculada desde el momento de su concepción, morada incomparable del Espíritu, habitáculo purísimo del Redentor de los hombres, ella es al mismo tiempo la Hija amadísima de Dios y, en Cristo, la Madre universal. Ella es el tipo perfecto de la Iglesia terrestre y glorificada. Qué maravillosas resonancias adquieren en su singular existencia de virgen de Israel las palabras proféticas relativas a la nueva Jerusalén: «Altamente me gozaré en el Señor y mi alma saltará de júbilo en mi Dios, porque me vistió de vestiduras de salvación y me envolvió en un manto de Justicia, como esposo que se ciñe la frente con diadema, y como esposa que se adorna con sus joyas» (Is 61,10).

 

Junto con Cristo, ella recapitula todas las alegrías, vive la perfecta alegría prometida a la Iglesia: «Mater plena sanctae laetitiae», y, con toda razón, sus hijos de la tierra, volviendo los ojos hacia la madre de la esperanza y madre de la gracia, la invocan como causa de su alegría: «Cause nostrae laetitiae».

 

Pablo VI, Gaudete in Domino, exhortación apostólica sobre la alegría cristiana.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. Pidamos a Juan Bautista su intercesión para que crezca en nosotros un verdadero amor por la verdad y la justicia.

 

2. ¿De qué manera concreta puedo vivir la auténtica alegría cristiana en mi familia?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 522- 524. 721-722.


 

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lunes, 28 de noviembre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 2 del Tiempo de Adviento. Ciclo B. «Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»

Domingo de la Semana 2 del Tiempo de Adviento.  Ciclo B

«Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas»

 

Lectura del profeta Isaías 40, 1-5. 9-11

 

«Consolad, consolad a mi pueblo - dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado.»

 

Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está vuestro Dios.» Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas».

 

Lectura de la segunda carta de San Pedro 3,8-14

 

«Mas una cosa no podéis ignorar, queridos: que ante el Señor un día es como mil años y, = mil años, como un día. = No se retrasa el Señor en el cumplimiento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con  vosotros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión. El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá.

 

Puesto que todas estas cosas han de disolverse así, ¿cómo conviene que seáis en vuestra santa conducta y en la piedad, esperando y acelerando la venida del Día de Dios, en el que los cielos, en llamas, se disolverán, y los elementos, abrasados, se fundirán? Pero esperamos, según nos lo tiene prometido, nuevos cielos y nueva tierra, en la que habite la justicia. Por lo tanto, queridos, en espera de estos acontecimientos, esforzaos por ser hallados en paz ante él, sin mancilla  y sin tacha».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Marcos 1,1-8

 

«Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Conforme está escrito en Isaías el profeta: = Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino. = Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas, = apareció Juan bautizando en el desierto, proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados.

 

Acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados. Juan llevaba un vestido de piel de camello; y se alimentaba de langostas y miel silvestre. Y proclamaba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa  de sus sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

El Evangelio, en este segundo Domingo de Adviento, nos presenta la figura de «Juan el Bautista» y su fuerte predicación sobre la conversión. Juan prepara los caminos y anuncia la venida de Aquél que es más fuerte que él. La vuelta del exilio babilónico porta un mensaje consolador y lleno de esperanza para el pueblo elegido: «Preparad en el desierto un camino al Señor…Ahí viene el Señor Yahveh con poder y su brazo lo sojuzga todo» (Primera Lectura). El Apóstol San Pedro sale al encuentro de aquellos que están tentados a dormirse y olvidar el Día del Señor que «llegará como un ladrón» en el momento menos esperado. ¿Cómo debemos esperarlo? Esforzándonos para estar «en paz ante Él, sin mancha y sin tacha».   

 

J «Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios…»

 

Ésta es la frase con la cual se inicia el Evangelio de San Marcos. A ella se debe el hecho de que nosotros llamemos «Evangelio» a los cuatro escritos que contienen el misterio cristiano. Es intere­sante detenerse a analizar el término «evangelio», que tiene tanta importancia en el cris­tianismo. En su acepción original el término «evan­gelio» no desig­naba un libro. Este concepto encierra una inmensa riqueza de significado y su explicación es muy apro­piada al tiempo de Ad­viento en que nos encontramos. ¿Qué significa entonces el término «evangelio» y por qué al anun­cio de Jesucristo se llama «evangelizar»? «Evangelio» es una palabra griega compuesta de la parti­cula «eu», que significa «bueno» y del sustantivo «angelion», que significa «anuncio, noticia, mensaje». Por eso suele traducirse por «buena noti­cia».

 

Pero es más que esto. En el campo profano un «evangelio» es el anuncio o la noticia de algo que está destinado a cambiar la vida de quién lo recibe.  Por ejemplo, la noticia de que se ha decla­ra­do la paz, anun­ciada a los soldados que están en las trinche­ras arriesgando sus vidas lejos de sus hogares, susci­ta en ellos una explo­sión de alegría. Esa noticia hace cam­biar su estado de ánimo, hace nacer planes del regreso a casa y proyectos para el futuro, da a la vida una perspecti­va nueva. Ese anun­cio es un «evange­lio». Para estos casos se usaba la palabra «evangelio». Cuando se anuncia a un encar­celado esta noticia: «Se ha cumplido tu condena; eres li­bre», eso es un «evangelio». Así vemos que se usa en el Antiguo Testamento: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que evangeliza la paz, que trae buenas nuevas, que anuncia salva­ción, que dice a Sión: Ya reina tu Dios!» (Is 52,7).

 

La imagen es la de una ciudad asediada y rodeada por ejércitos a la cual inesperada­mente llega el anuncio de que el enemigo se ha retirado. Los que temían la muerte, ahora pueden gritar: «Estamos salva­dos". Han recibi­do un "evangelio». Por otro lado es interesante notar que en la época helenística el término recibe una connotación religiosa nueva en relación al culto imperial. La elevación de Vespasiano a la dignidad de Emperador constituye el objeto de un «evangelio». Varias inscripciones helenísticas en honor de algún rey o del emperador atestiguan que el significado religioso y salvífico del término estaba ya extendido en tiempos de Jesús.

 

Para que haya un «evangelio» tiene que preceder un tiempo de espera, de expectativa, de carencia de algo que se anhela o de alguien cuya venida se añora. Por eso decimos que el tiempo de Adviento es apropiado para entender el significado de este térmi­no. Estamos en la actitud de quien anhela la venida de Cristo y, con Él, la llegada de la salva­ción. El Evan­gelio es el anuncio de la salvación defi­nitiva de la esclavi­tud del pecado y de la muerte. San Juan Crisós­tomo lo dice hermosamente: «Los que ayer eran cautivos, ahora son hombres libres y ciudadanos de la Iglesia; los que antaño estaban en la vergüenza del pecado están ahora en la santidad» (Catequesis bautismal III, 5). Éste es el anuncio que se oyó en la noche buena cuando nació el Salva­dor: «Os evan­geli­zo una gran alegría: Os ha nacido hoy en la ciudad de David, un Salva­dor, que es el Cristo Señor» (Lc 2,11). Ese anuncio es un verdadero «Evangelio».        

 

 

J «No se retrasa el Señor en el cumplimiento de su promesa… llegará como ladrón» 

 

Los últimos Domingos del año litúrgico con­cluido hace dos semanas nos ponían ante la perspectiva de la venida final de Jesu­cristo. La fe en este hecho futuro es tan fundamental en nuestra vida cristiana que ha sido incorpo­rado como un artículo del Credo: «De nuevo vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos». Esta misma perspec­tiva se prolon­gaba en el primer Domingo del Ad­viento, donde resona­ba con insis­tencia la recomendación: «Velad», y se procuraba nutrir en nosotros la actitud de espera que debe carac­terizar la vida de todo cristiano.

 

Este Domingo no se abandona esta perspectiva comple­tamente, pues está presente en la Segunda Lectura, tomada de la II carta de San Pedro. Ya en la época en que fue escrita esa carta (a fines del siglo I) se consideraba que la espera de la venida final del Señor era demasiado prolongada y se procuraba explicar su retraso: «No se retrasa el Señor en el cumpli­miento de la promesa, como algunos lo suponen, sino que usa de paciencia con voso­tros, no queriendo que algunos perezcan, sino que todos lleguen a la conversión».

 

Pero, por medio de la Primera Lectura y, sobre todo, del Evangelio, este Domingo se desplaza nuestra atención hacia el tiempo en que la humanidad esperaba la primera venida de Cristo. En el tiempo anterior a la venida de Cristo, el profeta Isaías veía ya próximo el momento de la salvación. Después del tiempo del castigo por sus peca­dos y del destierro, comienza para el pueblo de Dios el tiempo del consuelo. El profeta ha reci­bido esta ins­trucción del Señor: «Consolad, conso­lad a mi pueblo».

 

El consuelo consistiría en la venida de Dios mismo en perso­na. Pero hay que prepararle un camino: «Una voz grita: 'En el desierto abrid camino al Señor; trazad en la estepa una calzada recta para nuestro Dios. Que todo valle sea eleva­do, y todo monte y cerro rebajado; que lo escabroso se vuelva llano y lo torcido se enderece[1]'». ¿De quién es esta voz que así grita? No es la voz del profeta; tampoco es la voz de Dios mismo. Es una voz misteriosa no identificada. Lo que sí se conoce es lo que anuncia: anuncia que el Señor vendrá y que es necesa­rio prepararle un camino.

 

J «Voz que clama en el desierto»

 

Podemos entender ahora el sentido de las primeras palabras del Evangelio de Marcos: «Conforme está escrito en Isaías, el profeta: 'Mira, envío mi mensajero delante de ti, el que ha de preparar tu camino; voz del que grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas', -conforme a eso- apareció Juan bautizando en el desierto...». Lo que el evangelista quiere decir es que Juan el Bautista es esa voz misteriosa que en Isaías no había sido identi­ficada. La aparición de esa voz indica que ya está próximo el momen­to de la venida del Señor trayendo el consuelo para su pueblo. San Ambrosio dirá que ésa es como la del trueno que conmueve los desiertos. La actividad de Juan consistió precisamente en prepa­rar al pueblo para la venida de Jesús. Y lo hizo «procla­mando un bautismo de conversión para perdón de los peca­dos».

 

La preparación para recibir a Jesús es siempre la conversión que, por medio del Bautismo y de la Penitencia, nos obtiene el perdón de los pecados. Ésta es también la preparación para la venida presente de Jesús, cuando Él viene a nosotros como alimento de vida eterna en la Euca­ristía. Es también la preparación para su venida final cuando venga en la gloria, como lo recordaba San Pedro en su carta: «Esforzaos por ser halla­dos ante Él en paz, sin mancha y sin tacha».

 

Juan desarrolló un gran movimiento en torno a él, ya que acudían a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén. Había peligro de que él mismo fuera identificado como el Salvador esperado. El Evange­lista San Lucas lo dice explícitamente: «Como el pueblo estaba a la espera, andaban todos pensando en sus corazo­nes acerca de Juan, si no sería él el Cristo» (Lc 3,15). Esto debió parecerle a Juan un absurdo. El sabía quién era él y quién era aquél que anunciaba. Si en Isaías «la voz» grita que se prepare el camino «al Señor», hay un mundo de diferencia entre «la voz» y «el Señor». San Marcos nos dice que Juan es esa voz; pero el anunciado por esa voz es el Señor; Él viene después de Juan.

 

Esto Juan lo sabe bien y por eso rechaza enérgicamente la idea que él pudiera ser el espe­rado[2]: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo; y no soy digno de desatarle, inclinándome, la correa de sus sanda­lias. Yo os bautizo con agua, pero Él os bautiza­rá con Espíritu Santo». La primera imagen que Juan nos da para indicar la grandeza de Jesús es insuficiente: «No soy digno de desa­tarle la correa de las sandalias».

 

Esta diferencia de rango se da también entre los hombres ¡por desgracia! Pero la segunda afirmación expresa verdaderamente la grandeza del que viene: «Yo os bautizo con agua; Él os bautizará con Espíritu Santo». El Espíritu Santo es el don de Dios por excelencia. El único que puede comunicar el Espíritu Santo es Dios mismo.

 

En efecto, en el Antiguo Testamento cada vez que Dios encomienda al hombre una misión que es imposible a las solas fuerzas humanas, lo provee de su Espíritu, y entonces el hombre se hace capaz. Este don lo comunicará el que es anunciado por Juan.

 

 

 

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«¡Queridos hermanos y hermanas! Con este Domingo comienza el Adviento, tiempo sumamente sugerente desde el punto de vista religioso, pues está lleno de esperanza y de espera espiritual: cada vez que la comunidad cristiana se prepara para hacer memoria del nacimiento del Redentor, experimenta en sí un escalofrío de alegría, que se comunica, en cierta medida, a toda la sociedad.

 

En Adviento, el pueblo cristiano revive un doble movimiento del espíritu: por una parte, levanta la mirada hacia la meta final de su peregrinación en la historia, que es el regreso glorioso del Señor Jesús; por otra, recordando con emoción su nacimiento en Belén, se agacha ante el Nacimiento. La esperanza de los cristianos se dirige al futuro, pero siempre queda bien arraigada en un acontecimiento del pasado. En la plenitud de los tiempos, el Hijo de Dios nació de la Virgen María, «nacido de mujer, nacido bajo la ley», como escribe el apóstol Pablo (Gálatas 4, 4)…


Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos tienen que despertar en su corazón la esperanza de poder, con la ayuda de Dios, renovar el mundo. En este sentido, quisiera recordar también hoy la constitución del Concilio Vaticano II, « Gaudium et spes» sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero en particular al número 39, titulado: «Tierra nueva y cielo nuevo». En ella se puede leer: «Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia (Cf. 2 Corintios 5,2; 2 Pedro 3,13)…

 

No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien aliviar, la preocupación de perfeccionar esta tierra». Los buenos frutos de nuestro esfuerzo los volveremos a encontrar, de hecho, cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. Que María santísima, Virgen del Adviento, nos permita vivir este tiempo de gracia vigilando y comprometidos en la espera del Señor».

 

Benedicto XVI., Ángelus del 27 de noviembre del 2005.

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1.  «Preparad el camino del Señor, enderezad las sendas» de la existencia humana; nos exhorta Juan el Bautista ¿De qué manera concreta voy a vivir este mensaje? 

 

2. Acojamos las palabras de Benedicto XVI y acudamos a María, la Virgen del Adviento, para esperar con ella el nacimiento del Niño-Dios. 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 717-720.

 



[1] Ver Mal 3,1-2; Is 52, 7-9.

[2] Esta información es tan precisa y necesaria que sale en los cuatro Evangelios al mencionar la figura de Juan el Bautista.

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