lunes, 7 de noviembre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 33 del Tiempo Ordinario. Ciclo A y Basílica de San Juan Letrán

 

Domingo de la Semana 33 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«¡ Bien, siervo bueno y fiel! »

 

Lectura de libro de los Proverbios 31,10-13.19-20.30-31

 

Una mujer completa, ¿quién la encontrará? Es mucho más valiosa que las perlas. En ella confía el corazón de su marido, y no será sin provecho. Le produce el bien, no el mal, todos los días de su vida. Se busca lana y lino y lo trabaja con manos diligentes. Echa mano a la rueca,  sus palmas toman el huso. Alarga su palma al desvalido, y tiende sus manos al pobre. Engañosa es la gracia, vana la hermosura, la mujer que teme a Yahveh, ésa será alabada. Dadle del fruto de sus manos y que en las puertas la alaben sus obras.

 

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 5,1-6

 

«En lo que se refiere al tiempo y al momento, hermanos, no tenéis necesidad que os escriba. Vosotros mismos sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche. Cuando digan: «Paz y seguridad», entonces mismo, de repente, vendrá sobre ellos la ruina, como los dolores de parto a la que está encinta; y no escaparán. Pero vosotros, hermanos, no vivís en la oscuridad, para que ese Día os sorprenda como ladrón, pues todos vosotros sois hijos de la luz e hijos del día. Nosotros no somos de la noche ni de las tinieblas. Así pues, no durmamos como los demás, sino velemos y seamos sobrios».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,14-30

 

«Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda: a uno dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno, a cada cual según su capacidad; y se ausentó. Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos. En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos. Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo: "Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado." Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra en el gozo de tu señor." Llegándose también el de los dos talentos dijo: "Señor, dos talentos me entregaste; aquí tienes otros dos que he  ganado." Su señor le dijo: "¡Bien, siervo bueno y fiel!; en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré; entra  en el gozo de tu señor."

 

Llegándose también el que había recibido un talento dijo: "Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste. Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento. Mira, aquí tienes lo que es tuyo." Mas su señor le respondió: "Siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no sembré y recojo donde no esparcí; debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses. Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos. Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«El Día del Señor ha de venir como un ladrón en la noche», nos dice San Pablo, por eso, debemos de vigilar y vivir sabiamente para no ser sorprendidos (Segunda Lectura). En el Evangelio de este Domingo Jesús continua su catequesis sobre «las últimas realidades» y en «la parábola de los talentos» nos muestra como ya la vida misma es un don de Dios. Al crearnos, Dios ha querido compartir con nosotros algo de sí mismo y es por eso que desea que nosotros seamos generosos con lo que poseemos.

 

Ante los dones recibidos, lo propio es producir frutos abundantes; utilizando todas las capacidades de la inteligencia y de la voluntad que tenemos para producir aquellos frutos que Dios espera de nosotros. Y ciertamente a todos nos ha dado la posibilidad de acceder al más grande don que todos merecemos: la vida eterna. El libro de los Proverbios nos muestra el ejemplo de una mujer que hace rendir su vida y sus cualidades. Es una mujer hacendosa, activa, laboriosa en la caridad, diligente en el obrar. No es remisa, vanidosa o egoísta. Su especial sensibilidad no la vuelve hacia sí misma, sino que trabaja con sus manos y extiende sus brazos a los necesitados (Primera Lectura).

 

«Una mujer fuerte ¿quién podrá hallarla?»

 

El libro de los Proverbios es una colección de sentencias y proverbios sapienciales que orientan a los jóvenes sobre la manera de llevar una vida justa y piadosa. La mayor parte son buenos consejos escritos de manera popular, como era corriente también en los pueblos vecinos a Israel. Comienza el libro diciendo lo que está bien y lo que está mal. Justamente la base de la sabiduría será el «temor de Dios», es decir la reverencia que tenemos que tener a Dios sobre todas las cosas ya que Él mismo es la fuente última de toda la sabiduría. Luego iluminará, está sabiduría, todas las esferas de la vida cotidiana: matrimonio, hogar, trabajo, justicia, decisiones, actitudes, etc.; ayudándonos a conocer cómo debemos conducirnos en las diversas situaciones desde la atenta mirada de Dios. Los proverbios subrayan la necesidad de cualidades como la humildad, la paciencia, la preocupación  por los pobres, la diligencia, el trabajo, la fidelidad a los amigos y el respeto en el seno familiar.

 

En la parte final del libro tenemos un bello poema en acróstico[1] a la mujer ideal o «mujer fuerte»[2] que evoca el ideal de eficacia y de virtud de la perfecta ama de casa. Este pasaje es llamado de «el alfabeto áureo (dorado)» de la mujer y es leído con frecuencia en la Santa Misa cuando recordamos en el calendario litúrgico la memoria de alguna santa. Al parecer el «ser mujer» y «ser fuerte» es un contrasentido, pues la mujer es débil y siente la necesidad de ser protegida. Sin embargo, el texto alaba la fortaleza de la mujer ya que sabe que su alma es grande y generosa. «Hace siempre el bien» (31,12), con estas sencillas palabras describe el sabio toda una vida de abnegación, de renuncia y de amor; pues entregarse siempre es renunciar a sus propios gustos y dar con alegría indica que esa renuncia es fruto del amor. Pero estas palabras también nos hablan del silencio de la mujer. Ella calla y se entrega generosamente a los demás «levantándose cuando aún es de noche» (31, 15) y permanece en vigilia ya que «no se apaga por la noche su lámpara» (31,18). Ella, que teme al Señor, «es digna de alabanza» (31,30).      

 

«Vosotros sois hijos de la luz e hijos del día»

 

Los días que permaneció en la ciudad de Tesalónica, San Pablo predicó sin mucho éxito, pero con aquellos que se convirtieron fundó una comunidad cristiana. Se cree que ésta es la más antigua de las epístolas de San Pablo y debe remontarse al año 51. Después del saludo inicial, el Apóstol agradece a los cristianos de la ciudad por el buen ejemplo que dan a las otras comunidades. Habla de su deseo de verlos nuevamente y de la ternura maternal que siente por ellos, agradeciendo las buenas noticias que le han sido dadas por Timoteo.

 

En la segunda parte, donde se encuentra nuestra lectura dominical, afirma que el día del Señor llegará de modo imprevisto, cuando todos se sientan seguros. Así como el padre de familia vigila para que el ladrón no robe en la noche (ver Lc 12, 39), así el cristiano no debe abandonarse al sueño negligente en esta vida. A este hombre atento y vigilante se le pueden aplicar las palabras: «yo dormía, pero mi corazón vigilaba» (Ct 5,2). En realidad la gran tentación es considerar el tiempo presente como el único, definitivo y; en consecuencia, buscar en él el máximo disfrute y placer, pues el futuro es incierto.

 

«Velad y orad…»                                   

 

El Evangelio de hoy nos propone la conocida «parábola de los talentos». Ella está a continuación de la parábola de las vírgenes necias que era la lectura del Domingo anterior[3], y aclara otro aspecto de la venida de Jesús. Él no nos quiere dejar en la ignoran­cia sobre lo que ocurrirá ese día, para que seamos «sabios y sensatos» en el tiempo presente. No podremos después que­jarnos: «¿Pero qué pasó; por qué nadie me avisó?» Él nos advirtió claramente con tiempo. Después de concluir la parábola de las vírgenes ne­cias nos dice: «Velad y orad porque no sabéis ni el día ni la hora». Jesús agrega una enseñanza sobre lo que debemos de hacer mientras esperarnos su regreso o mientras estemos peregrinando en esta existencia.

 

Y es así que comienza la parábola: «Porque así es, como un hombre, que al partirse lejos, llamó a sus siervos, y les entregó sus bienes». Sabemos que partió lejos pero que pensaba volver y es por eso que deja sus bienes a sus siervos de mayor confianza. Luego de mucho tiempo, vuelve ¿Cuánto tiempo después? Eso es exactamente lo que no sabemos y eso es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Pero era necesario aprove­char el tiempo haciendo fructificar los bienes que el Señor les confió de acuerdo a sus capacidades y posibilidades que Él conocía perfectamente.

 

Los talentos de cada uno 

 

El «talento» era una medida monetaria[4]. Se trataba de una cantidad considerable de dinero. Aquí expresa los bienes que el Señor dejó a sus siervos. A causa de esta parábola y de su interpreta­ción, la palabra «talento» pasó a signifi­car en nuestra lengua los dones naturales que hemos recibido gratuitamente. Se habla del talento musical, talento matemático, talento literario, etc. Los talentos que cada uno posee son un don gratuito como enseña San Pablo: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido ¿de qué te glorías, como si fuera mérito tuyo?» (1Cor 4,7). Cada uno posee los talentos que ha recibido como pro­pios, pero es inherente a la noción de «talento» la obliga­ción de dar frutos y de ser puesto al servicio de los demás.

 

No impor­ta que cada persona no haya recibido todos los talen­tos, porque el que ha recibido aunque sea «un talento», lo ha reci­bido para sí mismo y también para los demás. Wolfgang Amadeus Mozart, que recibió un talento musical descomunal, deleitó a sus contemporáneos y sigue deleitando a los hombres de todos los tiempos. ¿Qué hubiese pasado si ese talento nunca lo hubiese colocado al servicio de los demás? Nada…exactamente eso hubiese ocurrido...nada y no tendríamos las maravillas musicales que ha ofrecido a toda la humanidad.

 

Pero el conjunto de todos los talentos que Dios ha distribuido entre todos los hombres, puestos todos a servicio de los demás; es lo que realmente constituye la riqueza de una sociedad humana. Es decir son tantos los talentos cuantas personas existen y es responsabilidad descubrir y hacer fructificar su propio talento. Para eso los ha dado Dios y del uso que habremos hecho de ellos nos pedirá cuentas cuando vuelva. 

 

El que tiene un talento...

 

Es importan­te observar la conducta de los siervos después de la partida de su Señor: «El que había recibido cinco talen­tos, inmediata­mente se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco. Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos». No hay diferencia en la conducta de estos dos siervos, no obstante ser muy diferente la canti­dad de dinero que manejan. Ambos obtienen el mismo rendi­miento al dinero de su Señor. Y la aprobación cuando vuelve, indiferente de la cantidad, es idéntica para ambos: «¡Bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo mucho» También la recom­pensa es idéntica: «Entra en el gozo de tu señor».

 

El último sin embargo, que tuvo miedo y no hizo fructificar su talento, recibirá esta senten­cia: «Siervo malo y perezoso». Y seguirá la orden del Señor: «Echad a este siervo inútil a las tinie­blas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dien­tes». Es una parábola. Pero no debemos perder de vista que la usa Jesús para expresar una gran verdad: nuestro destino eterno se juega aquí, se está jugando ahora. Es ahora cuando nos estamos ganando la biena­venturanza eterna o perdiéndola, también para siempre. Esta última alternativa, triste pero posible, es lo que Jesús describe como: «tinieblas, llanto y rechinar de dientes». Y ahora no digamos que no sabíamos nada…

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«La lectura de hoy, tomada de San Mateo, recoge en la parábola de los talentos esta doctrina fundamental. Tres personas reciben de su amo los talentos. El primero, cinco; el segundo, dos; el tercero, uno. El talento significaba entonces una moneda, se podría decir un capital; hoy lo llamaríamos sobre todo la capacidad, las dotes para el trabajo. El primero y el segundo de los siervos, han duplicado lo que han recibido. El tercero, en cambio, esconde su talento bajo la tierra y no multiplica su valor.      

 

En los tres casos se nos habla indirectamente del trabajo. Partiendo de estas dotes que el hombre recibe del Creador a través de sus padres, cada uno podrá realizar en la vida, con mayor o menor fortuna, la misión que Dios le ha confiado. Siempre mediante su trabajo. Esta es la vía normal para redoblar el valor de los propios talentos.

 

En cambio, renunciando al trabajo, sin trabajar, se derrocha no sólo "el único talento" de que habla la parábola, sino también cualquier cantidad de talentos recibidos. Jesús, a través de esta parábola de los talentos, nos enseña, al menos indirectamente, que el trabajo pertenece a la economía de la salvación. De él dependerá el juicio divino sobre el conjunto de la vida humana, y el Reino de Dios como premio. En cambio, "el derroche de los talentos" provoca el rechazo de Dios».

 

Juan Pablo II. Discurso en su visita al Perú, Trujillo 4 de febrero de 1985.

 

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Muchas veces creemos que no tenemos «muchos» talentos. ¿No es ésta una falta de humildad y de desconfianza en el amor de Dios por cada uno de nosotros? ¿Cuáles son los talentos o dones que tengo para compartir? Haz una lista de tus talentos y recuerda que todo talento es fecundo en la medida que se pone al servicio de los demás.

 

2. Leamos y meditemos el Salmo Responsorial 127: «Si el Señor no construye la casa, en vano se afanan los constructores…».

 

3. leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 668-672.


 



[1] Acróstico, ca. (Del gr. κροστχιον, fin de un verso). Dicho de una composición poética: Constituida por versos cuyas letras iniciales, medias o finales forman un vocablo o una frase.

[2] La expresión hebrea es traducida literalmente en griego y en la Vulgata por «mujer fuerte».

[3] Lectura del Domingo XXXII del Tiempo Ordinario, Ciclo A, sin embargo, el 2008 se ha celebrado la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán.

[4] La palabra «talento» traduce el término griego «tálanton», que era una medida de peso; como el kilo nuestro sólo que mucho mayor: el talento equivalía mas o menos a 30 Kg. (variaba según la época y la región). Mas tarde cuando comenzó la moneda, el talento designó la moneda de mayor valor. En el Evangelio se utiliza para designar una cantidad elevada de dinero.

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lunes, 31 de octubre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 32 del Tiempo Ordinario. Todos los Santos y Todos los Difuntos

Domingo de la Semana 32 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora»

 

Lectura del libro de la Sabiduría 6, 12-16

 

«Radiante e inmarcesible[1] es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan. Se anticipa a darse a conocer a los que la anhelan. Quien madrugue para buscarla, no se fatigará, que a su puerta la encontrará sentada. Pensar en ella es la perfección de la prudencia, y quien por ella se desvele, pronto se verá sin cuidados. Pues ella misma va por todas partes buscando a los que son dignos de ella: se les muestra benévola en los caminos y les sale al encuentro en todos sus pensamientos».

 

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 4,13 –17

 

«Hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los  demás, que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y que resucitó, de la misma manera Dios llevará consigo a quienes murieron en  Jesús. Os decimos eso como Palabra del Señor: nosotros, los que vivamos, los que quedemos hasta la Venida del Señor no nos adelantaremos a los que murieron. El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro  del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 25,1-13

 

«Entonces el Reino de los Cielos será semejante a diez vírgenes, que, con su lámpara en la mano, salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran necias, y cinco prudentes. Las necias, en efecto, al tomar sus lámparas, no se proveyeron de aceite; las prudentes, en cambio, junto con sus lámparas tomaron aceite en las alcuzas. Como el novio tardara, se adormilaron todas y se durmieron. Mas a media noche se oyó un grito: "¡Ya está aquí el novio! ¡Salid a su encuentro!"

 

Entonces todas aquellas vírgenes se levantaron y arreglaron sus lámparas. Y las necias dijeron a las prudentes: "Dadnos de vuestro aceite, que nuestras lámparas se apagan." Pero las prudentes replicaron: "No, no sea que no alcance para nosotras y para vosotras; es mejor que vayáis donde  los vendedores y os lo compréis." Mientras iban a comprarlo, llegó el novio, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de boda, y se cerró la puerta. Más tarde llegaron las otras vírgenes diciendo: "¡Señor, señor, ábrenos!" Pero él respondió: "En verdad os digo que no os conozco." Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Cinco mujeres sensatas y cinco imprudentes son las protagonistas de esta parábola en la cual Jesús  nos enseña lo qué realmente es importante para el encuentro definitivo con el Señor. La Primera Lectura hace un bello elogio de la sabiduría y subraya que «fácilmente  se deja ver a los que la aman». No está, por tanto, lejos de nosotros, basta poner de nuestra parte un pequeño esfuerzo y ella estará allí sentada en nuestra puerta esperándonos. La verdadera sabiduría proviene de Dios; Él es quien da al hombre «un corazón capaz de discernir el bien y el mal» (1Re 3,9).

 

El Evangelio también nos habla de la sabiduría de las vírgenes bien preparadas para la llegada del esposo. Se compara el Reino de los Cielos a un banquete nupcial, y se subraya la necesidad de estar preparados porque no sabemos cuándo llegará el esposo esperado. ¿Las vírgenes por qué son sabias y prudentes? Ellas han tenido juicio para prepararse adecuadamente, llevando consigo una buena cantidad de aceite para poder mantener encendidas sus lámparas. Las otras vírgenes son necias[2] porque se lanzaron impulsivamente y no advirtieron que el esposo podía tardar; no se dieron cuenta que el tiempo podía hacer mella sobre sus ilusiones y esperanzas, y así, advirtieron con espanto que cuando ya se oye la voz del esposo, no tienen suficiente aceite en su alcuza. Esperaron toda la noche en vano porque la puerta del banquete nupcial se les cerró.

 

San Pablo en su carta a los Tesalonicenses nos habla de la importancia de mantener encendida la fe, e interpela a aquellos que viven abatidos y desanimados por falta de horizonte en sus vidas. Todos aquellos que creen en Cristo y pertenecen a Cristo, estarán siempre con el Señor. Por esta razón, el cristiano debe saberse peregrino esperando con «la lámpara encendida» el encuentro definitivo con el Señor de la Vida.

 

«Fácilmente se deja ver a los que la aman»

 

A mediados del siglo I a.C. probablemente  ya bajo el dominio romano, la numerosa colonia judía de Alejandría, ciudad egipcia de cultura griega, había llegado a ser muy importante. Fue fundada por el mismo Alejandro Magno al conceder a los israelitas los mismos derechos que los griegos. A los que voluntariamente se establecieron en la ciudad se añadieron los prisioneros judíos que Ptolomeo I (325 -305) trajo a Egipto después de conquistar Jerusalén. Lejos quedaban ahora los años de la confrontación entre los dos mundos: el helenismo y el judaísmo. Esta nueva situación planteaba el desafío de presentar la revelación a un público de distinta cultura, pero ávido por conocer la verdad. En este contexto se escribió, en griego, el libro de la Sabiduría abordando tres temas fundamentales: la inmortalidad, la verdadera sabiduría y la acción de Dios en la historia de Israel.

 

La sabiduría resplandece sin marchitarse y sin perder su virtud iluminadora, de modo que señala al hombre, en todo momento y en todas las circunstancias de su vida, el camino que tiene que seguir para asegurarse la incorrupción que conduce al reino inmortal (ver Sb 6, 18-20). El camino para hallarla es sencillamente el amor, el cual induce a la inteligencia a procurarse el conocimiento de sus dictámenes e impulsa a su voluntad a ponerlos en práctica. Quienes la buscan con diligencia, la hallan sin esfuerzo.

 

« El Reino de los Cielos es semejante...» 

 

Los capítulos 24 y 25 con­tienen el quinto discurso del Evangelio de San Mateo, que es llamado «Discurso Escatoló­gico». En él está reunido la enseñanza de Jesús acerca de su venida gloriosa, que será el acto final de la historia. En efecto, la palabra «escatología» significa: estudio del «éschaton» que quiere decir lo último. El fin busca responder a la pregunta que todo hombre se hace acerca del sentido último hacia dónde se dirige. El Señor Jesús salía del templo de Jerusalén y sus discípulos lo invitaron a contemplar la majestuosidad y la belleza del templo (Mt 24,1). El hermoso e imponente templo sin duda parecería indestructible. El Señor Jesús aprovecha el momento para hacer un sorpresivo y triste anuncio: «no quedará aquí piedra sobre piedra que no sea destruida » (Mt 24,2).  Este anuncio sin duda inquietó a los discípulos, de modo que más tarde, estando el Señor sentado (recordemos que en el oriente es la postura del maestro cuando enseña) en el monte de los Olivos, «se acercaron a Él en privado sus discípulos, y le dijeron: "Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo"» (Mt 24, 3). La pregunta da pie entonces a la enseñanza del Señor sobre los últimos tiempos.

 

El sólo hecho de saber que la parábola «de las diez vírgenes» hace parte del discurso escatológico nos concede la clave de interpretación: Jesús nos quiere enseñar cuál debe ser nuestra actitud ante la certeza del fin del mundo y de su venida gloriosa. A los apóstoles, que se habían quedado mirando al cielo cuando Cristo resuci­tado ascendió, los ángeles les asegu­raron: «Este mismo Jesús vendrá de nuevo, tal como lo habéis visto subir al cielo» (Hch 1,11). El mundo se divide entre los que esperan vigilantes la vuelta de Jesús y los que están despreocupados. Asimismo entre diez vírgenes que esperan al esposo, cinco son prudentes y cinco son necias; cinco lo aman con amor celoso y fiel y están dispuestas a esperarlo aunque tarde, y cinco son negligentes e infieles y su aten­ción se distrae hacia otras cosas.

 

Para exponer esta enseñanza e invitar a la vigilancia Jesús adopta una situación familiar para sus oyentes. El matrimonio judío se realizaba en dos etapas. La primera consistía en el contrato propiamente o esponsales entre el esposo y la esposa en que se fijaban las obligaciones de cada uno y se intercam­bia­ban el consentimiento. Esto podía ocurrir bastan­te tiempo antes que los esposos convi­vieran. La segun­da etapa era más festiva; consistía en que el esposo, venía, acompañado de sus amigos, a buscar a la esposa para llevársela consigo. La esposa esperaba rodeada de sus amigas, y la llegada del esposo era ocasión de fiesta; aquí se celebraba el banquete de bodas. En este caso diez vírgenes, con sus lámparas en la mano, salieron al encuentro del esposo. A menudo Cristo se comparó con «el esposo» porque Él reclama de cada uno de nosotros -y de la Iglesia entera- un amor semejante al de la esposa: exclusivo, total, fiel, indisoluble y fecundo. En la parábo­la es significativo que no vemos en ningún momento a la esposa sino que solamente aparece el esposo: sólo a él espera cada una de las vírgenes. Cada una se sintió interpelada por igual cuando a media noche se oyó el grito: «¡Llega el esposo! ¡Salid a su encuentro!» Pero aquí queda en evidencia la diferencia entre unas y otras.

 

¿Qué mantendrá encendida mi lámpara?

 

¿Cuál es «el aceite» que mantendrá mi lámpara encendida para la venida de Cristo? Y la respuesta no puede ser otra sino el amor. El amor ardiente y generoso que mantiene el corazón vuelto hacia Dios y hacia sus hermanos. El amor que es donación de sí mismo. El amor que consiste en descubrir en cada hermano la imagen misma de Cristo. Es el amor que triunfa sobre el pecado, el egoísmo y la soberbia. Estar atentos y preparados para la venida del Señor significa «permanecer en el amor» (Jn 15,9), porque al «atardecer de la vida te juzgarán sobre el amor». En efecto «quien no ama, permanece en la muerte» y la única forma de pasar de la muerte a la vida es por el amor a los hermanos (ver 1Jn 3,14).

 

«En verdad…no os conozco»

 

La parábola sigue su curso; cada detalle evoca lo que será la venida final de Jesús. Las vírgenes que estaban preparadas entraron con el esposo al banquete de bodas y se cerró la puerta. Las necias llegaron tarde diciendo: «¡Señor, Señor, ábrenos!» Pero recibieron esta respuesta: «En verdad os digo que no os conozco». Ésta es, en realidad, una terrible senten­cia. Para la mentalidad semita el conocimiento no es algo solamente intelectual o de mera experiencia sensi­ble; el conoci­mien­to es también algo afectivo.

 

Conocer, en el lenguaje de la Biblia, significa al mismo tiempo conocer y amar, tener afecto, interés y preocupación por algo. La negación de Pedro: «No conozco a ese hombre» (Mt 26,72.74), no es solamen­te una mentira, es más grave que eso. Esa frase de Pedro significa: «Sí, conozco a ese hombre, pero yo no tengo nada que ver con él, no soy de los suyos, ni me afecta lo que pase con él». Así también la sentencia de Cristo, para los que no estén preparados esperando su venida, será ésta: «En verdad os digo, no los conozco y no tengo nada que ver con voso­tros».

 

La enseñanza de toda la parábola está resumida por Cristo mismo: «Velad, porque no sabéis ni el día ni la hora». Han pasado ya veinte siglos desde que Jesús ascendió y nos dejó esperando su venida. Tal como en la parábola, «el esposo tarda». El aceite de muchos ya se ha agotado y se han quedado dormidos. Pero precisa­mente por eso rige la adver­ten­cia: «¡Velad siempre, porque no sabéis ni el día ni la hora!». Puede faltar mucho o poco: no sabemos. Pero en un momento dado oiremos el grito: «¡Ya está aquí el esposo!». Lo que sí sabemos con total seguridad es que el fin de nuestra vida no tardará. Y eso es innegable.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

-Alejandro: «¿Para qué sirve, en la vida de todos los días, ir a la santa misa y recibir la Comunión?»


-Benedicto XVI: «Sirve para hallar el centro de la vida. La vivimos en medio de muchas cosas. Y las personas que no van a la iglesia no saben que les falta precisamente Jesús. Pero sienten que les falta algo en su vida. Si Dios está ausente en mi vida, si Jesús está ausente en mi vida, me falta una orientación, me falta una amistad esencial, me falta también una alegría que es importante para la vida. Me falta también la fuerza para crecer como hombre, para superar mis vicios y madurar humanamente. Por consiguiente, no vemos enseguida el efecto de estar con Jesús cuando vamos a recibir la Comunión; se ve con el tiempo.

 

Del mismo modo que a lo largo de las semanas, de los años, se siente cada vez más la ausencia de Dios, la ausencia de Jesús. Es una laguna fundamental y destructora. Ahora podría hablar fácilmente de los países donde el ateísmo ha gobernado durante muchos años; se han destruido las almas, y también la tierra; y así podemos ver que es importante, más aún, fundamental, alimentarse de Jesús en la Comunión. Es Él quien nos da la luz, quien nos orienta en nuestra vida, quien nos da la orientación que necesitamos».

 

Benedicto XVI. Diálogo en el encuentro con 100,000 niños en la Plaza San Pedro, 15 de octubre 2005.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. La parábola refleja dos actitudes ante la vida, ante uno mismo y ante Dios. Nos dice el Concilio Vaticano II: «Ante la muerte el enigma de la condición humana alcanza su máximo» (Gaudium et spes, 10). Llevar la vida en serio es vivir de acuerdo a nuestro fin último: la felicidad eterna. ¿Con qué actitud me identifico?

 

2. El Papa nos ha pedido para este mes: "para los esposos, para que sigan el ejemplo de santidad conyugal vivida por tantas parejas que se santificaron en las condiciones ordinarias de la vida". Recemos en familia por esta hermosa intención del Santo Padre.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1805-1811.

 



[1] Inmarcesible. (Del lat. immarcescibĭlis). Que no se puede marchitar.

[2] necio, cia. (Del lat. nescĭus). adj. Ignorante y que no sabe lo que podía o debía saber. Imprudente o falto de razón.  Terco y porfiado en lo que hace o dice. Dicho de una cosa: Ejecutada con ignorancia, imprudencia o presunción.

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lunes, 24 de octubre de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 31 del Tiempo Ordinario. Ciclo A y Señor de los Milagros

Domingo de la Semana 31 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«El que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado»

 

Lectura del profeta Malaquías 1,14b.2,2b. 8-10

 

«¡Que yo soy un gran Rey, dice Yahveh Sebaot, y mi Nombre es terrible entre las naciones! Yo lanzaré sobre vosotros la maldición  y maldeciré vuestra bendición; y hasta la he maldecido ya, porque ninguno de vosotros toma nada a pecho. Pero vosotros os habéis extraviado del camino, habéis hecho tropezar a muchos en la Ley, habéis invalidado la alianza de Leví, dice Yahveh Sebaot. Por eso yo también os he hecho despreciables y viles ante todo el pueblo, de la misma manera que vosotros no guardáis  mis caminos y hacéis acepción de personas en la Ley. ¿No tenemos todos nosotros un mismo Padre? ¿No nos ha creado el mismo Dios? ¿Por qué nos traicionamos los unos  a los otros, profanando la alianza de nuestros padres?»

 

Lectura de la Primera carta del apóstol San Pablo a los Tesalonicenses 2,7b-9.13

 

«Nos mostramos amables con vosotros, Como  una madre cuida con cariño de sus hijos. De esta manera, amándoos a vosotros, queríamos daros no sólo el Evangelio de Dios, sino incluso nuestro propio  ser, porque habíais llegado a sernos muy queridos. Pues recordáis, hermanos, nuestros trabajos y fatigas. Trabajando día y noche, para no ser gravosos a ninguno de  vosotros, os proclamamos el Evangelio de Dios. De ahí que también  de nuestra parte no cesamos de dar gracias a Dios porque, al recibir la Palabra de Dios que  os predicamos, la acogisteis, no como palabra de hombre, sino cual es en verdad, como Palabra de Dios, que  permanece operante en vosotros, los creyentes».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 23,1-12


 «Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo: «En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas.

 

Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres; se hacen bien anchas las filacterias y bien largas las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame “Rabbí”. «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar “Rabbí”, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar “Directores”, porque uno solo es vuestro Director: el Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Pues todo el que se ensalce será humillado y el que se humille será ensalzado». En estas palabras podemos resumir la idea principal del trigésimo primer Domingo del tiempo ordinario. Jesús nos presenta en admirable síntesis el camino de servicio, de sacrificio y coherencia que es propio de todo cristiano. El pasaje del Evangelio de San Mateo nos ofrece una crítica dura de Jesús a los escribas y fariseos, porque hacen todo sin una recta intención y «para ser vistos por los hombres».

 

Vemos, sin embargo, que ya en el siglo V a.C. el profeta Malaquías amonestaba a los sacerdotes que no obedecían al Señor, ni daban gloria a su nombre. A estos sacerdotes se les amenaza con cambiar su bendición en maldición. Se han apartado del camino y han hecho tropezar a muchos (Primera Lectura). En una actitud opuesta tenemos en San Pablo un testimonio de preocupación y dedicación por llevar el Evangelio de Dios a todos. Se preocupa de los fieles de la comunidad de Tesalónica como una madre se preocupa de sus hijos; desea no sólo entregar la Palabra de Dios, sino su misma persona; trabaja, se fatiga, da ejemplo para no importunar a nadie. Finalmente se alegra porque acogen la Palabra, no como palabra humana, sino como lo que es en verdad: la Palabra de Dios. San Pablo es el apóstol que no busca la vanagloria de los hombres sino ser servidor de todos y es por eso que es enaltecido (Segunda Lectura).

 

«Haced y observad todo lo que os digan»

 

El capítulo 23 de Mateo se ubica a continuación de algunas preguntas puestas a Jesús de parte de los fariseos y los saduceos para hacerlo caer y poder perderlo. Pero Jesús, no obstante su infinita humildad y mansedumbre, demuestra no ser un ingenuo. En todos los casos capta inmediatamente dónde está la trampa y escapa de ella. Jesús nos proporciona un ejemplo de la actitud que Él mismo reco­mienda a sus discípu­los: «Sed prudentes como las ser­pientes y sencillos como las palomas» (Mt 10,16). Ésta es la actitud que expresa bien San Pablo cuando escribe a sus destinatarios: «Hermanos, no seáis niños en juicio. Sed niños en malicia, pero hombres maduros en juicio» (1Cor 14,20). En particular, hemos visto un caso en que los fari­seos se acer­can a Él con actitud deferente y hasta adula­dora, dicién­dole: «Maes­tro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios según la verdad» (Mt 22,16). Pero ésa era una acti­tud hipócri­ta. Si esas palabras hubieran sido sin­ceras, enton­ces hubieran debido hacer­se discípulos de Jesús.

 

En cambio, «trataban de dete­ner­lo» y si no lo hicieron fue solamente porque «tu­vie­ron miedo a la gente que lo tenía por profe­ta» (Mt 21,46). Queda así en evidencia que, en el caso de esos fari­seos, su palabra dice una cosa; pero su cora­zón piensa otra. Por eso tiene razón Jesús cuando advierte a sus discípu­los: «Sobre la cátedra de Moisés se han sentado los escri­bas y fariseos. Haced pues y ob­servad lo que os digan; pero no imitéis su con­ducta, por­que dicen y no hacen». Acerca de esta frase nos dice Orígenes: «¿Qué cosa hay más miserable que un doctor, cuyos discípulos se salvan no siguiendo su ejemplo, y se condenan cuando le imitan?». En la norma que da a sus discípulos Jesús demuestra estar lejos de ser un «subversivo» o un rebelde: «Haced y observad todo lo que os digan». Jesús manda obedecer a la autoridad reli­giosa, aunque por su conducta ella se haya hecho indigna de ser imitada.

 

Los separados

 

Fariseo, en realidad, no es sinónimo de hipócrita. Pero en el uso normal ha asumido ese significado, por culpa de algunos de ellos, que a causa de su actitud, mere­cieron esas denuncias de parte de Jesús. La palabra hebrea «perushim», de donde viene el término «fariseos», significa «separados», y describía al grupo de los que se ubicaban aparte del resto del pueblo para poder cumplir estrictamente todas las normas de la ley, en particu­lar las que se refieren a la pureza. En los tiempos de Jesús deben de haber sido alrededor de seis mil miembros y al igual que los esenios se los relacionaba ordinariamente con los hasidim (los piadosos) que en tiempo de los macabeos lucharon encarnizadamente contra la influencia pagana (ver 1Mac 2,42). Contaba entre sus miembros a la totalidad de los doctores de la ley, como también a cierto número de sacerdotes.

 

Es preciso notar las cualidades que dieron origen a sus excesos. Jesús reconoce su celo (Mt 23,15), su solicitud por la perfección y por la pureza (Mt 5,20) inclusive a uno de ellos le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios» (Mc 12,34). Pablo subraya su voluntad de practicar minuciosamente la ley y hay que felicitarlos por su adhesión a tradiciones orales vivas. Pero escudándose en su ciencia legal aniquilan el precepto de Dios con sus tradiciones humanas (Mt 15,1-20); desprecian a los ignorantes en nombre de su propia justicia (Lc 18,11); impiden todo contacto con los pecadores y los publicanos limitando así su horizonte al amor de Dios; consideran incluso que tienen derechos para con Dios en nombre de su práctica (Mt 20,1-15; Lc 15,25-30).

 

La vanagloria de los fariseos se ejercitaba, entre otras cosas, en las filacterias (tephillim, o, más raramente, totaphoth) que consistían en unas capsulitas, donde iban enrolladlas tiras de pergamino en que estaban escritos algunos pa­sajes de los libros sagrados (Ex 13,1-10,13 11‑16; Dt 6,4‑9; 11,13-21). Durante la plegaria, el israelita se aplicaba (y se aplica aún) las tiras sobre la frente y el brazo izquierdo, significando seguir así literal­mente la prescripción contenida en Dt 6, 8. Los vanidosos se procuraban tiras más amplias y vistosas, para impresionar más, y otro tanto hacían con las franjas del vestido, que tenían también un significado religioso y eran usadas incluso por Jesús.

 

«Uno sólo es vuestro Maes­tro... uno solo es vuestro Guía: el Cristo»

 

Jesús sigue explicando en qué forma ellos «dicen y no hacen». Y lo dice en su forma propia casi gráfica de hablar: «Atan cargas pesadas y las echan en las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren moverlas». ¡Qué diferencia con Jesús! Jesús enseña el precepto del amor al prójimo, pero Él fue el primero en cumplirlo como lo hace notar el Evangelio: «Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo» (Jn 13,1). Y ese extremo fue dar la vida por ellos. Por eso Jesús es un maestro que da gusto no sólo escuchar sino tam­bién seguir, imitando el ejemplo de su vida. Así compara Él su propia doctrina con la de los fariseos: «Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de mí, que soy manso y humilde de cora­zón... Porque mi yugo es suave y mi carga ligera» (Mt 11,28-30). Éste es el maestro que nos conviene escuchar, éste es el guía que nos conviene seguir: «Uno sólo es vuestro Maes­tro... uno sólo es vuestro Guía: el Cristo».

 

Los fariseos no sólo imponen a la gente preceptos que ellos no cumplen, sino que les gusta ser alabados por la gente: «Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres». Jesús, en cambio, da a sus discípulos la norma opuesta: «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos» (Mt 6,1); y ordena hacer el bien de manera tan oculta, que no sólo sea ignorado por los hombres, sino que «ni siquiera sepa tu mano izquierda lo que hace tu mano derecha» (Mt 6,3). Los fariseos «quieren el primer puesto en los banque­tes y los prime­ros asientos en las sinagogas, que se los salude en las plazas y que la gente los llame 'Rabbí'». Jesús, en cambio, da a sus discípulos esta norma: «Cuando seas invitado por alguien a una boda, no te sientes en el primer puesto... al contrario, vete a sentarte en el último puesto» (Lc 14,8.10). Jesús rehuyó todo honor y toda ostentación. Para describir su tenor de vida dijo a uno que quería seguirlo: «El Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20). Y cuando alguien se dirigió a Él diciéndo­le: «Maestro bueno», Él rechazó este título respondiendo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino sólo Dios» (Mc 10,17-18).

 

La conclusión de todo esto es la siguiente: «El mayor entre vosotros que sea el servidor vuestro. Pues el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalza­do». Ésta debió ser una enseñanza frecuente de Jesús, puesto que el Evangelio la repite varias veces. Nada describe mejor el ejemplo de Jesús mismo que «siendo de categoría divina, se despojó y tomó la condición de sier­vo». Jesús es el único que merece el título de «Maestro» porque su vida es infinitamente coherente con su enseñan­za; Él es un maestro que «dice y hace». Por eso no es difícil «hacer y observar todo lo que Él dice».

 

«Mirad que yo envío mi mensajero…»

 

Malaquías es el último de los doce profetas menores del Antiguo Testamento, vivió alrededor al año 500. A.C. Ya se había reedificado el Templo después del destierro babilónico. Pero la gente no servía de todo corazón a Dios. «Convertíos», decía Malaquías, «¡Dejad de defraudar  al Señor! ¡No sigáis poniendo a prueba su paciencia!». Los sacerdotes han invalidado la Alianza de Leví (la casta sacerdotal), porque convierten la ley en escándalo para el pueblo y porque la aplican según intereses personales.

 

El nombre de Malaquías significa «mi mensajero». Como mensajero de Dios el profeta habló de  la venida del Mesías y acerca del gran día  de la justicia y del juicio divino: «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible» (Mal 3,23). El último de los profetas concluye su profecía anunciando el retorno del primer profeta: Elías. Ese Elías que retorna es Juan Bautista (ver Lc 1,17; Mt 17,1).

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Todo el que ejerce el sacerdocio no lo ejerce sólo para sí, sino también para los demás… El mismo pensamiento expresó Jesucristo cuando, para mostrar la finalidad de la acción de los sacerdotes, los comparó con la sal y con la luz. El sacerdote es, por lo tanto, luz del mundo y sal de la tierra. Nadie ignora que esto se realiza, sobre todo, cuando se comunica la verdad cristiana; pero ¿puede ignorarse ya que este ministerio casi nada vale, si el sacerdote no apoya con su ejemplo lo que enseña con su palabra?

 

Quienes le escuchan podrían decir entonces, con injuria, es verdad, pero no sin razón: Hacen profesión de conocer a Dios, pero le niegan con sus obras; y así rechazarían la doctrina del sacerdote y no gozarían de su luz. Por eso el mismo Jesucristo, constituido como modelo de los sacerdotes, enseñó primero con el ejemplo y después con las palabras: Empezó Jesús a hacer y a enseñar. Además, si el sacerdote descuida su santificación, de ningún modo podrá ser la sal de la tierra, porque lo corrompido y contaminado en manera alguna puede servir para dar la salud, y allí, donde falta la santidad, inevitable es que entre la corrupción».

 

San Pío X. Constitución Apostólica Haerent animo, 3.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. Algunas veces solemos escuchar: «yo no voy a misa porque los que van son unos hipócritas: van, se golpean el pecho, y luego siguen viviendo en el pecado, abusando de la gente, etc.»¿Qué decirles? ¿Es razón (o excusa) que el otro sea un hipócrita para que tú no te exijas en vivir coherentemente tu fe? ¿No es por eso mismo que tú y yo debemos esforzarnos por ser coherentes con nuestra fe, por mostrar nuestra fe con obras?

 

2. Lo que hace al santo es el esfuerzo por ser coherente. El esfuerzo profundo, constante, por ser coherente. Esa es la clave. La coherencia. Si caigo o no caigo, bueno, son problemas sobre los cuales nadie puede juzgar. Pero lo que a nosotros como personas, a cada uno, nos interesa es: ¿soy yo una persona que se esfuerza realmente?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 575- 582.

 

 

 

 

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