lunes, 15 de agosto de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 21 del Tiempo Ordinario. Ciclo A. «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

Domingo de la Semana 21 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 22, 19-23

 

«Te empujaré de tu peana y de tu pedestal te apearé. Aquel día llamaré a mi siervo Elyaquim, hijo de Jilquías.  Le revestiré de tu túnica, con tu fajín le sujetaré, tu autoridad pondré en su mano, y será él un padre para los habitantes de Jerusalén y para la casa de Judá. Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá, y nadie cerrará, cerrará, y nadie abrirá.  Le hincaré como clavija en lugar seguro, y será trono de gloria para la casa de su padre».

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 11, 33-35

 

«¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos! En efecto, = ¿quién conoció el pensamiento de Señor? = O = ¿quién fue su consejero? = O = ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa? = Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 16, 13-20

 

«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" Ellos dijeron: "Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros, que Jeremías o uno de los profetas". Díceles él: "Y vosotros ¿quién decís que soy yo?"

 

Simón Pedro contestó: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo". Replicando Jesús le dijo: "Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos". Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

La impresionante confesión de Pedro en el Evangelio concentra nuestra atención en este Domingo. Pedro menciona dos verdades fundamentales acerca del Señor Jesús: su mesianidad y su divinidad. Es decir, Él es el Mesías esperado ungido con el Espíritu Santo para realizar la misión salvadora y reconciliadora. Él es quien viene a instaurar definitivamente el Reino de Dios.

 

El esperado por las naciones. Jesucristo, por otro lado,  es reconocido como el Hijo de Dios vivo: en este caso, la palabra: Hijo de Dios no tiene un sentido impropio en el que se subraya una filiación adoptiva[1], sino un sentido real. Pedro reconoce el carácter trascendente de la filiación divina y por eso Jesús afirma solemnemente: «esto no te lo ha revelado la carne, ni la sangre sino mi Padre que está en el cielo».

 

No se equivoca Pablo al exponer, después de una larga meditación sobre el misterio de la reconciliación, que los planes divinos son inefables: «qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento de Dios» (Segunda Lectura). Así, después de su confesión, Pedro recibe el primado: será la piedra fundamental de la Iglesia y poseerá las llaves de los cielos ejerciendo así la función de «maestro del palacio» como leemos que fue otorgada al buen siervo Elyaquim (Primera Lectura). 

 

«¿Quién dicen los hombres que soy yo?»

 

Si leemos con atención los Evan­gelios observaremos que tanto en su enseñanza como en su estilo de vida Jesús aparecía como uno de los grandes profetas de Israel. La mujer samari­tana le dice: «Veo que eres un profe­ta» (Jn 4,19); cuando le pregun­tan al ciego de nacimiento qué dice de Jesús, respon­de: «Que es un profeta» (Jn 9,17); los discípulos de Emaús no podían creer que el desconocido que se les une en el camino no haya oído hablar de «Jesús de Nazaret, que fue un profeta podero­so» (Lc 24,19); y, en fin, el mismo Jesús toma con decisión el camino de Jerusalén, según dice, «porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Por eso cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?», ellos responden: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Es cierto. Jesús es visto como «un profeta pode­roso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pue­blo», como lo definen los discípulos de Emaús. Pero es mucho más que eso. Hoy día los que no tienen fe en Cristo dan una respuesta similar: «fue un gran hombre, un maestro espiritual, un hombre como ninguno, su doc­trina es muy elevada, etc.» Pero los que se quedan sólo en esto, no saben lo que dicen, porque aún no lo conocen.

 

« Y ahora ustedes… ¿quién dicen que yo soy?»

 

Jesús quiere ahora saber qué dicen de Él sus discípu­los, aquellos que lo habían dejado todo y lo habían seguido. Y mientras los otros pensaban la respuesta, se adelanta Pedro y exclama: «Tú eres el Cristo[2], el Hijo de Dios vivo». Si todo el Evangelio no es más que la revelación de la identidad de Cristo, el Verbo de Dios Encarnado, entonces esta frase de Pedro puede ser considerada el centro del Evangelio. Es interesante recordar que los apóstoles ya lo habían reconocido como «Hijo de Dios  vivo» después de haber caminado sobre las aguas (ver Mt 14, 33); sin embargo es Pedro quien declara explícitamente su mesianidad y su divinidad siendo el portavoz de los Doce.

 

 Jesús aprue­ba la declaración de Pedro y lo llama «bienaventurado» porque no pudo concluir eso por deducción humana, sino por inspiración divina: «No te ha revelado esto la carne ni la sangre (es decir, el hombre), sino mi Padre que está en los cielos». De paso, Jesús enseña que el conocimiento verdadero sobre Él no se logra por un esfuer­zo de la inteligencia humana, sino que es un puro don gratuito de Dios. Al hombre toca solamente no poner obstáculos y colaborar activamente con el don recibido. Por eso no tiene sentido que una persona sin fe reproche a otra que cree por sus opciones de vida. Sería como si un ciego reprochara a un pintor por los colores que usa.

 

J «Tú eres Piedra»

 

Jesús responde a Pedro con frase de idéntica estructura: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». Es necesario observar que antes de esta frase de Cristo, el nombre «Pedro», que hoy es tan popular, no existía, ni tampoco su equivalente arameo «Kefa». El príncipe de los apóstoles no se llamaba así; su nombre era Simón, hijo de Jonás. Si el Evangelio lo llama «Pedro» y si así lo llamamos nosotros hoy es exclusivamente porque éste fue el nombre que le dio Jesús en la frase que hemos citado. No se puede negar que Jesús intentó hacer un juego de palabras con el nuevo nombre dado a Simón y la tarea que le era reservada. En el ambiente semítico el nombre representa lo que la persona es. El cambio de nombre, sobre todo, cuando el que lo hace es Dios mismo, indica una misión específica. En este caso, Jesús cambia el nombre de Simón y lo llama «Pedro» para confiarle la misión de piedra basal (base de una columna) sobre la que iba a edificar «su Igle­sia». Podemos concluir claramente que una comunidad cristiana que no reconozca a Pedro como su fundamento no puede llamarse la «Iglesia de Cristo».

 

Jesús continúa: «A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». A nadie dijo Jesús palabras semejan­tes. Si lo que haga Pedro en la tierra queda hecho en el cielo, eso quiere decir que Pedro no puede errar cuando define una verdad relativa al Reino de los cielos, pues en el cielo no puede quedar sancionado un error. Por tanto, esta sentencia de Cristo promete a Pedro el don de la «infalibilidad» en materia de fe y moral.

 

J  «La llave de la casa de David» 

 

El profeta Isaías es enviado por Dios para comunicarle a Sebná, un alto funcionario del rey Ezequías, que era partidario de la alianza con Egipto contrariando la política propuesta por Isaías de confiar ciegamente en Yahveh, su trágico destino (ver Is 22, 15-18). En sustitución será elegido Elyaquim, a quien Dios llama «mi siervo» en razón de su fidelidad. Dios  le revestirá con las insignias propias de su cargo y por su conducta merecerá el título de «padre» para con los habitantes de Jerusalén y de Judá.  Dios  le dará la «llave de la casa de David», símbolo de su poder como mayordomo de palacio, primer ministro o visir. Su poder será extremamente amplio y nadie se lo quitará. Parece ser que el encargado de tal oficio debía llevar ritualmente una gran llave de madera sobre su hombro (v 22). Yahveh lo fijará como un clavo o estaca de tienda y será el sostén de su familia. Todos sus parientes, aún los más lejanos querrán apoyarse en él para obtener favores reales: «De él colgará toda la gloria de la casa de su padre, los hijos y los nietos, todos los vasos pequeños, desde la copa hasta toda clase de jarros» (Is 22,24). Sin embargo, paradójicamente, leemos en el versículo 25, el anuncio de la caída del buen Elyaquim y de su familia a causa de su excesivo nepotismo. No hay nada nuevo bajo el sol…

 

J Hasta el fin de los tiempos…

 

Volviendo a la lectura del Evangelio vemos como Jesús quiso fundar una Iglesia que perdurara hasta el fin de los tiempos. Por eso afirma aquí que los poderes del infierno no prevalecerán contra ella. Y cuando asciende al cielo, promete: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Debe perdurar también la piedra de la Iglesia; debe perdurar también Pedro. Esta misma misión, con la misma garantía divina de la infa­libilidad, perdura en los Sucesores de Pedro, es decir, en el Romano Pontífice. Si no tuviéramos fe, de todas maneras, un estudio histórico de esta institución que, a pesar de todos los emba­tes, ha durado ya veinte siglos, debería hacernos pensar. Más que nunca resplandece esta verdad hoy en la perso­na y en la misión del Papa Benedicto XVI.

 

Tal vez nadie mejor que el gran artista Miguel  Ángel ha inter­pretado esa promesa de Cristo. Lo hizo como genio de la arquitectura construyendo la magnífica cúpula de la basílica de San Pedro. En su ruedo interior tiene escritas las palabras que Jesús dijo a Pedro. Y en su imponente presencia exte­rior desafía los ataques de «las puertas del infierno». Es como la casa edifi­cada sobre roca que resiste todos los embates de las fuerzas hostiles. Hace algunos años en un sello postal de la Ciudad del Vaticano fue captada esta idea de manera magistral; aparecía la cúpula majestuosa, que en los peores embates, imperturbable, parecía decir: «Alios vidi ventos, aliasque tor­men­tas» (He visto otros vendavales y otras tor­mentas).

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

 «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Lc 9,18). Jesús planteó un día esta pregunta a los discípulos que iban de camino con él. Y a los cristianos que avanzan por los caminos de nuestro tiempo les hace también esa pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? Como sucedió hace dos mil años en un lugar apartado del mundo conocido de entonces, también hoy con respecto a Jesús hay diversidad de opiniones. Al­gunos le atribuyen el título de profeta. Otros lo consideran una personalidad extraordinaria, un ídolo que atrae a la gente. Y otros incluso lo creen capaz de iniciar una nueva era. «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Lc 9, 20). Esta pregunta no admi­te una respuesta «neutral». Exige una opción de campo y compromete a to­dos. También hoy Cristo pregunta: voso­tros, católicos de Austria; vosotros, cristianos de este país; vosotros, ciudadanos, ¿quién decís que soy yo?

 

La pregunta brota del corazón mismo de Jesús. Quién abre su corazón quiere que la persona que tiene delante no res­ponda sólo con la mente. La pregunta procedente del corazón de Jesús debe tocar nuestro corazón. ¿Quién soy yo para vosotros? ¿Qué represento yo para vosotros? ¿Me conocéis de verdad? ¿Sois mis testigos? ¿Me amáis? Entonces Pedro, portavoz de los discípulos respondió: Nosotros creemos que tú eres «el Cristo de Dios» (Lc 9, 20). El evangelista Mateo refiere la profe­sión de Pedro más detalladamente: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo» (Mt 16, 16). Hoy el Papa como sucesor del Apóstol Pedro por voluntad divina profesa en nombre vuestro y juntamente con vosotros: Tú eres el Mesías de Dios, tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo.  A lo largo de los siglos, se ha bus­cado continuamente la profesión de fe más adecuada. Demos gracias a san Pe­dro, pues sus palabras han resultado normativas».

 

Juan Pablo II. Homilía en Viena, Domingo 21 de junio de 1998. 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. La liturgia de hoy nos invita a incrementar nuestro amor y adhesión al Papa, como sucesor de Pedro y vicario de Cristo. Veamos en él al Buen Pastor, veamos en él a la roca sobre la que se edifica la Iglesia, veamos en él a quien posee las llaves del Reino de los cielos. Acompañémosle, no sólo con nuestra oración, sino también con nuestra acción apostólica. Que Benedicto XVI, sucesor de Pedro, pueda contar también con nosotros para la «nueva evangelización» en este nuevo milenio de la fe.

 

2. «Porque de él, por Él y para Él son todas las cosas», nos dice San Pablo en su carta a los Romanos. ¿Qué lugar ocupa el Señor Jesús en mi vida y en la de mi familia? ¿Dios es importante en mi familia?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 436- 445.

 

 



[1] Es el caso de nosotros que hemos sido adoptados por Dios Padre, en el Hijo, por el Espíritu Santo a través de nuestro bautismo. Propiamente somos criaturas muy amadas y queridas por Dios (hechos a Imagen y Semejanza del Creador) pero no hijos de Dios sino hasta el bautismo. Justamente esa es la altísima dignidad que nos ha donado (regalado, dado) el Padre en el Hijo. 

[2] Jesús es reconocido como el Mesías esperado. La palabra Cristo proviene de la traducción griega de la palabra hebrea «Mesías» que quiere decir «Ungido». En Israel eran ungidos en el nombre de Dios los que le eran consagrados para una misión recibida de Dios. Éste era el caso de los reyes (ver 1 S 9, 16; 10, 1; 16, 1. 12-13; 1 R 1, 39), de los sacerdotes (ver Ex 29, 7; Lv 8, 12) y, excepcionalmente, de los profetas (ver. 1 R 19, 16). Éste debía ser por excelencia el caso del Mesías que Dios enviaría para instaurar definitivamente su Reino (ver Sal 2, 2; Hch 4, 26-27). El Mesías debía ser ungido por el Espíritu del Señor (ver Is 11, 2) a la vez como rey y sacerdote (ver Za 4, 14; 6, 13) pero también como profeta (ver Is 61, 1; Lc 4, 16_21). Jesús cumplió la esperanza mesiánica de Israel en su triple función de sacerdote, profeta y rey. (ver Catecismo de la Iglesia Católica 436).

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domingo, 7 de agosto de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 20 del Tiempo Común. Ciclo A y Asunción de María (15 de agosto)

Domingo de la Semana 20 del Tiempo Común.  Ciclo A

«Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 56, 1. 6-7

 

«Así dice Yahveh: Velad por la equidad y practicad la justicia, que mi salvación está para llegar y mi justicia  para manifestarse. En cuanto a los extranjeros adheridos a Yahveh para su ministerio, para amar el nombre de Yahveh, y para ser sus  siervos, a todo aquel que guarda el sábado sin profanarle y a los que se mantienen firmes en mi alianza, yo les traeré a mi monte santo y les alegraré en mi Casa de oración. Sus holocaustos y sacrificios serán gratos sobre mi altar. Porque mi Casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos».

 

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 11,13-15. 29-32

 

«Os digo, pues, a vosotros, los gentiles: Por ser yo verdaderamente apóstol de los gentiles, hago honor a mi ministerio, pero es con la esperanza de despertar celos en los de mi raza y salvar a alguno de ellos. Porque si su reprobación ha sido la reconciliación del mundo ¿qué será su readmisión sino una resurrección de entre los muertos?

 

Que los dones y la vocación de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros fuisteis en otro tiempo rebeldes contra Dios, mas al presente habéis conseguido misericordia a causa de su rebeldía, así también, ellos al presente se han rebelado con ocasión de la misericordia otorgada a vosotros, a fin de que también ellos consigan ahora misericordia. Pues Dios encerró a todos los hombres en la rebeldía para usar con todos ellos de misericordia».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 15, 21-28

 

«Saliendo de allí Jesús se retiró hacia la región de Tiro y de Sidón. En esto, una mujer cananea, que había salido de aquel territorio, gritaba diciendo: "¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija está malamente endemoniada". Pero él no le respondió palabra. Sus discípulos, acercándose, le rogaban: "Concédeselo, que viene gritando detrás de nosotros". Respondió él: "No he sido enviado más que a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Ella, no obstante, vino a postrarse ante él y le dijo: "¡Señor, socórreme!

 

El respondió: "No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos". "Sí, Señor - repuso ella -, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus amos". Entonces Jesús le respondió: "Mujer, grande es tu fe; que te suceda como deseas". Y desde aquel momento quedó curada su hija».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El pasaje de este Domingo es realmente Impresionante ya que Jesús, el Maestro Bueno, responde de manera dura y fuerte - políticamente incorrecta diríamos hoy - a una mujer cananea que le suplica por su hija endemoniada. Pero la gran lección – y vínculo - de las lecturas dominicales es la universalidad del mensaje reconciliador de Dios.

 

La Primera Lectura expone la situación de los judíos deportados que después de haber convivido con pueblos paganos en el destierro babilónico – desde el 587 al 538 A.C. – vuelven a la Tierra Prometida y se encuentran que ya está habitada. En el exilio una de las más grandes exigencias fue la fidelidad a Dios y a su Alianza. Permaneciendo unidos alrededor de los profetas, sacerdotes y escribas; pero sin culto, sacrificio ni Templo; anhelaban siempre el retorno a Jerusalén. Pero ahora ven que tienen que convivir con los «pueblos extranjeros». Esto les obligará a pensar y a tomar una nueva actitud. También vamos a ver la misma temática en la Carta a Los Romanos (Segunda Lectura) donde San Pablo, «Apóstol de los gentiles», no hará distinción entre judíos y gentiles.

 

Finalmente en el Evangelio de San Mateo; Jesucristo realizará el milagro a la mujer cananea – considerada pagana[1]- dejando sentado que si bien su misión es salvar a «las ovejas perdidas de Israel»; dejará en claro que su mensaje es universal. Esto lo irá revelando poco a poco a sus Apóstoles hasta claramente hacerlo explícito durante su Ascensión a los Cielos (ver Mt 28, 19-20).

 

La reconciliación a todos los pueblos

 

Esta parte final del libro de Isaías, considerada del «trito-Isaías», es decir del tercer Isaías; es anterior al fin del Destierro y coetánea a la reconstrucción del Templo hacia el año 520 A.C. En la lectura del capítulo 56 leemos una afirmación sorprendente: «porque mi casa será llamada Casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7).

 

Jesús mismo citará este versículo en circunstancias graves de su vida (ver Mt 21,13) y anunciará dos novedades: la primera es que la oración se impone sobre el sacrificio aun en el Templo - estamos hablando del contexto sacrificial del Antiguo Testamento -; y por otro lado se invita a todos los pueblos a la «Casa de oración». En otros pasajes vemos como Jesús dirá que su sangre (Jn 11, 51-52) ha derribado el muro que separaba a los judíos de los paganos (Ef 2,14), de modo que todos puede hacerse hijos de Abraham (Rm 4, 16). Esto lo vemos ejemplificado en el bautismo del centurión romano Cornelio de manos de San Pedro en la ciudad de Joppe (Hch 10).

 

Podemos entonces afirmar que la «caída» de Israel - es decir el no haber aceptado y reconocido a Jesús como el Mesías - se constituye el medio por el cual se hará factible[2] que el mensaje reconciliador de Jesucristo llegue a todos los hombres (ver Rm 11, 11- 16). Por otro lado San Pablo nos señala que para los cristianos tampoco debe de existir la distinción entre judío y gentil; entre libre y esclavo, sino todos somos uno en la fe la cual obra por amor (Gal 5,6).   

 

La región de Tiro y Sidón

 

El Evangelio nos narra un hecho que ocurre fuera de los confines de Israel. Es necesario tener en cuenta esta circuns­tancia para comprender lo ocurrido. En efecto, co­mienza informando: «Jesús se dirigió a las regiones de Tiro[3] y Sidón[4]». Estas ciuda­des están ubicadas en la costa del mar Mediterrá­neo, al norte de Israel (Líbano en la actualidad). Es la única vez que vemos a Jesús salir del terri­torio de Is­rael (aparte de la huida a Egipto con sus padres, cuando era niño peque­ño, para escapar de las manos de Hero­des el Grande). Jesús es el Salvador del género humano; pero debía realizar esta misión siendo el Mesías prometido a Israel.

 

Una mujer cananea

 

«Entonces una mujer cananea de esas partes, se puso a gritar: ¡Ten piedad de mí, Señor, hijo de David! Mi hija es cruelmente atormentada por un demonio». El gentilicio «cana­nea», que se atribuye a la mujer es único en el Evangelio. En efecto, éste es un nombre arcaico que designa al principal de los pueblos que habitaban la Palestina y que Israel tuvo que exterminar para no contaminarse con sus cultos idolátricos. Más pagana no podía ser la mujer. En el Evangelio de San Marcos, escrito para un público menos sensible a la historia de Israel, la mujer es des­crita como «de origen siro-fenicia» (Mc 7,24). En todo caso, no es del pueblo de Israel.

 

Su grito expresa total confianza; en griego, que es la lengua original del Evan­gelio, ese grito reprodu­ce la misma súplica que nosotros dirigimos a Dios en el acto peni­tencial de la Misa: «Kyrie eleison» - «Señor ten piedad». Pero ella agrega: «Hijo de David». Y este modo de referir­se a Jesús es un claro reconocimiento de que él es el Cristo, el Mesías esperado por Israel. Es el mismo grito que le dirigen los dos ciegos: «Hijo de David, ten piedad de nosotros» (Mt 9,27; 20,30). Es la aclamación de la multitud y de los niños cuando Jesús entró en Jerusa­lén: «Hosanna al hijo de David» (Mt 21,9.15). El mismo Jesús en cierta ocasión pregunta a los fari­seos: «¿Qué pensáis del Cristo, de quién es hijo?. Le res­pondieron: De David» (Mt 22,42). Es claro que, llamándole así, la mujer cananea hace una profesión de su fe en la identidad de Jesús

 

La indiferencia de Jesús

 

¿Cómo se explica la actitud de indife­rencia que mantiene Jesús? «El no le respondió palabra». Fue necesa­rio que intercedieran los apóstoles. Y lo hacen, no por interés en la mujer, sino para sacársela de encima: «Escúchala, que viene detrás gritando».

 

Entonces Jesús mismo explica el motivo de su silencio: «Yo no he sido enviado sino a las ovejas perdi­das de la casa de Israel». Esto explica por qué Jesús se restringió a Israel y por qué allí des­plegó su obra y todos sus milagros, salvo el que se relata aquí, obviamente. Pero a sus discípu­los los formó para una misión universal, a la cual los envió antes de ascen­der al cielo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos» (Mt 28,19). El motivo que Jesús da a sus discípulos para evitar hablar con la mujer cananea, le debió parecer a ella un argumento "teológico" incomprensible; y por eso insiste: «¡Señor, socórreme!». Entonces Jesús se dirige a ella y le da una razón más a su alcance: «No está bien tomar el pan de los hijos y arrojarlo a los perritos».

 

Los judíos se refe­rían a los paganos llamándoles «perros». Jesús se acomoda a este uso, pero lo hace de modo más afectuoso y dice el diminutivo «perritos», en atención a que la mujer había expresado admi­ración y absoluta confianza en Él. La mujer reac­ciona con prontitud y su respuesta cautiva a Jesús, que ya no se puede negar a conceder­le todo lo que pide: «Sí, Señor, pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores». Ella no discute que, siendo pagana, merece el apelativo «perritos» y que los judíos son «señores», pues de ellos viene el Mesías, el «hijo de Da­vid»; pero esto no impide que la acción del Mesías alcance a todos, incluso a los perritos, aunque sea en forma de miga­jas.

 

Jesús quedó admirado. Pocas veces expresa semejante admiración. Dice a la mujer: «¡Mujer, grande es tu fe! Que te ocurra como deseas». El Evangelio agrega el desen­lace: «Desde aquella hora su hija quedó curada». La mujer obtuvo lo que deseaba porque demostró una fe imbatible en el poder de Jesús. Es la condición necesaria para obtener cualquier gracia de Dios. Aquí vemos en acción la declara­ción de Cris­to: «Si tenéis fe como un grano de mosta­za, diréis a este monte: 'Desplázate de aquí allá', y se desplazará, y nada os será imposible» (Mt 17,20). La mujer cananea tenía fe más grande que un grano de mostaza.

 

Ella mereció que Jesús excla­mara: «¡Grande es tu fe!». Pero ella tiene otra lección que darnos. Ella no sólo demuestra fe, sino también una inmensa humildad y una confianza absoluta en la bondad de Jesús. Aunque Él le demostraba indiferencia y severidad, ella seguía insistiendo segura de que no sería rechazada. Podemos decir que ella – en ese momento - demos­traba conocer el Corazón de Jesús más que sus mismos discípu­los.

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

 «En este XX domingo del tiempo ordinario la liturgia nos presenta un singular ejemplo de fe: una mujer cananea, que pide a Jesús que cure a su hija, que "tenía un demonio muy malo". El Señor no hace caso a sus insistentes invocaciones y parece no ceder ni siquiera cuando los mismos discípulos interceden por ella, como refiere el evangelista san Mateo. Pero, al final, ante la perseverancia y la humildad de esta desconocida, Jesús condesciende:  "Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas" (Mt 15, 21-28).


"Mujer, ¡qué grande es tu fe!". Jesús señala a esta humilde mujer como ejemplo de fe indómita. Su insistencia en invocar la intervención de Cristo es para nosotros un estímulo a no desalentarnos jamás y a no desesperar ni siquiera en medio de las pruebas más duras de la vida. El Señor no cierra los ojos ante las necesidades de sus hijos y, si a veces parece insensible a sus peticiones, es sólo para ponerlos a prueba y templar su fe.


Este es el testimonio de los santos; este es, especialmente, el testimonio de los mártires, asociados de modo más íntimo al sacrificio redentor de Cristo. En los días pasados hemos conmemorado a varios: los Papas Ponciano y Sixto II, el sacerdote Hipólito y el diácono Lorenzo, con sus compañeros, que murieron en Roma en los albores del cristianismo.

 

Además, hemos recordado a una mártir de nuestro tiempo, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, copatrona de Europa, que murió en un campo de concentración; y precisamente hoy la liturgia nos presenta a un mártir de la caridad, que selló su testimonio de amor a Cristo en el búnker del hambre de Auschwitz: San Maximiliano María Kolbe, que se inmoló voluntariamente en lugar de un padre de familia.


Invito a todos los bautizados, y de modo especial a los jóvenes que participan en la Jornada mundial de la juventud, a contemplar estos resplandecientes ejemplos de heroísmo evangélico. Invoco sobre todos su protección y en particular la de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, que pasó algunos años de su vida precisamente en el Carmelo de Colonia. Que sobre cada uno de vosotros vele con amor materno María, la Reina de los mártires, a quien mañana contemplaremos en su gloriosa asunción al cielo».

 

Benedicto XVI. Ángelus 14 de Agosto de 2005

 Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¡Una fe admirable e indómita! Ante la fe de la mujer cananea ¿Cómo está mi fe? ¿Cómo la vivo en los momentos de dificultad? ¿En las tentaciones? ¿En mis propias fragilidades? 

 

2. María es la mujer de la fe. Recemos un rosario en familia para que sea Ella la que nos guie en los momentos difíciles y nos aumente la fe.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 402-406. 969. 2087- 2094.

 

 

 

 



[1] Pagano. Del latín paganus: habitante del campo. Los no cristianos que iban quedando en los medios rurales cuando el cristianismo se fue extendiendo sobretodo en las ciudades en el Imperio Romano. Infiel no bautizado. En el Antiguo Testamento a los que no pertenecían al Pueblo de Dios se les llamaba gentiles. Otras veces se refería a los pueblos extranjeros.  

[2] Hay que tener en cuenta la providencia de Dios que de una u otra manera iba a hacer esto posible, es decir que la Buena Nueva llegase a toda la humanidad.

[3] Tiro era un importante puerto y ciudad- estado en la costa del Líbano. En realidad contaba con dos puertos; uno en la costa y otro en una isla frente a la costa. Hacia el año 1200 A.C. los filisteos saquearon Sidón y entonces Tiro pasa a ser el puerto fenicio más importante. La edad de oro de Tiro fue en la época de David y Salomón.  El rey Ajab de Israel se casó con la hija del rey de Tiro. Lego será conquistada por los asirios en el siglo IX A.C. Recuperará su libertad para más tarde caer en manos de Alejandro Magno (332 A.C.).   

[4] Sidón (puerto fenicio) en la costa moderna del Líbano. En Sidón trabajaban muchos artesanos de alta calidad. Entre sus exportaciones se contaban  tallas de marfil, joyas de oro y plata, y fina cristalería. Cada ciudad fenicia era prácticamente independiente. Cuando los israelitas conquistaron Canaán, no consiguieron lograr tomar Sidón. Pero poco a poco fueron mezclándose hasta que finalmente se acusa a los israelitas de darle culto al dios Baal de Sidón y Asrtoret. Jezabel, que fomentó el culto a Baal, era hija de un rey de Sidón. En los tiempos de Jesús la mayoría de los habitantes de Sidón eran griegos y muchos acudían a Galilea para escuchar su predicación. San Pablo se detuvo en Sidón cuando se dirigía a Roma y permaneció en la casa de unos amigos.  

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lunes, 1 de agosto de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 19 del Tiempo Ordinario. Ciclo A y Transfiguración del Señor (se celebra el sábado 6 de agosto)

  Domingo de la Semana 19 del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»

 

Lectura del Primer libro de los Reyes 19, 9a. 11-13a

 

«Allí entró en la cueva, y pasó en ella la noche. Le fue dirigida la palabra de Yahveh. Le dijo: "Sal y ponte en el monte ante Yahveh". Y he aquí que Yahveh pasaba. Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas ante Yahveh; pero no estaba Yahveh en el huracán. Después del huracán, un temblor de tierra; pero no estaba Yahveh en el temblor. Después del temblor, fuego, pero no estaba Yahveh en el fuego. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva.»

 

Lectura de la carta del apóstol San Pablo a los Romanos 9, 1- 5

 

«Digo la verdad en Cristo, no miento, - mi conciencia me lo atestigua en el Espíritu Santo -, siento una gran tristeza y un dolor incesante en el corazón. Pues desearía ser yo mismo anatema, separado de Cristo, por mis hermanos, los de mi raza según la carne, - los israelitas -, de los cuales es la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las promesas, y los patriarcas; de los cuales también procede Cristo según la carne, el cual está por encima de todas las cosas, Dios bendito por los siglos. Amén.»

 

 Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 14, 22- 33

 

«Inmediatamente obligó a los discípulos a subir a la barca y a ir por delante de él a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí. La barca se hallaba ya distante de la tierra muchos estadios, zarandeada por las olas, pues el viento era contrario. Y a la cuarta vigilia de la noche vino él hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, viéndole caminar sobre el mar, se turbaron y decían: "Es un fantasma", y de miedo se pusieron a gritar.

 

Pero al instante les habló Jesús diciendo: "¡Animo!, que soy yo; no temáis". Pedro le respondió: "Señor, si eres tú, mándame ir donde ti sobre las aguas". "¡Ven!", le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas, yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como comenzara a hundirse, gritó: "¡Señor, sálvame!" Al punto Jesús, tendiendo la mano, le agarró y le dice: "Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?" Subieron a la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él diciendo: "Verdaderamente eres Hijo de Dios".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

En toda la Sagrada Escritura la teofanía o manifestación de Dios posee un lugar siempre importante. Dios se manifiesta con su poder y grandeza al hombre que queda cautivado por esta visión. Este Domingo veremos dos teofanías especiales. En el libro de los Reyes se nos narra el paso de Yahveh ante el profeta Elías, que se refugiaba en una cueva en el monte Horeb. A diferencia de otras manifestaciones divinas, aquí el Señor se hace presente por medio de una suave brisa (Primera Lectura). En el Evangelio los discípulos que se encontraban en medio de la tormenta en el lago Tiberíades ven caminar por las aguas a Jesús. Esta aparición se vincula con el acto de fe de Pedro. «Si eres tú - le dice a Jesús que se acerca caminando por las aguas - mándame ir a Ti». En el corazón de Pedro hay una mezcla de fe incipiente y un poco de duda temerosa. En cuanto Jesús sube a la barca, el viento amaina y los apóstoles se postran ante Él reconociéndolo como «Hijo de Dos». Ambas manifestaciones de Dios están encaminadas a fortalecer la fe. Es la fe que descubrimos en San Pablo, a quien el Señor se le apareció como «el último de los apóstoles» (Segunda Lectura).

 

Vayamos a la primera lectura...

 

En la primera Lectura, del primer libro de los Reyes, Dios no se va a manifestar a Elías  en la violencia del huracán, ni en la fuerza del terremoto, sino en el murmullo de la brisa suave. El Señor eligió mostrar de esta forma su misteriosa presencia. Al que tiene un amor celoso por Dios, Él lo hace partícipe de su ternura de una forma diferente a la que podamos imaginar. Así, Yahveh se da a conocer en la brisa suave mejor que en la furia del huracán y del terremoto. El profeta Elías es considerado uno de los más grandes profetas del Antiguo Testamento. Actuó en el reino del Norte (Reino de Israel) en el siglo IX a.C. en tiempos del impío rey Ajab y su pérfida esposa Jezabel. En sus libros trata sobre su lucha contra el dios pagano «Baal». Se le recuerda por haber derrotado a todos los sacerdotes de Baal en el monte Carmelo. Termina su vida siendo arrebatado al cielo en un carro ardiente jalado por caballos de fuego de donde volvería cuando fuese el «tiempo mesiánico».   

 

«Estar mucho rato a solas con Dios solo…»

 

El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús caminando sobre las aguas y a Pedro que pide ir a su encuentro. Es la continua­ción inme­diata del episodio de la multiplica­ción de los panes que hemos comen­tado el Domingo pasado. Hay que considerar que los apóstoles acababan de vivir esa experien­cia y estaban aún bajo su efecto. Después de haberles dado de comer, de mano de los apóstoles, y haberse saciado, los obliga a embarcarse «mar adentro» mientras Él despedía a la gente. El Evangelio incluye una observa­ción que es una magnífica lección para noso­tros: «Después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar; al atardecer estaba solo allí». Esta frase vale más que un extenso trata­do sobre la oración. Jesús tenía necesidad de recogerse en la soledad y el silencio para entregarse a la oración. Después de la agitación de la jornada, al atarde­cer, necesi­taba tener este trato de intimidad a solas con su Padre. Esto es lo que han anhelado todos los místicos y contempla­tivos: «Estar mucho rato a solas con Dios solo», según la expre­sión de la carmelita Isabel de la Trini­dad.

 

Una teofanía

 

Este impresionante episodio de la vida de Jesús es claramente una teofanía como leemos en la conclusión del pasaje. Después de haber despedido a la multitud y mientras los discípulos combatían contra el viento y las olas, en medio de la noche; Jesús viene hacia ellos caminando sobre el agua. «Los discípulos, viéndolo caminar sobre el mar, se turba­ron, diciendo: 'Es una aparición', y se pusieron a gritar de temor». El «temor» es la primera actitud del hombre ante cual­quier manifestación de Dios. Es un sentido agudo de su condi­ción de creatura ante el Creador, es decir, de su limitación ante la infinitud de Dios, de su pequeñez ante la grandeza de Dios, de su pecado ante la santidad de Dios. La fe israelita tenía una viva conciencia de la tras­cen­dencia de Dios.

 

Entre ellos es una verdad clara que «el hombre no puede ver a Dios y quedar vivo». En efecto, cuando Moisés pidió al Señor: «Déjame ver tu gloria», recibió de Él esta respuesta: «Mi rostro no podrás verlo; porque no puede verme el hombre y seguir vivien­do» (Ex 33,18.20). Pero, en realidad, según afirma el evan­gelista San Juan: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Jn 1,18). Lo que el hombre ha visto es una manifes­tación de Dios, una «teofa­nía» y en este caso, la reacción normal del hombre es el «temor» o miedo reverencial.

 

«¡Ánimo! Yo soy ¡No temáis!»

 

La respuesta de Jesús confirma lo dicho: «¡Animo! Yo soy. ¡No temáis!» La frase «No temáis» es el signo más claro de que estamos ante una manifestación de Dios. Se trata de tranquili­zar al hombre. Seguramente ya hemos distinguido en la expresión «Yo soy» el nombre con el cual Dios se reveló a Moisés. Cuando vio una zarza ardiendo que no se consumía y desde ella Dios lo llamó, «Moisés se cubrió el rostro porque temía ver a Dios». Es el mismo temor que sintieron los discípulos al ver a Jesús cami­nar sobre el mar. Y a la pregunta: ¿Cuál es tu nombre?, Dios responde: «Yo soy el que soy» y añadió: «Así dirás a los israelitas: YO SOY me ha enviado a vosotros» (Ex 3,14). Por tanto la expresión «Yo soy» en labios de Jesús tiene un doble signifi­cado. El significado primero y más evidente es: «Yo soy Je­sús». Pero no se puede excluir el significado «yo soy» como referencia al nombre divino[1]. Cual­quier alusión al «yo personal» de Jesús, debería ponernos aten­tos ya que nos remite a su propia identidad.

 

Cuando Jesús dice: «Yo soy», también él alude a su persona, pero en este caso se trata de una Perso­na divina, del Hijo, es decir, de la segunda Persona de la Santí­sima Trinidad. Es lo que afirma la conclusión del episodio: «Los que estaban en la barca se postraron ante Él diciendo: Verdaderamente eres el Hijo de Dios». Éste es un acto de adoración que se reserva sólo a Dios. El pueblo de Israel había mantenido estrictamen­te su fe monoteísta como signo de su identidad. El primer manda­miento del decálogo dice: «Yo, Yahveh, soy tu Dios... No te postrarás ante otros dioses ni les darás culto, porque Yo, Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso» (Ex 20,2.5).

 

«Si eres tú…mándame ir donde ti sobre las aguas»

 

La reacción de Pedro indica tanto su total confianza en Jesús como su fogoso temperamento ya que su pedido desafiaba claramente las leyes elementales de la naturaleza: «Mándame ir a ti caminando sobre las aguas». Tal vez para su sorpresa y la de los demás apóstoles, Jesús le responde con una palabra: «¡Ve­n!». Y aquí empieza la aventura de la fe. Se puede explicar lo que es la fe de manera teórica. Pero lo que ahora sucede es una clara representación de lo que es la fe en Jesucristo. «Pedro se puso a caminar sobre las aguas yendo hacia Jesús».

 

En la multiplicación de los panes, Pedro había visto claramente el poder de la palabra de Jesús. Sobre la base de esa misma palabra de Jesús, ahora no tiene duda y camina sobre las aguas. Mientras cree, el agua lo sostiene; pero cuando asoma la duda, cuando desvía su mirada del Maestro Bueno que lo ama y mira «la violencia del viento»; entra en su corazón la desconfianza, el miedo y comienza a hundirse. Entonces lanza un grito al único que es capaz de sacarlo de su angustiosa situación: «¡Señor, sálvame!». Pedro tendría que haber mante­nido la actitud del creyente que dice: «Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me tranquilizan» (Sal 23,4). Jesús lo toma; pero no deja de reprocharle su falta de fe: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».

 

El hombre puede obtenerlo todo de Dios, porque Dios es omnipotente. Pero el poder de Dios queda bloqueado ante nuestra falta de fe. A Dios no se le pueden pedir las cosas «por si acaso», mientras nos aseguramos también por otro lado. Eso es lo mismo que desconfiar de su poder infinito. Por eso fueron beneficiados con milagros solamente quienes tenían fe en Cristo. Cuando Jesús veía que alguien tenía fe suficiente como para confiar que Él podía hacer un milagro, entonces lo hacía. Por ejemplo, en el caso del paralítico, cuando Jesús le dijo: «Leván­tate, toma tu camilla y vete a tu casa», se requería una gran dosis de fe para obede­cer. El paralítico creyó que Jesús podía sanarlo y por eso, «se levantó y se fue a su casa» (Mt 9,2ss). En otras ocasio­nes cuando la gente se acerca­ba para pedirle la salud de algún enfermo, Él solía responder: «Que te suceda como has creí­do». Y esto es lo que ocurre cada vez que pedimos algo a Dios: nos sucede como hemos creído. A menudo hemos creído poco, pues somos «hombres y mujeres de poca fe», y por eso obtenemos poco. La promesa de Cristo no puede fallar: «Todo lo que pidáis con fe en la oración lo recibiréis» (Mt 21,22).

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Mi madre me decía cuando era ya mayor: De pequeño estuviste muy malo; tuve que llevarte de un médico a otro y velar noches enteras; ¿me crees? ¿Cómo habría yo podido decir: Madre, no te creo? Pero sí que creo, creo lo que me dices, más te creo especialmente a ti. Y así ocurre con la fe. No se trata sólo de creer lo que Dios  ha revelado, sino a Él, que merece nuestra fe, que nos ha amado y tanto ha hecho por nuestro amor».

 

 Juan Pablo I. Alocución del 13 de septiembre 1978. 


Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?».Esta pregunta el Señor la dirige a cada uno de nosotros. ¿Cuántas veces dudamos del amor y de las promesas del Señor? ¿Cuántas veces el temor de los vientos (preocupaciones, tentaciones, etc.) nos hacen desviar nuestra mirada del maestro Bueno? 

 

2. ¿Cómo está mi vida de oración? ¿Me doy los espacios para encontrarme con Dios?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 154-155. 157. 166. 1028 -1029

 

 



[1] La traducción «soy yo» opta por el primer significado y oscurece el segundo; mientras en el texto original griego dice claramente: «egó eimí».

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