lunes, 20 de junio de 2011

{Meditación Dominical} Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo A. «El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»

Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo. Ciclo A

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 8, 2-3. 14b-16a

 

«Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humillarte, probarte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos. Te humilló, te hizo pasar hambre, te dio a comer el maná que ni tú ni tus padres habíais conocido, para mostrarte que no sólo de pan vive el hombre, sino que el hombre vive de todo lo que sale de la boca de Yahveh.  Yahveh tu Dios (que) te sacó del país de Egipto, de la casa de servidumbre; que te ha conducido a través de ese desierto grande y terrible entre serpientes abrasadoras y escorpiones: que en un lugar de sed, sin agua, hizo brotar para ti agua de la roca más dura; que te alimentó en el desierto con el maná, que no habían conocido tus padres».

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 10, 16-18

 

«La copa de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar?» 

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6, 51-58

 

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo". Discutían entre sí los judíos y decían: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día.  Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él.  Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre". » 

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». Estas palabras del Evangelio de San Juan nos introducen en el misterio de la presencia Eucarística que celebramos en esta solemnidad[1]. La liturgia nos ofrece tres elementos que orientan nuestra reflexión: la experiencia del desierto del pueblo de Israel, el alimento del camino y la vida que no es derrotada por la muerte. El libro del Deuteronomio (Primera Lectura) evoca el paso del pueblo por el desierto. Este memorial tiene el objeto de despertar la responsabilidad de los oyentes con respecto a las tareas presentes. La historia enseña al pueblo de Israel que su paso por el desierto, lleno de adversidades y contratiempos; no es simplemente una situación ciega, ajena a todo sentido y significado, sino un momento de prueba. Un momento en el que Dios penetra el corazón, se hace presente y ofrece el sustento a los que desfallecen. Yahveh sale al paso de sus necesidades y les da el maná. Este alimento que el Señor ofrece en el desierto sostiene la vida del pueblo y lo ayuda a continuar la marcha.

 

Así como en el pasado, Israel atravesó por el desierto y Dios probó su corazón y lo mantuvo en vida, así ahora, en el presente de nuestras vidas el Señor no es ajeno a la suerte humana. En verdad, Dios es amigo de la vida y no odia nada de lo que ha creado. Esta verdad encuentra su plenitud en Cristo que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. Por eso nos da a comer su carne, verdadera comida, y a beber su sangre, verdadera bebida, para que tengamos vida eterna (Evangelio). Participando todos de un solo pan (Eucarístico) formamos un solo cuerpo que es la Iglesia (Segunda Lectura).

J «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida»

 

El discurso del pan de vida que Jesús pronunció en la sinagoga de Cafarnaúm, en su primera parte, es un diálogo entre Jesús y los judíos que habían tenido la expe­riencia de la multiplicación de los panes y se habían sacia­do de ellos. Cuando Jesús promete un nuevo pan, uno que baja del cielo y da la vida al mundo, los judíos, esperando que Jesús les de un pan mejor y más nutritivo que el anterior, le suplican: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34). Y esta petición da ocasión a Jesús para comenzar un verdadero dis­curso sobre ese pan que Él ha prometido. Pero es un discurso continuamente interrumpido por las objecio­nes de los oyen­tes, que murmu­ran ante las afirma­ciones que Jesús va hacien­do. Esto obliga a nuevas aclara­ciones de parte de Jesús que nos sirven también a nosotros para entender mejor su ense­ñanza.

 

La primera de esas objeciones es: «los judíos murmuraban de Él porque había dicho: 'Yo soy el pan que ha bajado del cielo'». ¿Qué es lo que no admiten de esa afirmación? Lo primero y más evidente que habría que objetar es que Jesús haya dicho: «Yo soy un pan». Y la reacción más obvia debió haber sido ésta: «Tú no eres ningún pan, tú eres un hom­bre». Pero los judíos consi­deran que esa afirmación de Jesús tuvo que ser hecha en sentido metafóri­co y la dejan pasar. Objetan, en cambio, lo que dijo acerca de su ori­gen: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?».

 

Pero Jesús no da respuesta a esto; su respuesta se concentra precisamente en ese punto que los judíos habían descartado, considerán­dolo tan absur­do, que no merecía ser objetado; ellos piensan que eso de ser «pan» no podía tener un sentido real; lo dejan pasar como algo dicho en sentido figurado. Jesús retoma lo dicho: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo», e insiste en el sentido real de la primera parte de su frase: «Si uno come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo les voy a dar es mi carne para la vida del mundo»[2].

 

Los judíos comienzan a considerar la posibilidad de que Jesús hubiera hablado en sentido real, pero les parece increí­ble lo que han oído. Ahora no murmuran sino que «dis­cu­tían entre sí los judíos» (Jn 6,52), sobre el modo cómo debían tomarse esas palabras de Jesús. Se percibe la indignación de algunos que se habrán imaginado una especie de caniba­lismo[3]: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Esto da lugar a que Jesús continúe su discurso, pero de manera que no quede duda alguna sobre el sentido que da a sus palabras; para darles aun más realismo agrega también la necesidad de «beber su sangre». Debemos agradecer a los judíos que hayan resistido tanto a las palabras de Jesús, pues esto lo obligó a insis­tir. Si Jesús dijo: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida», ¿quién puede negarlo, sin negar o su lucidez o su veracidad, es decir, sin negar su divini­dad?

 

En efecto, si Jesús dijo eso sin saber lo que decía, quiere decir que estaba fuera de sus cabales, lo cual es imposible, si su humanidad está asumida por la Persona divina del Hijo de Dios, de manera que es éste el sujeto de sus actos y de sus palabras. Y la hipótesis de que Jesús haya dicho esas palabras sabiendo lo que decía, pero faltan­do a la verdad, es más imposible aun, si el que habla es el Hijo de Dios, el mismo que dijo: «Yo soy la Verdad». Por tanto, negar que la carne de Jesús sea nues­tra comida y su sangre sea nuestra bebida, es lo mismo que negar la divi­nidad de Jesús. Y, por desgracia, son muchos los que niegan la verdad de la Eucaristía, precisamente porque ya no creen que Jesucristo sea nuestro Dios y Señor.

 

J «El Pan bajado del cielo...»

 

A continuación también se refiere Jesús al origen celestial de este pan: «Este es el pan bajado del cielo, no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma de este pan vivirá para siempre». En tiempos de Jesús los judíos creían que el maná era un pan preparado por ángeles que Dios había dado a su pueblo, haciéndolo caer del cielo. Es la convicción que expresa el libro de la Sabidu­ría, que es más o menos contemporáneo con Jesús: «A tu pueblo lo alimentaste con manjar de ángeles; les suminis­traste sin cesar desde el cielo un pan ya prepara­do» (Sb 16,20). Lo que Jesús quiere decir es que esos textos no describen el maná histórico, sino «el verdadero pan del cielo», un pan que estaba aún por venir y que Él daría al mundo. Los que comieron del maná histórico murie­ron todos en el desierto y no entraron en la tierra prome­tida. En cambio, el que coma del «pan vivo bajado del cielo», vivirá para siempre y entrará en el paraíso a gozar de la felicidad eterna.

 

K La experiencia del desierto

La experiencia del Éxodo es original y a la vez ejemplar. Israel aprende de ella que, cada vez que es amenazado en su existencia, sólo tiene que acudir a Dios con confianza renovada para encontrar en Él asistencia eficaz: «Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he formado, tú eres mi siervo, Israel, yo no te olvido!» (Is 44, 21). Parece que Dios en su pedagogía desea llevar al alma al desierto y allí probar su corazón y hablarle al corazón. Una prueba que purifica, que hace crecer, que fortalece el alma. La experiencia de Dios pasa siempre por una especie de desierto donde el alma se desprende de sí, se purifica de sus pasiones y va ascendiendo por etapas hasta entonces desconocidas. Entonces tiene una experiencia nueva y más profunda de Dios y de su amor.

 

El texto del Deuteronomio nos habla de la experiencia del desierto como una prueba que desvela lo que hay en el corazón; una prueba para ver si el pueblo guarda los preceptos de Yahveh. Pero, sobre todo, se subraya que el Señor es quien da sustento a su pueblo en las horas de peligro, y que este sustento no es sólo el pan material, sino cuanto sale de la boca de Dios. Se le pide a Israel una confianza y un abandono no indiferente ante Yahveh. Se le pide que deje toda preocupación material en las manos de Dios y que se ocupe en seguir la marcha que se le ha propuesto. Un mensaje arduo: alimentarse sólo de la Palabra de Dios, confianza total sin limitaciones al Plan amoroso de Dios.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51). Acabamos de proclamar estas pala­bras en esta solemne liturgia. Jesús las pronunció después de la multiplicación milagrosa de los panes junto al lago de Galilea. Según el evangelista san Juan, anuncian el don salvífico de la Eucaris­tía. No faltan en la antigua Alianza pre­figuraciones significativas de la Eucaristía, entre las cuales es muy elocuente la que se refiere al sacerdocio de Melquise­dec, cuya misteriosa figura y cuyo sacerdocio singular evoca la liturgia de hoy.

 

El discurso de Cristo en la sinago­ga de Cafarnaúm representa la culmina­ción de las profecías veterotestamenta­rias y, al mismo tiempo, anuncia su cumplimiento, que se realizará en la úl­tima cena. Sabemos que en esa circuns­tancia las palabras del Señor constituyeron una dura prueba de fe para quienes las escucharon, e incluso para los Após­toles.

 

Pero no podemos olvidar la clara y ardiente profesión de fe de Simón Pe­dro, que proclamó: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vi­da eterna, y nosotros creemos y sabe­mos que tú eres el Santo de Dios» (Jn 6, 68‑69). Estos mismos sentimientos nos ani­man a todos hoy, mientras, reunidos en tomo a la Eucaristía, volvemos ideal­mente al cenáculo, donde el Jueves san­to la Iglesia se congrega espiritualmente para conmemorar la institución de la Eucaristía...«La noche de la última cena, recosta­do a la mesa con los Apóstoles, cumpli­das las reglas sobre la comida legal, se da, con sus propias manos, a sí mismo, como alimento para los Doce».

 

Con estas palabras, santo Tomás de Aquino resume el acontecimiento ex­traordinario de la última cena, ante el cual la Iglesia permanece en contempla­ción silenciosa y en cierto modo, se su­merge en el silencio del huerto de los Olivos y del Gólgota».

 

Juan Pablo II. Homilía en la solemnidad del Corpus Christi, 11 de junio de 1998

 

J Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. «Esta maravillosa presencia de Cristo en medio de nosotros debería revolucionar nuestra vida», nos dice un autor espiritual. Realmente si tomamos conciencia de lo que significa que el Cristo de María, el Cristo de los milagros y de las curaciones, el Cristo que perdonó a la Magdalena, el Cristo que nos ha reconciliado con el Padre; está en medio de nosotros, sin duda cambiaríamos de vida. 

 

2. Muchas veces no es fácil poder ir a misa con toda la familia, especialmente si tenemos hijos jóvenes.¿Qué medios podemos usar para poder celebrar en familia el «día del Señor»? Seamos creativos y perseverantes. El ejemplo que les podamos dar es sumamente importante. 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 1373 - 1381.

 



[1] El origen de la Solemnidad del Cuerpo y Sangre de Cristo se remonta al siglo XII en el cual se resaltaba de manera particular la presencia real de «Cristo total» en el pan consagrado. En 1209 una religiosa cisterciense, Santa Juliana (priora de la abadía de Mont Cornillón a las afueras de Lieja, Bélgica) tuvo una serie de visiones que dieron un enorme impulso a la introducción de una fiesta especial a la Eucaristía. Por su intercesión y la de sus consejeros espirituales, el obispo de Lieja, Roberto de Thorete, introdujo esta fiesta, por primera vez en su diócesis en el año 1246. El año 1264, el Papa Urbano IV (Jacques Pantaleón que había sido archidiácono de Lieja) estableció la solemnidad para la Iglesia universal. Los textos litúrgicos fueron redactados por Santo Tomás de Aquino. Sin embargo la causa inmediata que determinó a Urbano IV establecer oficialmente esta fiesta fue el milagro eucarístico ocurrido en 1263 en Bolsena, Italia. Un sacerdote que celebraba la Santa Misa tuvo dudas acerca de la Consagración y al momento de partir la Sagrada Forma, vio salir de ella sangre de la que se fue empapando en seguida el corporal. La venerada reliquia fue llevada en procesión a Orvieto el 19 junio de 1264 donde se encontraba el Santo Padre.

[2] El verbo utilizado para comer en griego es muy claro: fage que quiere decir comer, devorar. A partir del versículo 54 se va utilizar el verbo trogo que quiere decir: comer a mordiscos, masticar.

[3] Canibalismo. Antropofagia atribuida a los caníbales. Ferocidad o inhumanidad propias de caníbales.

 

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lunes, 13 de junio de 2011

{Meditación Dominical} Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo A. «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único»

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Rafael de la Piedra
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Solemnidad de la Santísima Trinidad. Ciclo A

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único»

 

Lectura del libro del Éxodo 34, 4b - 6. 8 - 9

«Moisés labró dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose de mañana, subió al monte Sinaí como le había mandado Yahveh, llevando en su mano las dos tablas de piedra. Descendió Yahveh en forma de nube y se puso allí junto a él. Moisés invocó el nombre de Yahveh. Yahveh pasó por delante de él y exclamó: "Yahveh, Yahveh, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad”. Al instante, Moisés cayó en tierra de rodillas y se postró. Y dijo: "Señor mío, si he obtenido tu favor, ¡dígnese mi Señor ir en medio de nosotros!, aunque éste sea un pueblo obstinado; perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y haznos tu heredad "».

 Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Corintios 13, 11-13 

 

«Por lo demás, hermanos, alegraos; sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente con el beso santo. Todos los santos os saludan. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 3,16-18

 

«Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

 El vínculo entre las lecturas

 

Ha concluido el tiempo pascual en Pentecostés con el don del Espíritu Santo. Al iniciar nuestro camino por el tiempo litúrgico que transcurre durante el año, esta fiesta de la Santísima Trinidad es una celebración gozosa y agradecida al Dios Uno y Trino por la obra de nuestra reconciliación. Las lecturas bíblicas nos presentan a un Dios compasivo y misericordioso (Primera Lectura).

 

Por otro lado es tan cercano que sale al encuentro para ofrecernos su amistad, amor y comunión  en Cristo  Jesús (Segunda Lectura). La misión por la cual se encarnó el Verbo es para que tengamos vida en abundancia; eso es justamente la vida eterna (Evangelio). Hoy se nos ofrece una excelente oportunidad para tomar conciencia de la dimensión trinitaria de toda nuestra vida cristiana.

 

 «Tanto amó Dios al mundo...»

 

El texto del Evangelio de este Domingo pertenece al diálogo entre Jesús y Nicodemo[1], cuyo tema central es el nuevo nacimiento por el agua y el Espíritu. Su contexto es, por tanto, un relato doctrinal o catequético sobre el bautismo. Esta breve lectura - tres versículos - es de un contenido trascendental. Se habla directamente del Padre y del Hijo, pero no del Espíritu Santo. La frase que abre la lectura es una admirable síntesis bíblica que, podemos decir, condensa todo el cuarto Evangelio. Dice así: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3,16). El motivo de la entrega del Hijo es el amor del Padre por el hombre; y la finalidad de ese don personal, es la salvación y la vida eterna por la fe en Jesús, como leemos en el versículo 17. Jesucristo es el gran signo o sacramento del amor trinitario por la humanidad, hecho evidente en su Encarnación - Pasión - Muerte y Resurrección por los hombres.

 

Lo mismo que Moisés levantó la serpiente de bronce en el desierto para la curación de aquellos heridos mortalmente por las serpientes venenosas; así también el «Hijo único» será levantado en la Cruz para que todo aquel que cree en Él tenga vida eterna (ver Nm 21,4; Jn 3, 14-15). La expresión «Hijo único», dos veces repetida evoca también a la figura de Abrahán, modelo de fe y padre de los creyentes, sacrificando a su propio hijo Isaac. Queda claro que Dios no mandó a su Hijo para condenar a los hombres sino para que se salven por Él, abriéndose así a la dimensión del amor del Padre en el Hijo. ¡Ese amor, que no es el Padre ni el Hijo, es justamente el Espíritu Santo!

 

 Dios cercano, compasivo y misericordioso

 

En la conclusión a su segunda carta a los Corintios San Pablo[2] desea a los fieles de esa comunidad de Corinto el bien máximo: «La gracia del Señor Jesucris­to, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén con todos vosotros» (2Cor 13,13). Todos reco­nocemos en esta fórmula el saludo que el sacerdote dirige hoy a los fieles al comienzo de las celebra­ciones litúrgi­cas, en especial, de la Santa Misa. A este saludo los fieles responden: «Y con tu espíritu». Es una fórmula cristiana antigua, pues el escrito en que se encuen­tra remonta al año 57 d.C. Pero, dada su forma esquemá­tica y la posición en que se encuentra en la carta, se deduce que ésta es una fórmula litúrgica que exis­tía antes de ser incluida en esa carta. San Pablo estaría citando un texto de la liturgia que todos ya reconocían para esa época.

 

El Dios revelado por Jesucristo, imagen visible de Dios, aunque trascendente no es un Dios lejano e inaccesible, sino próximo al hombre. Como anticipo de esta plena luz evangélica la Primera Lectura nos muestra que Dios, que conduce a Moisés por el desierto; es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad. Por eso perdona la infidelidad de los israelitas (por ejemplo la idolatría del becerro de oro) y renueva su Alianza con su pueblo al que ha tomado como heredad suya.

 

Para nosotros que vivimos la plena luz de la revelación neotestamentaria, el Dios cristiano no se puede comprender ni definir sin referencia a Jesucristo que es la imagen y la revelación siempre actual del Dios uno y trino. La entrega de su Hijo al hombre, como ofrenda reconciliativa es perenne. Es decir no queda solamente en el hecho pasado sino es constantemente repetido en el acontecer humano de nuestra vida, de nuestro mundo, de nuestra comunidad de fe: especialmente por el anuncio del Evangelio y por los Sacramentos en los que Dios actualiza la redención humana, como afirma la liturgia constantemente.

 

 El misterio de la Santísima Trinidad

 

Dios no puede ser solitario y mudo, cerrado en el círculo hermético de un eterno silencio, sino que es Trino, es amor y comunión. El amor del Padre, el «Yo», al comprometerse y reflejarse  a sí mismo engendra el «Tu» que es el Hijo; y del amor mutuo de ambos, procede el «Nosotros», que es el Espíritu Santo, don y devolución de amor, comunicación y diálogo. Después, como consecuencia y porque la Trinidad ama al hombre que creó, nos permite participar de esa comunión Divina como hijos por medio de Jesús: ser hijos en el Hijo.  Jesús afirmó: «esta es la vida eterna, que te conozcan a Ti, único Dios verdadero, y a tu Enviado, Jesucristo» (Jn 17,3). Comenta San Bernardo: «pretender  probar el misterio trinitario es una osadía; creerlo es piedad; y penetrar en su conocimiento es vida eterna». Penetrar en su conocimiento no significa desentrañarlo, como quien resuelve un problema matemático.

 

El misterio trinitario es para conocerlo y vivirlo de acuerdo a lo que nos revela. Esa es la mejor manera de entenderlo. Y se vive y se entiende, experimentando y vivenciando en la fe la relación filial con el Padre siendo dóciles al Espíritu Santo como lo fue Jesucristo.

 

 Conocer para amar...

 

¿Cómo podemos conocer a Dios? Hemos de llegar a encontrar y conversar con Dios mediante la oración y el diálogo personal. Ése fue el camino que el mismo Jesús nos enseñó: apertura y escucha a la Palabra de Dios y después respuesta y oración. Del contacto vivo y personal con Dios por la fe y la oración surgirá la exacta valoración del hombre, de la vida y de las relaciones humanas. El gran teólogo Romano Guardini escribió: «Sólo quien conoce a Dios, puede conocer al hombre». Ya antes, el mismo San Juan constató que sólo el que ama al hermano a quien ve, puede conocer a Dios. Ambas afirmaciones se basan en que hemos sido creados a «imagen y semejanza» de nuestro Creador. Éste es el fundamento de nuestra dignidad que ha sido elevada a un potencial infinito al haber sido, por la Encarnación del Verbo, adoptados como hijos verdaderos del Padre (hijos en el Hijo).

 

Porque nos sabemos amados de Dios, a nuestra vez podemos y debemos amar a los demás que también son hijos muy queridos de Dios, y por lo tanto, hermanos nuestros. Dios, Uno y Trino, que es amor comunitario, al introducirnos en su «comunidad de amor» nos enseña que la vida es amor compartido, entrega, comunidad, aceptación y diálogo.

 

En su discurso de despedida Jesús oraba así al Padre: «No ruego sólo por éstos, sino también por aquellos que, por medio de su palabra, creerán en mí,  para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. Yo les he dado la gloria que tú me diste, para que sean uno como nosotros somos uno: » (Jn 17, 20-22). El Concilio Vaticano II comentó este pasaje resaltando el carácter comunitario de la vocación humana según el Plan de Dios: «Más aún; cuando Cristo nuestro Señor ruega al Padre que todos sean «uno»... como nosotros también somos «uno» (Jn 17, 21-22), descubre horizontes superiores a la razón humana, porque insinúa una cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza pone de manifiesto cómo el hombre, que es en la tierra la única criatura que Dios ha querido por sí misma, no pueda encontrarse plenamente a sí mismo sino por la sincera entrega de sí mismo» (Gaudium et Spes, 24).

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

«De este misterio, que supera infini­tamente nuestra inteligencia, el apóstol san Juan nos ofrece una clave, cuando proclama en la primera carta: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8). Este vértice de la re­velación indica que Dios es ágape, o sea, don gratuito y total de sí, del que Cristo nos dio testimonio especialmente con su muerte en la cruz. En el sacrificio de Cristo, se revela el amor infinito del Pa­dre al mundo (cf. Jn 3, 16; Rm 5, 8). La capacidad de amar infinitamente, entregándose sin reservas y sin medida, es propia de Dios. En virtud de su ser Amor, Él, antes aún de la libre creación del mundo, es Padre en la misma vida divina: Padre amante que engendra al Hijo amado y da origen con él al Espíri­tu Santo, la Persona‑Amor, vínculo recíproco de comunión.

 

Basándose en esto, la fe cristiana comprende la igualdad de las tres perso­nas divinas: el Hijo y el Espíritu son iguales al Padre, no como principios au­tónomos, como si fueran tres dioses, si­no en cuanto reciben del Padre toda la vida divina, distinguiéndose de Él y recí­procamente sólo en la diversidad de las relaciones (cf. Catecismo de la Iglesia católica, n. 254). Así, la reciprocidad entre el Padre y el Hijo llega a ser para nosotros, cre­yentes, el principio de una vida nueva, que nos permite participar en la misma plenitud de la vida divina: «Quien con­fiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios» (1 Jn 4, 15). Las criaturas viven el dinamismo de la vida trinitaria, de manera que todo con­verge en el Padre, mediante Jesucristo, en el Espíritu Santo. Esto es lo que su­braya el Catecismo de la Iglesia Católi­ca: «Toda la vida cristiana es comunión con cada una de las personas divinas, sin separarlas de ningún modo. El que da gloria al Padre lo hace por el Hijo en el Espíritu Santo» (n. 259).

Juan Pablo II Catequesis 10 de marzo de 1999

 

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Dios quiere que nos salvemos y que tengamos vida eterna. Por eso debemos conocerle para poder creer en Él. ¿Por qué no dedicamos cinco minutos al día para leer un pasaje de la Biblia? ¿Será tan difícil hacerlo? Tenemos a nuestro alcance algo realmente valioso...

 

2. San Pablo nos invita a «sed perfectos; animaos; tened un mismo sentir; vivid en paz, y el Dios de la caridad y de la paz estará con vosotros». ¿En mi familia, cómo vivo la paz y la armonía?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 238- 260.

 

 

 

 

 

 



[1] Nicodemo era fariseo y miembro del Consejo Supremo judío (Sanedrín). Fue a hablar en secreto con Jesús de noche. Más tarde habló a favor de Jesús cuando los fariseos querían prenderle. Después de la crucifixión de Jesús, Nicodemo llevó aromas para embalsamar el cuerpo del Maestro (ver Jn 3,1-20; 7, 50s; 19, 39. 42). 

[2] Pablo escribe su segunda carta a los corintios aproximadamente un año después de la primera (56-57), cuando las relaciones entre él y la comunidad se hallaban en crisis. Durante aquel año, algunos cristianos de Corinto le habían atacado duramente. Y, al parecer, él había hecho una rápida visita a Corinto. La carta nos hace ver lo mucho que Pablo deseaba estar en paz con aquella comunidad.   

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lunes, 6 de junio de 2011

{Meditación Dominical} Solemnidad de Pentecostés. Ciclo A. «A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»

Solemnidad de Pentecostés. Ciclo A

«A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados»

 

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 1- 11

 

«Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en un mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban. Se les aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y se posaron sobre cada uno de ellos; quedaron todos llenos del Espíritu Santo y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. Había en Jerusalén hombres piadosos, que allí residían, venidos de todas las naciones que hay bajo el cielo. Al producirse aquel ruido la gente se congregó y se llenó de estupor al oírles hablar cada uno en su propia lengua.

 

Estupefactos y admirados decían: "¿Es que no son galileos todos estos que están hablando? Pues ¿cómo cada uno de nosotros les oímos en nuestra propia lengua nativa? Partos, medos y elamitas; habitantes de Mesopotamia, Judea, Capadocia, el Ponto, Asia, Frigia, Panfilia, Egipto, la parte de Libia fronteriza con Cirene, forasteros romanos, judíos y prosélitos, cretenses y árabes, todos les oímos hablar en nuestra lengua las maravillas de Dios"».

 

Lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios 12,3b-7.12-13

 

«Nadie puede decir: "¡Jesús es Señor!" sino con el Espíritu Santo. Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común, Pues del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19-23

 

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". »

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El Espíritu Santo que el Señor había prometido reiteradamente a sus apóstoles, se derrama hoy abundantemente sobre ellos y los llena de un santo ardor para anunciar la «Buena Noticia» de la Resurrección del Señor. El libro de los Hechos de los Apóstoles nos narra el evento de Pentecostés donde vemos a los discípulos, que reunidos en oración, en torno a Santa María, son iluminados por la acción del Espíritu Santificador e inician su heroica actividad evangelizadora.

 

San Pablo, en la Primera Carta a los Corintios, subraya que sólo gracias a la acción del Espíritu podemos llamar a Jesús: el Señor; es decir, sólo siendo dóciles a las mociones del Espíritu Santo podemos reconocer y proclamar su divinidad (Segunda Lectura).

 

El Evangelio nos presenta a Jesús resucitado que envía a sus apóstoles y les confiere el poder para perdonar los pecados por la recepción del Espíritu Santo. En la predicación, en la proclamación de la fe así como en la administración de los sacramentos; es el Espíritu Santo quien obra y da fuerzas.

 

¿Qué estamos celebrando?

 

Desde tiempo inmemorial la Solemnidad que celebra la Iglesia este Domingo se llama «Pentecostés». Pero este nombre en realidad no dice el motivo de la celebración. Esta palabra de origen griego significa literalmente: «cincuentenario» y solamente dice la «ocasión» en que ocurrió el hecho que se conmemora. Hoy día celebramos la efusión del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente cincuenta días después de la Resurrección de Cristo. Hoy día celebramos el cumplimiento de la promesa que Jesús hiciera a sus Apóstoles antes de ascender al cielo: «Recibiréis el Espíritu Santo y seréis mis testigos».  

 

Sin embargo los judíos la llamaban también «fiesta de las semanas» o «fiesta de las primicias» (Ver Ex 23,16; 34,22), pues en ella, siete semanas o cincuenta días después de haberse iniciado la siega, se presentaba a Dios los primeros frutos de la cosecha. Era una fiesta de acción de gracias por las bendiciones recibidas de manos de Dios a través de los frutos del campo y se caracterizaba por la alegría y el regocijo (Ver Is 9,2). Origi­nalmente era una fiesta agrícola de la siega; pero, visto que se celebraba cincuenta días después de la Pascua, que conmemoraba la salida de Egipto, pronto esta fiesta se asoció al don de la ley en el Sinaí y se celebraba la renovación de la alianza con el Señor. En el Talmud se transmite la sentencia del Rabí Eleazar: «Pente­costés es el día en que fue dada la Torah (la ley)».Esta fiesta era celebrada anualmente en Jerusalén con gran participación del pueblo. A ella hace referencia san Lucas cuando dice: «Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos...» (Hch 2,1).


«Vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso...»

La imagen que todos tenemos de lo que ocurrió ese día está sugerida por lo que allí se narra: «Vino del cielo un ruido como de una ráfaga de viento impetuoso, que llenó toda la casa en la que se encontraban... y quedaron todos llenos del Espíritu Santo». Es claro que la efusión del Espíritu Santo está relacio­nada con el viento. Esta relación resulta más evidente si se considera que en las lenguas bíblicas la misma palabra dice «viento» y «espíritu», en hebreo «rúaj» y en griego «pnéuma». Y lo mismo llama la atención en el Evangelio. Allí Jesús usa un gesto expresivo: «Sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo». Está nuevamente haciendo alusión a la realidad del viento, que es la que da nombre a la tercera Persona divina.

 

Si logramos comprender por qué se llama «viento» a esta Persona divina habremos comprendido algo sobre su acción. Para un hombre primitivo el viento era una fuerza misteriosa. Ellos veían que los árboles se doblaban, los techos de las casas volaban, el agua se encrespaba, etc. pero no se «veía» ninguna causa que produjera estos efectos, que eran completamente imprevisibles. Era una fuerza análoga a la que puede generar un hombre soplando, pero infinitamente mayor. El paso obvio fue considerar el viento como el soplo de Dios, el «espíritu[1]» de Dios. Se trata de una fuerza invisible e imprevisible -y por eso misteriosa- que logra efectos superiores a los que puede alcanzar cualquier poder humano.

 

 El poder creador del Espíritu de Dios está afirmado en la primera frase de la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra era caos y confusión... y un viento (espíritu) de Dios aleteaba por encima de las aguas» (Gen 1,1-2). Por la acción de este espíritu se opera el ordenamiento del mundo: la luz, el firmamento, el retroceso de las aguas y la aparición de la tierra seca, la generación de los vegetales, plantas y árboles, los astros, el hombre.

 

Entre todos los seres, el hombre posee algo que lo pone por encima de todos los demás, que lo hace irreductible a la materia y es fundamento de su dignidad inviolable. Esto lo expresa la Biblia afirmando que posee el «soplo de Dios»: «Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente» (Gen 2,7).

 

El «otro Paráclito» prometido por Jesús

 

La revelación plena del Espíritu Santo, como Persona divina consustancial al Padre y al Hijo, fue obra de Jesucristo. Pero Él mismo, para ilustrar la acción del Espíritu, emplea el origen de este nombre, cuando dice: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3,8).

 

El Espíritu Santo opera en el hombre efectos maravillosos, imposibles para las solas fuerzas humanas. El más grande de estos efectos es la salvación del pecado y de toda esclavitud que somete al hombre. San Pablo nos entrega un elenco de esas cosas que son imposibles a las solas fuerzas humanas y que son obra del Espíritu: «El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, pacien­cia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí» (Gal 5,25). Por tanto, cuando en una persona encontramos estas actitudes, podemos discernir la presencia del Espíritu Santo en ella. Si tales son los frutos del Espíritu Santo con razón hoy día la Iglesia exclama: «Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor».

 

El perdón de los pecados

 

En el Evangelio de hoy Jesús indica una de esas obras maravillosas del Espíritu: el perdón de los pecados. El pecado es una ofensa del hombre a Dios. Si el pecado es mortal, destruye el amor en el corazón del hombre, hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. El perdón del pecado no es solamente una declaración de que Dios no considera el pecado, sino que transforma radicalmente el corazón del hombre infundién­dole el amor. Pero esto, sólo el Espíritu puede hacerlo, pues «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rm 5,5).

 

El poder de perdonar los pecados y de retenerlos fue entregado por Cristo resucitado a sus discípulos cuando les comunicó el Espíritu Santo y les dijo: «A quienes perdonéis los pecados les quedan perdona­dos y a quienes se los retengáis les quedan retenidos». Es el poder que ejercen hoy los sacerdotes de la Iglesia por medio del sacramento de la Penitencia.

 

El gesto de Jesús, exhalando su aliento sobre los discípulos, recuerda el gesto creador de Dios sobre Adán (ver Gn 2,7), y el espíritu de vida que infunde sobre los huesos que llenan el valle descrito por el profeta Ezequiel (ver Ez 37, 1-14). Estamos ante una nueva creación; obra, como la primera, del Verbo de Dios (Jn 1,1-3). Y el Salmo responsorial de hoy expresa el anhelo de una nueva creación: «Envía tu Espíritu, Señor, y renueva la faz de la tierra» (Salmo 103). Ahora, todo es nuevo...

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

«Los Hechos de los Apóstoles ponen de relieve, que María se encontraba en el cenáculo «con los hermanos de Jesús» (Hch. 1, 14), es decir, con sus parientes, como ha interpretado siempre la tradición eclesial. No se trata de una reunión de familia, sino del hecho de que, bajo la guía de María, la familia natural de Jesús pasó a formar parte de la familia espiritual de Cristo: «Quien cumpla la voluntad de Dios, —había dicho Jesús—, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mc. 3, 34). En esa misma circunstancia, Lucas define explícitamente a María «la madre de Jesús» (Hch. 1, 14), como queriendo sugerir que algo de la presencia de su Hijo elevado al cielo permanece en la presencia de la madre. Ella recuerda a los discípulos el rostro de Jesús y es, con su presencia en medio de la comunidad, el signo de la fidelidad de la Iglesia a Cristo Señor.

 

El título de Madre, en este contexto, anuncia la actitud de diligente cercanía con la que la Virgen seguirá la vida de la Iglesia. María le abrirá su corazón para manifestarle las maravillas que Dios omnipotente y misericordioso obró en ella. Ya desde el principio María desempeña su papel de Madre de la Iglesia: su acción favorece la comprensión entre los Apóstoles, a quienes Lucas presenta con un mismo espíritu y muy lejanos de las disputas que a veces habían surgido entre ellos. Por último, María ejerce su maternidad con respecto a la comunidad de creyentes no sólo orando para obtener a la Iglesia los dones del Espíritu Santo, necesarios para su formación y su futuro, sino también educando a los discípulos del Señor en la comunión constante con Dios. Así, se convierte en educadora del pueblo cristiano en la oración y en el encuentro con Dios, elemento central e indispensable para que la obra de los pastores y los fieles tenga siempre en el Señor su comienzo y su motivación profunda.

 

Estas breves consideraciones muestran claramente que la relación entre María y la Iglesia constituye una relación fascinante entre dos madres. Ese hecho nos revela nítidamente la misión materna de María y compromete a la Iglesia a buscar siempre su verdadera identidad en la contemplación del rostro de la Theotókos».

 

Juan Pablo II. Catequesis del 28 de mayo de 1997

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

 

1. «Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres». Recemos por la unidad de la Iglesia y busquemos amar a todos nuestros hermanos sin ningún tipo de distinción o segregación. 

 

2. Un tema directamente asociado al Espíritu Santo es el perdón de los pecados. ¿Con qué frecuencia recurro al sacramento de la reconciliación?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 689 - 701. 731- 747.

 

 

 



[1] En el vocabulario bíblico la palabra «espíritu» (ruáh , pneuma) significa tanto viento, soplo, aliento, respiración; es decir, la vida en sus diversas manifestaciones.

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