lunes, 23 de mayo de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 6ª de Pascua. Ciclo A «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito»

Domingo de la Semana 6ª de Pascua. Ciclo A

 «Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito»

 

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  8,5-8.14-17

 

«Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Cristo. La gente escuchaba con atención y con un mismo espíritu lo que decía Felipe, porque le oían y veían las señales que realizaba; pues de muchos posesos salían los espíritus inmundos dando grandes voces, y muchos paralíticos y cojos quedaron curados.

 

Y hubo una gran alegría en aquella ciudad. Al enterarse los apóstoles que estaban en Jerusalén de que Samaria había aceptado la Palabra de Dios, les enviaron a Pedro y a Juan. Estos bajaron y oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; pues todavía no había descendido sobre ninguno de ellos; únicamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo».

 

Lectura de la Primera carta de San Pedro 3,15-18

 

«Al contrario, dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza. Pero hacedlo con dulzura y respeto. Mantened una buena conciencia, para que aquello mismo que os echen en cara, sirva de confusión a quienes critiquen vuestra buena conducta en Cristo. Pues más vale padecer por obrar el bien, si esa es la voluntad de Dios, que por obrar el mal. Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 14, 15-21

 

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos; y yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce. Pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros. No os dejaré huérfanos: volveré a vosotros. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros si me veréis, porque yo vivo y también vosotros viviréis. Aquel día comprenderéis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros. El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

 El vínculo entre las lecturas

 

«Yo rogaré al Padre y Él les enviará otro Paráclito que esté siempre con ustedes». Esta frase del Evangelio unifica la liturgia de la Palabra previo a la Ascensión y a Pentecostés. La naciente Iglesia ha vivido una larga experiencia de encuentro con Jesucristo Resucitado y ahora anuncia su partida. Pero Jesucristo nunca dejará sola a su Iglesia. Revela el misterio Trinitario y promete la presencia de un Defensor: el Espíritu Santo. Este discurso de despedida del Señor nos hace crecer en la esperanza cristiana y exclamar, junto con el salmista, que el evento de Pentecostés es una «obra admirable» y que toda la tierra ha de aclamar al Señor pues ha hecho prodigios por los hombres.

 

Así los samaritanos, apóstatas del judaísmo, serán admitidos con alegría a la comunidad cristiana por la acción del Espíritu Santo que no hace acepción de personas, bastando sólo su conversión y aceptación de la Palabra de Dios (Primera Lectura). También, con la fuerza del Espíritu que resucitó a Jesús podrán los cristianos hacer el bien y así glorificar a Cristo en sus corazones; dando razón de su esperanza a todo el que se la pidiere (Segunda Lectura).

 

 «Yo enviaré otro Paráclito»

 

El Evangelio de este Domingo contiene la primera de las cinco promesas del Espíritu Santo que hace Jesús a sus apóstoles en su discurso de despe­dida durante la última cena: «Yo pediré al Padre, y os dará otro Paráclito..., el Espíritu de la verdad...» (Jn 14,16.17). Lo primero que llama la atención es el nombre dado al Espíritu Santo: «Paráclito». Este término es propio de San Juan en el Nuevo Testamento. Pertenece a un contexto jurídico y designa a quien viene en ayuda de otro, sobre todo en el curso de un proceso judicial. Habrá que tradu­cirlo, entonces, por asisten­te, defensor, abogado. Con este término queda insinuado el tema del conflicto de los discípulos con el mundo que vamos a leer en la Carta de San Pedro. En este conflic­to ellos no tienen que temer porque el Padre les dará un Paráclito. San Juan da al Espíri­tu Santo el nombre de «Paráclito» destacando el rol de asistencia que tiene en la tierra.

 

Algo que también nos llama la atención es que Jesús no promete «un Paráclito», sino «otro Paráclito». Si éste es «otro», ¿quiere decir que hay ya uno? En efecto. El primer gran defensor, el que ha estado con los discí­pulos y los ha asistido hasta ese momento, es Jesús mismo. Pero Jesús está anunciando su partida; cuando él haya partido, vendrá el Espí­ritu Santo, que es llamado «otro Paráclito», porque conti­nuará entre los discí­pulos la obra realizada por Jesús. En esta misma ocasión, diri­giéndose al Padre, Jesús destaca su rol de «defensor» en relación a sus discípulos: «Cuando estaba yo con ellos, yo cuidaba en tu nombre a los que me habías dado. He velado por ellos y ninguno se ha perdido» (Jn 17,12). Esta es la tarea que tendrá ahora el Espíritu Santo.

 

 «No os dejaré huérfanos»

 

Jesús anuncia su partida inminente; pero asegura que volverá pronto a los suyos: «No os dejaré huérfanos[1]: volveré a vosotros». Este regreso no se refiere a las apariciones de Cristo Resucitado, sino a una presencia suya espiri­tual, inte­rior y permanen­te, según su promesa que leemos en la última frase del Evangelio de San Mateo: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). Entonces sólo los discípu­los lo verán: «Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero vosotros sí me veréis». La capacidad de ver a Jesús vivo junto a los suyos será la obra del Espíri­tu Santo. Jesús dice claramente cuál es la condición para que alguien pueda verlo: «El que me ame... yo me manifestaré a él». Podemos precisar aun más esta condición: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama». Por tanto, para ver a Jesús es necesario amarlo, pero en la forma concreta de observar su voluntad. Esta condi­ción no la cumple el mundo. Por eso Jesús dice: «El mundo ya no me verá». Los discípu­los, en cambio, sí la cumplen: «Voso­tros sí me veréis».

 

Jesús, entonces, no se manifestará al mundo (Jn 14,22­). Y esto será porque al Pará­clito, que deberá reali­zar su presencia espiritual entre los hom­bres, «el mundo no puede reci­birlo, porque no lo ve ni lo cono­ce». La expresión «no puede» indica una incapacidad radical. La condición para recibir el Espíritu Santo es justamente la fe en Jesucristo. El Padre quiere dar el Pará­clito a petición de Jesús, pero el mundo es incapaz de recibir este don del Padre, porque no cree en Jesús. Al final de la frase Jesús indica otro motivo para esta incapacidad del mundo de reci­bir el Espí­ritu: «porque no lo ve ni lo conoce».

 

 ¿Cómo puede alguien «ver» el Espíritu?

 

El Evangelista San Juan usa aquí el verbo «theo­rein». Pero este verbo no se aplica nunca a una visión puramen­te espiritual. Si Jesús reprocha al mundo no «ver» el Espíri­tu, quiere decir que no logra perci­birlo a través de sus mani­festaciones exte­riores. Se trata aquí de las manifestaciones del Espíritu en la Persona, en el ministerio y en la palabra de Jesús mismo. Puesto que el mundo se ha mostrado incapaz de «ver-perci­bir» el Espíritu Santo actuando en la persona de Jesús, ahora no puede «reconocerlo». Por eso dice Jesús que el mundo es incapaz de recibir el Espíritu; el mundo no está en la disposición requerida para recibir este don del Padre. La situación de los discípulos es diametralmente opuesta. Es a los discípulos a quienes el Padre dará el Pará­clito, y por tanto, a ellos se manifestará Je­sús. Los discípulos, a diferencia del mundo, pueden recibir el Paráclito, porque ellos desde ahora están en la disposi­ción requerida: «vosotros sí lo conocéis, porque mora con vosotros».

 

Jesús se refiere a la situación de los discípulos antes de su partida. Durante la vida públi­ca de Jesús, el Espíritu estaba actuando en él. Y estando en Jesús, «mora con los discípulos», que fueron llamados para estar siem­pre con Jesús (ver Mc 3,14; Jn 1,39). Recordamos que la señal dada a Juan el Bautista es ésta: «Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es quien bautiza con Espíritu Santo» (Jn 1,33). Y los discí­pulos, a diferen­cia del mundo, son capaces de «ver», es decir dis­cernir, el Espíri­tu en acción en la vida, obras y palabras de Jesús. En efecto, ellos ya «cre­ían y sabían que Jesús era el Santo de Dios» (Jn 6,64). Por eso, Jesús dice en la última cena que ellos «conocen el Espíri­tu». Esta expe­rien­cia del Espíri­tu, este conoci­miento aún rudi­menta­rio e implícito que ellos tie­nen, es una condi­ción sufi­ciente para que puedan recibir el don del Espíri­tu.

 

Este Espíritu, el mundo no lo puede recibir, porque "el mundo" no echa de menos a Jesús. El mundo piensa que puede hacerlo todo sin Jesús. El contraste entre los discípulos y el mundo fue expresado por Jesús en esa misma ocasión cuando advirtió a sus discípulos: «Vosotros lloraréis y os lamentaréis, y el mundo se alegrará». El mundo no necesita un Consolador ni un Defensor, pues se siente satisfecho y autosuficiente. Los discípulos, en cambio, recibirán el Espíritu y entonces se cumplirá lo anunciado por Jesús: «Estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20).

 

 El Pentecostés samaritano

 

En la Primera Lectura vemos cómo se verifica la promesa de Jesús: el Espíritu Santo desciende por medio de Pedro y de Juan sobre los samaritanos, convertidos a la fe y bautizados en el nombre de Jesús, gracias a la predicación y curaciones del diácono Felipe (ver Hch 8, 5-17). Este pasaje constituye una suerte de «Pentecostés samaritano» al igual que en la casa del centurión romano Cornelio (ver Hch 10,44) donde baja el Espíritu Santo en suelo «pagano». Ambos casos son el eco del gran Pentecostés «judío» que leemos al principio de los Hechos de los Apóstoles (2,1-4). Es muy significativa la apertura de Samaría a la Buena Nueva, pues era una zona hostil al judaísmo. Diríamos que es casi pagana para los judíos, aunque con buena imagen en los distintos relatos evangélicos. Los samaritanos que estaban excluidos de la comunidad judía como herejes, entran ahora en la comunidad cristiana, el Nuevo pueblo de Dios, para adorar al Padre en espíritu y verdad, como Jesús dijo a la Samaritana (ver Jn 4,23).  

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

«¿Podemos creer que rige todavía este plan de acción salvífica por el que nos llega y se cumple en nosotros la Redención de Cristo? Sí, hermanos; más aún, debemos creer que nuestro medio dicho plan continúa y se realiza, gracias a virtudes y suficiencia que vienen de Dios, el cual nos hizo idóneos como ministros del Nuevo Testamento, no de la letra, sino del Espíritu... que vivifica (2 Co 3, 6). Dudar sobre esto sería ofender a la fidelidad de Cristo a sus promesas; sería traicionar a nuestro mandato apostólico; sería privar a la Iglesia de la certeza de su carácter indefectible, seguridad fundada en la palabra divina y comprobada por el testimonio de la historia.

 

El Espíritu está aquí. No ya para valorizar con una gracia sacramental la obra que nosotros todos reunidos en Concilio estamos realizando, sino para iluminarla y guiarla para el bien de la Iglesia y de la humanidad entera. El Espíritu está aquí. Nosotros lo invocamos, nosotros lo esperamos, nosotros lo seguimos. El Espíritu está aquí. Recordemos esta doctrina y esta realidad presente, ante todo, para comprender, una vez más y en la medida más plena e inefable que nos es posible, nuestra comunión con Cristo viviente: es el Espíritu Santo quien con El nos une».

 

Pablo VI. Discurso inaugural de la III Sesión del Concilio Vaticano II, 14 septiembre de 1964.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 


1. San Pedro nos dice: «dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza». ¿Soy capaz de dar razón de mi fe y de mi esperanza? ¿Qué medios concretos coloco para poder conocer mejor lo que creo? 

 

2. ¿Cómo puedo prepararme, en familia, para la gran fiesta del Espíritu Santo que será en dos semanas? Leamos las partes de la Biblia en donde se menciona la presencia del Espíritu Santo.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 683 – 690. 1817-1821.

 

 

 

 



[1] En griego «orfanós»: esta palabra significa enlutado, privado de un ser querido, sin padres o sin hijos, huérfano. En la versión de los LXX se asocia habitualmente con «viuda» (ver Is 1,17). Algunas veces tiene sentido de abandonado, desamparado. En el NT este término figura solamente en dos casos: St 1,27 y Jn 14,18. 

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sábado, 21 de mayo de 2011

{Meditación Dominical} Meditaciones Biblicas Dominicales

Disculpen el inconveniente. Tenía que actualizar la cuenta de Google para que pueda mandar puntualmente las Meditaciones Bíblicas Semanales.
Muchas gracias,

Rafael

PD: les mando la meditación del 4 Domingo de Pscua en caso no la hayan recibido. 

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{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo A «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

Domingo de la Semana 5ª de Pascua. Ciclo A

 «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

 

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles  6,1-7

 

«Por aquellos días, al multiplicarse los discípulos, hubo quejas de los helenistas contra los hebreos, porque sus viudas eran desatendidas en la asistencia cotidiana. Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos y dijeron: "No parece bien que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas. Por tanto, hermanos, buscad de entre vosotros a siete hombres, de buena fama, llenos de Espíritu y de sabiduría, y los pondremos al frente de este cargo; mientras que nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la Palabra".

 

Pareció bien la propuesta a toda la asamblea y escogieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Pármenas y a Nicolás, prosélito de Antioquía; los presentaron a los apóstoles y, habiendo hecho oración, les impusieron las manos. La Palabra de Dios iba creciendo; en Jerusalén se multiplicó considerablemente el número de los discípulos, y multitud de sacerdotes iban aceptando la fe.»

 

Lectura de la Primera carta de San Pedro 2, 4-9

 

«Acercándoos a él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptos a Dios por mediación de Jesucristo. Pues está en la Escritura: "He aquí que coloco en Sión una piedra angular, elegida, preciosa y el que crea en ella no será confundido". Para vosotros, pues, creyentes, el honor; pero para los incrédulos, "la piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido, en piedra de tropiezo y roca de escándalo". Tropiezan en ella porque no creen en la Palabra; para esto han sido destinados. Pero vosotros sois "linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido", para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 14, 1-12

 

«"No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino". Le dice Tomás: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?"

 

Le dice Jesús: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.  Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto". Le dice Felipe: "Señor, muéstranos al Padre y nos basta". Le dice Jesús: "¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: "Muéstranos al Padre"? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre».

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

La comunidad cristiana se sustenta en «la piedra angular»: Jesucristo ha vencido a la muerte y  Él es el camino que nos lleva al Padre. En la Primera Lectura vemos cómo la comunidad se organiza mediante la distribución de las diversas tareas y servicios tales como las obras de caridad, el ministerio de la palabra y del culto.

 

La primera carta de San Pedro, que nos ha acompañado a lo largo de estos cuatro domingos de Pascua nos ofrece, al igual que los sinópticos, una interpretación cristológica del Salmo 118, 22: «la piedra que los constructores desecharon se ha convertido en piedra angular; ha sido la obra de Yahveh, una maravilla a nuestros ojos». Para los creyentes se trata de una piedra preciosa, para los incrédulos es piedra de tropiezo y de caída. En el Evangelio, Jesucristo se nos muestra como «el Camino, la Verdad y la Vida». Es Él quien nos conduce a la casa del Padre y nos revela nuestra altísima dignidad y vocación: somos llamados a ser hijos en el único Hijo, Jesucristo.

 

«No se inquiete vuestro corazón»

 

El Evangelio de hoy comienza con una frase verdadera­mente consoladora para los momentos en los cuales nuestra fe parece tambalear: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed tam­bién en mí». Fue pronunciada durante la última cena con sus discí­pulos en el contexto de la despedida de Jesús antes de su Pa­sión. Para entender el diálogo que se produce entre Jesús y sus discípulos es necesario remontarse a los versículos precedentes y saber de qué se está hablando. Jesús había anunciado su eminente partida, entonces Pedro le pregun­ta: «Se­ñor, ¿a dónde vas?». Esta pregunta admite dos res­puestas, ambas verdaderas. Una respuesta es: «Voy allá de donde vine, es decir, al Padre», y de esta meta está hablando Jesús. Y la otra respuesta es: «Voy a Jerusalén a morir en la cruz», y esto es lo que entiende Pedro. La respuesta que Jesús da a Pedro no aclara su destinación: «Adonde yo voy no puedes seguirme ahora; me seguirás más tarde». Sigue, por lo tanto, en el aire la pregunta hecha por Pedro.

 

En este contexto Jesús asegura a sus discípulos que Él se les ade­lantará para ir a preparar un lugar para ellos; «lue­go -dice Jesús- volveré y os tomaré conmi­go, para que donde yo esté estéis también vosotros». Entonces ya no habrá sepa­racio­nes. Jesús ha insinuado a sus apósto­les su destinación, diciéndo­les que en la casa de su Padre hay muchas mansiones. Y confía en que sus apóstoles, a esta altura, le han enten­dido y ya saben el camino.

 

Por eso dice: «Adonde yo voy sabéis el camino». Pero lamentablemente, los apóstoles, como algunos de nosotros, siguen sin entender sus palabras y siguen pensando que él se dirigirá a algún lugar de esta tierra. Habría sido mucho que el mismo Pedro, después de la res­puesta que recibió, insistiera en preguntar. Pero ahora lo hace Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». La respuesta que Jesús da aclara todo. Es una de las frases más importantes del Evangelio; indica el camino y la meta final: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí".

 

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»  

 

Al manifestarse como «el Camino, la Verdad y la Vida» queda más claro que hablaba de su ida al Padre y que para llegar allá no hay más camino que Él mismo. La noción de «camino» es antigua en Israel. Este era el modo de llamar a la norma de conducta codifi­cada en la Ley. La Ley era considerada como el camino que conduce a la vida. Son frecuentes en los Salmos expresio­nes en este sentido: «Hazme vivir conforme a tu palabra... hazme entender el camino de tus ordenanzas... He escogido el camino de la lealtad a ti, a tus juicios me conformo... Corro por el camino de tus mandamientos... Enséñame, Señor, el camino de tus preceptos» (ver Sal 119,25-33). Isaías anuncia un momento en que el pueblo escu­chará al Señor que le indicará: «Este es el camino, caminad por él» (Is 30,21). Debemos considerar que los discípulos de Jesús eran miembros del pueblo de Israel y esperaban justamente que Jesús les indicara ese camino.

 

Y en este trasfondo adquiere la declaración de Jesús todo su sentido y profundidad: «Yo soy el cami­no». Tal vez el mejor comentario a esta afirma­ción lo encontramos expresa­do por San Pablo: «El hombre no se justifica por su cum­plimiento de las obras codificadas en la ley, sino sólo por la fe en Jesucristo» (ver Ga 2,16). Por eso, Jesús comienza el diálogo exhortando: «Creéis en Dios, creed también en mí».

 

«Yo soy la verdad» declara Jesús sobre sí mismo. Hoy día muchas voces nos quieren convencer de que la verdad no existe y que todo es relativo: lo que hoy es verdad, mañana, en otras circunstancias, puede no serlo. Y esta mentalidad ha contaminado incluso a muchos cristianos, de manera que temen afirmar algo con certeza y claridad. La «verdad absoluta» existe y no hay que tener temor de decirlo. La verdad absoluta, la que no cambia y no defrau­da, es Jesucristo. Un cristiano se define como tal cuando es capaz de hacer esa afirmación con certeza. Cuando Jesús dijo ante Pilato: «Yo he venido al mundo para dar testimo­nio de la verdad, todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18,37), tuvo que escuchar la pregunta incrédula de Pilato: «¿Qué es la verdad?» Los cristianos sabemos cuál es la respuesta a la pregunta de Pilato: «Cristo es la Verdad». La verdad es aquello que puede ofrecer una base firme y segura para la vida, de manera que quien se apoya en ella, no queda defraudado. Esto es Cristo. Cristo no cambia, porque «Él es el mismo ayer, hoy y por la eternidad» (ver Hb 13,8).

 

«Yo soy la Vida», nos dice Jesús. ¿De qué vida habla? Se trata sin duda de la vida definitiva, no de la vida terrena. Jesús no es solo un medio, Él es ya el punto de llegada. Él es la vida eterna que todos anhela­mos y a la cual todos esta­mos desti­nados. Toda la primera carta de San Juan queda incluida entre dos afirmacio­nes de la Vida. Co­mienza dicien­do: «La Vida se manifestó y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eter­na». Y concluye: «Nosotros estamos en... Jesucristo. Este es el Dios verdade­ro y la Vida eterna» (1Jn 1,2... 5,20). Por eso, Jesús es tajante en decir: «Nadie va al Padre sino por mí».

 

Entonces... ¡muéstranos al Padre y nos basta!

 

Tras esta magnífica revelación el apóstol Felipe le hace esta peti­ción: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Él está convencido que Jesús lo puede hacer y por eso se anima a hacerle este pedido. Pero, a pesar de esto, recibe un reproche de Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». El gran San Agustín comenta: «Feli­pe deseaba conocer al Padre como si el Padre fuera mejor que el Hijo. Y así demostraba no conocer tampoco al Hijo, pues creía que podía haber algo mejor que Él». Su error es pensar que hay algo más que Jesús, como si Jesús mismo no bastara. Por eso Jesús le dice: «Aún no me conoces. Si me conocieras a mí, conocerías también al Padre». Cristo basta, pues en Él está la plenitud de la divinidad.

 

En dos ocasiones Jesús repite: «¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí?... Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí». Y de esta manera, Jesús revela su propia identidad: Él es el Hijo, posee la misma naturaleza divina que el Padre, es de la misma sustancia que el Padre. El Hijo no es el Padre, ni el Padre es el Hijo: son dos personas distintas; pero Dios es uno solo. Por tanto, dirigiéndome al Hijo, es decir, a Cristo -que es el Hijo Encarna­do y hecho Hombre-, yo encuentro al mismo Dios que dirigiéndome al Padre. Es más, Jesús es el único acceso al Padre, según su declara­ción: «Nadie va al Padre sino por mí».

 

El Nuevo Pueblo de Dios

 

En las lecturas del Libro de los Hechos de los Apóstoles vamos conociendo nuestras raíces en los primeros pasos de la Iglesia. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; todos pensaban y sentían lo mismo y ninguno pasaba necesidad. A pesar de que los cristianos de la comunidad de Jerusalén pertenecían a la raza judía, sin embargo tenían diferentes lenguas y costumbres. Unos son judíos palestinos que hablan hebreo y otros son judíos provenientes de la diáspora que hablan griego (koiné), la lengua común del imperio romano. Estos últimos se quejan que sus viudas no son adecuadamente atendidas. Entonces los Apóstoles seleccionan siete varones para que se hagan cargo de la administración, quedando así ellos liberados para la oración y el servicio de la palabra. Los sietes elegidos tienen nombres griegos. Presentados a los Doce, éstos les imponen las manos orando y surge así un nuevo ministerio eclesial; que más tarde se identificó con el diaconado; si bien no se limitaron a la administración, pues Esteban y Felipe aparecen ocupados también en la evangelización.

 

Los miembros de este Nuevo Pueblo de Dios no somos un número de estadística, de registro en una encuesta; sino somos «piedras vivas» del edificio de la Iglesia que es el Espíritu Santo y cuya piedra angular, fundacional y de cohesión es Jesucristo Resucitado. Así se desprende de esta catequesis bautismal que contiene la primera carta del apóstol San Pedro.

 

 Una palabra del Santo Padre:

 

«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios; creed también en mí» (Jn 14, 1). En la página evangélica que acabamos de proclamar hemos escuchado estas palabras de Jesús a sus discípulos, que tenían necesidad de aliento. En efecto, la mención de su próxima partida los había desalentado. Temían ser abandonados y quedarse solos, pero el Señor los consuela con una promesa concreta: «Me voy a prepararos sitio» y después «volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros» (Jn 14, 2-3). En nombre de los Apóstoles replica a esta afirmación Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas. ¿Cómo podemos saber el camino?» (Jn 14, 5). La observación es oportuna y Jesús capta la petición que lleva implícita. La respuesta que da permanecerá a lo largo de los siglos como luz límpida para las generaciones futuras. «Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14, 6).

 

El «sitio» que Jesús va a preparar está en «la casa del Padre»; el discípulo podrá estar allí eternamente con el Maestro y participar de su misma alegría. Sin embargo, para alcanzar esa meta sólo hay un camino: Cristo, al cual el discípulo ha de ir conformándose progresivamente. La santidad consiste precisamente en esto: ya no es el cristiano el que vive, sino que Cristo mismo vive en él (cf. Ga 2, 20). Horizonte atractivo, que va acompañado de una promesa igualmente consoladora: «El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores. Porque yo me voy al Padre» (Jn 14, 12).

            

               Juan Pablo II. Homilía en la misa de Beatificación del Padre Pío de Pietrelcina,

2 de mayo de 1999.

 

 Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 


1 ¿Qué tanto me adhiero a las verdades que Jesús me ha revelado y que son enseñadas por el magisterio de la Iglesia? ¿Busco leer e informarme de lo que el Santo Padre nos va enseñando?

 

2. ¿De qué manera participo en la edificación del Nuevo Pueblo de Dios? ¿Descubro que mi participación como «piedra viva» es importante?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 668 - 677. 857- 865. 1267-1269.  

 

 

 

 

 

 

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lunes, 25 de abril de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo A. «Porque me has visto has creído»

Domingo de la Semana 2ª de Pascua. Ciclo A

 «Porque me has visto has creído»

 

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles 2,42- 47

 

«Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, a la comunión, a la fracción del pan y a las oraciones. El temor se apoderaba de todos, pues los apóstoles realizaban muchos prodigios y señales. Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno. Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón. Alababan a Dios y gozaban de la simpatía de todo el pueblo. El Señor agregaba cada día a la comunidad a los que se habían de salvar.»

 

Lectura de la Primera carta de San Pedro 1,3 - 9

 

«Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento.

 

Por lo cual rebosáis de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo seáis afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de vuestra fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y de honor, en la Revelación de Jesucristo. A quien amáis sin haberle visto; en quien creéis, aunque de momento no le veáis, rebosando de alegría inefable y gloriosa; y alcanzáis la meta de vuestra fe, la salvación de las almas.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 20,19 - 31

 

«Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío".  Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo.  A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: "Hemos visto al Señor". Pero él les contestó: "Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré".

 

Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: "La paz con vosotros". Luego dice a Tomás: "Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente". Tomás le contestó: "Señor mío y Dios mío". Dícele Jesús: "Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído". Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro. Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre.»

 

 

 

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Sin duda el tema que va marcar las lecturas dominicales es la fe en el Señor Resucitado que disipa toda duda, incredulidad o miedo. El ambiente que descubrimos en los seguidores de Jesús después de los trágicos hechos de la Pasión y Muerte es de temor, desconfianza y, hasta podemos afirmar, de cobardía. Esto cambia radicalmente tras el encuentro con el Maestro Resucitado. Uno de ellos sin embargo, Tomás, no estuvo presente y no se ha encontrado con Jesucristo. A pesar de dudar de la palabra de sus hermanos Jesucristo es indulgente, paciente y reserva una palabra de consuelo y lo alienta a vivir una fe más viva y profunda.

 

A partir de aquellas experiencias y fortalecidos con la acción del Espíritu Santo, los apóstoles inician un período de «conversión - metanoia» que los conducirá al misterio de Pentecostés. La vida de la Iglesia naciente nos muestra hasta qué punto aquellos hombres cumplieron a plenitud la misión encomendada (Primera Lectura). En ellos había un modo nuevo de vivir que causaba admiración: la enseñanza, la unidad, la fracción del pan y la oración. Sin embargo, la Iglesia pronto tendría que enfrentar las adversidades propias de los discípulos de Cristo. La Primera carta de San Pedro es una exhortación a permanecer fieles a la fe recibida produciendo así frutos de vida eterna (Segunda Lectura).

 

J El «Día del Señor»

 

Nos llama la atención que los relatos evangélicos son parcos dando indicaciones cronológicas. En efecto, nadie puede decir en qué día de la semana fueron las bodas de Caná, o en qué día de la semana fue la curación del ciego de nacimiento o la resurrección de Lázaro. Todos son eventos importantes que merecerían poder ubicarse mejor en el tiempo. ¿Por qué, en cambio, aquí el evangelista Juan considera necesario precisar que las dos primeras apariciones de Cristo resucitado a sus discípulos reunidos fueron ambas el primer día de la semana? Hay una intención en esto.

 

Así como en el Antiguo Testamento los judíos tenían en el relato de la creación el fundamento para la norma del sábado, así también el evangelista quiere que los cristianos encuentren en este relato un fundamento para la norma del «día del Señor». El día del Señor («dominica dies», Domingo) es el día de su Resurrección, el primer día de la semana. «Este es el día en que actuó el Señor» (Sal 118,24): resucitando a Jesús, nos dio vida nueva; es el día de su actuación salvífica definitiva.

 

K La incredulidad de los apóstoles y la fe de Tomás

 

La mañana del «primer día de la semana»  tuvo lugar la primera apari­ción de Jesús resucitado. Se apareció a María Magdalena y le dijo: «Vete donde mis hermanos y diles: 'Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios'. Fue María Magda­lena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras». ¿Creye­ron los apósto­les su testimo­nio? ¿Creye­ron que Jesús estaba vivo? Obviamente no creyeron, porque si hubieran creído, su conducta no habría sido la de permane­cer «a puertas cerradas por miedo a los judíos». En esta situación estaban los discípulos cuando se presentó Jesús mismo en medio de ellos. Y para identifi­carse, «les mostró las manos y el costado»[1]. Cualquiera que leyera este relato sin referencia a todo lo que antecede, y a lo que seguirá, consideraría que éste es un modo extraño de identifi­carse. ¿Por qué no les mostró más bien su rostro, como sería lo normal? Este modo de identificar­se -podemos imaginar- responde a la increduli­dad de los apóstoles. Ellos cierta­mente deben de haber respondido al testimo­nio de María Magdalena de la misma manera que lo hace más tarde Tomás: «Si no vemos las señas de los clavos en sus manos y la herida de la lanzada en su costado, no creeremos que el hombre que tú viste sea el mismo Jesús ya que Él ha muerto crucificado». Jesús entonces se identificó de esa manera, y los apóstoles lo vieron: «Los discípulos se alegraron de ver al Señor».

 

Cuando los apóstoles dijeron a Tomás: «Hemos visto al Señor», él ciertamente creyó que habían tenido una aparición de algún ser trascendente; pero que éste fuera el mismo Jesús que él vio crucificado y muerto, eso era más que lo que podía aceptar. Como anteriormente había sucedido con los otros apóstoles, también Tomás necesitaba ver para verificar la identidad del aparecido con Jesús: «Si no veo en sus manos el signo de los clavos y no meto el dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré». ¿«No creeré» qué cosa? Que el mismo que estaba muerto ahora está vivo. Pero una vez que vio esto, Tomás tuvo un acto de fe que trasciende infinitamente lo que vio y verificó. Tomás ve a Jesús vivo y verifica las señas de su Pasión y ya no niega que haya resucitado. En esto es igual que los demás após­toles y no es más incrédulo que ellos. Pero resulta más creyente que ellos, porque cree la divinidad de Jesucristo y la profesa exclamando: «Señor mío y Dios mío»[2].

 

Tomás ve a un hombre resucitado y confiesa a su Dios. El encuentro con Jesús  resucitado fue para Tomás un «signo» que lo llevó a la plenitud de la fe. Por eso Jesús dice: «Porque me has visto has creído». No es que el «signo» sea causa de la fe. La fe siempre es un don de Dios que Él conce­de libremente; pero Dios quiere concederla con ocasión de algo que se ve, de algo que opera como signo y al cual uno se abre. La fe de Tomás fue tan firme, que lo llevó a dar testimonio de Cristo con el martirio. Por eso no conviene apresurarse en atribuirse la bienaventuranza de Jesús a uno mismo, ya que si bien es cierto que nosotros no hemos visto a Jesús resucitado, pero no está dicho que «hayamos creído» en Cristo resucitado tanto como Tomás. 

 

J «Biena­venturados los que no han visto y han creí­do»

 

Jesús llama biena­ventu­rados a los que «no vieron y, sin embargo, creyeron»; creyeron por el testi­monio de otros. Y esta sí que es nuestra situación. Noso­tros creemos en la Resurrección del Señor por el testi­monio de la Iglesia y de sus apósto­les. Por eso es que en los discursos de Pedro al pueblo es constante esta frase: «A este Jesús Dios lo resucitó, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32). Lo mismo repite en el segundo discur­so: «Voso­tros renegasteis del Santo y del Justo... y matas­teis al Jefe que lleva a la Vida. Pero Dios lo resu­citó de entre los muertos, y noso­tros somos testi­gos de ello» (Hch 3,14-15). Y lo mismo repite ante el Sanedrín: «El Dios de nuestros padres resu­citó a Jesús a quien vosotros disteis muerte colgándolo de un madero... Noso­tros somos testigos de estas cosas» (Hch 5,30.32). Sobre este testimonio de los apóstoles se funda nues­tra fe.

 

Es verdad que en la bienaventuranza de Jesús estamos implicados nosotros, pues por la bondad divina ocurrió que Tomás estu­viera ausen­te, dudara y exigiera verificar la resurrección de Cristo, palpando sus heridas. Así lo interpreta el Papa San Gregorio Magno (590-604 d.C.): «Esto no ocurrió por casualidad, sino por disposición divina. En efecto, la clemencia divina actuó de modo admirable, de manera que, habiendo dudado aquel discípu­lo, mientras palpaba en su maestro las heridas de la carne sanara en nosotros las heridas de la incredulidad. Es así que más aprovechó a nosotros la incredulidad de Tomás que la fe de los demás apóstoles. Él palpando fue devuelto a la fe para que nuestra mente, alejada toda duda, se consolide en la fe. Dudando y palpando aquel discípulo fue un verdadero testigo de la resurrección».

 

J «Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común»

 

Leemos en el relato de los «Hechos de los Apóstoles» de San Lucas, un bellísimo retrato de la vida íntima de la comunidad cristiana de Jerusalén. Con términos muy parecidos lo leemos también en 4,32-37 y en 5,12-16. Son los llamados «sumarios» y presentan las características fundamentales de la comunidad: asistencia asidua a la enseñanza de los Apóstoles, unión o «koinonía»[3], fracción del pan y oraciones. Podemos decir que ya aparecen aquí en acción los tres elementos más característicos de la vida de la Iglesia: enseñanza jerárquica, unión en la caridad, culto público y sacramental.

    

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«El pasaje evangélico de hoy, «Domingo in albis», narra dos apariciones del Resucitado a los Apóstoles: una, el mismo día de Pascua y, otra, ocho días después. La tarde del primer día después del sábado, mientras los Apóstoles se encuentran reunidos en un único lugar, con las puertas cerradas por miedo a los judíos se presenta Jesús y les dice: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). En realidad, con ese saludo les ofrece el don de la auténtica paz, fruto de su muerte y resurrección.

 

En el misterio pascual se realizó, efectivamente, la reconciliación definitiva de la humanidad con Dios, que es la fuente de todo progreso verdadero hacia la plena pacificación de los hombres y de los puebles entre sí y con Dios. Jesús confía, después, a los Apóstoles la tarea de proseguir su misión salvífica, para que a través de su ministerio la salvación llegue a todos los lugares y a todos los tiempos de la historia humana: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» (Jn 20, 21). El gesto de encomendarles la misión evangelizadora y el poder de perdonar los pecados está íntimamente relacionado con el don del Espíritu, como indican sus palabras: «Recibid el Espíritu Santo a quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados» (Jn 21, 22‑23).

 

Con estas palabras, Jesús encomienda a sus discípulos el ministerio de la misericordia. En efecto, en el misterio pascual se manifiesta plenamente el amor salvífico de Dios, rico en misericordia, «dives in misericordia» (cf. Ef 2, 4). En este segundo Domingo de Pascua, la liturgia nos invita a reflexionar de modo particular en la misericordia divina, que supera todo límite humano y resplandece en la oscuridad del mal y del pecado. La Iglesia nos impulsa a acercarnos con confianza a Cristo, quien, con su muerte y su resurrección, revela plena y definitivamente las extraordinarias riquezas del amor misericordioso de Dios».

 

Juan Pablo II. Homilía del II Domingo de Pascua, 6 de abril de 1997.

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana 

1. ¿Qué medios voy a poner para vivir la alegría de la Pascua en mi familia?

 

2. Tomemos conciencia de la importancia al decir «Señor mío y Dios mío» en el sacrificio eucarístico. 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 727-730. 1166-1167. 1341- 1344. 

 

 

 

 

 



[1] El mismo pasaje en el Evangelio de San Lucas nos ayuda a entender mejor las palabras de Jesús. «Sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu. Pero él les dijo: ... Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo. Palpadme y ved que un espíritu no tiene carne y huesos como véis que yo tengo. Y diciendo esto les mostró las manos y los pies" (Lc 24,37-40).

[2] «Kurios mou, o Theos mou»,«¡Señor mío y Dios mío!».Tanto la frase griega como su significado hebreo indican una profesión decidida de la divinidad. No es una exclamación, sino una profesión de fe en dos palabras exactas.

[3] El término «koinonia» es una expresión que en el segundo sumario de Hechos de los Apóstoles se sustituye por la frase «tenían un corazón y una alma sola» (4,32) y que algunos traducen por «vida en común».

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