lunes, 18 de abril de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Resurrección del Señor. Ciclo B «Vio y creyó»

Domingo de la Resurrección del Señor. Ciclo B

«Vio y creyó»

 

Lectura del libro de  los Hechos de los Apóstoles 10, 34a. 37-43

 

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos. Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados".»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 3,1-4

«Así pues, si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San  Juan 20,1-9

 

«El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: "Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto". Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro.

 

Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. 5Se inclinó y vio los lienzos en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve los lienzos en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a los lienzos, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El nexo entre las lecturas

 

«¡Cristo resucitó! ¡Aleluia!» Éste es el grito de alegría que ha resonado en todo el mundo católico. Ésta es una afirmación de fe. Quiere decir que concita nuestra adhesión hasta el punto de fundar en ella toda nuestra vida; y, sin embargo, su certeza no se funda sobre una demostra­ción empírica, como ocurre con las verdades del dominio de la ciencia. Su certeza es un don de Dios. Se cree en ella porque Dios lo concede.

 

Por eso, en las verdades de fe, aunque el objeto puede ser visto menos claramente que en las verdades científi­cas, se ve con certeza infinitamente mayor. El objeto propio de la inteligencia del hombre es la verdad. Cuando la inteligencia capta la verdad, de cual­quier dominio que sea, experimenta gozo. Aquí estamos en lo más propio del hombre como ser espiri­tual. Podemos afirmar que el conocimiento de la verdad es propio y exclusivo de los seres espirituales. El proceso por el cual Dios gratuitamente infunde las verda­des de fe en la inteligencia del hombre se llama «revelación». Y, sin embargo, también suele concederse la verdad con ocasión de algo que se ve.

 

Y esto es lo que nos enseña el Evangelio de hoy. El discípulo amado: «vio y creyó». El sepulcro vacío y los lienzos mortuorios son para los discípulos el inicio de una apertura al don de la gracia sobrenatural que los conduce a la fe plena en Cristo Resucitado. En el Salmo responsorial 117 recordamos: «Éste es el día en el que actuó el Señor». Es el día en que el Señor manifestó su poder venciendo a la muerte y por eso también estamos alegres. En su discurso en la casa de Cornelio, Pedro proclama la misión encomendada: anunciar y predicar la Resurrección de Jesucristo. Los apóstoles son los testigos que han visto al Resucitado, han comido y bebido con Él (Primera Lectura). San Pablo en su carta a los Colosenses, subraya la vocación de todo cristiano: «aspirad las cosas de arriba». El cristiano es aquel que ha muerto con Cristo y ha resucitado con Él a una vida nueva (Segunda Lectura).

 

«Se han llevado del sepulcro al Señor...»

 

El Evangelio de hoy nos presenta a María Magdalena, la misma que hasta el final había estado al pie de la cruz, yendo al sepulcro de Jesús muy de madrugada, el primer día de la semana. Ella había visto crucificar a Jesús, lo había visto morir, había visto retirar su cuerpo de la cruz, había ayudado a prestarle los cuidados que se daba a los difun­tos «conforme a la costum­bre judía de sepultar» (Jn 19,40). Todo esto ocurrió el viernes. El sábado, el séptimo día de la semana, era día de estricto reposo: tam­bién en este día reposó Jesús en el sepulcro. Pero al alba del primer día de la semana, el Domingo, apenas se pudo, se dirige María Magdale­na junto con «las mujeres que habían venido con Él desde Galilea» (Lc 23,55) al sepulcro.

 

Esta premura de la Magdalena es expre­sión del amor intenso que nutría por su Señor. Pero a la distancia ve el sepulcro abier­to. Lo primero que piensa es que alguien ha profanado la tumba del Señor. Pero ¡a esas horas de la mañana! No podía ser sino con mala intención. Este hecho puede tener sin dudas muchas interpretaciones; pero ella, sin verificar nada, corre donde Simón Pedro y el discípulo amado y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto». Esta noticia fue suficiente para que Pedro y el otro discípulo corrieran a verificar lo ocurrido. No era ésta una «buena noticia» como será la que les dará más tarde después que ella vio a Jesús vivo: «Fue María Magdalena y dijo a los discípulos: 'He visto al Señor'» (Jn 20,18).

 

«Salieron corriendo Pedro y el otro discípulo…» 

 

Lo que sigue es el relato de un testigo presencial. Los que recibieron la noticia alarmante, como ya hemos mencionado, son Simón Pedro y «el otro discípulo a quien Jesús quería». «El otro discípulo (Juan) corrió por delan­te, más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro». ¿Qué vieron Pedro y el discípulo amado en el sepulcro? Vieron los signos evidentes de que el cuerpo de Jesús, dondequiera que se encontrara, no estaba más entre los lienzos mortuorios. En efecto, «ve los lienzos que yacen puestos, y el sudario que cubrió su cabeza, no puesto con los lienzos, sino como permaneciendo enrollado en el mismo lugar».

 

En primer lugar, Juan, desde afuera, «ve que yacen puestos los lienzos». Pedro, una vez que «entra» en el sepulcro, ya no ve sólo que yacen puestos los lienzos y «contempla» todo el conjunto y ve los lienzos (la sábana que envolvió el cuerpo, las vendas que lo sujetaban y el sudario que cubrió la cabeza) que «yacen puestos» en idéntico lugar y posición en que habían sido dejados el viernes por la tarde. Inmediatamente Juan hace lo mismo.

 

Pero llama inmediatamente la atención que no dice nada acerca de lo más impor­tante.  ¿Qué pasó con el cuerpo del amado Jesús? Ciertamente no está entre lo visto. ¿Por qué no concluyen de esta ausencia, lo mismo que María Magdalena: «se han lleva­do del sepulcro al Señor»? El discí­pulo amado comuni­ca entonces su propia experiencia con dos importantes palabras: «Vio y creyó». De esta expresión podría parecer que la verdad que captó su inteli­gencia es proporcional a lo que vio empíri­camente, como ocurre con las verdades naturales y cientí­ficas. No es así, porque en ese caso habría dicho: «Vio y verificó», o bien: «Vio y comprobó». Dice: «Vio y cre­yó», porque la verdad que le fue dado captar es infinitamente superior a los lienzos colocados en la misma posición que los dejó el viernes de la Pasión. Lo explica él mismo cuando dice que: «Hasta entonces no habían comprendido que Jesús había de resuci­tar de entre los muertos».

 

Hasta ese momento reconoce que no había comprendido; pero desde ese instante eso es lo que él comprendió y creyó. Por primera vez se pronuncia la frase «resucitar de entre los muertos» aplicada a Jesús. Ésta es la certeza que se abrió camino en la mente del discípulo amado. Creyó que, si Jesús no estaba en el sepulcro, era porque había resucitado; creyó sin haberlo visto, viendo solamente los lienzos. Vio un hecho de experiencia sensible, pero creyó en un hecho sobre­natural. Por eso a este discípulo se aplica la bienaventuranza que Jesús dice a Tomás: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29). Es como si felicitara al discípulo amado, que es el único entre los apóstoles que está en ese caso. La certeza: «¡Cristo resucitó!», que entonces nació en él, es un don de Dios. Esta certeza fue tan firme que trans­formó su vida y  no vaciló en morir por ella.

 

La Resurrección de Jesús

 

Ninguna experiencia visible puede ser suficiente para explicar la resurrección de Cristo. Ésta, no obstante ser un hecho histórico, permanece como un misterio de la fe. La fe es un don sobrenatural que consiste en apoyar toda la existencia en una verdad que ha sido revelada (manifestada) por Dios. De este tipo es la verdad que proclama y celebra hoy el mundo cristiano, a saber, la resurrección de Cristo de entre los muertos. Los apóstoles vieron a Cristo resucitado y afirman: «Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse... a noso­tros que comimos y bebimos con Él después que resucitó de entre los muertos» (Hechos 10,40-41).

 

 Por tanto, la resurrec­ción de Jesucristo es un hecho histórico comprobado por testigos oculares, pero permanece un hecho trascendente que sobrepasa la historia. La resurrección de Cristo consistió en recobrar una vida superior a esta vida nuestra terrena, una vida que glorificó su cuerpo de manera que ya no sufre el dolor ni la muerte ni la corrupción y no está sujeto a ninguna de las limitaciones de espacio y tiempo que nos afectan a nosotros. Así existe Cristo hoy como verdadero Dios y verdadero Hombre, sentado a la derecha del Padre con su cuerpo glorioso, y así se nos da como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Ésta es una verdad de fe que va más allá de la visión de su cuerpo resu­citado

 

«Nosotros somos testigos de todo lo que hizo»

 

El discurso kerigmático que Pedro realiza en la casa del capitán (centurión) romano Cornelio que luego bautizará después de una clara intervención del Espíritu Santo, constituye un momento crucial en el cumplimiento del mandato universal de la Iglesia. «Nosotros somos testigos de todo lo que hizo...» dice Pedro en su discurso dejando por sentado la plena historicidad de la muerte y resurrección de Jesucristo. Es lo mismo que nos dice San Lucas cuando fundamenta sus fuentes: «tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra» (Lc 1,2). La conversión de este «temeroso de Dios[1]» se destaca repetidas veces en los Hechos de los Apóstoles (Hch 11,1-8; 15,7.14). Las visiones simultáneas tanto de Cornelio como de Pedro y los fenómenos pentecostales que la acompañaran; hicieron de manifiesto que Dios había quitado la pared divisoria entre gentiles y judíos (ver Ef 2,14 -16). La conversión de Cornelio asentó el precedente para resolver la complicada cuestión de la relación entre judíos y gentiles que quedará aclarada en el Concilio de Jerusalén (ver Hech 15,7-11). 

 

«Aspirad las cosas de arriba...»

 

En este breve texto San Pablo coloca como punto de partida y base sólida de la vida cristiana la unión con Cristo resucitado, en la que nos introduce el bautismo. Éste nos hace morir al pecado y renacer a una vida nueva, que tendrá su manifestación gloriosa cuando traspasemos los umbrales de esta vida mortal (1 Jn 3,1-2). Destinados a vivir resucitados con Cristo en la gloria, nuestra vida tiene que tender hacia Él. Ello implica despojarnos del hombre viejo por una conversión cada día más radical y conformarnos cada día más con Jesucristo por la fe y el amor. Tenemos que vivir con los pies bien en la tierra, pero con la mente y el corazón en el cielo donde están los bienes definitivos y eternos.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Como en el Viernes y en el Sábado Santo, la Iglesia permanece en la contemplación de este rostro ensangrentado, en el cual se esconde la vida de Dios y se ofrece la salvación del mundo. Pero esta contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. ¡Él es el Resucitado! Si no fuese así, vana sería nuestra predicación y vana nuestra fe (cf. 1 Co 15,14).

 

La resurrección fue la respuesta del Padre a la obediencia de Cristo, como recuerda la Carta a los Hebreos: «El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarle de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen» (5,7-9).

 

La Iglesia mira ahora a Cristo resucitado. Lo hace siguiendo los pasos de Pedro, que lloró por haberle renegado y retomó su camino confesando, con comprensible temor, su amor a Cristo: «Tú sabes que te quiero» (Jn 21,15.17). Lo hace unida a Pablo, que lo encontró en el camino de Damasco y quedó impactado por Él: «Para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia» (Flp 1,21). Después de dos mil años de estos acontecimientos, la Iglesia los vive como si hubieran sucedido hoy. En el rostro de Cristo ella, su Esposa, contempla su tesoro y su alegría. «Dulcis Iesu memoria, dans vera cordis gaudia»: ¡cuán dulce es el recuerdo de Jesús, fuente de verdadera alegría del corazón! La Iglesia, animada por esta experiencia, retoma hoy su camino para anunciar a Cristo al mundo, al inicio del tercer milenio: Él «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Hb 13,8).

Juan Pablo II, Novo Millenio Ineunte, 28 

 

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana.

 

1. Estamos llamados a ser criaturas nuevas en el Señor Resucitado y a «buscar las cosas de arriba»: lo antiguo ya ha pasado. Hagamos nuestras resoluciones concretas para vivir una «vida nueva» en Jesús Resucitado.

 

2. Vivamos con María  la verdadera alegría que nace de un corazón reconciliado. Recemos en familia el santo rosario.  

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 647 - 655. 1166-1167. 

 



[1] Las expresiones de «temeroso de Dios», como es llamado Cornelio (ver Hch 10,2); designa a los que simpatizan con el Judaísmo sin llegar a integrarse en el pueblo judío por la circuncisión. 

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lunes, 11 de abril de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo A «¡Hosanna al Hijo de David!»

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor. Ciclo A

«¡Hosanna al Hijo de David!»

 

Lectura del Santo Evangelio según San  Mateo 21, 1-11

 

«Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: "Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá".

 

Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" Y al entrar él en Jerusalén, toda la ciudad se conmovió. "¿Quién es éste?" decían. Y la gente decía: "Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea".»

 

Lectura del Profeta Isaías 50, 4-7

 

«El Señor Yahveh me ha dado lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora. Mañana tras mañana despierta mi oído, para escuchar como los discípulos;  el Señor Yahveh me ha abierto el oído. Y yo no me resistí, ni me hice atrás.  Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme para que no fuese insultado, por eso puse mi cara como el pedernal, a sabiendas de que no quedaría avergonzado.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6-11

«El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 26,14-27,66[1]

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

La Iglesia celebra hoy la entrada de Jesús en Jerusa­lén donde vino para sufrir su Pasión y Muerte. Jesús entró en la ciudad montado en un asno, mientras la multi­tud lo aclamaba con ramos de olivos en sus manos. A causa de este gesto, que repiten los fieles ahora acompañando al sacer­dote en su entrada al templo, recibe este día el nombre tradicional de «Domingo de Ramos». El Evangelio que relata la entrada de Jesús en Jerusalén se lee hoy para dar comienzo a la proce­sión que va desde un lugar cerca­no al templo hasta el pie del altar donde se celebrará la Euca­ristía. De esta manera la representación de la entrada de Jesús en Jerusa­lén se prolonga con el ofrecimiento del mismo sacri­ficio de Cristo, el sacrifi­cio que Él hizo de sí mismo inmolán­dose en la Cruz.


Las lecturas de este Domingo nos coloca el camino que será necesario recorrer para que Jesús alcance el triunfo de la Cruz. La lectura del profeta Isaías nos presenta la figura del «siervo sufriente» que es capaz de darse por entero para salvar a los otros. Por otro lado el himno cristológico de la carta a los Filipenses resalta la humildad y la obediencia filial, hasta la muerte en Cruz, de nuestro Señor Jesucristo. El relato de la Pasión según San Mateo muestra a un Jesús que no es reconocido como «el Cristo» por el pueblo y por sus autoridades y es conducido a la muerte. Sin embargo, a pesar de ser rechazado, Él es «verdaderamente el Hijo de Dios» (Mt 27,55) que nos ha reconciliado con el Padre Eterno por su sacrificio en la Cruz.  Fue fiel y obediente hasta la muerte y muerte de cruz nos dicen cada una de las lecturas dominicales.

 

J «He aquí que tu Rey viene montado en una asna»

 

El pasaje de la entrada mesiánica de Jesús en la «ciudad santa» se inicia con el extraño pedido de Jesús que hace a dos de sus discípulos. Jesús considera importante entrar en la ciudad, no a pie, como era lo normal, sino montado en un asno[2]. Jesús había previsto incluso cualquier dificultad que hubieran podido encontrar sus enviados: «Si alguien os dice algo, diréis: ‘El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá’». ¿Por qué interesaba a Jesús entrar a Jerusalén montado en esa cabalgadura? Porque quiere realizar un gesto mesiánico claro; quiere que se sepa que Él es el Cristo - el Mesías - el Hijo de David, sobre el cual Dios había prometido: «Yo consolidaré el trono de su realeza para siempre. Yo seré para él padre y él será para mí hijo» (2S 7,13-14). Este gesto, tan elocuente para los judíos, se refiere a ese personaje que había de venir, que el profeta Zacarías había ya anunciado 500 años antes: «Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asno y en un pollino, hijo de animal de yugo» (Za 9,9).

 

En un ambiente fuertemente cargado de la esperanza mesiánica, el gesto de Jesús fue captado inmediatamente. El evangelista lo hace notar con estos signos de entusiasmo: «La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino». Pero, sobre todo, sabemos lo que  piensan por sus aclamaciones: «La gente que iba delante y detrás de él gritaba: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!». Y cuando Jesús entra en Jerusalén, toda la ciudad está ya conmovida.

 

Esta es la segunda vez que toda Jerusalén se conmueve por causa de Jesús. La primera vez tuvo lugar muchos años antes, cuando llegaron a ella unos magos de oriente preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?» (Mt 2,2). Ahora se conmueve porque Jesús entra en la cabalgadura real y es aclamado por la multitud que lo acompaña como «Hijo de David», que equivale a decir «Rey de los judíos». Al ver ese cortejo triunfal preguntaban: «¿Quién es éste?». Pero la respuesta que da la gente es insuficiente: «Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

 

J «¡Hosanna al hijo de David!»

 

No era la primera vez que la gente reconocía en Cristo al rey esperado. Ya había sucedido después de la multiplica­ción milagrosa del pan, cuando la multi­tud quería aclamarlo triunfalmente. Pe­ro Jesús sabía que su reino no era de es­te mundo; por eso se había alejado de ese entusiasmo. También Pedro lo reconoció como el Cristo y el Hijo de Dios, pero Jesús «mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo» (Mt 16,20).

 

Entonces Jesús estaba todavía en Galilea y tenía que comenzar a instruir a sus discípulos sobre su destino de muerte y resurrección que iba a verificarse en Jerusalén. Tenían que hacer comprender a sus discípulos que su muerte no obedecería a causas ordinarias, sino a un designio redentor; que su muerte sería un sacrificio que Él libremente ofrecería a Dios por la salvación del mundo. Les decía: «El Hijo del hombre ha venido a servir y a dar su vida en rescate por la multitud» (Mt 20,28).

 

Ahora, que está entrando a Jerusalén y se encamina a su muerte, quiere que todos sepan que Él es el Cristo. Durante el juicio ante el Sanedrín que lo iba a sentenciar a muerte, Jesús escuchó en silencio todas las acusaciones; pero cuando el Sumo Sacerdote lo interpeló directamente: «Yo te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios», Jesús rompió su silencio y respondió: «Sí, tú lo has dicho. Y yo os declaro que a partir de ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y venir sobre las nubes del cielo» (Mt 26,63-64). Esta declaración provocó la sentencia del tribunal judío: «Es reo de muerte» (Mt 26,66).

 

J  El valor de las profecías           

 

En Jesús se cumplen y llegan a su plenitud todas las profecías del Antiguo Testamento. Esta plenitud permaneció velada tanto a «la muchedumbre de los discípulos» que a lo largo del ca­mino hacia Jerusalén cantaban «Hosanna», alabando «a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto» (Lc 19,37), como a los Doce más cercanos a Él. A estos últimos, el amor por Cristo no les permi­tía admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro acalorado: «Esto no te sucederá jamás» (Mt 16,22). Y ya sabemos la respuesta fuerte y directa de Jesús ante estas palabras (ver Mt 16,23).

 

Para Jesús, en cambio, las palabras de los Profetas son claras hasta el fin, y se le revelan con toda la plenitud de su verdad; y Él mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. Las acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre. «El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás» (Is 50,5). De este modo leemos como la lectura del profeta Isaías contiene ya en sí la dimensión plena de la Pasión: la dimensión de la Pascua. «He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los salivazos» (Is 50,6). También leemos en el salmo responsorial la impresionantes descripción que luego será realidad: «Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza... me tala­dran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica» (Sal 22[21], 8.17‑19).

 

J «Y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz »

 

El himno de la carta a los Filipenses, escrito desde la prisión de Roma entre los años 61 a 63, posee un inestimable valor teo­lógico ya que presenta una suerte de síntesis completa de la Semana Santa, desde el Domingo de Ramos, pasando por el Viernes Santo, hasta el Domingo de Resurrección. Las palabras de la car­ta a los Filipenses nos acompañarán durante todo el Triduo Santo. Ya desde la entrada mesiánica y triunfal a Jerusalén, Jesucristo es «obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Flp 2,8). Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor.

 

Jesucristo, que es de naturaleza divina y humana, se despoja a Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (ver Flp 2,6‑8). Y permanece en este abajamiento, de su divinidad y de su humani­dad, a lo largo de estos terribles días. El Hijo del hombre va hacia los acontecimientos que se cumplirán, cuando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas for­mas externas: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, re­chazado por el propio pueblo, condenado a muerte, crucificado; hasta que pronuncie el último «todo está cumplido», entregando su espíritu en las manos de  su Padre Amoroso.

 

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«”Trajeron el pollino donde Jesús, echaron encima sus mantos y se sentó so­bre él” (Mc 11, 7). Así empezó Cristo el camino que lo conducía a Jerusalén para celebrar la Pas­cua, tras haber cruzado muchas calles, es más, todo el territorio de Palestina con sus propios pies. Este es el único camino que recorrió montado en un pollino. Así se cumplieron las palabras del profeta: “No temas, hija de Sión; mira que viene tu rey montado en un pollino de asna” (Jn 12, 15; cf. Zc 9, 9). ¡Viene el Rey! También los peregrinos que acompañaron a Jesús a lo largo de ese camino lo reconocieron como tal, aclamándolo: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor!” (Lc 19, 38); “¡Ho­sanna al hijo de David… Hosanna en las alturas!” (Mt 21, 9). ¡Viene el Rey! A los pocos días se acla­raría cuál era la naturaleza de su reino.

 

Pero en aquel momento las profecías coincidieron, de manera admirable, con ese acontecimiento. La entrada del Me­sías en Jerusalén había sido prevista co­mo la entrada de un rey. Sólo Él sabía a dónde lo iban a con­ducir los caminos de Galilea, Samaría y Judea, que recorrería durante los años de su vida. ¡Él sabe también a dónde condu­ce el camino de este día! Lleva en sí toda la verdad del Evangelio que anunciaba. Sabe que “si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda so­lo” (Jn 12, 24). Él es el grano que debe producir el fruto y que debe morir. Él es el grano caído en aquella antigua tierra, que constituye una parte pequeña de to­da la tierra, de todo el planeta que el Creador ha destinado como morada de todos los hombres. Él –Cristo– es también la viva encar­nación de las ocho bienaventuranzas. Él conoce su verdad plena, como conoce profundamente la verdad de aquellas palabras, aparentemente paradójicas: “Quién quiera salvar su vida, la perderá, pero quien pierda su vida por mí, la en­contrará” (Mt 16, 25)».

 

Juan Pablo II. Homilía del Domingo de Ramos 1991

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿De qué manera concreta voy a vivir mi Semana Santa? ¿Será simplemente un fin de semana largo? Sé que es exigente pero ¿qué medios voy a colocar para que mi familia y yo nos acerquemos más al Señor Jesús en estos días?

 

2.  Hagamos un verdadero esfuerzo para vivir estos días cerca del corazón de la Madre. No seamos indiferentes al dolor de  María que nos enseña a vivir el verdadero horizonte de esperanza en medio del sufrimiento.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 557- 623.

 



[1] El Domingo de Ramos se lee como texto evangélico el texto íntegro de la Pasión y Muerte de Jesucristo. Este texto varía de acuerdo al ciclo litúrgico. En este caso leemos el Evangelio  de San Mateo. 

[2] El asno era el animal más común de todas las bestias de carga, utilizada para el transporte de carga pesadas y también como cabalgadura, tanto por ricos como por pobres. Tanto el asno como la mula son consideradas cabalgaduras más seguras que el caballo. El asno blanco se consideraba como animal digno de personas importantes (ver Jc 5,10). Un escrito del siglo XIII a.C. indica que no era propio de gente real andar a caballo en vez de asno. El caballo se introdujo más tarde, principalmente como animal de guerra.    

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lunes, 4 de abril de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo A «Yo soy la resurrección, el que cree en mí, aunque muera, vivirá»

Domingo de la Semana 5ª de Cuaresma. Ciclo A

«Yo soy la resurrección, el que cree en mí, aunque muera, vivirá»

 

Lectura del libro del profeta Ezequiel 37,12-14

 

«Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo hago, oráculo de Yahveh".»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 8,8-11

 

«Así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece; mas si Cristo está en vosotros, aunque el cuerpo haya muerto ya a causa del pecado, el espíritu es vida a causa de la justicia. Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 11,1- 45

 

«Había un cierto enfermo, Lázaro, de Betania, pueblo de María y de su hermana Marta. María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos; su hermano Lázaro era el enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: "Señor, aquel a quien tú quieres, está enfermo". Al oírlo Jesús, dijo: "Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella". Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, permaneció dos días más en el lugar donde se encontraba. Al cabo de ellos, dice a sus discípulos: "Volvamos de nuevo a Judea". Le dicen los discípulos: "Rabbí, con que hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y vuelves allí?" Jesús respondió: "¿No son doce las horas del día? Si uno anda de día, no tropieza, porque ve la luz de este mundo; pero si uno anda de noche, tropieza, porque no está la luz en él". Dijo esto y añadió: "Nuestro amigo Lázaro duerme; pero voy a despertarle". Le dijeron sus discípulos: "Señor, si duerme, se curará".

 

Jesús lo había dicho de su muerte, pero ellos creyeron que hablaba del descanso del sueño. Entonces Jesús les dijo abiertamente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él". Entonces Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: "Vayamos también nosotros a morir con él". Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro.

 

Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa. Dijo Marta a Jesús: "Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá". Le dice Jesús: "Tu hermano resucitará". Le respondió Marta: "Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día". Jesús le respondió: "Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá;  y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?" Le dice ella: "Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo". Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: "El Maestro está ahí y te llama". Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rápidamente, y se fue donde él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí. Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: "Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto".

 

Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: "¿Dónde lo habéis puesto?" Le responden: "Señor, ven y lo verás". Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: "Mirad cómo le quería". 37Pero algunos de ellos dijeron: "Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?" Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedra. Dice Jesús: "Quitad la piedra". Le responde Marta, la hermana del muerto: "Señor, ya huele; es el cuarto día". Le dice Jesús: "¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?"

 

Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: "Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado". Dicho esto, gritó con fuerte voz: "¡Lázaro, sal fuera!" Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: "Desatadlo y dejadle andar". Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

La victoria definitiva sobre la muerte constituye el mensaje central en las lecturas de este último Domingo de Cuaresma. Esta victoria se dará en el misterio pascual de Cristo: Pasión, Muerte y Resurrección, pero ya se prefigura en la impresionante visión del profeta Ezequiel[1] en la que los huesos muertos que recobran vida (Primera Lectura) y, sobre todo, en la resurrección de Lázaro (Evangelio). El tema de fondo es de gran interés: la muerte es y ha sido siempre el gran enigma para el género humano. Podemos decir que éste último Domingo de Cuaresma llena de esperanza el corazón del hombre, frágil y pecador (Segunda Lectura), ya que el «espíritu de Aquel que resucitó a Jesús...habita entre nosotros».

 

 «Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis»

La visión que tiene el profeta (Ez 37,1-11) se convierte en una parábola[2] (Ez 37, 12-14) al ser ofrecida como una respuesta a una queja que sintetiza el clamor del pueblo durante su cautiverio en Babilonia que completamente desolado se resiste a creer en las promesas consoladoras que Dios les dirigía por medio de los profetas: «Entonces me dijo: "Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Mira cómo dicen: Se han secado nuestros huesos y perecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros.» (EZ 37,11). Ezequiel nos transmite un mensaje que va más allá de su intención primigenia.

Descendiendo a una visión biológica de la muerte, remontándose a los motivos de la creación, operando con el elemento dinámico y recurrente del viento (ruh: espíritu - viento-aliento); el profeta ha dado expresión a las ansias más radicales del ser humano, al mensaje más gozoso de la revelación: la victoria de la vida sobre la muerte. 

«Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado»

El Evangelio de este Domingo nos presenta el más grande de los signos realizados por Cristo: la vuelta a la vida de su amigo Lázaro. Esta obra se relaciona con la curación del ciego de nacimiento porque en ambos casos Jesús se refiere al tiempo de que dispone aún para realizar estas obras. Antes de la curación del ciego Jesús dice: «Tenemos que trabajar en las obras del que me ha enviado mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar» (Jn 9,4). Y ahora anuncia a sus discípulos su decisión de volver a Judea, a pesar del peligro, asegurándoles que aún le queda tiempo (Jn 11,9-10). Tiene tiempo para obrar la resurrección de Lázaro, porque aún no ha llegado su hora. Pero cuando haya llegado su hora (ver Jn 13,1), ya no habrá más tiempo porque entonces será de noche[3].

Los amigos de Jesús

 

Lo primero que llama la atención es el gran afecto de Jesús por Lázaro y por sus hermanas Marta y María. La más conocida del grupo es María; ella es la única que es descrita con mayor deten­ción, pues ella hizo un acto de los más hermosos del Evangelio y que revelan un gran amor hacia Jesús: «María era la que ungió al Señor con perfumes y le secó los pies con sus cabellos» (ver Jn 12,3). Lázaro es conocido por su referencia a ella: «Su hermano Lázaro era el enfermo». Toda la amis­tad y confian­za que tenían las hermanas con Jesús queda en evidencia en el mensaje que le mandan: «Se­ñor, aquél a quien tú quieres está enfermo». Como si esto fuera poco, el evangelista explica: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro». ¡Podemos imaginar qué hermosa debió ser esta amistad! Las hermanas parecen no pedir nada a Jesús; pero el informar que está enfermo «aquél a quien tú quieres» es ya una súplica apremiante.

 

La enfermedad debió ser grave para que las hermanas mandaran este recado. Por eso parece extraño que Jesús no tenga prisa en acudir junto al enfermo y permanece dos días más donde se encontraba. Luego, Jesús dice a sus discípulos: «Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de no haber estado allí, para que creáis. Pero vayamos donde él». Jesús había dicho a sus discípulos que la enfermedad de Lázaro no era de muerte, y ahora les dice: «Lázaro ha muerto». Pero parece no importarle esta contradicción, y ahora, que Lázaro está muerto, se decide a ir donde él. La explicación de esta actitud la da Él mismo: «Esta enfermedad no es de muerte, es para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorifi­cado por ella».

 

 

Llegando a Betania

 

El viaje hasta Betania debió tardar al menos cuatro días, pues al llegar a Beta­nia, «Jesús se encontró con que Lázaro lleva­ba ya cuatro días en el sepulcro». Hacer que alguien vuelva a la vida cuando «ya huele mal», cuando aparecen ya las señales de que el cuerpo ha entrado en estado de descomposición, es un signo inconfundible de que Él es más que un profeta. El hecho de que haya esperado hasta el cuarto día de su muerte apunta directamente a la convicción judía de que el espíritu de una persona fallecida permanecía cerca del cuerpo por tres días. Después de eso, se apartaba definitivamente, con lo que desaparecía finalmente toda posibilidad -por parte de un «gran profeta»- de una revivificación.

 

Lázaro ha estado muerto hace ya cuatro días, es decir, un día más allá de toda esperanza, según la convicción judía. Y allí donde ya no hay esperanza sólo la acción directa de Dios puede hacer semejante milagro de hacer volver a alguien de la muerte, pues sólo Dios -Señor y Dador de Vida- es quien «da la vida a los muertos». En Jesús se cumple lo anunciado en la Primera Lectura. Lo paradójico es que este signo evidente e inequívoco de su identidad y misión divina sea justamente el que mueva a los fariseos a decidir quitarlo de en medio anticipando su condena a muerte: «Desde este día, decidieron darle muerte» (Jn 11,53).

 

«¿Crees tú esto?»

 

Al encontrarse con Jesús, Marta, expresa la confianza en que Él todavía puede hacer algo: «Aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá». Ella parece tener la fe necesaria para obtener de Jesús que su hermano vuelva a la vida. Por eso Jesús le dice que su hermano resucitará. Marta entonces vacila en creer esto, y desvía el tema hacia una verdad adquirida por una parte de los judíos (los del círculo de los fariseos): «Ya sé que resucitará en la resurrección, en el último día». Jesús insiste en lo dicho mediante una declaración solemne de su identidad: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siem­pre». Y viene la pregunta decisiva de cuya respuesta dependerá que Jesús pueda actuar o no: «¿Crees tú esto?».

 

Si Marta hubiera respondido: «No, esto no lo creo», no habría existido la base necesaria para que Lázaro volviera a la vida; no se habría entendido que eso ocu­rría por el poder de Jesús, y Dios no habría recibido gloria. Pero Marta responde con una hermosa confesión de fe, la más completa que el Evangelio registra hasta ahora en boca de alguien: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo». Equivale a decir: «Yo creo que tú eres la resurrección y que puedes resucitar a mi hermano». Y sobre esta base de fe, Jesús puede operar este milagro.

 

El milagro más grande realizado por Jesús

 

Lo que sigue es mucho más impresionante. Jesús no hace el milagro de manera autónoma. Él quiere que todos comprendan que él es el Hijo de Dios y que su actuación es una con la de su Padre. Por eso, alzando los ojos, ora así: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado. Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado». Entonces grita: «¡Lázaro, sal fuera!». Y el muerto salió fuera vivo. Dijimos que este milagro se operó gracias a la fe de Marta y de María; pero él mismo despierta la fe, no sólo de los discípulos, sino de todos los presentes: «Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creye­ron en Él».


Una palabra del Santo Padre:

 

«¡Qué esperanza tan consoladora, amadísimos hermanos y hermanas, irrumpe entonces en nuestra vida! Esta luminosa verdad de fe abre de par en par ante nosotros un horizonte maravilloso: la vida después de la muerte. Y a la luz de esa verdad adquiere sentido y pleno valor nuestro compromiso diario de hombres y creyentes.  «Jesús se echó a llorar» (Jn 11, 35).

 

Las lágrimas de Cristo ante la muerte de su amigo Lázaro manifiestan, ciertamente, su humanidad sensibilísima, pero también revelan, por decir así, el llanto de Dios, su enternecimiento paterno, su juicio misericordioso frente a esa muerte más profunda y trágica del hombre, que es el pecado, y cuya consecuencia es la descomposición física: la muerte —afirma san Pablo — es el salario del pecado (cf. Rm 6, 23).

 

Con Cristo la Iglesia llora y ora por todo pecador, para que sea liberado de las vendas que lo mantienen prisionero y para que pueda salir del sepulcro a fin de volver a la vida: para que tenga la vida. «¡Lázaro, sal fuera!» (Jn 11,43). Cristo y la Iglesia nos dirigen a nosotros esta invitación. Se trata de una invitación a abandonar todo lo que frena y entorpece nuestro camino hacia la plenitud de la gracia bautismal...Éste es, amadísimos hermanos, el gran don que el Señor nos renueva con su Pascua: una vida nueva, libre de la esclavitud de la carne y del apego desordenado a los bienes efímeros del mundo. Una existencia renovada y puesta bajo el señorío del Espíritu, fuente de amor, gozo y paz».

 

Juan Pablo II. Homilía del 28 de marzo de 1993.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «El máximo enigma de la vida humana es la muerte». ¿Tengo fe en la victoria de Jesucristo sobre la muerte? ¿Tengo miedo a morir? ¿Estoy preparado?

 

2. Vivamos estos últimos días de Cuaresma desde el corazón de la Madre. Busquemos rezar el rosario en familia. 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 640; 645-646; 994.

 

 

 

 



[1]Ezequiel (en hebreo, yehezquel, o sea, Dios fortalece). Uno de los profetas mayores. Por ser hijo de un sacerdote, Buzi,  quizás lo criaron en los alrededores del templo con miras a continuar el oficio de su padre. Sin embargo, debido a la toma militar de su nación en 597 A.C., lo llevaron cautivo a Babilonia, junto con el rey Joaquín y otros nobles (2R 24.14-17). Tal vez permaneció en el cautiverio toda su vida. Se estableció primero con los demás cautivos en Tel Abib. Pero, como cualquier desterrado, sus pensamientos siempre volvían a su ciudad natal y se interesaba profundamente en todo lo que en ella pasaba. En 593 A.C., cuando ya tenía 30 años (Ez 1.1), la edad cuando por lo general se iniciaba el ministerio sacerdotal, Ezequiel tuvo visiones por las que recibió su vocación profética (Ez 1-3). La esposa de Ezequiel murió de repente el mismo día que Nabucodonosor tomó a Jerusalén (586 a.C.), pero Dios le prohibió el luto al profeta Ezequiel. Él  siempre quiso oficiar en el culto del templo de Jerusalén y  tuvo que aprender a adorar a Dios sin templo y sin sacrificios, en tierra extranjera, y así enseñó a su pueblo a hacer lo mismo (ver. Jn 4.23). Sin embargo, siempre mantuvo una vívida esperanza en la restauración completa del pueblo, la ciudad y el templo (Ez 33-48). El ministerio de Ezequiel duró unos veintidós años hasta 571 a.C. (Ez 29.17), y quizás aun más.

[2] Parábola: método sencillo de enseñar verdades espirituales mediante una imagen o una historia breve siempre con una enseñanza.

[3] Es interesante notar que cuando sale Judas del lugar donde se había celebrado la última cena, con la decisión de entregarlo. San Juan resalta el hecho de que: «Era de noche» (Jn 13,30).

 

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