domingo, 13 de marzo de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo A. «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»

Domingo de la Semana 2ª de Cuaresma. Ciclo A

«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»

 

Lectura del libro del Génesis 12,1- 4a

 

«Yahveh dijo a Abram: "Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre, a la tierra que yo te mostraré. De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra". Marchó, pues, Abram, como se lo había dicho Yahveh, y con él marchó Lot».

 

Lectura de la Segunda carta de San Pablo a Timoteo 1,8b-10

 

«Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios, que nos ha salvado y nos ha llamado con una vocación santa, no por nuestras obras, sino por su propia determinación y por su gracia que nos dio desde toda la eternidad en Cristo Jesús, y que se ha manifestado ahora con la Manifestación de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien ha destruido la muerte y ha hecho irradiar vida e inmortalidad por medio del Evangelio»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 17,1-9

 

«Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. En esto, se les aparecieron Moisés y Elías que conversaban con él. Tomando Pedro la palabra, dijo a Jesús: "Señor, bueno es estarnos aquí. Si quieres, haré aquí tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías".

 

Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y de la nube salía una voz que decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle". Al oír esto los discípulos cayeron rostro en tierra llenos de miedo. Mas Jesús, acercándose a ellos, los tocó y dijo: "Levantaos, no tengáis miedo". Ellos alzaron sus ojos y ya no vieron a nadie más que a Jesús solo. Y cuando bajaban del monte, Jesús les ordenó: "No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

El Prefacio de la misa de este segundo Domingo de Cuaresma expresa y resume perfectamente el mensaje central de la Transfiguración: «Cristo, Señor nuestro, después de anunciar la muerte a sus discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria para testimoniar, de acuerdo con la ley y los Profetas, que la pasión es el camino de la Resurrección». El hecho de la Transfiguración se realiza en el camino de Jesús a Jerusalén, la ciudad que mataba a los profetas, y donde Él va a consumar su peregrinación terrena. Acordes con esta idea en los textos de este Domingo se acentúa el sentido de éxodo, peregrinación, disponibilidad y fe-en-camino como respuesta a la llamada de Dios. Eso lo vemos en la vocación de Abram[1]  (Primera lectura) y en la llamada a Timoteo por medio de Pablo: «toma parte en los duros trabajos del Evangelio con la fuerza que Dios te dé» (Segunda Lectura). Es esencial en la vida del cristiano «tomar parte en la vida de Cristo», especialmente en su misterio pascual: Muerte y Resurrección.

 

J «Vete de tu tierra, y de tu patria, y de la casa de tu padre...»

Así aparece en la Primera Lectura la figura de Abraham, su elección y su vocación por Dios. El texto perteneciente a la tradición yavista[2], abre el ciclo de Abraham (ver Gn 12-25) como primer representante de la saga de los patriarcas. Ha concluido la etapa de los orígenes de la humanidad, del pecado, de la maldad y del castigo: Adán y Eva, Caín y Abel; Noé y el diluvio, la torre de Babel; y comienza una nueva época de alianza y salvación de Dios que marca los orígenes del Pueblo elegido. Abraham es el nómada de Dios; el destinatario de una elección totalmente gratuita por parte del Señor que lo llama a salir de su tierra, Ur de Caldea en Mesopotamia (hacia el año 1850 A.C.), para ir a Canaán en Palestina.

 

En él se va a realizar la unidad de la humanidad dispersa en Babel y el origen del Pueblo de Dios, Israel. Su respuesta a la llamada de Dios fue la obediencia de la fe. Abraham sale para un país desconocido, con su mujer estéril; porque Dios le ha llamado y le ha prometido una posteridad. Este primer acto de fe de Abraham se volverá a expresar en la renovación de la promesa (ver Gn 15, 5-6) y que Dios pondrá a prueba reclamándole a Isaac, el hijo de la promesa (ver Gn 22). Y porque obedeció, en su descendencia se plasmará la bendición divina; y no sólo para el pueblo de Israel sino para toda la humanidad (ver Rm 4,11; Hb 11,8ss).         

 

J «Nos ha llamado con una vocación santa»

 

Desde tiempo inmemorial, desde antes de la creación, dispuso Dios darnos su gracia por medio de Jesucristo llamándonos a la fe. Así lo expresa Pablo en su segunda carta a Timoteo. Nuestra vocación cristiana a «una vida santa» acorde con la gracia de Dios y la obediencia de la fe es también gratuita como la de Abraham, pero superior a  la de éste. Pues Dios realiza ahora su alianza y promesa de reconciliación definitiva por medio de su propio Hijo y la promesa culmina en nuestra adopción filial en Cristo Jesús. En nuestra vocación cristiana se verifican los tres elementos presentes en toda vocación: una elección gratuita y amorosa, una misión se nos es confiada y una promesa de vida eterna que fundamenta sólidamente nuestra esperanza.  

 

J «Seis días después...»

 

El Evangelio de hoy comienza con las palabras: «Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva a un monte alto, y se trans­figuró ante ellos». No es común en el Evangelio tal precisión cronoló­gica. Su intención es llamar la atención sobre lo que se narra antes y relacionar la Transfiguración con esos hechos. ¿Qué es lo que ocurrió «seis días antes»? Bueno, seis días antes había ocurrido la confesión de Pedro sobre la identidad de Jesús: «Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), y Jesús había comenzado «a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mu­cho... ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21). Éste es el contexto en el cual se sitúa la Transfiguración de Jesús. Allí es la voz del cielo la que confirma la identidad de Jesús: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco», y la manifestación de la gloria de Jesús que allí vieron los apóstoles estaba destinada a sostenerlos ante el escándalo de la cruz.

 

La experiencia que tuvieron los apóstoles no puede describirse con palabras humanas. Ellos tuvieron una vi­sión anticipada de la gloria de Cristo «el cual transfi­gurará este miserable cuerpo nues­tro en un cuerpo glorioso como el suyo» (Flp 3,21). ¿Pero quién puede des­cribir cómo será eso? Con razón San Pablo dice que «ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al cora­zón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman» (1Co 2,9). La descripción que hace el Evangelio es para sugerir una realidad que va mucho más allá que la experiencia sensible: «Su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Pero en realidad quiere decir que se manifestó su identidad profunda, es decir, su divinidad. Ahora pudo quedarle claro a San Pedro qué es lo que estaba diciendo en realidad cuando confesó a Jesús: «Tú eres el Hijo del Dios vivo».

 

K ¿Por qué aparecieron Moisés y Elías al lado de Jesús?

 

Moisés y Elías son dos personajes que en el Antiguo Testa­mento habían tenido una profunda experiencia de la presencia de Dios. Moisés había orado a Dios: «Déjame ver tu glo­ria». Y Dios le había concedido ver solamente su espalda, «pues -decía- mi rostro no puede verlo el hombre y seguir vivien­do» (ver Ex 33,18-23). Y a Elías, en el mismo monte Horeb[3], le fue diri­gida la palabra del Señor: Sal y ponte en el monte ante Yahveh. «Y he aquí que Yahveh pasaba... al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto» (1R 19,9-13). Aquí, ante Cristo transfigurado, estaban ambos contemplan­do al mismo Dios que habían ansiado ver.

 

Moisés y Elías eran los más grandes profetas del Anti­guo Testamento. Pero Jesús  aparece muy superior a ellos. Y cuando el pueblo, entusias­mado por la enseñanza y los mila­gros de Jesús, exclamaba: «Un gran profeta ha surgido entre nosotros», se quedaba todavía muy corto. De ningún profeta había dicho Dios: «Este es mi Hijo en quien me complazco». Si hubiera que compa­rar a Jesús con los pro­fetas, habría que decir: «Mu­chas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últi­mos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos, el cual es resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa» (Hb 1,1-3).

 

La tradición de la Iglesia ha visto en Moisés y Elías una representación de la ley y los profetas. Pero ellos al aparecer junto a Jesús transfigurado le rinden homenaje y se inclinan ante él. Es porque toda la ley y los profetas apuntan a Jesucristo, a Él se refieren y encuentran en él su sentido y su cumplimiento. Por eso Jesús declara: «No he venido a abolir la ley y los profetas, sino a darles cumpli­miento» (Mt 5,17). Pues es claro que «la ley fue dada por medio de Moi­sés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucris­to» (Jn 1,17).

 

J «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle»

 

Una nube luminosa los cubre y se escucha una voz del cielo que deja una recomendación muy clara: «Escu­chadle». Jesús es la Palabra definitiva de Dios, «es el 'si' de Dios a sus promesas» (ver 2Co 1,20). La vida y la enseñanza de Jesús constituyen todo lo que necesitamos saber para tener la «vida eterna». Y la mayor sabiduría consiste en escu­char su palabra y guardarla en el corazón. Esta actitud mereció una de las bienaventuranzas de Jesús: «Bien­aventu­rado el que escucha la palabra de Dios y la guarda» (Lc 11,28).

 

J  Los testigos privilegiados

 

Los testigos predilectos del Señor Jesús son Pedro, Santiago y Juan. Estos mismos tres son los testigos exclusivos de otro momento particular de la vida de Jesús: «Tomando consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, Jesús comen­zó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dice: 'Mi alma está triste hasta el punto de morir; que­daos aquí y velad conmigo'» (Mt 26,37-38). Es el momento de la agonía de Jesús en el huerto de los Olivos. ¡Qué contraste entre un momento y otro! También es radicalmente diferente la reacción de los apóstoles. En la Transfiguración Pedro toma la palabra y dice a Jesús: «Señor, bueno es que estemos aquí. Si quieres haré aquí tres tiendas...». El mismo Pedro propone perpetuar ese momento. En el huerto de los Olivos, en cambio, su desin­terés es total, tanto que los tres se quedan dormidos. Los apóstoles parecen haber olvidado lo que vieron en el monte Tabor, cuando Jesús se transfiguró ante ellos. Pero en realidad, el escándalo de la agonía en el huerto, del arresto de Jesús, de su flagelación y, sobre todo, de su muerte en la cruz, fue más fuerte, y la fe de esos discípulos no pudo sobrellevarlo.

 

El episodio de la Transfiguración cobra todo su sentido y toda su fuerza solamente después de la Resurrec­ción de Jesús. Por eso el mismo Jesús, bajando del monte ordena a los tres testigos: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre haya resucitado de entre los muertos». En las apariciones de Jesús resucitado, según leemos en los Evangelios, debió mostrar las señales de los clavos en sus manos y pies y la herida de su costado para ser reconocido como el mismo que estuvo colgado de la cruz. Pero una vez que la certeza de la Resurrección de Jesucristo se apoderó de los discípulos, entonces el recuerdo de su Transfiguración completó el cuadro de su identidad. Esto es lo que dice San Pedro en su segunda carta: «Os hemos dado a conocer el poder y la Venida de nuestro Señor Jesucristo, no siguien­do fábulas ingeniosas, sino después de haber visto con nuestros propios ojos su majestad. Porque recibió de Dios Padre honor y gloria, cuando la sublime Gloria le dirigió esta voz: 'Este es mi Hijo muy amado en quien me complaz­co'. Nosotros mismos escuchamos esta voz, venida del cielo, es­tando con él en el monte santo» (2P 1,16-18).

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«La experiencia de la transfiguración de Jesús prepara a los Apóstoles para afrontar los dramáticos acontecimientos del Calvario, presentándoles anticipadamente lo que será la plena y definitiva revelación de la gloria del Maestro en el misterio pascual. Al meditar en esta página evangélica, nos preparamos para revivir también nosotros los acontecimientos decisivos de la muerte y resurrección del Señor, siguiéndolo por el camino de la cruz, para llegar a la luz y a la gloria. En efecto, "sólo por la pasión podemos llegar con él al triunfo de la resurrección" (Prefacio)».

 

Juan Pablo II. Homilía del 28 de  febrero de 1999.

 

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «Es necesario que pasemos por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios», leemos en el libro de los Hechos de los Apóstoles 14,22. Ciertamente no se trata de crearnos sufrimientos estériles, sin embargo, ¿qué tanto acepto los inconvenientes y los dolores de la vida como camino de configuración con el Señor? ¿Los acepto y los ofrezco al Señor?

 

2. «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle», nos dice el Padre en el Evangelio. ¿Escucho atentamente la Palabra en la Santa Misa? ¿Pongo los medios para acogerla y vivir de acuerdo a ella?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 444. 459. 554 - 558. 1721.

 



[1] Por el libro del Génesis se conoce a Abraham (padre de multitudes, Gn 17.5). Descendiente de Sem e hijo de Taré, se le atribuye la fundación de la nación judía, de los ismaelitas y de otras tribus árabes. La historia de su vida se relata en Gn 11.16-25.10, y hay una sinopsis de ella en Hch 7.2-8. Tres grupos religiosos lo reconocen como patriarca: judíos, cristianos y mahometanos. Nació en Ur, ciudad caldea, donde vivió con su padre y sus hermanos, Nacor y Harán, y donde se casó son Sarai. Al llamado de Dios, abandonó a su parentela (Jos 24.2) y se trasladó a Harán, en Mesopotamia, donde murió su padre (Gn 11.26-32). A la edad de 75 años se fue a Canaán con su esposa y Lot, pasando por Siquem y Bet-el (Gn 12.1-9). Obligado por el hambre, fue a Egipto donde hizo pasar a Sarai por hermana suya. Volvió enriquecido a Canaán y con espíritu generoso dio a Lot el fértil valle del bajo Jordán. Luego se estableció en Mamre (Gn 13.1-18). Entonces Dios renovó su promesa a Abram (Gn 13.15-18). Al volver de rescatar a Lot de manos del rey elamita (Gn 14.1-16), Melquisedec, sacerdote-rey, le salió al encuentro y le dio su bendición (Gn 14.17-24). A pesar de que Dios le había prometido un hijo (Gn 15.4), cuando tenía 86 años, Abram tomó a la esclava Agar y de ella nació Ismael (Gn 16). Trece años después Dios reconfirmó su pacto con él; estableció la circuncisión como señal y a Abram le puso por nombre "Abraham" (Gn 17). Abraham intercedió por Sodoma (Gn 19), viajó por el Neguev y se estableció en Cades y Gerar (Gn 20). Allí nació Isaac, cuando Abraham tenía 100 años de edad. Luego Agar e Ismael fueron echados de la casa. Por ese mismo tiempo Abraham hizo un pacto con Abimelec en que se aseguraban los derechos de este en Beerseba (Gn 21). Después de veinticinco años, Dios probó la fe de Abraham ordenándole que sacrificara a Isaac, su hijo y heredero de la promesa (Gn 22). Doce años después Sara murió y fue enterrada en Hebrón. Rebeca, nieta de Nacor, el hermano de Abraham, fue escogida como esposa de Isaac. Abraham tomó también otra esposa, Cetura, de quien tuvo seis hijos. Regaló "todo lo que tenía" a Isaac, dio dones a los hijos de sus concubinas y murió a los 175 años.

[2] Tradición yavista: una de las principales fuentes del Pentateuco junto con la tradición elohísta, la sacerdotal y la deuteronomista. Es la más antigua de dichas fuentes. Constituye una narración bastante homogénea que abarca la historia de la creación hasta la muerte de José y luego, en forma fragmentaria, los relatos de Egipto y del desierto. Tiene una idea altísima de Yahveh y, al mismo tiempo, lo presenta en familiar figura antropomórfica.

[3] Monte Horeb. (del hebreo «yermo, desierto»). Monte estrechamente relacionado con el Sinaí; abarca la cordillera de montañas que se extiende alrededor de 28° 30' N, entre el golfo de Suez y el de Ákaba, y que Sinaí es uno de sus picos. Horeb era llamado el «monte de Dios» (Éx 3:1). Fue allí donde Dios tuvo su encuentro con Moisés, y donde dio su pacto a Israel. Cerca de aquí también se erigió el becerro de oro (Éx 17:6; 33:6; Dt 1:2, 6, 19; 4:10, 15; 29:1; Sal 06:19).

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com

lunes, 7 de marzo de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo A. «No tentarás al Señor tu Dios»

Domingo de la Semana 1ª de Cuaresma. Ciclo A

«No tentarás al Señor tu Dios»

 

Lectura del libro del Génesis 2, 7-9; 3,1-7

 

«Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. Luego plantó Yahveh Dios un jardín en Edén, al oriente, donde colocó al hombre que había formado. Yahveh Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles deleitosos a la vista y buenos para comer, y en medio del jardín, el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal.

 

La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que Yahveh Dios había hecho. Y dijo a la mujer: "¿Cómo es que Dios os ha dicho: No comáis de ninguno de los árboles del jardín?" Respondió la mujer a la serpiente: "Podemos comer del fruto de los árboles del jardín. Mas del fruto del árbol que está en medio del jardín, ha dicho Dios: No comáis de él, ni lo toquéis, so pena de muerte".

 

Replicó la serpiente a la mujer: "De ninguna manera moriréis. Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal". Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 5,12-19

 

«Por tanto, como por un solo hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron; - porque, hasta la ley, había pecado en el mundo, pero el pecado no se imputa no habiendo ley; con todo, reinó la muerte desde Adán hasta Moisés aun sobre aquellos que no pecaron con una trasgresión semejante a la de Adán, el cual es figura del que había de venir...

 

Pero con el don no sucede como con el delito. Si por el delito de uno solo murieron todos ¡cuánto más la gracia de Dios y el don otorgado por la gracia de un solo hombre Jesucristo, se han desbordado sobre todos! Y no sucede con el don como con las consecuencias del pecado de uno solo; porque la sentencia, partiendo de uno solo, lleva a la condenación, mas la obra de la gracia, partiendo de muchos delitos, se resuelve en justificación.

 

En efecto, si por el delito de uno solo reinó la muerte por un solo hombre ¡con cuánta más razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia, reinarán en la vida por uno solo, por Jesucristo! Así pues, como el delito de uno solo atrajo sobre todos los hombres la condenación, así también la obra de justicia de uno solo procura toda la justificación que da la vida. 19En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo todos serán constituidos justos.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4,1-11

 

«Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno de cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre. Y acercándose el tentador, le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes". Mas él respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios". Entonces el diablo le lleva consigo a la Ciudad Santa, le pone sobre el alero del Templo, y le dice: "Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: A sus ángeles te encomendará, y en sus manos te llevarán, para que no tropiece tu pie en piedra alguna". Jesús le dijo: "También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios". Todavía le lleva consigo el diablo a un monte muy alto, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, y le dice: "Todo esto te daré si postrándote me adoras".

Dícele entonces Jesús: "Apártate, Satanás, porque está escrito: Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a él darás culto". Entonces el diablo le deja. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Una de las constantes en las lecturas de este primer Domingo de Cuaresma es la relación con el tentador y el mal. En este sentido el Evangelio nos ofrece un tema central para la vida cristiana: Jesucristo nos muestra cómo se puede venir y como vencer a la tentación. Por otro lado vemos a Adán que cede ante el tentador. Sin embargo así como por un sólo hombre ha entrado el pecado, la muerte y las rupturas en la creación; por un solo hombre, Jesucristo el Verbo Encarnado, ha venido la gracia y cuádruple  Reconciliación.

 

La Iglesia celebra hoy el primer Domingo de Cuaresma, que como su nombre lo indica, es un período de cua­renta días que terminará con el Domingo de Resurrec­ción donde cele­bramos la Pascua del Señor. Comienza, por tanto, cua­renta días antes de esa fecha - un día miércoles - con el signo austero y expre­sivo de las cenizas, que pues­tas sobre nues­tra frente, nos recuer­dan una verdad rotun­da: «Polvo eres y en polvo te con­verti­rás».

 

La primera caída y el Nuevo Adán

 

«Por un hombre entró el pecado en el mundo y por el pecado la muerte y así la muerte alcanzó a todos los hombres, ya que todos pecaron» (Rm 5,12). Esta frase de la carta de San Pablo a los Romanos se refiere al pecado de Adán, el padre de toda la humanidad. Por ese pecado de Adán entró la muerte en el mundo, pues a él Dios le había dicho: «Del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio» (Gn 2,17). Comprendemos que Adán muriera, porque él pecó habiendo sido advertido. Pero… ¿por qué «alcanzó la muerte a todos los hombres»?

 

El Catecismo de la Iglesia Católica nos responde: «Todo el género humano es en Adán «sicut unum corpus unius hominis» («Como el cuerpo único de un único hombre»). Por esta «unidad del género humano», todos los hombres están implicados en el pecado de Adán, como todos están implicados en la justicia de Cristo. Sin embargo, la transmisión del pecado original es un misterio que no podemos comprender plenamente. Pero sabemos por la Revelación que Adán había recibido la santidad y la justicia originales no para él solo sino para toda la naturaleza humana: cediendo al tentador, Adán y Eva cometen un pecado personal, pero este pecado afecta a la naturaleza humana, que transmitirán en un estado caído. Es un pecado que será transmitido por propagación a toda la humanidad, es decir, por la transmisión de una naturaleza humana privada de la santidad y de la justicia originales. Por eso, el pecado original es llamado «pecado» de manera análoga: es un pecado «contraído», «no cometido», un estado y no un acto»[1]. 

 

El Evangelio nos relata la antípoda del pecado de Adán. El mismo que hizo caer a Adán e introdujo la muerte en el mundo va a intentar ahora hacer caer a Jesús. Pero el desenlace es infinitamente distinto. Dios había sentenciado a la serpiente antigua, refiriéndose a uno que sería «descendencia de la mujer»: «Él te pisoteará la cabeza, mientras acechas tú su talón» (Gn 3,15). Si Adán es cabeza de la humanidad, Cristo, el nuevo Adán; lo es con mucho más razón. Si por el pecado de Adán entró la muerte, por la fidelidad de Cristo se nos devuelve la vida.

 

Esto es lo que Él mismo declara: «He venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Considerando todo su misterio, el Evangelista afirma: «En él estaba la vida» (Jn 1,4). Este don es el que quería destruir el diablo y es el que destruye cada vez que nos tienta. Pero fue vencido por Cristo ya que «si por el delito de un solo hombre comenzó el reinado de la muerte,... cuánto más ahora, por un solo hombre, Jesucristo, vivirán todos» (Rm 5,17).

 

 «Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu...»

 

El Evangelio de hoy comienza con el adverbio de tiem­po «entonces». Pero este adverbio no tiene sentido sino en relación a lo que precede. Y lo que precede inmediatamente es la voz del Padre que, en el bautismo de Jesús en el Jordán, declara: «Este es mi Hijo amado en quien me com­plazco» (Mt 3,17). ¿Qué relación hay entre esta declara­ción del Padre y las tentaciones en el desierto? Por otro lado, el Espíritu que se vio bajar sobre Jesús en forma de paloma, es el que ahora lo lleva al desierto; y lo lleva con una finalidad: «ser tentado por el diablo». ¿Cómo es posible que el Espíritu lo ponga en la situación de ser tentado?

 

Para responder a estas preguntas, debemos recordar que en la Biblia hay otro período caracterizado por el número cuarenta, esta vez «cuarenta años». Se trata del tiempo que Israel peregrinó por el desierto de Sinaí des­pués de su salida de Egipto antes de entrar en la tierra prometida. Ese tiempo también fue un período de prueba. Pero ¿qué relación tiene Israel con el «Hijo de Dios»? También a Israel, Dios lo llama «su hijo». Cuando manda a Moisés a pedir al Faraón la salida de Israel, le ordena decir estas palabras: «Así dice Yahveh: Israel es mi hijo, mi primogénito... Deja ir a mi hijo para que me dé cul­to» (Ex 4,22-23). Y el mismo Moisés dice al pueblo: «Acuérdate de todo el camino que Yahveh tu Dios te ha hecho andar durante estos cuarenta años en el desierto para humi­llarte, pro­barte y conocer lo que había en tu corazón: si ibas o no a guardar sus mandamientos» (Dt 8,2).

 

Siglos más tarde, comen­tando esos hechos, el profe­ta Oseas transmitía esta queja de Dios: «Cuando Israel era niño, yo lo amé, y de Egipto llamé a mi hijo. Cuanto más los llama­ba, más se alejaban de mí» (Os 11,1-2). Ese hijo, que Dios reconoce como «su hijo primogénito», fue infiel. Ahora, en cambio, respecto de Jesús, el Padre de­clara: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17). E inme­diatamente después de estas palabras, sigue el viaje de Jesús al desierto y las tentacio­nes. Allí Jesús, igual que ese otro hijo que fue Israel, pasará un tiempo de prueba en el desierto; pero él se comportará como un Hijo fiel a su Padre, reparando así la infidelidad y el pecado de su pueblo.

 

«Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes»

 

La Encarnación consiste en que el Hijo de Dios, sin dejar de ser verdadero Dios, se hizo «verdadero hombre» y sufrió todo lo que tiene que sufrir un hombre: «Fue probado en todo igual que noso­tros, excepto el pecado» (Hb 4,15). Jesús fue tentado, para ense­ñar­nos que sufrir la tentación no es moralmente repro­bable sino que responde a la condición de nuestra humanidad. Después de ayunar cuarenta días, Jesús sintió hambre, como es natural, y tuvo un fuerte deseo de comer. El, que pudo nutrir a las multitudes, ¿no podía convertir las pie­dras en pan? Sí, podía. Pero eso habría significado hacer un milagro para saciar su hambre. Y esta era la tentación. Esta era la acción que el diablo le sugería: convertir las piedras en panes. ¿Por qué habría sido pecado ceder a ella, qué habría tenido de malo?

 

Ceder a ella habría sido vaciar de todo su signifi­cado la Encarna­ción; ya no habría sido «igual a nosotros en todo», si para saciar su hambre o para resol­ver cualquier otra necesidad le hubiera bastado hacer un milagro. Habría sido infiel a su misión y a la voluntad de su Padre. Tal vez esto recordaba Jesús cuando advierte a los discípulos: «Mi ali­mento es hacer la volun­tad del que me ha enviado» (Jn 4,34). Esta tenta­ción se parece mucho a la que sufrió en la cruz: «Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz». Jesús podía bajar de la cruz. Pero eso habría sido frus­trar toda la reconciliación; no habría cum­plido su misión de «Cor­dero de Dios que quita el pecado del mundo».  

 

 «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito...»

 

La segunda tentación es semejante a la primera, pero es más sutil. Jesús había rechazado la primera tentación apo­yándo­se en la Palabra de Dios y ya que es así, para satisfacerlo, el tenta­dor toma «una palabra que sale de la boca de Dios» y le sugiere, en esta segunda tentación, reali­zar su condi­ción de Mesías con osten­ta­ción de po­der, con legiones de ángeles a sus órdenes; y la Escri­tura parecía apoyar esta visión. Pero Dios tenía pre­visto algo diferente. Es lo que Jesús explica a Pedro cuando éste quiere evitar que sea apren­dido: «¿Piensas que no puedo rogar a mi Padre, que pondría al punto a mi disposición más de doce legiones de ángeles? Mas ¿cómo se cumplirían las Escrituras de que (el Mesías tiene que padecer)?» (Mt 26,53-54). Jesús rechazó la ten­tación y fue fiel a su misión, tal como se la había enco­mendado su Padre, hasta las últimas conse­cuencias. El «no tenía apariencia ni presencia... desprecia­ble y deshecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias» (Is 53,2-3).

 

«Todo esto te daré si postrándote me adoras»

 

La tercera tentación es la más burda. El diablo está vencido pero intenta seducir a Jesús con la riqueza. De Jesús, el Verbo eterno de Dios, está escrito: «Todo fue hecho por El y para El» (Col 1,16). Pero El se Encarnó y como hombre nació en un pesebre y no tenía donde reclinar su cabeza. Si hubie­ra cedido al deseo de tener riquezas -en esto consistió la tenta­ción- no habría asumido hasta el último de los hombres, como era la misión que le encomendaba su Padre. Renunciar a cumplir nuestra vocación a la santidad, renunciar al bien y a la verdad por el afán de las rique­zas, eso es abandonar a Dios y adorar al diablo. Jesús rechaza la tentación citando el prime­ro de los manda­mien­tos: «Sólo al Señor tu Dios adora­rás».

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«"Apártate, Satanás" (Mc 4, 10). La actitud decidida del Mesías constituye para nosotros un ejemplo y una invitación a seguirlo con valiente determinación. El demonio, "príncipe de este mundo" (Jn 12, 31), continúa todavía hoy con su acción falaz. Todo hombre es tentado por la propia concupiscencia y el mal ejemplo de los demás, así como por el Demonio, y es más tentado aún cuando menos lo percibe. ¡Cuántas veces con ligereza cede a las falaces lisonjas de la carne y del Maligno, y experimenta después amargas desilusiones! Es preciso permanecer vigilantes para reaccionar con prontitud a todos los ataques de la tentación».

 

Juan Pablo II. Ángelus del 17 de febrero de 2002.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿Qué voy hacer para poder vivir lo que la Iglesia me recomienda de manera especial para este tiempo de Cuaresma: la limosna, el ayuno y la oración?

 

2. Vale la pena memorizar cada una de las respuestas de Jesús y utilizarlas como armas poderosas contra las tentaciones de nuestro tiempo. ¿Qué tan consciente soy de cómo el demonio me tienta?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 397- 409; 538 - 540

 



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 404.


--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com

lunes, 28 de febrero de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 9ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica»

Domingo de la Semana 9ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A

«Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 11, 18. 26-28. 32

 

«Poned estas palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, atadlas a vuestra mano como una señal, y sean como una insignia entre vuestros ojos. Mira: Yo pongo hoy ante vosotros bendición y maldición. Bendición si escucháis los mandamientos de Yahveh vuestro Dios que yo os prescribo hoy, maldición si desoís los mandamientos de Yahveh vuestro Dios, si os apartáis del camino que yo os prescribo hoy, para seguir a otros dioses que no conocéis. Cuidaréis de poner en práctica todos los preceptos y normas que yo os expongo hoy».

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos 3, 21- 25a. 28

 

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen - pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios -  y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe. Porque pensamos que el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 7, 21- 27

 

«No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial. Muchos me dirán aquel Día: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?" Y entonces les declararé: "¡Jamás os conocí; = apartaos de mí, agentes de iniquidad!" =

 

Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, y embistieron contra aquella casa; pero ella no cayó, porque estaba cimentada sobre roca. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos, irrumpieron contra aquella casa y cayó, y fue grande su ruina».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

El Evangelio de hoy es la conclusión del Sermón de la Montaña. Podemos afirmar que  el tema central es: ¿cuál debe de ser el fundamento de nuestra fe? ¿Cuál es la roca dura sobre la cual debemos de edificar nuestra casa? ¿Dónde encontraremos la seguridad que necesitamos para vivir y encontrar el sentido de nuestra existencia? ¿No es acaso la ley que Dios mismo colocó en nuestro corazón? (Primera Lectura). Sin embargo la antigua ley tendrá ahora en Jesucristo su plenitud ya que la salvación solamente es posible por la fe en Aquel que nos ha reconciliado mediante su sacrificio en la Cruz siendo «instrumento de propiciación»[1] (Segunda Lectura).

 

J Los preceptos de Dios

 

Sabemos que el Evangelista San Mateo recoge todo lo que sabe sobre el misterio de Cristo y organiza su escrito en cinco discursos de Jesús entre los cuales intercala, según un plan lógico, los relatos de milagros y otros hechos biográficos de Jesús. Para hacer un comentario a un texto de este Evangelio conviene preguntarse siempre en qué parte de la obra se encuentra el texto, sobre todo, en cuál de los discursos. El primero y más importante de los discursos es el Sermón de la Montaña que se extiende desde Mt 5,1 a Mt 7,29 (capítulos 5 a 7 completos). Mientras los otros cuatro discursos agrupan material con un tema común (discurso apostólico, discurso en parábolas, discurso eclesiástico, discurso sobre el fin), éste, en cambio, es un discurso programático.

 

Muchos especialistas estiman que en el Sermón de la Montaña San Mateo quiere presentar a Jesús como un nuevo Moisés que da al mundo una nueva ley. Pero curiosamente el método de enseñanza es muy distinto y, sobre todo, es muy distinto el origen de la ley presentada por uno y otro. Fijémonos en la Primera Lectura cuando Moisés dice: «Miren, hoy pongo delante de ustedes bendición y maldición: la bendición, si escuchan los preceptos del Señor, su Dios, que yo les mando hoy; la maldición, si no escuchan los preceptos del Señor, su Dios, y se desvían del camino que hoy les expongo» (Dt 11,26-28). Moisés es un profeta que presenta al pueblo los preceptos de Dios. Eso queda absolutamente claro para todos sus oyentes. Son justamente éstas las palabras que manda poner en el corazón, en el alma,  atarlas en las manos y colocarlas como insignias en los ojos.

 

Los fariseos del tiempo de Jesús, tomando al pie de la letra lo que leemos en el libro del Deuteronomio (ver Dt 6,8) ponían en cajitas textos bíblicos[2] y se los ceñían en la mano izquierda y en la frente con correas de cuero. En el Nuevo Testamento se llaman a estas cajitas, «filacterias», es decir «palabras despertatorias» (ver Mt 23,5) y se deriva de la palabra griega «filakterion» que significa medio de protección; aunque dicha idea no se halla en la palabra hebrea «tefilla» que, traducida literalmente, quiere decir, «oración». Esta costumbre llegó a convertirse en una especie de talismán para algunos judíos en el Nuevo Testamento[3]. Tal parece que el uso de las filacterias empezó con «los hasidim»[4], en la época inter-testamentaria, con el fin de contrarrestar la fuerte influencia helenista de sus tiempos.

 

J «Estas palabras mías…»

 

Jesús, en cambio, se presenta a sí mismo como origen de los preceptos de cuyo cumplimiento depende la bendición o maldición: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca... Todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena». Observamos también la diferencia en el modo de enseñar. La enseñanza de Jesús es muy rica en imágenes tomadas de la experiencia cotidiana.

 

Jesús en su Persona es la Palabra de Dios Encarnada y dirigida al mundo. Lo que Él es, lo que Él dice y lo que Él hace, eso es la Palabra de Dios. Por eso, toda la vida cristiana consiste en imitar a Jesús y meditar su palabra. La desgracia de nuestro tiempo es que se medita poco el Evangelio y menos aun se imita la vida de Jesús. Como nunca en la historia, hoy día cada persona puede llevar el libro del Evangelio en el bolsillo. Pero esto no quiere decir que se lea más ni que se conozca más. Tenemos la mente llena tan llena de otras cosas que no aceptamos las únicas palabras que tienen sentido pleno, las únicas palabras con las cuales podemos edificar nuestra casa firme y sólida: las palabras del Verbo Encarnado, Jesús.

 

J La salvación viene por la fe en Jesucristo

 

Sin duda éste es uno de los temas centrales en la teología[5] de San Pablo: ¿la justificación viene por la fe o por las obras? Más aún dada la interpretación antojadiza[6] de nuestros hermanos separados de algunos pasajes de las cartas de San Pablo y de la carta de Santiago. Ciertamente la salvación como tal, sólo es posible por la «fe en Jesucristo», Verbo Eterno hecho Hombre para nuestra Reconciliación mostrándonos el misterio de nuestra propia grandeza y vocación[7]. Único Mediador, quien haciéndose víctima agradable al Padre en la Cruz, nos redimió y nos mereció la gracia de la justificación y reconciliación.

 

Los hombres participamos gratuitamente de esta gracia, que es «don» de Dios, al hacernos «hijos en el Hijo», miembros del Cuerpo Místico, por el sacramento del Bautismo. Dice el Concilio de Trento; «Cristo derrama continuamente su virtud en los justos, como la cabeza lo hace con sus miembros y la vid con los sarmientos. Dicha virtud, precede siempre a las buenas obras, las acompaña y las sigue, dándoles un valor sin el cual en modo alguno podría resultar del agrado de Dios ni meritorias».

 

Es interesante ver el equilibrio que coloca el Concilio entre la fe y las obras. Cuando leemos en el versículo 28 de la carta a los Romanos que: «el hombre es justificado por la fe, sin las obras de la ley», ciertamente no se refiere a las «buenas obras» de la caridad (ver 1Co 13), en las cuales se manifiesta la fe (ver St 2, 20-24), sino a las obras de la ley que carecen de valor para la justificación. Nos dice San Agustín acerca de este pasaje: «San Pablo nos habla de las obras que preceden a la fe, Santiago de las que le siguen».

  

+  Una palabra del Santo Padre:

«Hoy recordamos doscientos años de un momento crucial en la historia de la Iglesia en los Estados Unidos: su primera gran fase de crecimiento. En estos doscientos años, el rostro de la comunidad católica en vuestro País ha cambiado considerablemente. Pensemos en las continuas oleadas de emigrantes, cuyas tradiciones han enriquecido mucho a la Iglesia en América. Pensemos en la recia fe que edificó la cadena de Iglesias, instituciones educativas, sanitarias y sociales, que desde hace mucho tiempo son el emblema distintivo de la Iglesia en este territorio. Pensemos también en los innumerables padres y madres que han transmitido la fe a sus hijos, en el ministerio cotidiano de muchos sacerdotes que han gastado su vida en el cuidado de las almas, en la contribución incalculable de tantos consagrados y consagradas, quienes no sólo han enseñado a los niños a leer y escribir, sino que también les han inculcado para toda la vida un deseo de conocer, amar y servir a Dios. Cuántos "sacrificios espirituales agradables a Dios" se han ofrecido en los dos siglos transcurridos. En esta tierra de libertad religiosa, los católicos han encontrado no sólo la libertad para practicar su fe, sino también para participar plenamente en la vida civil, llevando consigo sus convicciones morales a la esfera pública, cooperando con sus vecinos a forjar una vibrante sociedad democrática. La celebración actual es algo más que una ocasión de gratitud por las gracias recibidas: es una invitación para proseguir con la firme determinación de usar sabiamente la bendición de la libertad, con el fin de edificar un futuro de esperanza para las generaciones futuras.

"Ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que les llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa" (1 P 2,9). Estas palabras del Apóstol Pedro no sólo nos recuerdan la dignidad que por gracia de Dios tenemos, sino que también entrañan un desafío y una fidelidad cada vez más grande a la herencia gloriosa recibida en Cristo (cf. Ef 1,18). Nos retan a examinar nuestras conciencias, a purificar nuestros corazones, a renovar nuestro compromiso bautismal de rechazar a Satanás y todas sus promesas vacías. Nos retan a ser un pueblo de la alegría, heraldos de la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5) nacida de la fe en la Palabra de Dios y de la confianza en sus promesas.

En esta tierra, ustedes y muchos de sus vecinos rezan todos los días al Padre con las palabras del Señor: "Venga tu Reino". Esta plegaria debe forjar la mente y el corazón de todo cristiano de esta Nación. Debe dar fruto en el modo en que ustedes viven su esperanza y en la manera en que construyen su familia y su comunidad. Debe crear nuevos "lugares de esperanza" (cf. Spe salvi, 32ss) en los que el Reino de Dios se haga presente con todo su poder salvador.

Además, rezar con fervor por la venida del Reino significa estar constantemente atentos a los signos de su presencia, trabajando para que crezca en cada sector de la sociedad. Esto quiere decir afrontar los desafíos del presente y del futuro confiados en la victoria de Cristo y comprometiéndose en extender su Reino. Comporta no perder la confianza ante resistencias, adversidades o escándalos. Significa superar toda separación entre fe y vida, oponiéndose a los falsos evangelios de libertad y felicidad. Quiere decir, además, rechazar la falsa dicotomía entre la fe y la vida política, pues, como ha afirmado el Concilio Vaticano II, "ninguna actividad humana, ni siquiera en los asuntos temporales, puede sustraerse a la soberanía de Dios" (Lumen Gentium 36). Esto quiere decir, esforzarse para enriquecer la sociedad y la cultura americanas con la belleza y la verdad del Evangelio, sin perder jamás de vista esa gran esperanza que da sentido y valor a todas las otras esperanzas que inspiran nuestra vida».

Benedicto XVI. Homilía en el Yankee Stadium, Bronx,  New York. 20 de Abril de 2008.

 

'  Vivamos nuestro domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Solamente construyendo nuestra casa en la piedra sólida que es Jesucristo podremos tener la seguridad que estamos cumpliendo el amoroso Plan de Dios. ¿Yo vivo esta realidad?

 

2. Toda la primera parte del Evangelio es realmente impresionante. Leamos y meditemos con humildad este pasaje: «No todo el que me diga: "Señor, Señor, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial»

 

 



[1] Propiciación. (Del lat. propitiatĭo, -ōnis). Acción agradable a Dios, con que se le mueve a piedad y misericordia.  Sacrificio que se ofrecía en la ley antigua para aplacar la justicia divina y tener a Dios propicio.

[2] Generalmente contenían cuatro pasajes bíblicos: Éx 13.1-16; Dt 6.4-9; 11 y 13-21.

[3] Actualmente hay grupos de judíos ortodoxos que siguen usando filacterias.

[4] Hasidim o hasideos significa los «piadosos». Este grupo no era una secta organizada. Era el nombre que se daba a los judíos que se oponían a la penetración de la influencia griega (helenismo) en la vida y en la cultura judías.  En el siglo II A.C. algunos de ellos se unieron a los macabeos en la lucha armada contra los griegos (ver 1M 2,42). Otros eran pacifistas. Todos, desde luego, eran fieles seguidores de la Ley, muchos de ellos, ingresaron en las sectas de los fariseos y de los esenios.

[5] Teología: Del griego Theos: Dios y Logos: estudio. La ciencia que estudia a Dios y lo referente a Él, a la luz de la revelación sobrenatural en comunión con el Magisterio de la Iglesia. La teología es reflexión: es la fe que busca entender («fides quarens intelectum»)  has donde le es posible, consciente que en el fondo permanece el misterio insondable de Dios ante el cual no queda sino arrodillarnos. 

[6] Hay una clara interpretación personal en Lutero, Calvino, Zwinglio, entre otros;  en temas como el pecado, la predestinación, la justificación, el mérito de las obras, etc. Temas fundamentales para crear y justificar una nueva teología.   

[7] Ver Gaudium et Spes, 22 y Ecclesia in America 10.

--
Has recibido este mensaje porque estás suscrito a:
"Meditación Dominical"
 
Para anular la suscripción a este grupo, envía un mensaje a
meditacion-dominical+unsubscribe@googlegroups.com