lunes, 24 de enero de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

Domingo de la Semana 4ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos»

 

Lectura del libro del profeta Sofonías 2, 3; 3,12-13

 

«Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh. Yo dejaré en medio de ti un pueblo humilde y pobre, y en el nombre de Yahveh se cobijará el Resto de Israel. No cometerán más injusticia, no dirán mentiras, y no más se encontrará en su boca lengua embustera. Se apacentarán y reposarán, sin que nadie los turbe».

 

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,26- 31

«¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. 28Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: El que se gloríe, gloríese en el Señor».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 5,1-12a

 

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

El tema central de este Domingo es el discurso de las bienaventuranzas. En ellas Jesús, como nuevo legislador, nuevo Moisés, nos ofrece el camino de la salvación y de auténtica felicidad en medio de un mundo fracturado por el dolor y el pecado de los hombres. Un giro  inesperado y sorprendente cambia los esquemas y las seguridades de la persona humana en la búsqueda de la felicidad y de la paz. Es el pobre, el que sufre, el necesitado que es merecedor de la bienaventuranza[1] de Dios.

 

El profeta Sofonías que canta con tonos dramáticos y apocalípticos el «día del Señor»,  nos ofrece en la Primera Lectura un urgente mandato: «Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas». San Pablo en su carta a los Corintios, tomando conciencia de su propia miseria personal, nos dice que el Señor ha escogido lo más despreciable y frágil ante los ojos de este mundo para hacer brillar en ellos su gloria.

 

El texto del Evangelio de este Domingo deja en evidencia con más claridad que ningún otro pasaje, el contras­te entre los criterios que rigen el mundo y los criterios evangélicos propuestos por Jesús: «Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres» (1Co 1,25).

 

 

J « ¡Buscad a Yavheh, vosotros todos!»

 

A lo largo de la vida el hombre debe encontrar un centro interior que oriente y dé sentido a su existir humano. Debe descubrir ese núcleo de verdades fundamentales que lo sostengan y le permitan permanecer en el bien aún cuando muchas de sus esperanzas vayan desapareciendo. Esto se aplica no sólo a las personas de edad, sino también a muchos jóvenes que han perdido la ilusión de vivir. Se trata de encontrarse nuevamente con la razón de la propia existencia, con el amor de Dios, el sentido de la propia dignidad como persona e Hijo de Dios, y de descubrir que yo tengo una misión en la vida y que mi paso por la tierra es temporal y muy breve. Las bienaventuranzas justamente nos invitan a revisar nuestra jerarquía de valores. Nos ayudan a comprender, a la luz de la eternidad, lo relativo y pasajero de todo lo creado y de los bienes materiales; la relatividad e incongruencia de la búsqueda exclusiva del placer y de la comodidad, la relatividad de los sufrimientos de esta vida. «Buscad al Señor todos vosotros» nos propone el profeta Sofonías[2].

 

Este profeta vivió en Judá durante el reinado del rey Josías (639-609 A.C.) y advirtió al pueblo sobre el futuro juicio de Dios, si seguían adorando a los ídolos y desobedeciendo las leyes de Dios. Advirtió también de la destrucción que sobrevendría sobre los vecinos de Israel. La injusticia será castigada pero para aquellos que «vuelvan nuevamente» a Dios, habrá un brillante futuro. La predicación de Sofonías preparó la gran reforma religiosa que realizó el rey Josías[3].   

 

J La búsqueda de la felicidad

 

A todos nos llama la atención ver tanta gente que es poco feliz o decididamente infeliz, gente que vive perma­nentemente insatisfecha o que se quejan continuamente de su suerte. Es que buscan la felicidad en cosas que aunque las poseyeran, no pueden concederles la felicidad anhelada. La gente en general busca la felicidad en el dinero y en la fama. Pero una vez que los hombres han alcanzado la riqueza y la notoriedad;  se encuentran con la sorpresa de que siguen estando insatisfe­chos, de que basta que algo les salga mal, para sumirse, a pesar de su dinero y su fama, en la mayor infelicidad.

 

El anhelo de felicidad en el hombre no se sacia sino con la posesión del Bien infinito, es decir, de aquel Bien que lo es en todo senti­do y sin limitación. El hombre por el hecho de ser hombre no puede sino desear el Bien que le dará la felicidad plena. Una vez alcanza­do este Bien ya no le deja nada más que desear, porque ese Bien lo concede todo. Este Bien es justamente Dios. San Agustín, que vivió la búsque­da de la felicidad de manera afanosa, cuando encuentra el camino hacia ella, escribe: «Nos creaste Señor para ti, y nuestro corazón está inquie­to mientras no descanse en ti».

 

J «Dichoso el hombre que…»

 

Las bienaventuranzas son tan importantes dentro de la ley de Cristo que el Concilio Vaticano II no vacila en afirmar: «El mundo no puede ser transformado ni ofrecido a Dios sin el espíritu de las bienaventuranzas»[4]. Una bienaventuranza es una expresión idiomática antigua en la Sagrada Escritura. El Antiguo Testamento está lleno de estas expresiones. La primera la encontramos en boca de Moisés, cuando bendijo a las tribus de Israel antes de morir: «¡Dichoso tú, Israel! ¿Quién como tú, pueblo salvado por Yahveh?» (Dt 33,29). La segunda ocurrencia está en boca de la Reina de Saba, que asombra­da ante el esplendor de la corte de Salomón, exclamó: «Dicho­sas tus mujeres, dichosos tus servidores, que están siem­pre en tu presencia y escuchan tu sabiduría. Bendito Yahveh tu Dios que se ha complacido en ti y te ha colocado en el trono de Israel para siempre» (1R 10,8-9). El libro de los Salmos comienza con una bienaventu­ranza: «Di­choso el hombre que no sigue el consejo de los im­píos... todo lo que él hace sale bien» (Sal 1,1.­3) y éstas recorren todo el libro de los Salmos.

 

En el Antiguo Testamento encontramos más de cuarenta biena­venturanzas. En hebreo la bienaventuranza suena así: «Ashré ha ish, asher...» - «Dichoso el hombre, que...»- . La palabra principal "ashré" es un sustantivo plural en una forma que le exige apoyar­se en otro sustantivo. La traduc­ción lite­ral es: «¡Ah, las dichas del hombre, que...­.!». En la traducción griega y en nuestras lenguas se adopta un adjetivo: «Dichoso el hombre que...». La estructura es siempre la misma: se llama dichoso a alguien, y se indica el motivo de su dicha.

 

En el Nuevo Testamento encontramos más de cincuenta biena­venturanzas. En la lengua griega en que se escri­bió origi­nalmente el Nuevo Testamento, el adje­tivo correspondiente es «maka­rios». Por eso, a estas expresiones se suele llamar «maca­rismos». La primera en ser objeto de una bienaventuranza es la Virgen María: «Dichosa la que creyó que se cumpliría lo que le fue anunciado de parte del Señor» (Lc 1,45).

 

Sólo en boca de Jesús las encontramos agrupadas en una serie de nueve. Pero no es esto lo que más sorpren­de; lo que más sorprende es su contenido, porque trastorna todos los criterios humanos. Si se colocaran en hebreo, Jesús habría dicho: «¡Ah, las dichas de los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos! ¡Ah, las dichas de los mansos, porque ellos heredarán la tie­rra! ¡Ah, las dichas de los que lloran, porque ellos serán consolados!...». Jesús admira la dicha de quienes están en una condición reconocida más bien como desdicha­da. ¿Cómo es posi­ble? En realidad, lo que Jesús quiere enseñar es que esas categorías de personas son las que poseen el Reino de los cielos, son las que heredarán la tierra (se entien­de «la tierra prome­tida»), son las que serán conso­ladas (por Dios).

 

Por eso, aunque a los ojos del mundo parecen desdi­chadas, a los ojos de la fe, impre­siona su dicha. El premio eterno, que poseerán en pleni­tud en el futuro, anticipa su acción beatificante al tiempo presen­te; lo poseen ya en prenda. Es decir, lo poseen ya verda­de­ramente, y con la garantía de que será plenificado en el futuro.

 

Si tal es la convicción de Jesús, nuestro anhelo y nuestro empeño cristiano debe ser llegar a contarnos entre los pobres de espíritu, entre los mansos, entre los que lloran y tienen hambre y sed de justicia, entre los mise­ricordiosos, entre los limpios de corazón, entre los que trabajan por la paz, entre los que son perseguidos por causa de la justicia y por causa de Cristo. Si lográramos este objetivo, entonces conoceríamos la verdadera felici­dad.

 

Podemos decir que si el fin del hombre es la felicidad eterna, entonces la moral cristiana se puede expresar en esta forma: son buenas las acciones que nos conducen a la felicidad eterna; son malas las acciones que nos alejan de la felicidad eterna; y son intrínsecamente malas las acciones que por su propia naturaleza no son ordenables a la felicidad eterna. Jesús nos revela que las bienaventuranzas son la expresión de la verdadera felicidad ya que ellas son el camino seguro que nos conduce a la vida eterna. Esta felicidad no la entiende «el mundo» y ese es precisamente el mensaje que San Pablo quiere dar a la comunidad de Corinto que, al ser puerto, está permanente expuesta a los falsos valores. 

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«Bienaventurados los pobres de es­píritu». Es el grito de Cristo que hoy debería escuchar todo cristiano, todo creyente. Hacen mucha falta los pobres de espíritu, es decir, las personas dispuestas a acoger la verdad y la gracia, abiertas a las maravillas de Dios; personas de gran corazón, que no se dejen seducir por el resplandor de las riquezas de este mundo y no permitan que los bienes materiales se apoderen de su corazón. Son realmente fuertes, porque poseen la riqueza de la gracia de Dios. Viven con la conciencia de que todo lo reciben siempre de Dios.

 

«No tengo plata ni oro; pero lo que tengo, te lo doy: en nombre de Jesucristo, el Nazareno, camina» (Hch 3, 6). Con estas palabras los apóstoles Pedro y Juan respondieron a la petición del tullido. Le dieron el mayor bien que hubiera podido desear. Al ser pobres, le dieron al pobre la mayor riqueza: en el nombre de Cristo le devolvieron la salud. De esa manera proclamaron la verdad que han anunciado los confesores de Cristo a lo largo de todas las generaciones. Los pobres de espíritu, sin poseer ni plata ni oro, gracias a Cristo tienen un poder mayor que el que pueden dar todas las riquezas del mundo. De verdad, son felices y bienaventurados, porque a ellos les pertenece el reino de los cielos. Amen».

 

Juan Pablo II. Homilía en su visita pastoral a Polonia, 8 de junio 1999.

 

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. La práctica de las Bienaventuranzas constituye una línea divisoria entre el auténtico seguidor de Cristo y el «cristiano sociológico o de domingos». ¿Yo las vivo? ¿De qué manera concreta?

 

2. Las Bienaventuranzas son las guías que Jesús  nos ha dejado para nuestra felicidad. Revisemos nuestra jerarquía de valores y prioridades a la luz de las Bienaventuranzas.  

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 577- 582.1716-1729. 

 

 

 

 



[1] Bienaventurado (Del part. del ant. bienaventurar). Que goza de Dios en el cielo.  Afortunado (feliz).

[2] Sofonías que significa «Yahveh oculta», fue el noveno de los profetas menores y bisnieto de Ezequias (probablemente el rey de Judá). Cuando realiza su predicación ya había caído el reino del Norte y fue contemporáneo de Jeremías. 

[3] Josías fue coronado rey a los 8 años de edad después del asesinato de su padre Amón. Josías ordenó la reparación del templo. Y mientras se realizaba esta labor fue encontrado un rollo en el que estaban escritas las leyes que Dios había dado a Moisés. Josías estudió las leyes e hizo que se las leyeran al pueblo. Se llevaron a cabo numerosas reformas, entre ellas las relativas a  la observancia de la pascua. Muere a la edad de 39 años en un combate contra los egipcios.

[4] Lumen Gentium, 31.

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lunes, 17 de enero de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A. «Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»

Domingo de la Semana 3ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado»

 

Lectura del libro del profeta Isaías  8, 23b-9,3

«Pues, ¿no hay lobreguez para quien tiene apretura? Como el tiempo primero ultrajó a la tierra de Zabulón y a la tierra de Neftalí, así el postrero honró el camino del mar, allende el Jordán, el distrito de los Gentiles. 1El pueblo que andaba a oscuras  vio una luz grande. Los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos. Acrecentaste el regocijo, hiciste grande la alegría. Alegría por tu presencia, cual la alegría en la siega, como se regocijan repartiendo botín. Porque el yugo que les pesaba y el cayado de su hombro - la vara de su tirano - has roto, como el día de Madián.»

 

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,10-13.17

«Os conjuro, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a que tengáis todos un mismo hablar, y no haya entre vosotros divisiones; antes bien, estéis unidos en una misma mentalidad y un mismo juicio.Porque, hermanos míos, estoy informado de vosotros, por los de Cloe, que existen discordias entre vosotros. Me refiero a que cada uno de vosotros dice: "Yo soy de Pablo", "Yo de Apolo", "Yo de Cefas", "Yo de Cristo". ¿Esta dividido Cristo? ¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros? ¿O habéis sido bautizados en el nombre de Pablo? Porque no me envió Cristo a bautizar, sino a predicar el Evangelio. Y no con palabras sabias, para no desvirtuar la cruz de Cristo.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 4,12-23

 

«Cuando oyó que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea. Y dejando Nazará, vino a residir en Cafarnaúm junto al mar, en el término de Zabulón y Neftalí; para que se cumpliera el oráculo del profeta Isaías: ¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, allende el Jordán, Galilea de los gentiles! El pueblo que habitaba en tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amanecido. Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: "Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado".

 

Caminando por la ribera del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés, echando la red en el mar, pues eran pescadores, y les dice: "Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres". Y ellos al instante, dejando las redes, le siguieron. Caminando adelante, vio a otros dos hermanos, Santiago el de Zebedeo y su hermano Juan, que estaban en la barca con su padre Zebedeo arreglando sus redes; y los llamó. Y ellos al instante, dejando la barca y a su padre, le siguieron. Recorría Jesús toda Galilea, enseñando en sus sinagogas, proclamando la Buena Nueva del Reino y curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El pueblo que andaba en tinieblas, ve una gran luz…una luz brilla sobre ellos (Primera Lectura). Estas palabras tomadas del profeta Isaías nos ofrecen un tema unificador para la liturgia de este Domingo. San Mateo aplicará a Jesús el oráculo de Isaías refiriéndose a las regiones de Zabulón y Neftalí (tierra de gentiles). Jesús es la luz del mundo que ilumina las tinieblas; es el Reconciliador que sana las rupturas que tenían postrado al hombre. Jesús invita a Simón y Andrés, a Santiago y a Juan para que colaboren con Él en la misión de ser «pescadores de hombres» ya que el Reino de los Cielos ya ha sido inaugurado. En la primera carta a los Corintios, San Pablo insiste en la unidad de los cristianos: ellos no pueden estar divididos porque Jesucristo ha muerto por todos. Todos, por tanto, se deben dejar penetrar por el amor reconciliador  de Jesús hacia la humanidad y hacerse apóstoles de esa luz que ilumina el corazón de los hombres.

 

«Yo soy la luz del mundo»

 

Un dato constante en el Evangelio es que Jesús usó la imagen de la luz para definir su identidad. La luz es el predicado de una de sus importantes afirmaciones en: «Yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12). Esto es lo que dijo de Él el anciano Simeón cuando tomó al Niño Jesús en sus brazos en el momento en que era presentado al templo por sus padres: «Luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Is­rael» (Lc 2,32). Era natural que en el viaje de Jesús, después de ser bautizado por Juan Bautista a la altura de Jerusalén, desde Nazaret[1] a Cafarnaúm, siguiendo el confín entre los territo­rios de las tribus de Zabulón[2] y Neftalí[3]; San Mateo viera el cumpli­miento de una antigua profecía de Isaías  acerca de esas tierras: «El pueblo que habitaba en las tinieblas ha visto una gran luz; a los que habitaban en paraje de sombras de muerte una luz les ha amane­cido».

 

Jesús vuelve a la «Galilea de los gentiles»; así llamada por hallarse en el norte de Palestina colindante con las naciones paganas. Es aquí donde va a comenzar su anuncio de la Buena Nueva, cumpliendo así las profecías acerca de la restauración de estas regiones norteñas saqueadas por los asirios (año 734 A.C.). Podemos ver aquí una intención universalista en el anuncio de la Buena Nueva ya que Jesús comienza su actividad apostólica precisamente por tierras «paganas», si bien habitadas por judíos en su mayoría, a quienes Cristo se dedicó casi exclusivamente. 

 

«Convertíos, porque el Reino de los cielos ha llegado»

 

El Evangelio dice que «desde entonces Jesús comenzó a predicar». Y predicaba precisamente eso: «Convertíos,  porque el Reino de los cielos ha llegado». Este es el resumen de su predicación, el núcleo de buena nueva. Si honestamente queremos acoger su palabra y cumplir­la, aquí tenemos un «imperativo» de Jesús, que expresa claramente su voluntad. Interesa entonces saber qué quiere decir «convertir­se». La palabra griega que está en la base signifi­ca literal­mente: cambiar de mente, cambiar nuestros valores. Lo que yo antes consideraba importante, verdadero y firme de manera que eso guiaba mi vida; ahora ya no lo es, han entrado otros valores, mi vida ha cambiado radicalmente. Eso quiere decir convertirse. ¡Pero esto es algo imposible a los hombres!

 

Todos tenemos experiencia de cuán difícil es hacer cam­biar de idea a alguien, incluso sobre temas secundarios y aunque se presenten argumentos convincentes. Todos tenemos la imagen de los enfrentamientos públicos entre posturas opuestas, en que cada parte esgrime sus mejores argumentos, pero al final todos quedan con su misma idea y nadie ha cambiado ni siquiera un milímetro su postura. ¿Qué decir entonces del cambio radical de la persona, es decir, de las bases mismas de su existencia, de sus opciones más fundamentales? ¿Qué cosa es capaz de provocar este cambio que se llama la «conversión»? Hay una sola cosa capaz, más bien una sola persona. La conversión entonces consiste en encontrarse con Jesús  y acogerlo en nuestra vida.

 

Tal vez el que ha expresado la realidad de la conversión en términos más elocuentes ha sido San Pablo. Es que la suya ha sido una de las conversiones más célebres: de perseguidor de la Iglesia, gracias a su encuentro con Cristo, en un ins­tante, pasó a ser su más celoso apóstol. Él afirma: «Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimi­dad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Flp 3,7-8).  Y este cambio de mentalidad hace decir a Pablo en su carta a la comunidad de Corinto ahora somos uno «unidos en una misma mentalidad y en un mismo juicio».     

 

«Venid conmigo, y os haré pescadores de hombres...»

 

La segunda parte del Evangelio de hoy nos relata la vocación de los primeros cuatro discípulos. No puede leerse este episodio sin experimentar una fuerte impre­sión. Cuando en la vida de una persona aparece Jesús en escena, todo cambia. La diferencia es total: como las tinieblas y la luz. Esto es algo que no puede comprenderlo quien no lo ha experi­mentado. Así como no puede comprender la luz quien permanece en las tinieblas. Pero todos estamos llamados a vivir algún día lo mismo que esos simples pescadores: «Caminando Jesús por la orilla del mar de Galilea vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y su hermano Andrés... y les dice: 'Venid conmigo...' Y ellos al instante, dejan­do las redes, lo siguieron».

 

La iniciativa es siempre de Jesús: él los ve, los elige y los llama. Pero a ellos toca responder a esta llamada. Para motivarlos Jesús les indica una misión, que se presenta como un cambio de oficio: «Os haré pescadores de hombres». Pero esto no les sirvió de mucho, porque en ese momento no podían comprender a qué se refería Jesús.

 

Si esta frase de Jesús se conservó debió ser porque, después de muchos años, cuando ellos, constituidos ya en apóstoles y columnas de la Iglesia, comprendieron y recordaron que Jesús se lo había predicho en el momento de su vocación, cuando todo estaba sólo en germen. Y, sin embargo, la respuesta de ellos fue inmediata. Si el relato se conserva en esta forma, insistiendo en la prontitud y decisión de la respuesta, es porque de ese acto generoso de entrega de la vida, dependió todo lo que ellos llegaron a ser después: uno, la piedra sobre la cual Jesús fundó su Iglesia; los otros, las tres grandes columnas Andrés, Juan y Santiago.

 

Si ellos hubieran rechazado la llamada –como hace el joven rico- habrían quedado para siempre como anónimos e intrascendentes pescadores de un pequeño lago de la Galilea. La respuesta de los primeros apóstoles nos enseña que la generosidad en responder a lo que Dios nos pide en un determinado momento puede traer una cadena de gracias insospechadas.

 

Una palabra del Santo Padre:


«"Síganme y los haré pescadores de hombres" (Mt 4, 19). Estas palabras de Jesús, que hemos escuchado, se repiten a lo largo de la historia y en todos los rincones de la tierra. Como el Maestro, hago la misma invitación a todos, especialmente a los jóvenes, a seguir a Cristo. Queridos jóvenes, Jesús llamó un día a Simón Pedro y a Andrés. Eran pescadores y abandonaron sus redes para seguirle. Ciertamente Cristo llama a algunos de Ustedes a seguirlo y entregarse totalmente a la causa del Evangelio. ¡No tengan miedo de recibir esta invitación del Señor! ¡No permitan que las redes les impidan seguir el camino de Jesús! Sean generosos, no dejen de responder al Maestro que llama. Síganle para ser, como los Apóstoles, pescadores de hombres.

Igualmente, animo a los padres y madres de familia a ser los primeros en alimentar la semilla de la vocación en sus hijos, dándoles ejemplo del amor de Cristo en sus hogares, con esfuerzo y sacrificio, con entrega y responsabilidad. Queridos padres: formen a sus hijos según los principios del Evangelio para que puedan ser los evangelizadores del tercer milenio. La Iglesia necesita más evangelizadores. América entera, de la que ustedes forman parte, y especialmente esta querida Nación, tienen una gran responsabilidad de cara al futuro».

Juan Pablo II. Homilía en su visita pastoral a México, 24 de enero de 1999.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¡Conversión! Tener que cambiar todo aquello que me aleja del cumplimiento del Plan de Dios, todo aquello que me impide ser realmente feliz. Cristo el único capaz de motivar este cambio. Por eso mientras no viva realmente un encuentro constante con Jesús, será muy difícil no caer en la categoría de «cristianos solamente de Domingo». ¿Qué medios concretos voy a poner para encontrarme con Jesús?  

 

2.  No hay que temer el proponer abiertamente la vocación consagrada a los jóvenes, porque sabemos que es Cristo mismo quien sigue llamando a hombres y mujeres a consagrar totalmente su vida a Dios. No hay que temer porque Cristo sigue teniendo necesidad de hombres y mujeres para proclamar el Evangelio a «tiempo y destiempo». ¿Cómo ayudo para que aquellas personas llamadas por Dios, puedan responder a su vocación? ¿Rezo por las vocaciones a la vida consagrada?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 849-865.



[1]Nazaret queda a unos 120 Km. al norte de Jerusalén y Cafarnaúm queda a unos 30 Km. al norte de Nazaret  las orillas del Mar de Galilea (llamado también Lago de Tiberíades).

[2]Zabulón: hijo de Jacob y de Lía (Gn 30,20). Padre de una de las doce tribus de Israel. También es el nombre de las tierras asignadas a la tribu de Zabulón en Galilea. La tribu de Zabulón desempeñó un papel muy importante en la historia de Israel (Jc 4, 6,10). Débora (única mujer que fue juez de Israel) los elogia como capitanes del ejército (Jc 5,18). Entre los caudillos de Israel, de la tribu de Zabulón se cuenta Elón, juez del pueblo durante diez años (Jc 12,11-12). En los ejércitos del rey David hubo 50,000 zabulonitas.

[3] Neftalí: quinto hijo de Jacob. Es también el nombre de la tierra asignada a esta tribu al Oeste del Mar de Galilea y del río Jordán, y al Este de las tierras de Zabulón y Aser. El año 885 a.C. el territorio fue conquistado por el rey asirio Ben- adad. Isaías hace una referencia a la conquista de Naftalí y sus habitantes por el rey Tiglat-pileser de Siria (2R 15,29) y profetiza un glorioso futuro para la región. 

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jueves, 6 de enero de 2011

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 2ª del Tiempo Ordinario. Ciclo A «He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo

Por razones personales me he adelantado al envío de las Meditaciones Bíblicas Dominicales. La misma corresponde al  Domingo 16 de enero.

Rafael de la Piedra.


Domingo de la Semana 2ª del Tiempo Ordinario.  Ciclo A

«He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»

 

Lectura del libro del profeta Isaías  49,3.5-6

«Me dijo: "Tú eres mi siervo (Israel), en quien me gloriaré". Ahora, pues, dice Yahveh, el que me plasmó desde el seno materno para siervo suyo, para hacer que Jacob vuelva a él, y que Israel se le una. Mas yo era glorificado a los ojos de Yahveh, mi Dios era mi fuerza. "Poco es que seas mi siervo, en orden a levantar las tribus de Jacob, y de hacer volver los preservados de Israel. Te voy a poner por luz de las gentes, para que mi salvación alcance hasta los confines de la tierra" ».

 

Lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios 1,1-3

«Pablo, llamado a ser apóstol de Cristo Jesús por la voluntad de Dios, y Sóstenes, el hermano, a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos, con cuantos en cualquier lugar invocan el nombre de Jesucristo, Señor nuestro, de nosotros y de ellos gracia a vosotros y paz de parte de Dios, Padre nuestro, y del Señor Jesucristo».

 

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 1,29-34

 

«Al día siguiente ve a Jesús venir hacia él y dice: "He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es por quien yo dije: Detrás de mí viene un hombre, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo. Y yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que él sea manifestado a Israel". Y Juan dio testimonio diciendo: "He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre él. Y yo no le conocía pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: "Aquel sobre quien veas que baja el Espíritu y se queda sobre él, ése es el que bautiza con Espíritu Santo." Y yo le he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios"».

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

Las lecturas bíblicas nos hablan de distintas maneras sobre la misión de Jesús que vino al mundo para que «todo el que crea, tenga vida eterna» (Jn 3,15). En la Primera Lectura, el profeta Isaías nos dice que el «siervo de Yahveh» es consciente de haber sido elegido para hacer que el pueblo de Israel vuelva a Dios. El siervo experimenta la dureza y dificultad de su misión colocando su confianza en Yahveh. El salmo responsorial 39 parece resaltar el contraste entre el sacrificio ritual de la ley de Moisés y la disposición de escucha obediente que finalmente es lo que agrada al Señor.

 

Juan el Bautista habla de Jesús como el Cordero de Dios que, ofrecido en sacrificio, redime al hombre de su pecado. Él reconoce a Jesús cuando el Espíritu Santo desciende sobre Él. San Pablo, en el saludo inicial a los cristianos de Corinto[1],  se dirige a los cristianos de esa comunidad y les recuerda el doble aspecto de la redención: hemos sido santificados en Jesucristo y estamos llamados a ser santos en su nombre.

 

J La primera semana pública de Jesús

 

Con la celebración del Bautismo del Señor concluyó el tiempo litúrgico de la Navidad y comenzó el tiempo ordina­rio. Hoy día celebra la Iglesia el segundo Domingo del tiempo ordinario ya que la semana pasada hemos vivido la primera  semana del tiempo común que concluye con la trigésima cuarta semana y la Solemnidad de Cristo Rey. El tiempo ordinario se interrumpe con el tiempo de Cuaresma, que comienza con el miércoles de ceniza.

 

La liturgia de la Palabra, dentro de la celebra­ción domi­ni­cal, está organi­za­da en tres ciclos de lectu­ras, A, B y C; caracte­rizados respec­tivamente por la lectura de los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas. Este año estamos en el ciclo A y en los domingos del tiempo ordina­rio leemos el Evangelio de Mateo. Sin embargo, en el segundo Domingo del tiempo ordinario, en los tres ciclos litúrgicos, se lee el Evangelio de San Juan. En cada ciclo se toma un episodio de la «semana inaugural» (Jn 1, 19 - 2,12). Justamente cuando se va a empezar a desarrollar, Domingo a Domingo; la vida, obras y palabras de Jesús, es significa­tivo comenzar con esa primera semana de su minis­terio público, en la cual Jesús comienza a manifestarse.

 

Si buscamos en nuestro libro de los Evange­lios el episodio de hoy, veremos que comienza con estas palabras: «Al día siguiente Juan ve a Jesús venir hacia él...» (Jn 1, 29); y que el episodio siguiente comienza con esas mismas palabras: «Al día siguiente, Juan se encontra­ba de nuevo allí con dos de sus discípulos...» (Jn 1,35). Así se introducen el segundo, tercero y cuarto día de esa semana inaugural de la vida pública de Jesús. Este Domingo leeremos lo que ocurrió el segundo día de esa semana que finalizará con el primer milagro realizado por Jesús en las Bodas de Caná, «tres días después...», es decir en el cuarto día de la semana inaugural.

 

J «He ahí El Cordero de Dios»

 

Dos cosas dice Juan sobre Jesús en el Evangelio de hoy y en ambas se revela como el gran profeta que es, pues expresa la identidad profunda de Jesús y el camino por el cual debía realizar su misión reconciliadora. Las primeras palabras que dice cuando ve venir a Jesús son: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Nosotros estamos habituados a escuchar estas palabras referidas a Jesús, pero pensándolo bien son enigmáticas y para los oyentes de Juan debieron ser incomprensibles. ¿Por qué lo llama «cordero»[2]? ¿Qué está viendo Juan en Él para llamarlo así?

 

Este modo de hablar sobre Jesús no vuelve a aparecer en todo el Evangelio y queda oscuro para los lectores hasta el momento de la crucifixión y muerte de Jesús, donde adquiere toda su luz. Según el Evangelio de San Juan, Jesús murió en la cruz la víspera de la Pascua, a la misma hora en que eran sacrificados en el templo los corderos pascuales. En el ritual del sacrificio del cordero pascual estaba escrito: «No se le quebrará ningún hueso» (Ex 12,46). Es lo que relata el evange­lista cuando escribe que, después de quebrar las piernas de los dos crucificados con Jesús, al llegar a él, como le vieron ya muerto, «no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados con la lanza le traspasó el costado». Esta debió ser una alusión clarísima para un judío.

 

 Entonces se comprende que la  muerte  de Jesús fue un  «sacrificio»  como el del cordero pascual y que este sacrificio obtuvo la expiación[3] de nuestros pecados. Todo esto lo captó Juan, cuando la primera vez que vio a Jesús dijo: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». Está implícito: «Ofreciéndose a sí mismo en sacrificio». Si en el Evangelio de Juan no reaparece la designación de Jesús como «cordero», en el Apocalipsis, en cambio, este es un modo frecuente de designar a Jesús (unas treinta veces). Ante el trono del Cordero resuena este canto: «Eres digno de tomar el libro y de abrir sus sellos porque fuiste degollado y compras­te para Dios con tu sangre hombres de toda raza, pueblo y nación y has hecho de ellos un Reino de sacerdotes para nues­tro Dios" (Ap 5, 9-10).

 

K «Tú no quieres sacrificios, ni ofrendas…»

 

Existe un aparente contraste entre el sacrificio y la obediencia en el salmo responsorial 39: «Tú no quieres sacrificios… entonces dije; aquí estoy Señor». El salmista parece decir que las ofrendas mosaicas ordenadas por Dios ya no son de su agrado. Por otro lado constantemente vemos en la predicación de Jesús como él insiste en las actitudes internas del corazón más que en los "rituales externos". Pero si hay una verdadera conversión interior y un amor sincero a Dios y al prójimo; entonces las formas externas corresponderán adecuadamente a las actitudes internas. Algo fundamental que leemos en el salmo es la actitud de escucha atenta a la voz de Dios: «pero me diste un oído atento». Esta apertura de escucha obediente requiere un espíritu humilde. Solamente de esta manera el salmista es capaz de escuchar y entender lo que Dios quiere de él y lo mantiene en una obediencia activa y real. Es la actitud que vemos en el «Cordero de Dios». 

 

J «Éste es el Hijo de Dios»

 

La segunda afirmación profética de Juan el Bautista es ésta: «Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios[4]». Es algo enteramen­te nuevo. En el Antiguo Testamento no suele llamarse a Dios «Padre». Y las escasas veces en que Dios llama «hijo» a al­guien se refiere al pueblo de Israel en general y sirve para indicar el amor y la solicitud de Dios por su pueblo. Pero hay algunos textos que suenan así: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7), o bien: «Antes de la aurora como al rocío yo te he engendrado» (Sal 110,3). Era claro que estos textos se referían a una persona particular y se aplicaban al Mesías que había de venir.

 

Por eso cuando apareció Jesús, Él no llama a Dios sino como «su Padre» y afirma: «El Padre y yo somos una sola cosa» (Jn 10,30). Al final de su vida, Jesús se dirige a Dios así: «Padre, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a Ti» (Jn 17,1). Esta actitud era tan notoria que el Evangelio lo indica como el motivo de su muer­te: «Por esto los judíos trataban de matarlo... porque llamaba a Dios su Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn 5,18).

 

J «He visto al Espíritu que bajaba... y se quedaba sobre él».

 

Juan predicaba la conversión y bauti­zaba en el desierto al otro lado del Jordán. Él bautizaba en la certeza de que por medio de ese rito sería manifes­tado el Elegido de Dios. Después de bautizar a Jesús, Juan recibe la visión que le permite reconocer al Elegido de Dios: «He visto al Espíritu que bajaba como una paloma del cielo y se quedaba sobre Él». Y sobre la base de esa visión puede concluir: «Yo lo he visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios... éste es el que bautiza con Espíritu Santo». El signo más evidente del Mesías es la posesión del Espíritu de Dios. Así estaba anunciado con insistencia en los profe­tas. Del descendiente de David que se esperaba como Salva­dor estaba escrito: «Reposará sobre él el Espíritu del Señor» (Is 11,2), y acerca de Él dice el Señor: «He aquí mi Elegido en quien se complace mi alma: he puesto mi Espíri­tu sobre Él» (Is 42,1). Juan vio el Espíritu en la forma visible de una paloma descender sobre Jesús y perma­necer sobre él, y reco­noció el cumplimiento de ese signo.

 

J «A los santificados en Cristo Jesús, llamados a ser santos»

 

San Pablo nos enseña el dinamismo de la reconciliación traída por Jesucristo. Él personalmente, siguió por mucho tiempo un falso mesianismo, hasta su encuentro definitivo con Jesús resucitado, camino a Damasco. Entonces entiende que Él es el Mesías auténtico; y cómo, en consecuencia, el apostolado auténtico es el anuncio del mensaje  Reconciliador de Jesucristo vencedor de la muerte. Era uso de la época iniciar las cartas presentándose con los títulos y méritos. San Pablo, que en otro tiempo tanto se ufanó de títulos y meritos humanos (ver Ga 1, 14; Flp 3, 4), ahora sólo se gloría de este título totalmente espiritual y gratuito: «Pablo, llamado por voluntad de Dios a ser apóstol de Jesucristo». Pablo, el que repudiaba a los seguidores de Jesús, ahora por vocación ha de ser el Apóstol del Crucificado (Ga 6, 14).

 

Luego recordará a los nuevos cristianos de Corinto lo que son y lo que están llamados a ser: «santificados en Cristo Jesús» y llamados a ser «santos». La santidad en el Antiguo Testamento era ritual o externa ya que significaba la «separación» o elección que Dios había hecho de Israel constituyéndolo en Pueblo Santo (ver Ex 19, 6; Dt 7, 6; Dn 7, 18, 22). En virtud de nuestro Bautismo en el Espíritu Santo, la «santidad» y «consagración» alcanzan su valor pleno: «El Hijo de Dios Encarnado, a sus hermanos convocados de entre todas las gentes, los constituyó místicamente su Cuerpo, comunicándole su Espíritu. Por el Bautismo nos configuramos con Cristo»[5]. Por nuestro bautismo somos ungidos, consagrados y llamados a vivir de la vida de Cristo, es decir «ser santos como Él es santo». 

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«El testimonio de Juan el Bautista sigue resonando aún hoy, a casi dos mil años de distancia de los acontecimientos que narra el Evangelio: el Precursor señala a Jesús de Nazaret como el Mesías esperado, y nos invita a todos a renovar y profundizar nuestra fe en Él. Jesús es nuestro Redentor. Su misión salvífica, proclamada solemnemente en el momento de su bautismo en el Jordán, culmina en el misterio pascual, cuando Él, el verdadero Cordero inmolado por nosotros, en la cruz libera y redime al hombre, a todos los hombres, del mal y de la muerte.

 

En la liturgia eucarística se nos propone de nuevo el gran anuncio del Bautista. Antes de la comunión, el celebrante presenta a la adoración de los fieles la hostia consagrada, diciendo: «Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor». Dentro de poco, también nosotros, participando en el banquete eucarístico, recibiremos al verdadero Cordero pascual, sacrificado por la salvación de la humanidad entera...

 

Como el Bautista, siento el deber de señalar a todos al Cordero de Dios, Jesús, el único Salvador del mundo ayer, hoy y siempre. En el misterio de su Encarnación, se hizo Emmanuel, «Dios con nosotros», acercándose a nosotros y dando significado al tiempo y a nuestras vicisitudes diarias. Él es nuestro punto de referencia constante, la luz que ilumina nuestros pasos y la fuente de nuestra esperanza».

 

Juan Pablo II. Homilía del 17 de enero de 1999.

 

'  Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

1. El apóstol Pablo, al comienzo de la carta a los Corintios, nos recuerda que, santificados en Cristo Jesús, «estamos llamados a ser santos» (1 Co 1, 2). Estamos llamados a vivir en plena fidelidad y coherencia con el Evangelio. ¿Cómo vivo mi llamado a la santidad en la vida cotidiana?

2.  Para reconocer a Jesús como el Cordero de Dios, debo de haberme encontrado con Él. ¿Qué medios concretos utilizo para encontrarme con el Señor de la Vida?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 144- 152. 571-573, 599 -623.

 

 



[1] La ciudad de Corinto era famosa por su comercio, su cultura, por las numerosas religiones que en ella se practicaban y por su bajo nivel moral. La Iglesia  en Corinto había comenzado gracias al incansable trabajo de Pablo a lo largo de 18 arduos meses. Ahora San Pablo había recibido malas noticias sobre esa Iglesia. Como vinieran de Corinto algunos miembros de la Iglesia  para pedir consejo escribe esta importante carta ocupándose en ella de los principales problemas de la comunidad.

[2] En los tiempos del Antiguo Testamento el cordero era el animal siempre sin mancha que los israelitas solían usar para el sacrificio, debido a su inocencia y su carácter humilde y sumiso. Se le sacrificaba todos los días en las ofrendas de la mañana y de la tarde, y en ocasiones especiales como la Pascua. 

[3]Expiar: (Del lat. expiāre). Borrar las culpas, purificarse de ellas por medio de algún sacrificio. Dicho de un delincuente: Sufrir la pena impuesta por los tribunales. Padecer trabajos a causa de desaciertos o malos procederes. Purificar algo profanado, como un templo.

[4] Los prime­ros y más antiguos manus­critos que contienen el cuarto Evangelio dicen en el versículo 34: «Doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios». Pero hay algunos manuscritos que dicen: «Doy testi­monio de que éste es el Elegido de Dios». En la traducción de la Biblia de Jerusalén leemos esta segunda traducción.

[5] Lumen Gentium, 7.

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lunes, 3 de enero de 2011

{Meditación Dominical} Bautismo del Señor. Ciclo A «Soy yo el que necesita ser bautizado por ti»

Ahora está a la venta en Paulinas: Palabra y Eucaristía, misa diaria, con los comentarios dominicales.

Rafael de la Piedra.


Bautismo del Señor. Ciclo A

«Soy yo el que necesita ser bautizado por ti»

Lectura del libro del profeta Isaías 42, 1- 4.6-7

«He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él: dictará ley a las naciones. No vociferará ni alzará el tono, y no hará oír en la calle su voz. Caña quebrada no partirá, y mecha mortecina no apagará. Lealmente hará justicia; no desmayará ni se quebrará hasta implantar en la tierra el derecho, y su instrucción atenderán las islas. Yo, Yahveh, te he llamado en justicia, te así de la mano, te formé, y te he destinado a ser alianza del pueblo y luz de las gentes, para abrir los ojos ciegos, para sacar del calabozo al preso, de la cárcel a los que viven en tinieblas.»

 

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles 10, 34-38                        

 

«Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: "Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. "El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos.

 

Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él;»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Mateo 3,13-17

 

«Entonces aparece Jesús, que viene de Galilea al Jordán donde Juan, para ser bautizado por él. Pero Juan trataba de impedírselo diciendo: "Soy yo el que necesita ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?" Jesús le respondió: "Déjame ahora, pues conviene que así cumplamos toda justicia".

 

Entonces le dejó. Bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz que salía de los cielos decía: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Todos los textos litúrgicos, de una u otra manera, se refieren a la «novedosa»[1] acción de Dios en la historia. Es nuevo el lenguaje de Dios que leemos en el profeta Isaías (Primera Lectura) cuando se refiere al «Siervo de Dios». Resulta también algo «novedoso» que Jesús sea bautizado por Juan en el Jordán, que el cielo se abra, que el Espíritu Santo descienda en forma de paloma, que se oiga una voz del cielo diciendo: «Este es mi hijo amado». Dentro de la mentalidad judía, es también absolutamente nuevo lo que proclama San Pedro: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato». En el Catecismo de la Iglesia Católica leemos: «En su bautismo, "se abrieron los cielos" (Mt 3,16) que el pecado de Adán había cerrado...como preludio de la nueva creación»[2]. Es sin duda esta, la nueva acción de Dios en la historia.

Una «carta de presentación»

Por boca del profeta Isaías[3], Dios había anunciado muchos siglos antes del nacimiento de Jesús, a Aquél que sería el elegido: «He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma. He puesto mi espíritu sobre él» (Is 42,1-2). A la elección del «siervo de Yahveh», acompaña una efusión del Espíritu; como se da en el caso de los jefes carismáticos de los tiempos antiguos, en los Jueces (ver Jc 3,10s) y en los primeros Reyes (ver 1Sam 9,17; 10,9-10; 16,12-13). Las palabras del profeta Isaías se volverán a escuchar en el momento en que el Señor Jesús, al acudir al Jordán para ser bautizado por Juan, inicia su misión (ver Mt 3,17).

 

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, el Apóstol Pedro, haciendo referencia al momento en que se inicia el ministerio público de Jesús en su discurso en la casa del Centurión Cornelio[4], relaciona a Jesús, bautizado en el Jordán, con el «siervo de Yahveh». Pedro dice de Él que «pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él» (Hch 10,38). La misión fundamental del Verbo Encarnado es hacer el bien y llevar la «Buena Nueva» a todas las naciones; judíos y gentiles[5]. La visita de Pedro a la casa de Cornelio y el descenso del Espíritu Santo; es de inmensa importancia para la iglesia primitiva, por cuanto marcó la entrada de los gentiles en su seno[6]. En lo sucesivo el Espíritu Santo será dado a todos aquellos que, fuera cual fuera su origen, oyeren con fe la «Nueva Noticia» del Señor Jesucristo. Cornelio, sus familiares[7] y amigos, en el momento de su conversión fueron bautizados con el Espíritu Santo como los discípulos en Pentecostés (Hch 11, 15-17).

 

El inicio de la vida pública de Jesús

           

El bautismo de Jesús en el Jordán de manos de Juan Bau­tista es el primer acto público de la vida de Jesús e inicia su ministerio público. Esta simple obser­vación nos sugiere que ya está aquí contenido, en ger­men, lo que será el desarrollo completo de su vida. En cierto sentido está expresado aquí el misterio completo de Cristo, tal como es resumido por San Pablo en su carta a los Filipenses: «Cristo, siendo de condición divina... se despojó de sí mismo tomando la condición de siervo... se humilló a sí mismo obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre...» (Flp 2,5-11).

           

El Hijo de Dios se hizo hombre verdadero, «igual a noso­tros en todo menos en el pecado» (Hb 4,15). En el pecado no, pero sí en la condición del hombre pecador, es decir, víctima de la fatiga, del dolor, del hambre y la sed, y sobre todo de la consecuencia más extrema del pecado: la muerte. Pero ese abajamiento fue un «sacrificio» grato a Dios y obtuvo para todo el género humano la reconciliación. Así había sido anun­ciado muchos siglos antes por el profeta Isaías: «Por su amor justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará... indefenso se entregó a la  muerte y fue conta­do entre los impíos, mientras él llevaba el pecado de muchos e intercedía por los pecadores» (Is 53,11-12).


El bautismo de Juan

 

El bautismo de Juan[8] era un baño de agua (inmersión) en el Jordán que se hacía confesando los pecados. El mismo Juan predica: «Yo os bautizo con agua para conversión». Había que reconocer la propia condición de hombre pecador y someterse a este rito de penitencia con la intención de morir a la vida de pecado. Pero la liberación verdadera del pecado no era posible mientras no viniera el que había de expiar nuestros pecados con su muerte en la cruz. Juan lo reconoce cuando, indicando a Jesús, dice: «Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». La muerte de Jesús en la cruz ha dado eficacia al Bautismo cris­tiano, del cual el bautismo de Juan no era más que un símbolo: «Yo bautizo con agua... él os bautizará con el Espíri­tu San­to».  Por  eso  cuando  Jesús  se  presenta a Juan para ser bauti­za­do, éste «trataba de impedírselo diciendo: Soy yo el que necesita ser bautizado por ti».

 

La misión de Jesús

 

La insistencia de Jesús para bautizarse, como dijimos, indica lo central de su misión: «Déjame ahora pues conviene que así cumplamos toda justicia». Entrando en el bautismo de Juan, Jesús fue contado entre los pecadores. De esta manera este hecho es un símbolo del sacrificio en la cruz. En la cruz Cristo también fue contado entre los pecadores; en efecto, «junto con Él crucificaron a dos malhechores, uno a la dere­cha y otro a la izquierda». Pero sobre todo, porque Él, aunque no conoció pecado, asumió sobre sí el salario del pecado que es la muerte. El mismo Jesús lo había advertido a sus apóstoles: «Es necesario que se cumpla en mí esto que está escrito: He sido contado entre los malhechores» (Lc 22,37). Es una frase similar a la que dijo en su bautismo: «Es necesario que se cumpla toda justicia».

 

El bautismo de Jesús en el Jordán es entonces un símbolo y el primer anuncio de su muerte en la cruz. Hemos dicho que el bautismo era un rito penitencial, es decir, en cierto sentido, expiatorio por el pecado, como eran los sacrificios, en los cuales mediaba la muerte de la víctima. Era, por tanto, de esperar que «el bautismo para penitencia» se aso­ciara a la muerte expiatoria por el pecado y se usara como una metáfora de ella. Así lo comprende el mismo Jesús, como se deduce de la pregunta que pone a los hermanos Santiago y Juan: «¿Podéis ser bautizados con el bautismo con que yo voy a ser bautizado?» (Mc 10,38). Y en otro lugar expresa su deseo de llevar a término su misión con estas palabras: «Tengo que ser bautizado con un bautismo y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!» (Lc 12,50). También aquí, en el bautismo de Juan, después de su humillación y obediencia, Jesús es exaltado por la voz del Padre que dice: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco».

 

El don del Espíritu Santo

 

Los Evangelios son constantes en afirmar que con ocasión del bautismo de Jesús Él fue confirmado como el Ungido por el Espíritu Santo. Los Evangelios precisan que esto no fue un «efecto» del bautismo de Juan, pues no ocurrió mientras Jesús estaba en el agua, sino una vez que «Jesús salió del agua». El don del Espíritu será un efecto del bautismo instituido por Jesús, pues Él es quien «bautiza en Espíritu Santo».

El relato continua: «Una voz que salía de los cielos decía: 'Este es mi Hijo amado en quien me com­plazco'». Esta voz se dirige a todos para manifestar a Jesús como el Hijo de Dios. Es pues una epifanía. Es claro que la voz del cielo repite el oráculo de Isaías sobre el Siervo de Yahveh pero se da el tremendo paso de sustituir «siervo» por «Hijo». En lugar de decir «mi siervo», Dios Padre se refiere a Jesús llamándolo «mi Hijo amado».

Una palabra del Santo Padre:

«Para captar el sentido profundo del bautismo, es necesario volver a meditar en el misterio del bautismo de Jesús, al comienzo de su vida pública... En realidad, sometiéndose al bautis­mo de Juan, Jesús lo recibe no para su propia purificación, sino corno signo de solidaridad redentora con los pecadores. En su gesto bautismal está implícita una intención redentora, puesto que es «el Cordero (...) que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29)...

 

En el bautismo en el Jordán, Jesús no sólo anuncia el compromiso del su­frimiento redentor, sino que también obtiene una efusión especial del Espíri­tu, que desciende en forma de paloma, es decir, como Espíritu de la reconcilia­ción y de la benevolencia divina. Este descenso es preludio del don del Espíritu Santo, que se comunicará en el bau­tismo de los cristianos. Además, una voz celestial proclama: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me com­plazco» (Mc 1, 11). Es el Padre quien re­conoce a su propio Hijo y manifiesta el vínculo de amor que lo une a Él. En realidad, Cristo está unido al Padre por una relación única, porque es el Verbo eterno «de la misma naturaleza del Padre». Sin embargo, en virtud de la filia­ción divina conferida por el bautismo, puede decirse que para cada persona bautizada e injertada en Cristo resuena aún la voz del Padre: «Tú eres mi hijo amado». En el bautismo de Cristo se encuentra la fuente del bautismo de los cristianos y de su riqueza espiritual».

 

Juan Pablo II. Catequesis del  1 de abril, 1998.

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. Con la celebración del Bautismo de Jesús se termina el Tiempo Litúrgico de la Navidad y se inicia el Tiempo Ordinario. Contemplemos una vez más el misterio del nacimiento de nuestro Reconciliador en Belén. Renovemos una vez más nuestras resoluciones (regalos) para este año que se inicia ante el Niño Dios.

 

2. En el bautismo de Jesús, recordamos nuestro propio bautismo: fundamento de nuestra vida de fe. ¿Cómo vivo mi fe recibida en el bautismo? ¿Soy consciente de las promesas de mi bautismo?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 536, 720, 1224-1225. 1267 - 1270.

 

 

 

 



[1] ´Novedad. (Del lat. novĭtas, -ātis).  Cualidad de nuevo. Cosa nueva. Cambio producido en algo. Suceso reciente, noticia. Extrañeza o admiración que causa lo antes no visto ni oído.

[2] Catecismo de la Iglesia Católica, 536.

[3] Isaías vivió en Jerusalén en el siglo VII a.C. El libro que lleva su nombre es uno de los libros proféticos más impresionantes del Antiguo Testamento. Describe con gran vigor el poder de Dios y su mensaje de esperanza para el pueblo. Isaías profetizó a lo largo de unos 40 años. Los capítulos 40-45 describe el destierro de Judá en Babilonia. El pueblo ya no tiene esperanza pero el profeta habla de un tiempo que Dios va a liberar a su pueblo y lo hará regresar a Jerusalén.  

[4] Cornelio: capitán (centurión) del ejército romano destacado en Cesarea. Era «temeroso de Dios», o sea, era un prosélito del judaísmo, celoso y caritativo. Sin embargo, no era salvo por sus buenas obras (Hch. 11:14). En un sueño, un ángel le dijo que hiciera venir a Pedro que se encontraba en Jafa. 

[5] Toda persona que, no siendo israelita, perteneciera «a las naciones» (gentil, que proviene del latín «gentilis», de «gens», nación), estando sometida a otras autoridades y a otra religión que la de Israel. No quedaban contados entre los extranjeros: los esclavos comprados por dinero, ni los prisioneros de guerra; éstos estaban en poder de sus dueños, y sometidos a las leyes israelitas (Gn. 17:12; Éx. 21:20-21); los prosélitos, esto es, los extranjeros que hubieran adoptado la religión de los israelitas (Gn. 34:14-17; Is. 56:6-8; Hch. 2:10). El extranjero no asimilado se encontraba con algunas prescripciones negativas, porque Israel debía seguir siendo el pueblo santo, separado para Dios (Dt. 14:2). Los matrimonios mixtos estaban prohibidos (Ex. 34:16; Dt 7:3; Jos 23:12). En una época posterior, los judíos de observancia estricta ni comían ni bebían con gentiles (Hch 11:3; Gá 2:12). Estos últimos, sin embargo, podían, en todo momento, acceder al judaísmo (Gn 17:27; 34:14-17; Mt 23:15).

[6] Recordemos que los samaritanos de Hch. 8 eran considerados medio judíos.

[7] Podemos afirmar que también fueron bautizados las mujeres y los niños.

[8] La práctica del bautismo por inmersión de agua no fue invento del Bautista. Junto con la circuncisión, rito básico de incorporación al Pueblo de la Alianza, el bautismo de agua era practicado por los judíos piadosos como un importante rito de purificación. De hecho adquirió un relieve especial entre los esenios que vivían comunitariamente en Qumrám a orillas del Mar Muerto; entre ellos el bautismo era signo de un firme compromiso de servir a Dios con plena fidelidad. Había además un bautismo de iniciación para los prosélitos que se incorporaban a la religión judía. La originalidad del bautismo de Juan fue su intención penitencial por la proximidad del «Ungido- Mesías» preparando así los caminos de «Aquel que tenía que venir».     

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