lunes, 15 de noviembre de 2010

{Meditación Dominical} Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo C. «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso»

Solemnidad Jesucristo, Rey del Universo. Ciclo C

«Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso»

 

Lectura del segundo libro de Samuel 5,1-3

 

«Vinieron todas las tribus de Israel donde David a Hebrón y le dijeron: "Mira: hueso tuyo y carne tuya somos nosotros. Ya de antes, cuando Saúl era nuestro rey, eras tú el que dirigías las entradas y salidas de Israel. Yahveh te ha dicho: Tú apacentarás a mi pueblo Israel, tú serás el caudillo de Israel". Vinieron, pues, todos los ancianos de Israel donde el rey, a Hebrón. El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahveh, y ungieron a David como rey de Israel.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1,12-20

 

«Gracias al Padre que os ha hecho aptos para participar en la herencia de los santos en la luz.  El nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados. El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,  él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.

 

El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud, y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 23,35-43

 

«Estaba el pueblo mirando; los magistrados hacían muecas diciendo: "A otros salvó; que se salve a sí mismo si él es el Cristo de Dios, el Elegido". También los soldados se burlaban de él y, acercándose, le ofrecían vinagre y le decían: "Si tú eres el Rey de los judíos, ¡sálvate!" Había encima de él una inscripción: "Este es el Rey de los judíos".

 

Uno de los malhechores colgados le insultaba: "¿No eres tú el Cristo? Pues ¡sálvate a ti y a nosotros!" Pero el otro le respondió diciendo: "¿Es que no temes a Dios, tú que sufres la misma condena? Y nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho". Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino". Jesús le dijo: "Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

z El vínculo entre las lecturas

 

«Rey de Israel, rey de los judíos, reino del Hijo» son las expresiones con que la liturgia nos recuerda solemnemente la gozosa realidad de Jesucristo, Rey del universo. El título de la cruz sobre la que Jesús murió para redimir a los hombres era el siguiente: «Jesús nazareno, rey de los judíos» (Evangelio). Históricamente, este título se remontaba hasta David, rey de Israel, (Primera Lectura), de quien Jesús descendía según la carne. Recordando Pablo a los colosenses la obra redentora de Cristo les escribe: «El Padre nos trasladó al Reino de su Hijo querido, en quien tenemos la redención: el perdón de los pecados» (Segunda Lectura).

 

J David, el rey de Israel

 

Los israelitas habían comenzado la conquista de la tierra prometida al final del siglo XIII a. C., bajo el caudillaje de Josué. La conquista fue progresiva y se prolongó por mucho tiempo. Por fin se pudo considerar acabada, al menos en términos generales, y se procedió a la distribución de la tierra por tribus. Por largos decenios y lustros, cada una de las tribus mantuvo su independencia y propia autonomía. Si alguna tribu se unía con otra, era fundamentalmente en plan de defensa o ataque de sus enemigos. Durante este período, se fue estableciendo casi espontáneamente una diferenciación entre las tribus del Norte y las del Sur.

 

Cuando Samuel ungió rey a David, lo hizo sólo sobre las tribus del Sur (Judá, Benjamín y Efraín) reinando siete años en Hebrón[1]. La personalidad extraordinaria de David, su genio militar que logró conquistar la fortaleza de Jerusalén tenida por inexpugnable, y su capacidad innegable de caudillaje, indujo a los jefes de las tribus del Norte a proclamarle también su rey. «El rey David hizo un pacto con ellos en Hebrón, en presencia de Yahvé, y ungieron a David como rey de Israel». Fue un paso decisivo en la historia de Israel: por primera vez se consiguió la unificación de las doce tribus, se instauró un solo rey y por tanto un solo mando político-militar, y se eligió la ciudad de Jerusalén como capital del nuevo reino de Israel y Judá. El pacto entre rey y pueblo tenía consecuencias legales ya que implicaba un juramento de lealtad mutua así como una serie de cláusulas. Los ancianos son los responsables de todo el pueblo y hacen de intermediarios en la unción.

 

I Una palabra sobre esta Solemnidad...

 

La «Solemnidad de nuestro Señor Jesucristo, Rey del Universo» es la fiesta en honor a nuestro Señor más reciente y debe su origen al Papa Pío XI. En su carta encíclica  «Quas primas» del 11 de diciembre de 1925, desarrolla la idea de que uno de los medios más eficaces contra las fuerzas destructoras de la época sería el reconocimiento de la realeza de Cristo. El motivo para introducir la fiesta fue el 16º centenario del primer Concilio de Nicea en donde la doctrina sobre la igualdad sustancial entre el Hijo y el Padre reposa sobre el fundamento de la realeza de Cristo. El Papa fijó la fiesta para el último Domingo de octubre sobre todo teniendo en cuenta la fiesta subsiguiente, la de «Todos los Santos»: «a fin de que se proclamase abiertamente la gloria de Aquel que triunfa en todos los santos elegidos».

 

Luego fue transferida para el último Domingo del año litúrgico de manera tal que fue colocada en el contexto escatológico característico de este tiempo. Ahora podemos ver más claramente que el Señor glorificado es el punto de convergencia no sólo del año litúrgico, sino de toda nuestra peregrinación terrena: «Él es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: Él es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea Él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la Plenitud» (Col 1, 18- 19)  

 

J «Si tu eres el Rey de los judíos ¡sálvate!»

 

Como ya hemos mencionado, este Domingo celebramos a Jesucristo como Rey del universo. Pero el Evangelio parece ser el menos adecuado para celebrar la realeza de Jesús ya que nos presenta a Jesús crucificado en medio de dos malhechores y siendo objeto de burla. ¡Nada más opuesto a nuestra imagen de lo que debería ser un rey! El pueblo estaba mirando este dantesco espectáculo mientras los magistrados lo despreciaban diciendo: «Que se salve a sí mismo si es el Cristo de Dios, el Elegido», y los soldados se burlaban de Él diciendo: «Si tu eres el Rey de los judíos ¡sálvate!». 

 

Aunque lo hacen por burla, es interesante notar los títulos que le asignan: Cristo de Dios, Elegido, Rey de los Judíos. Todos esos títulos evocan a David, el gran rey de Israel. Justamente para entender el significado de éstos títulos hay que saber que Dios había elegido a David, que había mandado a Samuel a «ungirlo» rey y le había prometido: «Y cuando tus días se hayan cumplido y te acuestes con tus padres, afirmaré después de ti la descendencia que saldrá de tus entrañas, y consolidaré el trono de su realeza... Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente".» (2Sam 7,12.16). David fue el último rey que tuvo todas las tribus de Israel unidas bajo su mando. A medida que el tiempo pasaba, se recordaba el reinado de David como un tiempo paradigmático de prosperidad, de independencia de la nación, de fidelidad a las leyes de Dios. Se esperaba para el futuro un tiempo semejante, que sería el tiempo del «hijo de David», del «ungido de Dios» que daría cumplimiento a todas las profecías.   

 

J «Hoy estarás conmigo en el paraíso...» 

 

Pero lo que ocurre a continuación nos revela a Cristo en toda su grandeza y en plena posesión de su realeza. Él es Rey al modo de Dios y no al de los hombres. Entre los hombres el Rey está del lado de los grandes y poderosos del mundo; según la expectativa de Israel, en cambio, que es la de Dios, el Rey tiene la misión de hacer justicia al pobre y al desvalido, y su oficio propio es la misericor­dia. Este oficio es imposible que puedan cumplirlo los reyes que ha conocido la historia humana, salvo escasas excepciones, porque ellos no tienen expe­riencia del sufri­miento humano, ni han sido víctimas de la injusticia de los poderosos. Cristo, en cambio, es el «varón de dolo­res conocedor de dolencias» (Is 53,3); «habiendo sido probado en el sufrimiento, puede ayudar a los que se ven probados» (Hb 2,18).

 

Ante la cruz de Jesús se produce una divergencia entre los malhechores. Uno lo insultaba y se burlaba de Él; el otro hace esta magnífica declaración: «Nosotros somos condena­dos con razón porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho». Y agregaba: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino». Y recibe esta respuesta: «Yo te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso». Tal vez nunca ha resultado más claro el misterio de la absoluta gratuidad de la salvación. ¿Por qué un ladrón rechazó a Cristo y el otro lo confesó y fue salvado? ¿Qué mérito previo tenía uno u otro? Si algo merecían ambos por sus hechos era la condenación y la muerte. Ésta es la historia de todos los hombres.

 

En efecto, una verdad esencial de la fe cristiana es que todos los hombres somos pecadores y necesitamos de la miseri­cordia de Dios. Ante Dios todos somos igual que los ladro­nes. Nadie puede argüir mérito alguno para mere­cer la salva­ción. La salva­ción es puro don gratuito conquistado al precio de la sangre de Cristo. «Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,4). Pero, el misterio de la liber­tad humana hace que se repita siempre la histo­ria de los dos ladrones y en la misma proporción, tal como lo anunció Jesús: «Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,34).

 

K ¿Qué vio el buen ladrón en Jesús para reconocerlo como rey?

 

¿Qué vio el buen ladrón en este hombre crucificado ya próximo a la muerte para reconocerlo como Rey y rogarle que se acuerde de él? El poder humano nunca ha convertido a nadie. En cambio, el testimo­nio de amor y de serenidad de los mártires es algo supe­rior a todo lo humano, es una demos­tración clara del poder de Dios. Y esto sí que convierte. Ningún ser humano conde­nado injus­tamente a una muerte tan cruel e ignominio­sa puede decir: «Padre, perdó­nalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34), a menos que actúe el poder de Dios en él. De lo contrario, es absoluta­mente imposible. Y esto es lo que vio el buen ladrón, y de golpe supo quién era Jesús y comprendió que su palabra era la verdad. Por eso, mien­tras los otros se burlan de su reale­za, él lo reconoce realmente como Rey. También fue fecunda la sangre de Cristo en el centurión, quien al ver lo sucedido, «glo­rificaba a Dios diciendo: 'Ciertamente este hombre era justo'». Y es fecunda en todos los que han de ser reconciliados. 

 

Esa misma fecundidad es comunicada a la sangre de los mártires. Por eso un antiguo axioma afirma: «Sangre de mártires, semilla de cristianos». Un ejemplo notable se registra en el martirio del sacerdote jesuita, Edmund Campion, quien fue condenado a la horca y el descuartiza­miento en la persecución de la reina Isabel de Inglaterra en 1581. Asis­tía a este espectáculo un joven de nombre Henry Walpo­le, hombre de buena familia, poeta satírico de cierto genio, superficial, interesado en mante­ner buenas relacio­nes con el régi­men. En el momento en que fueron arrancadas las entrañas del sacerdote mártir, una gota de sangre salpicó su manto. Él mismo confiesa que en ese instante fue arre­bata­do a una vida nueva. Cruzó el canal para entrar al Semina­rio y hacerse sacerdote; volvió a la misión en Inglaterra y después de trece años sufrió el mismo marti­rio que Edmund Campion en la cárcel de York.

 

+  Una palabra del Santo Padre:

 

«"Había encima de Él una inscripción: Este es el rey de los judíos" (Lc 23, 38).Esta inscripción, que Pilato había hecho poner sobre la cruz (cf. Jn 19, 19), contiene el motivo de la condena y, al mismo tiempo, la verdad sobre la persona de Cristo. Jesús es rey - Él mismo lo afirmó-, pero su reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36-37). Ante Él, la humanidad se divide: unos lo desprecian por su aparente fracaso, y otros lo reconocen como el Cristo, "imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura" (Col 1, 15), según la expresión del apóstol san Pablo en la carta a los Colosenses, que hemos escuchado.

 

Ante la cruz de Cristo se abre, en cierto sentido, el gran escenario del mundo y se realiza el drama de la historia personal y colectiva. Bajo la mirada de Dios, que en el Hijo unigénito inmolado por nosotros se ha convertido en medida de toda persona, de toda institución y de toda civilización, cada uno está llamado a decidirse».

 

Juan Pablo II. Homilía en la Solemnidad de Cristo Rey. 25 de noviembre del 2001

 

' Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. «Es necesario que Él reine» (1Cor 15, 25), escribió San Pablo refiriéndose a Cristo. ¿Qué tanta importancia le doy a mi relación con Jesús? ¿Qué espacio ocupa en mi vida, en mi familia? 

 

2. «No ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20, 28). ¿Yo entiendo que debo de ejercer la autoridad como un puesto de servicio? 

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 446- 483.



[1] Hebrón: ciudad situada a gran altitud (935 metros sobre el nivel del mar) en las colinas de Judea. Abrahán y su familia acamparon frecuentemente cerca de Hebrón y fue allí dónde enterró a su esposa Sara en la cueva de Macpela. Actualmente está bajo el dominio de musulmanes que, como es sabido, se sienten hijos de Abrahán.

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{Meditación Dominical} Domingo 33 del Tiempo Ordinario. Algunos no han recibido esta Meditación Bíblica.

Domingo de la Semana 33ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»

 

Lectura del profeta Malaquías 3, 19-20 (4,1-2)

 

«Pues he aquí que viene el Día, abrasador como un horno; todos los arrogantes y los que cometen impiedad serán como paja; y los consumirá el Día que viene, dice Yahveh Sebaot, hasta no dejarles raíz ni rama. Pero para vosotros, los que teméis mi Nombre, brillará el sol de justicia con la salud en sus rayos, y saldréis brincando como becerros bien cebados fuera del establo.»

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 3, 7-12

 

«Ya sabéis vosotros cómo debéis imitarnos, pues estando entre vosotros no vivimos desordenadamente, ni comimos de balde el pan de nadie, sino que día y noche con fatiga y cansancio trabajamos para no ser una carga a ninguno de vosotros. No porque no tengamos derecho, sino por daros en nosotros un modelo que imitar. Además, cuando estábamos entre vosotros os mandábamos esto: Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma. Porque nos hemos enterado que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A ésos les mandamos y les exhortamos en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 21, 5-19

 

«Como dijeran algunos, acerca del Templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, él dijo: "Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida". Le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?"

 

El dijo: "Mirad, no os dejéis engañar. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "Yo soy" y "el tiempo está cerca". No les sigáis. Cuando oigáis hablar de guerras y revoluciones, no os aterréis; porque es necesario que sucedan primero estas cosas, pero el fin no es inmediato". Entonces les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas, y grandes señales del cielo. "Pero, antes de todo esto, os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto os sucederá para que deis testimonio. Proponed, pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré una elocuencia y una sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza. Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

El presente y el futuro son dos categorías que de alguna manera marcan las lecturas en este penúltimo Domingo del ciclo litúrgico. Los «arrogantes y malvados» del presente serán arrancados de raíz el Día de Yahveh, mientras que los que «teméis mi Nombre» serán iluminados por el sol de justicia (Primera Lectura). Las tribulaciones y las desgracias del presente no deben perturbar la paz de los cristianos, porque, mediante su perseverancia en la fe, recibirán la salvación futura (Evangelio). San Pablo invita a los tesalonicenses a imitarle en su dedicación al trabajo, aquí en la tierra, para recibir luego en el mundo futuro la corona que no se marchita (Segunda Lectura).

 

He aquí que viene el Día...

 

Malaquías es el último de los profetas, de quien sólo conocemos el nombre «ángel, mensajero de Dios, mi mensajero». ¿Cuándo profetizó Malaquías? Por las alusiones a los matrimonios y a los diezmos, podemos ubicarlo en el tiempo de Esdras y de Nehemías, los grandes restauradores políticos y religiosos del Nuevo Israel después del exilio (hacía mediados del siglo V a.C.). Malaquías que es tan puntual en exigir la observancia de varios preceptos, abre su profecía a una visión más universalista de la salvación.

 

El capítulo tercero comienza y concluye con el anuncio de un mensajero que vendría, por delante del Señor. El texto hebreo incorpora los últimos seis versículos a este tercer capítulo con los números 19-24, sin embargo en algunas versiones se colocan estos versículos en un capítulo nuevo (4,1-6). Cuando llegue el Día del Señor, entonces se verá la diferencia entre justos e impíos, diferencia que la situación terrena encubre. Para los arrogantes y los que cometen impiedad será como un fuego devorador. Para los justos, en cambio, nacerá el «sol de justicia» que la exégesis católica siempre ha identificado con el  mismo Jesucristo. Es interesante notar como el último de los profetas concluya su profecía anunciando al primero de ellos: Elías, que vendrá a preparar la venida del Mesías. «He aquí que yo os envío al profeta Elías antes que llegue el Día de Yahveh, grande y terrible» (Mal 3,23). Ese Elías que retorna será, en palabras del mismo Jesús, Juan Bautista. «Elías vino ya, pero no lo reconocieron sino que hicieron con él cuanto quisieron» (Mt 17,12. Ver Lc 1,17).    

 

El segundo Templo  de Jerusalén

 

Uno de los misterios de la historia de Israel rodea a la des­trucción del templo de Jerusalén. Es el templo que Jesús conoció y admiró, como todo judío de su tiempo. San Lucas comprendió que el templo era tan fundamental en la vida de un judío, que todo su Evangelio comienza en el templo y termina en el templo. En el tiempo de Jesús el templo de Jerusalén presentaba un aspecto imponente después de cuarenta y seis años de construcción (ver Jn 2,20). Las obras comenzaron durante el reinado de Herodes el Grande el año 19 a.C. Debió estar bastante concluido y ya en funciones, cuando Jesús, recién nacido (aprox. año 6 a.C.), fue presentado al templo por sus padres. Pero no cesó de ser acrecentado y embellecido, de modo que cuando Jesús llega a Jerusalén para enfrentar su pasión y muerte, se decía con orgullo: «El que no conoce el templo de Jerusalén no sabe lo que es bello». Esto explica que algunos hicieran notar a Jesús la belleza del templo, esperando de Él un comentario de encomio; pero el comentario que Jesús hace debió dejarlos desconcertados: «Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida». Esta es una sentencia profética que recuerda la destrucción del primer templo, el templo de Salomón, y por eso, causará tanta indignación de las autoridades judías.

 

Todos sabían en Israel que el primer templo había sido destruido cuando Dios lo abandonó a causa de la infidelidad de su pueblo. En ese tiempo correspondió al profeta Jeremías, parado en el patio del templo, hacer el anuncio profético: «Así dice el Señor: Si no me oís para caminar según mi ley que os propuse... entonces haré con esta Casa como hice con Silo y esta ciudad entregaré a la maldición de todas las gentes de la tierra» (Jer 26,4.6). Este oráculo trajo a Jeremías graves problemas: «Oyeron los sacerdotes y profetas y todo el pueblo a Jeremías decir estas palabras en la Casa del Señor... y lo prendieron diciendo: ‘¡Vas a morir! ¿Por qué has profetizado en nombre del Señor, diciendo: Como Silo quedará esta Casa...?»”. La destrucción del lugar santo de Silo[1] era proverbial. La profecía de Jeremías se verificó y el templo de Salomón fue destruido en el año 587 a.C. por las tropas de Babilonia que arrasaron con Jerusalén y llevaron el pueblo al exilio[2]. Ahora Jesús anunciaba la misma suerte para este segundo templo[3]. Poco antes, llorando sobre Jerusalén, había indicado el motivo: «Vendrán días sobre ti en que tus enemigos te rodearán...y no dejarán en ti piedra sobre piedra, porque no has conocido el tiempo de tu visita» (Lc 19,43.44). Los oyentes debieron haber quedado estupefactos ante estas palabras y, seguramente, también llenos de escep­ticismo. ¡Impo­sible que sea des­truido el templo de Jerusalén! ¡Eso sería el fin del mundo! Por eso, pregun­tan: «Maestro, ¿cuándo sucederá eso? Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocu­rrir?».  Jesús indica una serie de eventos que ocurrirán; pero ellos pensaban que se refería más bien al fin de la historia que a la destrucción del templo. Por eso Jesús termina  con estas pala­bras: «Y entonces verán venir al Hijo del hombre en una nube con gran poder y gloria» (Lc 21,27).

 

La destrucción del Templo de Jerusalén

 

La destrucción del templo de Jerusalén ocurrió en el año 70 d.C. cuando Tito, el jefe de las tropas romanas, quiso reducir al último bastión de la resistencia judía. Cuando Jesús predijo su destrucción faltaban aún 30 años para llevarlo a término. Cuando se terminó de construir comple­tamente, en el año 64 d.C., quedaron sin trabajo 18.000 obreros. ¡Seis años después sería reducido a cenizas!

 

Todos los intentos sucesivos de la historia por recons­truirlo han fracasado; hoy día ya es imposible, porque en la explanada del tem­plo, cons­truyeron los musul­manes en el siglo VIII la mezquita de Omar y poco después la mezquita de Al Aqsa, haciendo de esa explanada el segundo lugar sagrado del Islam, después de La Meca. Si ya la tensión entre judíos y musulmanes es gran­de, ¿qué no sería si los judíos intenta­ran reconstruir allí el templo? Pero tampoco pueden, aunque quisieran. Ningún judío puede poner pie allí. Es que no se sabe cuál era la ubica­ción exacta del Sancta Sanctorum, es decir, del lugar más sagrado donde nadie, fuera del Sumo Sacerdote, podía en­trar una vez al año. Subir a la explanada sería exponerse a pisar ese lugar. Por eso hoy día se cumple otra de las profecías pronun­ciadas por Jesús: «Jerusalén será pisotea­da por los genti­les, hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles» (Lc 21,24). Esta profecía ciertamente se refiere a la destrucción del templo. Ese lugar no lo pisa hoy ningún judío.

 

«Y ¿cuál será la señal de que todas estas cosas están para ocurrir?» 

 

En la pregunta a Jesús acerca de las señales se pasa imperceptiblemente de la destrucción del Templo a los acontecimientos finales. Por eso se pide una señal «de todas estas cosas». Y Jesús indica algunas señales que serán previas al fin. En primer lugar dice: «Vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo 'Yo soy' y 'el tiempo está cerca'. No les creáis». La señal es la usurpación, pero los fieles no se dejarán engañar, porque la venida final del Hijo del hombre no se compara con nada de esta historia: «Os dirán: 'Vedlo aquí, vedlo allá'. No vayáis ni corráis detrás. Porque, como relámpago fulgurante que brilla de un extre­mo a otro del cielo, así será el Hijo del hombre en su Día» (Lc 17,23-24). Su venida será inconfundible.

 

La segunda señal es ésta: «Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares, habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo». Pero antes que esto debe verificarse la tercera señal: «Os echarán mano y os perse­guirán... seréis odiados por todos a causa de mi nombre». La persecución sufrida por Cristo será fuente de alegría: «Bienaventurados seréis cuando los hombres os odien... por causa del Hijo del hombre. Alegraos ese día y saltad de gozo, que vuestra recompensa será grande en el cielo» (Lc 6,22-23). Jesús promete el premio de la vida eterna al que persevere en medio de la prueba: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». En realidad, son signos imprecisos que han estado en acción desde que Jesús dejó la escena de este mundo. Por eso el fin puede acontecer ya en cualquier momento. Lo que es firme es que ese Día será dulce y vendrá como algo largamente anhelado por los que aman a Cristo y repiten continuamente: «Ven, Señor Jesús». Y será terrible para los que viven ajenos a Dios y despreocupados gozan de este mundo.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«En el duro período del destierro en Babilonia, el Señor devolvió la esperan­za a su pueblo, proclamando una nueva y definitiva alianza que será sellada por una efusión sobreabundante del Espíritu (cf. Ez 36, 24‑28): «Así dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os sa­que de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor. Os infundiré mi espíritu, y viviréis» (Ez 37, 12‑14). Con estas palabras, Dios anuncia la renovación mesiánica de Israel, después de los sufrimientos del destierro.

 

Los símbolos empleados evocan muy bien el camino que la fe de Israel recorre lenta­mente, hasta intuir la verdad de la resu­rrección de la carne, que realizará el Espíritu al final de los tiempos. Esta verdad se consolida en un tiempo ya próximo a la venida de Jesu­cristo (cf. Dn 12, 2; 2 M 7, 9‑14. 23. 36; 12, 43-45), el cual la confirma vigoro­samente, reprochando a los que la ne­gaban: “¿No estáis en un error preci­samente por no entender las Escrituras ni el poder de Dios?” (Mc 12, 24). En efecto, según Jesús, la fe en la resurrec­ción se funda en la fe en Dios, que “no es un Dios de muertos, sino de vivos” (Mc 12, 27).

 

Además, Jesús vincula la fe en la resurrección a su misma persona: “Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 25), pues en Él, gracias al misterio de su muerte y resurrección, se cumple la promesa divina del don de la vida eterna, que implica una victoria total sobre la muerte: “Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz [del Hijo] y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida...” (Jn 5, 28-29). “Porque ésta es la voluntad de mi Padre: que todo el que vea al Hijo y crea en Él, tenga vida eterna y que yo le resucite el último día” (Jn 6, 40).

 

Esta promesa de Cristo se realizará, por tanto, misteriosamente al final de los tiempos, cuando Él vuelva glorioso “a juzgar a vivos y muertos” (2 Tm 4, 1; cf. Hch 10, 42; 1 P 4, 5). Entonces nuestros cuerpos mortales revivirán por el poder del Espíritu, que nos ha sido dado como “prenda de nuestra herencia, para redención del pueblo” (Ef 1, 14, cf. 2 Co 1, 21-22).

 

Con todo, no debemos pensar que la vida más allá de la muerte comienza sólo con la resurrección final, pues ésta se halla precedida por la condición especial en que se encuentra, desde el momento de la muerte física, cada ser humano. Se trata de una fase intermedia, en la que a la descomposición del cuerpo corresponde “la supervivencia y la subsistencia, después de la muerte, de un elemento espiritual, que está dotado de conciencia y de voluntad, de manera que subsiste el mismo “yo” humano, aunque mientras tanto le falte el complemento de su cuerpo” (Sagrada Congregación para la doctrina de la fe, Carta sobre algunas cuestiones referentes a la escatología, 17 de mayo de 1979: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 22 de julio de 1979, p. 12).

Los creyentes tienen, además, la certeza de que su relación vivificante con Cristo no puede ser destruida por la muerte, sino que se mantiene más allá.

 

En efecto, Jesús declaró: “El que cree en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25). La Iglesia siempre ha profesado esta fe y la ha expresado sobre todo en la oración de alabanza que dirige a Dios en comunión con todos los santos y en la invocación en favor de los difuntos que aún no se han purificado plenamente».

 

 Juan Pablo II. Audiencia General. Miércoles 28 de octubre, 1998.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. «Si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma», nos dice San Pablo. ¿Trabajo realmente por el Reino? ¿De qué manera concreta?

 

2. «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre» es una frase muy fuerte. ¿Soy coherente con mis opciones de fe? ¿Soy perseverante o me acomodo a la opinión de los demás?     

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988- 1019.

 



[1] Silo (lugar de tranquilidad). Ciudad donde se plantó la «tienda de la adoración» (el Tabernáculo), después de la conquista de Canaán. Silo se convirtió en el centro de culto de Israel, y la tienda se sustituyó por una construcción más sólida. Samuel se crió en el templo de Silo bajo los cuidados del sacerdote Elí que custodiaba el Arca. El Tabernáculo permaneció en Silo hasta la construcción del Templo de Salomón (1Sam 1,9). Probablemente Silo fue destruida hacia el año 105 a.C. por los filisteos.     

[2] La destrucción del primer templo la lamentaba Israel en los Salmos: «Prendieron fuego a tu templo, por tierra profanaron la mansión de tu Nombre”; “Oh Dios, las gentes han invadido tu heredad, han profanado tu sagrado templo, han dejado en ruinas a Jerusalén» (Sal 74,7; 79,1).

[3] Según la tradición  judía transmitida por Flavio Josefo, no había distinción entre el Templo de Zorobabel (edificado después  del exilio en el 516 a.C.) y el de Herodes; llamándose ambos el «segundo templo». 

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martes, 2 de noviembre de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos»

Domingo de la Semana 32ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«El Señor no es un Dios de muertos, sino de vivos»

 

Lectura del segundo libro de los Macabeos 7,1-2.9-14

 

«Sucedió también que siete hermanos apresados junto con su madre, eran forzados por el rey, flagelados con azotes y nervios de buey, a probar carne de puerco (prohibida por la Ley). Uno de ellos, hablando en nombre de los demás, decía así: "¿Qué quieres preguntar y saber de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que violar las leyes de nuestros padres".

 

Al llegar a su último suspiro dijo: "Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna". Después de éste, fue castigado el tercero; en cuanto se lo pidieron, presentó la lengua, tendió decidido las manos  (y dijo con valentía: "Por don del Cielo poseo estos miembros, por sus leyes los desdeño y de El espero recibirlos de nuevo)". Hasta el punto de que el rey y sus acompañantes estaban sorprendidos del ánimo de aquel muchacho que en nada tenía los dolores. Llegado éste a su tránsito, maltrataron de igual modo con suplicios al cuarto. Cerca ya del fin decía así: "Es preferible morir a manos de hombres con la esperanza que Dios otorga de ser resucitados de nuevo por él; para ti, en cambio, no habrá resurrección a la vida".»

 

Lectura de la segunda carta de San Pablo a los Tesalonicenses 2, 15-3,5

 

«Así pues, hermanos, manteneos firmes y conservad las tradiciones que habéis aprendido de nosotros, de viva voz o por carta. Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena.»

 

«Finalmente, hermanos, orad por nosotros para que la Palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria, como entre vosotros, y para que nos veamos libres de los hombres perversos y malignos; porque la fe no es de todos. Fiel es el Señor; él os afianzará y os guardará del Maligno. En cuanto a vosotros tenemos plena confianza en el Señor de que cumplís y cumpliréis cuanto os mandamos. Que el Señor guíe vuestros corazones hacia el amor de Dios y la tenacidad de Cristo.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 20, 27-38

 

«Acercándose algunos de los saduceos, esos que sostienen que no hay resurrección, le preguntaron: "Maestro, Moisés nos dejó escrito que si muere el hermano de alguno, que estaba casado y no tenía hijos, que su hermano tome a la mujer para dar descendencia a su hermano. Eran siete hermanos; habiendo tomado mujer el primero, murió sin hijos; y la tomó el segundo, luego el tercero; del mismo modo los siete murieron también sin dejar hijos. Finalmente, también murió la mujer. Esta, pues, ¿de cuál de ellos será mujer en la resurrección? Porque los siete la tuvieron por mujer".

 

Jesús les dijo: "Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. No es un Dios de muertos, sino de vivos, porque para él todos viven".»

 

& Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

En la magistral encíclica «Fides et ratio», el Santo Padre escribe: «Una simple mirada a la historia antigua muestra con claridad cómo en las distin­tas partes de la tierra, marcadas por culturas diferentes, brotan al mismo tiempo las preguntas de fondo que caracte­rizan el recorrido de la existencia humana: ¿quién soy? ¿de dónde vengo y a dónde voy? ¿por qué existe el mal? ¿qué hay después de esta vida?... Son preguntas que tienen su origen común en la necesidad de sentido que desde siempre acucia el corazón del hombre; de la respuesta que se dé a tales preguntas, en efecto, depende la orientación que se dé a la existen­cia»[1]. 

 

Esas pregun­tan nos asaltan con mayor o menor fuerza en los momentos críticos de nuestra existencia y, queramos o no queramos, nuestra actitud ante la vida, nuestras opciones y los intereses que nos mueven están determinados por las res­puestas que les demos. Es imposi­ble permanecer en la soledad y el silencio por un tiempo prolongado sin que irrumpan las preguntas por el sentido de nuestra existencia; en realidad la necesidad de sentido «acucia el corazón del hombre» tal como nos dice el Santo Padre.

 

Estas preguntas fundamentales son las que trata de responder la liturgia de este Domingo. Jesús nos enseña que el destino es la vida, pero que esa vida en el más allá no se iguala a la vida terrena (Evangelio). El martirio de la madre y sus siete hijos en tiempo de la guerra macabea ofrece al autor sagrado la ocasión para proclamar vigorosamente la fe en la resurrección para la vida (Primera Lectura). San Pablo pide oraciones a los tesalonicenses para que «la palabra del Señor siga propagándose y adquiriendo gloria» (Segunda Lectura), una palabra que incluye la suerte final de los hombres ante el Juez supremo, que es Dios.

 

¿Qué nos narra la historia de los Macabeos?

 

Durante el gobierno del rey seléucida[2], Antíoco IV (conocido como Epífanes), en el año 167 a.C.,se produjo una violenta persecución religiosa a causa de su política helenizante. Prohibió la práctica de la religión judía. La medida contra los que se mantenían fieles a la fe en Yahvé era extrema: la pena de muerte para los que observaran el sábado y la práctica de la circuncisión. Además se impusieron prácticas idolátricas. Sin duda algunas personas apostataron de la fe pero gran parte de la población se mantuvo fiel a la Ley. Unos huyeron al desierto de Judá, otros se dejaron torturar pero no se doblegaron. Otros pasaron a la resistencia armada, dirigidos por Matatías y sus hijos. A Judas, uno de los hijos de Matatías, le pusieron el sobrenombre de «Macabeo» (martillo), de ahí que todos fueron denominados con ese nombre. El segundo libro de los Macabeos cubre los primeros quince años de la resistencia armada de Judas (ver 2Mac 1-7).       

 

La fe en la resurrección de la carne fue un punto que tardó en afirmarse en Israel. La primera mención explícita se encuentra en el pasaje del libro de los Macabeos. Leemos en la respuesta de uno de los siete hermanos ante la tortura del Rey Antíoco IV: «Tú, criminal, nos privas de la vida presente, pero el Rey del mundo a nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna». Igualmente el libro del profeta Daniel, contemporáneo de estos acontecimientos, menciona claramente la resurrección de los muertos (ver Dn 12,2s), y el libro de la Sabiduría (50 a.C.) habla de la inmortalidad (ver Sb 3,1ss).

 

Se debía de dar respuesta a una dificultad que siempre reaparece y que agobia también a los hombres de nuestro tiempo. Si sólo se vive en el espacio de esta vida terrena, y Dios dispone sólo de este tiempo para compensar a los justos, entonces, ¿por qué el justo sufre y el impío prospera? El profeta Jeremías aborda directamente este problema cuando dice: «Tu llevas la razón, Yahveh, cuando discuto contigo, no obstante, voy a tratar contigo un punto de justicia: ¿Por qué prosperan los impíos y son felices todos los malvados?» (Jer 12,1).  El libro de los Macabeos presenta el caso de los justos que prefieren las torturas y la muerte antes de transgredir la ley de Dios. ¿Cómo podrá retribuirles Dios en esta vida? No los recompensará en ésta sino en la otra. Ésta es la fe que expresan los siete hermanos: «nosotros que morimos por sus leyes, nos resucitará a una vida eterna». 

 

¿Quién será su marido en la resurrección? 

En el tiempo de Jesús había divergencias respecto a la fe en la resurrección corporal. El grupo de los saduceos[3], que era la clase dirigente, a la cual pertenecían los Sumos Sacerdotes, se aferraba exclusivamente a los cinco libros del Pentateuco y no creía en la resurrección. Los fariseos por otro lado, siguiendo más la tradición oral, en su observancia de la ley estaban dispues­tos a renunciar a los goces terrenos y  a profesar su fe en la resurrección. Es la fe de Marta, la hermana de Lázaro. Cuando Jesús le dice: «Tu hermano resucitará» y ella afirma: «Sé que resucitará en el último día».

 

Esta introducción explica la intención que encierra la pregunta puesta a Jesús por los saduceos, «ésos que sostie­nen que no hay resurrección»: una mujer que estuvo casada con siete hermanos y después de todos ellos muere sin hijos, ¿en la resurrección quién será su esposo? Basándose en ley mosaica del levirato[4] que mandaba al hermano de un marido difunto casarse con la viuda (ver Dt 25,5ss), tratan de ridiculizar la fe en la resurrección mediante un caso extremo, casi absurdo. Jesús reafirma la verdad de la resurrección y resuelve la cuestión explicando que el tomar marido o mujer pertenece a este estado proviso­rio de cosas; «en la resurrección ni ellos tomarán mujer ni ellas marido. En ese estado no pueden ya morir porque son como ángeles y son hijos de Dios».

 

En la resurrección no será ya necesario perpetuar la especie por vía de la reproducción, pues no pueden ya morir; no será, por tanto, necesaria la unión sexual entre el hombre y la mujer. Existirá una unión mucho más perfecta pues allí existirá la plenitud del amor y de la participación en la vida divina. Es lo que quiere decir San Pablo cuando afirma que «la caridad no acaba nunca» (1Cor 13,8), es lo único que perdura eternamente.

 

Jesús agrega un argumento a favor de la resurrección tomado del mismo Pentateuco, cuyo autor es Moisés, pues es la única Escritura a la cual los saduceos reconocen autori­dad: «Que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza». Sin embargo el testimonio máximo de la resurrección de los muertos es el propio Jesús que resucitó al tercer día: «Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron» (1Cor 15,20). Él nos redimió del pecado y de su salario, la muerte. «Habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos» (Cf. Rom 5,15-19). Si ya Marta y María creían en la resurrección, no sabían, quién habría vencido a la muerte, hasta que Jesús declara ante ellas: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25)[5].  

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vi­da eterna» (Jn 3, 16). En estas palabras del Evangelio de san Juan el don de la vida eterna constituye el fin último del plan de amor del Padre. Ese don nos permite tener acceso, por gracia, a la inefable comunión de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: «Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el úni­co Dios verdadero, y al que tú has en­viado, Jesucristo» (Jn 17, 3). La vida eterna, que brota del Padre, nos la transmite en plenitud Jesús en su Pascua por el don del Espíritu Santo. Al recibirlo, participamos en la victoria de­finitiva que Jesús resucitado obtuvo so­bre la muerte.

 

«Lucharon vida y muerte —nos invita a proclamar la liturgia— en singular batalla y, muerto el que es la Vida, triunfante se levanta» (Secuencia del Domingo de Pascua). En ese evento decisivo de la salvación Jesús da a los hombres la vida eterna en el Espíritu Santo. Así, en la plenitud de los tiempos Cristo cumple, más allá de toda expec­tativa, la promesa de vida eterna que desde el origen del mundo, había inscri­to el Padre en la creación del hombre a su imagen y semejanza (cf. Gn 1, 26)».

 

Juan Pablo II, Audiencia General.  Miércoles 28 de octubre de 1998.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. «Que el mismo Señor nuestro Jesucristo y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado y que nos ha dado gratuitamente una consolación eterna y una esperanza dichosa, consuele vuestros corazones y los afiance en toda obra y palabra buena». ¿Vivo siendo consciente de mi vocación hacia la eternidad?

 

2. En oración, busquemos alimentar nuestro «hambre de infinito», meditando el salmo 16.  

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 988-1004.

 

 

 



[1] Juan Pablo II, Fides et ratio n.2

[2]Seleucida. Dícese de una dinastía fundada por el general Seleuco, general de Alejandro Magno. Los seléucidas reinaron de 312 a 64 A.C. y establecieron un vasto imperio que se expandió por Bactriana, Persia, Babilonia, Siria y parte de Asia Menor. Su poder decreció tanto, que se concretó en Siria. Fue entonces que en 64 a.C. Pompeyo la convirtió en provincia romana.

 

 

[3] Saduceos: fue una de las sectas judías de la época de Jesús. Los saduceos formaron un partido político-religioso en el judaísmo desde el siglo II a.C. hasta la caída de Jerusalén en el año 70 d.C. Sus afiliados pertenecían sobretodo a las grandes familias sacerdotales y a la aristocracia laica. Frente a la severa observancia de los fariseos, adoptaron una actitud más libre y laica; por consiguiente, se adaptaron en cierta medida al helenismo de los Seléucidas; más tarde les fue más fácil entenderse con los romanos. Se les consideraba un grupo comprometido con el poder del momento. Desde el punto de vista religioso, a pesar de estar coludidos con el poder dominante, se aferraban a la ortodoxia judía de sólo aceptar el Pentateuco como texto normativo.     

[4] En Israel existía, además de la ley matrimonial singular, el matrimonio por levirato (término derivado del latín levir que significa "el hermano del esposo"). Tan importante era dejar herederos que si un hombre moría antes de tener hijos, unos de sus hermanos debía de casarse con la viuda; al primogénito de este nuevo matrimonio se le consideraba legalmente como el hijo del difunto. Esta costumbre existía también entre los asirios y los hititas.

[5] No obstante la certeza de la Resurrección que Jesús nos da, Él no nos desvela el modo y las condiciones de la supervivencia: su misterio permanece íntegro. Será vida ciertamente, aunque distinta de la presente ya que estará fuera de los límites del tiempo y del espacio. .

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