lunes, 16 de agosto de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos»

Domingo de la Semana 21ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos»

 

Lectura del libro del profeta Isaías 66, 18-21

 

«Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas; vendrán y verán mi gloria. Pondré en ellos señal y enviaré de ellos algunos escapados a las naciones: a Tarsis, Put y Lud, Mések, Ros, Túbal, Yaván; a las islas remotas que no oyeron mi fama ni vieron mi gloria. Ellos anunciarán mi gloria a las naciones. Y traerán a todos vuestros hermanos de todas las naciones como oblación a Yahveh - en caballos, carros, literas, mulos y dromedarios - a mi monte santo de Jerusalén - dice Yahveh - como traen los hijos de Israel la oblación en recipiente limpio a la Casa de Yahveh. Y también de entre ellos tomaré para sacerdotes y levitas - dice Yahveh.»

 

Lectura de la carta a los Hebreos 12, 5-7.11-13

 

«Habéis echado en olvido la exhortación que como a hijos se os dirige: Hijo mío, no menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendido por él. Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge. Sufrís para  corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? Cierto que ninguna corrección es de momento agradable, sino penosa; pero luego produce fruto apacible de justicia a los ejercitados en ella. Por tanto, levantad las manos caídas y las rodillas entumecidas  y enderezad para vuestros pies los caminos tortuosos, para que el cojo no se descoyunte, sino que más bien se cure.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 13, 22-30

 

«Atravesaba ciudades y pueblos enseñando, mientras caminaba hacia Jerusalén. Uno le dijo: "Señor, ¿son pocos los que se salvan?" El les dijo: "Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán. "Cuando el dueño de la casa se levante y cierre la puerta, os pondréis los que estéis fuera a llamar a la puerta, diciendo: "¡Señor, ábrenos!" Y os responderá: "No sé de dónde sois." Entonces empezaréis a decir: "Hemos comido y bebido contigo, y has enseñado en nuestras plazas"; y os volverá a decir: "No sé de dónde sois. ¡Retiraos de mí, todos los agentes de injusticia!" "Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abraham, Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, mientras a vosotros os echan fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios. "Y hay últimos que serán primeros, y hay primeros que serán últimos".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Los textos litúrgicos se mueven entre dos polos: uno, la llamada universal a la salvación; el otro, el esforzado empeño desde la libertad y cooperación del hombre. El libro de Isaías (Primera Lectura) termina hablando del designio salvador de Yahveh a todos los pueblos y a todas las lenguas.

 

El Evangelio, por su parte, nos indica que la puerta para entrar en el Reino es estrecha y que sólo los esforzados entrarán por ella. En este esfuerzo de nuestra libertad nos acompaña el Señor, con su pedagogía paterna que no está exenta de corrección, aunque no sea ésta la única forma de pedagogía divina ya que el corrige a los que realmente ama (Segunda Lectura).

 

«Yo vengo a reunir a todas las naciones y lenguas»

 

El interlocutor anónimo que pregunta a Jesús sobre el número de los que se salvarán, está refiriéndose a una cuestión habitual en las escuelas rabínicas y frecuentemente repetida en todos los tiempos. Todos los rabinos en la época de Jesús estaban de acuerdo en afirmar que la salvación era monopolio de los judíos; pero según algunos, no todos los que pertenecían al pueblo elegido se salvarían. Justamente el mensaje de la lectura evangélica, más que el número de los salvados e incluso que la dificultad misma para salvarse, como podría sugerir la imagen de «la puerta estrecha»; es la oferta universal de salvación de parte de Dios donde «vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios».

 

Se verifica así en plenitud la visión de la Primera Lectura tomada del libro del profeta Isaías. En un cuadro  grandioso se describe la universalidad de la salvación de Dios a partir de Jerusalén, que se convierte simultáneamente en foco de irradiación misionera y de atracción cultual para todas las naciones. En ninguna parte del Antiguo Testamento se yuxtaponen con tal relieve el universalismo de la salvación de Dios y el particularismo judío. El texto nos hace recordar aquel pasaje que dice el Señor: «Mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (Is 56,7 citado en Mt 11,17).   

 

«¿Son pocos los que se salvan?»

 

El Evangelio de este Domingo nos dice cómo Jesús iba caminando rumbo a Jerusalén, atravesando ciudades y pueblos, e iba enseñando. Podemos imaginar a Jesús proclamando la palabra de Dios como los antiguos profetas de Israel. Donde llega­ba, seguramente reunía al pueblo en la plaza y les enseñaba. Su enseñanza era nueva y asombrosa. Jamás al­guien había enseñado así. En efecto, los maestros de Israel enseñaban diciendo: «Moisés en la ley dijo...» o «La ley dice...». Jesús, en cambio, enseña diciendo: «Yo os digo». Inclu­so presentaba su enseñan­za de una manera que podía parecer impía a los oídos judíos: «Habéis oído que se dijo: 'No matarás'; mas yo os digo...» (Mt 5,21s). No es que Jesús deroga­ra el mandamiento de Dios; pero Él con su auto­ridad es una nueva instancia de volun­tad divina; da al mandamiento una mayor profundización. Por eso cuando Jesús terminaba de ense­ñar, «la gente se quedaba asombrada de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt 7,28-29).

 

No es raro, entonces que la gente aprovechara la sabi­duría de Jesús para resolver dudas acerca de cuestio­nes fundamentales sobre la existencia humana. Es así que en uno de esos pueblos, uno se le acercó corriendo y le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eter­na?» (Lc 18,18). O, como refiere el Evangelio de hoy: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Si alguien hiciera esta pre­gunta a otra persona, sería objeto de burla. ¿Quién puede responder eso? Lo notable en este caso es que el que pregunta está convencido de que Jesús sabe la respuesta. Podemos calcu­lar la expectativa de todos los presen­tes que estaban pendientes de los labios de Jesús.

 

Ahora bien, ¿qué fue lo que enseñó Jesús para motivar semejante pregunta? Y ¿por qué está formulada en esa forma? Jesús tiene que haber dicho algo que llevara a concluir que los que se salvan son pocos. Pudo haber dicho, por ejemplo: «Quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, ése la salvará» (Lc 9,24). Seguramente entre los oyentes había pocos que estuvieran dispuestos a perder la vida por Jesús. O bien, pudo haber dicho: «Seréis odiados de todos por causa de mi nombre; pero el que persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mt 10,22; 24,13). Tampoco habría muchos que aceptaran ser odiados de todos por causa de Jesús. En otra ocasión, ante las palabras de Jesús, los oyentes concluyeron, no sólo que serían pocos los que se salvarían, sino que nadie podría salvarse: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» (Lc 18,26).

 

La respuesta del Maestro...

 

Algo que no podemos dejar de recordar es que a ningún maestro de este tierra se le podría hacer semejante pregunta ya nadie sería capaz de aventurarse a dar una res­puesta. Por eso, la respuesta que Jesús da merece toda nuestra aten­ción. Antes de examinarla aclaremos qué se entiende por «salva­ción». Es claro que aquí se entiende por salvación aquel estado de felicidad definitiva y eterna que se tiene después de la muerte y que consiste en el conocimiento y el amor de Dios. El nombre «salvación» es exac­to, porque el estado en que se encuentran los hombres al venir a este mundo es de pecado, es decir, de privación del amor de Dios. Todos nece­sitamos ser salvados. Pero, ¿son pocos o muchos los que se salvan?

 

El que pregunta ciertamente tiene la convicción, al menos, de que no todos se salvan. La duda se refiere a la propor­ción entre los que se salvan y los que se pierden, y él parece tener la idea de que son menos los que se salvan. Por eso formula la pre­gunta de esa manera. Lo más grave es que la respues­ta de Jesús le da la razón: «Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán». ¡Muchos no podrán entrar! En la respuesta de Jesús se percibe que para los oyen­tes es claro que en las ciudades hay una puerta ancha por donde entran los carros y camellos cargados, y otra estre­cha, por donde entran los peatones, uno por uno y sin carga. Es por aquí por donde hay que entrar, es decir, todo lo que tengamos de superfluo estorba para entrar a la vida eter­na. Tal vez la forma completa de la respuesta de Jesús es la que reproduce Mateo: «Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha es la puerta y que angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo en­cuen­tran» (Mt 7,13-14).

 

Si la carga es tanta y no cabe por la puerta estre­cha, mientras se pugna por hacer entrar todo sin decidirse a despo­jarse, «el dueño de casa se levanta­rá y cerrará la puer­ta». ¡Cerrará incluso la puerta estrecha! El Señor continúa con esta parábola: «Los que hayáis quedado fuera os pondréis a llamar a la puerta, diciendo: '¡Señor, ábrenos!' Y os responderá: 'No sé de dónde sois'» Los de fuera recibi­rán esta sen­tencia: «¡Retir­aos de mí, todos los agentes de injus­ti­cia!». La situación de los que queden fuera es así descri­ta: «Allí será el llanto y el rechinar de dientes». Cuando se cierre la puerta, los que hayan quedado fuera no podrán argüir excusas ni presentar recomendacio­nes. Jesús da, como ejemplo, una recomendación particular que no val­drá y que se dirige a los que están allí escu­chando su enseñan­za. En ese día no podrán decir: «Has enseñado en nuestras pla­zas... somos tu pueblo. ¡Ábrenos!». A éstos advierte que la salvación no está restrin­gida a Israel sino a todos los pueblos de la tierra.

 

«Luchad por entrar...»

 

El término en griego de «luchad» (agonizesthe, de agonizomai) es una fuerte exhortación a luchar, a trabajar fervientemente, hacer el máximo esfuerzo por conquistar un bien que, aunque posible, es difícil y arduo de alcanzar. Se trata de un esfuerzo con celo persistente, enérgico, acérrimo y tenaz, sin doblegarse ante las dificultades que se presentan en la lucha. Implica también un entrar en competencia, luchar contra adversarios. El término lo utiliza San Pablo en su carta a Timoteo: «Combate (agonizou) el buen combate de la fe» (1Tim 6,12). Pablo lo alienta a no desistir en el combate excelente de la fe, a esforzarse sin desmayo en una lucha que, porque perfecciona al hombre y porque lo orienta hacia la plenitud de la vida eterna, es hermosa y preciosa. Pablo resalta que es necesario, por parte de quien ha recibido el don de la fe, el esfuerzo sostenido en esa lucha: mediante la decidida cooperación con el don y la gracia recibidos, se conquista la vida eterna. Y dado que no es fácil acceder a ella, el esfuerzo ha de ser análogo al que realiza un luchador en vistas a conquistar la victoria.

 

Para pasar por «la puerta estrecha» hay que trabajar esforzadamente, hay que luchar el buen combate de la fe, hay que obrar de acuerdo a la justicia y santidad, de acuerdo a la caridad y a la  solidaridad: ¡hay que obrar bien, y ello demanda al cristiano, en un mundo que prefiere la puerta amplia y el camino fácil, un continuo esfuerzo por la santidad!

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Él (el Señor Jesús), en efecto, enseñó que para entrar en el reino del cielo no basta decir Señor, Señor sino que precisa cumplir la voluntad del Padre celestial. Él habló de la puerta estrecha y de la vía angosta que conduce a la vida y añadió: Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, porque yo os digo que muchos intentarán entrar y no lo lograrán. Él puso como piedra de toque y señal distintiva el amor hacia Sí mismo, Cristo, la observancia de los mandamientos. Por ello, al joven rico, que le pregunta, le responde: Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos; y a la nueva pregunta ¿Cuáles?, le responde: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no dirás falsos testimonios, honra a tu padre y a tu madre y ama a tu prójimo como a ti mismo.

 

A quien quiere imitarle le pone como condición que renuncie a sí mismo y tome la cruz cada día. Exige que el hombre esté dispuesto a dejar por Él y por su causa todo cuanto de más querido tenga, como el padre, la madre, los propios hijos, y hasta el último bien -la propia vida -. Pues añade Él: A vosotros, mis amigos, yo os digo: No temáis a los que matan el cuerpo y luego ya nada más pueden hacer. Yo os diré a quien habéis de temer: Temed al que una vez quitada la vida, tiene poder para echar al infierno. Así hablaba Jesucristo, el divino Pedagogo, que sabe ciertamente mejor que los hombres penetrar en las almas y atraerlas a su amor con las perfecciones infinitas de su Corazón, lleno de amor y de bondad».

 

Pío XII, Radiomensaje sobre la conciencia y la  moral. 23 de marzo de 1952.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. Hagamos un examen y veamos cuáles son las cargas que me impiden entrar por la puerta estrecha.

 

2. Leamos el pasaje de Hb 12,5-7.11-13 ¿Cuántas veces me resulta difícil entender la pedagogía de Dios?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2012 - 2016 

 

 

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lunes, 9 de agosto de 2010

{Meditación Dominical} Asunción de Santa María: «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Asunción de Santa María

«¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!»

Lectura del libro del Apocalipsis 11, 19a; 12, 1-6a. 10ab

 

«Y se abrió el Santuario de Dios en el cielo, y apareció el arca de su alianza en el Santuario.1Un gran portento apareció en el cielo: una Mujer, vestida del sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza; está encinta, y grita con los dolores del parto y con el tormento de dar a luz. Y apareció otra señal en el cielo: un gran Dragón rojo, con siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas. Su cola arrastra la tercera parte de  las estrellas del cielo y las precipitó sobre la tierra.

 

 El Dragón se detuvo delante de la Mujer que iba a dar a luz, para devorar a su Hijo en cuanto lo diera a luz. La mujer dio a luz un Hijo varón, el que ha de regir a todas las naciones con cetro de hierro; y su hijo fue arrebatado hasta Dios y hasta su trono. Y la mujer huyó al desierto, donde tiene un lugar preparado por Dios. Oí entonces una fuerte voz que decía en el cielo: "Ahora ya ha llegado la salvación, el poder y el reinado de nuestro Dios y la potestad de su Cristo. »

Lectura de la primera carta del apóstol San Pablo a los Corintios 15, 20-27a

 

«¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un hombre viene la resurrección de los muertos. Pues del mismo modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en Cristo. Pero cada cual en su rango: Cristo como primicias; luego los de Cristo en su Venida. Luego, el fin, cuando entregue a Dios Padre el Reino, después de haber destruido todo Principado, Dominación y Potestad. Porque debe él reinar  hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies. El último enemigo en ser destruido será la Muerte. Porque  ha sometido todas las cosas bajo sus pies.»

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 1, 39-56

 

«En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena de Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!"

 

Y dijo María: "Engrandece mi alma al Señor  y mi espíritu  se alegra en Dios mi salvador  porque  ha puesto los ojos en la humildad de su esclava,  por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados  de sus tronos  y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes  y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia - como había anunciado a nuestros padres - en favor de Abraham y de su linaje por los siglos". María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Cuando una fiesta litúrgica cae en día Domingo tiene que tocar muy de cerca el misterio de Jesucristo para que su liturgia propia prevalezca sobre el día del Señor. El 15 de agosto la Iglesia celebra la solemnidad de la Asunción de la Virgen María a los cielos. Se trata del triunfo de la Madre por mérito del Hijo Amado. Su cele­bración no hace sino realzar la grandeza de su Hijo Jesús que ha reconciliado todas las realidades que se encontraban separadas de Dios venciendo, con su Resurrección, el último enemigo que oprimía al hombre: la muerte (Segunda Lectura).

 

La fiesta de hoy nos recuerda lo grandioso de nuestra vocación: todos hemos sido creados para participar de la gloria eterna como ya participa de manera plena y anticipada, nuestra Madre María (Primera Lectura). María es la mujer que ha sido escogida por Dios para la sublime misión de ser Madre de Jesús y nuestra, y no duda en aceptar su llamado de llevar adelante el amoroso plan reconciliador del Padre. Por ello es exaltada por su prima Isabel y por eso rebosa de alegría su corazón (Evangelio). 

 

«Una mujer vestida de sol y con la luna bajo sus pies»

 

El libro del Apocalipsis o libro de las «revelaciones», se escribió para los cristianos que estaban siendo perseguidos por su fe bajo el reinado del Emperador Domiciano alrededor de los años 90 a 95. San Juan escribe desde la isla de Patmos una serie de visiones en un lenguaje extremamente vivo y lleno de imágenes que nos recuerda un poco el estilo que encontramos en el libro del profeta Daniel. El gran mensaje del libro es que Dios es el soberano que lo domina todo y que Jesús es el Señor de la historia. Al fin de los tiempos, Dios por medio de Jesucristo, derrotará a todos los enemigos y el pueblo fiel será recompensado en «un nuevo cielo y una nueva tierra».

 

El libro comienza con una visión de Cristo y una serie de cartas que contienen mensajes particulares para las siete iglesias de Asia menor. A partir del capítulo cuarto, cambia el escenario que se traslada a los cielos. Comienza la gran visión. San Juan comienza a ver las cosas que «han de suceder después de esto» (ver Ap 4,1). Ve un rollo con siete sellos; una visión de los siete ángeles con siete trompetas; una mujer, el dragón y las dos bestias; las siete copas de la ira de Dios; la destrucción de «Babilonia»; la fiesta de bodas del cordero; y la derrota final del maligno, seguido por el juicio. El libro termina con la grandiosa imagen de los nuevos cielos y la nueva tierra, de la nueva Jerusalén donde Dios mora con su pueblo para siempre.    

 

En la Primera Lectura vemos como el cielo es una suerte de gigantesca pantalla donde se proyecta una escena que será el resumen de lo que va a suceder en la tierra. En él se encuentra el «prototipo» del templo de Jerusalén. Se abre el Santuario celeste (sancta) y, sin velo, se ve el arca de la alianza en el sancta sanctorum celeste. La antigua alianza ha dado paso a la nueva, en la que Dios habitará con su Nuevo Pueblo, que es la Iglesia. Luego San Juan nos dice que «fue visto un gran portento», lo que indica que lo que sigue es algo realmente extraordinario. Cuando Isaías le pide al rey Acaz que elija un signo que certifique la fidelidad de Dios, Acaz se niega y es el mismo Isaías, de parte de Dios, quien le da un signo: la Virgen - Madre del Emmanuel - Dios con nosotros.- (ver Is 7,10-16) que protegerá y bendecirá a Judá.

 

El «portento» que ve el apóstol Juan consiste en la aparición de una mujer en trance de parto que tiene dominio sobre los astros mayores y que lleva una corona de doce estrellas simbolizando así las doce tribus de Israel. Esta mujer que da a luz un varón y triunfa sobre el Dragón (personificación del mal) es signo de María, la Madre del Señor; que da a luz al Mesías por el que llegó la victoria, el poder y el reinado de nuestro Dios. Es interesante ver cómo el hermoso retrato que la misma Madre de Dios, Nuestra Señora de Guadalupe, nos dejó en la tilma de San Juan Diego en la aparición del Tepeyac (1531) responde a la descripción que leemos en libro del Apocalipsis.

 

Opuesto a la Mujer, aparece la figura del gran dragón rojo, que en el Antiguo Testamento simboliza el imperio agresor (ver Jr 51,34; Is 51,9-10; Ez 29). Aparece ejerciendo su poder nefasto contra los elegidos, «los astros del cielo» (ver Dn 8,10). Es curioso notar como las siete cabezas no calzan con los diez cuernos, representando así su imperfección y limitación. El vencedor de la lucha es el Hijo varón que, de un golpe, pasa del nacimiento al trono de Dios (ascensión) (Ap 12,5). El dragón intentó devorarlo en la pasión - muerte, pero Dios lo «arrebató», como a Henoc o a Elías (ver Gn 5,24; 2Re 2). La Madre va al lugar preparado por Dios en el desierto, tal como guió a Elías o al mismo Jesús. 

 

La adelantada de todos en el cielo

 

Al igual que en la Primera Lectura, en la carta a los corintios se acentúa el tono de esperanza y de victoria frente a la muerte, gracias a Cristo Resucitado. San Pablo va a explicar la conexión íntima que existe entre la resurrección de Cristo y la nuestra. Se trata de reconocer la misteriosa solidaridad que existe entre nosotros y Jesucristo: principio y clave de la obra de la reconciliación. San Pablo presentará a Cristo como el nuevo y verdadero Adán, presentando a Cristo como la cabeza de la humanidad reconciliada[1]. En ese sentido podemos afirmar que María es una adelantada ya que «después de Cristo, Verbo encarnado, María es la primera criatura humana que realiza el ideal escatológico, anticipando la plenitud de la felicidad, prometida a los elegidos mediante la resurrección de los cuerpos»[2].

 

La alegría en el Señor

 

El Evangelio de este Domingo nos relata la Visitación de Santa María a su prima Santa Isabel. La Virgen acababa de recibir el anuncio del arcángel Gabriel y había concebido en el seno por obra del Espíritu Santo. Apenas se encuentran estas dos benditas mujeres, comienza la estrecha relación entre sus hijos. Juan el Bautista salta de alegría e Isabel exclama: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno». Un ser humano de no más de seis meses de concebido en el vientre de su madre, es el mensajero escogido por Dios para anunciar la bendición más grandiosa que ha recibido la humanidad reconociendo a Jesús que apenas es un pequeño embrión. El texto nos dice que Isabel queda llena del Espíritu Santo antes de proferir este saludo en voz alta, por lo tanto, se trata de una proclamación profética. ¿Bendita entre cuáles mujeres?

 

El Antiguo Testamento está jalonado por la presencia de muchas mujeres de las cuales dependió la salvación del pueblo. Hay una verdadera cadena comenzando por Eva y seguida por Sara, Rebeca, Raquel, Débora, Rut, Judit, Ester... Pero la más grande de todas ellas, la que corona la cadena no solamente de ellas sino de todas las mujeres de la historia de la humanidad de todos los tiempos, es María ya que ella es la Madre del mismo Dios.  ¿Quién es este «fruto de tu vientre»? Isabel lo aclara inmediatamente cuando dice: «¿y de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor?». Quiere decir la Madre del Cristo, del «Ungido», del esperado por los hombres. Cristo no es el hijo de David, sino es mayor que David (ver Mc 12,36). La Virgen María  es Madre del Señor Jesús: Dios y Hombre verdadero.

 

La fiesta de la Asunción

 

El dogma de la Asunción de la Virgen María  fue definido por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 mediante la Constitución Apostólica Munificentissimus Deus. Conviene conocer las palabras del Santo Padre: «Proclamamos, declaramos y definimos ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial». El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice que la Asunción de Nuestra Madre constituye una singular participación en la resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos[3].

Sobre la muerte de María el Papa Pío XII no se pronuncia, simplemente no juzga oportuno declararla solemnemente. Juan Pablo II nos aclara el punto diciendo que: «dado que Cristo murió, sería difícil sostener lo contrario por lo que se refiere a su Madre[4]». La Madre no es superior al Hijo que acepta dócilmente la muerte y le da un nuevo significado, transformándola en instrumento de salvación. Pero, ¿de qué murió María? Nada sabemos con certeza. Ahora, sin duda, su muerte fue, desde todo punto de vista, ejemplar. «Cualquiera que haya sido el hecho orgánico y biológico que, desde el punto de vista físico, le haya producido la muerte, puede decirse que el tránsito de esta vida a la otra fue para María una maduración de la gracia en la gloria, de modo que nunca  mejor que en ese caso la muerte pudo concebirse como una “dormición”»[5]. 

 

Una palabra del Santo Padre:

 

« La liturgia celebra hoy la solemnidad de la Asunción de la Virgen al cielo en alma y cuerpo. Así la contempla la Iglesia, llamada en este día a exultar con intenso gozo reconociendo en la Mujer vestida de sol, resplandeciente de luz, un signo de segura y consoladora esperanza. ¡Qué plenitud de felicidad y de gloria se anuncia a los creyentes en este misterio de la Asunción de la Virgen! María santísima nos muestra el destino final de quienes «oyen la palabra de Dios y la cumplen» (Lc 11, 28). Nos estimula a no enfrascarnos en los afanes de la hora presente, sino a elevar nuestra mirada a las alturas, para que se dilate en los ilimitados y sosegantes horizontes donde se encuentra Cristo, sentado a la derecha del Padre, y donde está también María, la humilde esclava de Nazaret, ya en la gloria celestial. El hombre moderno, inquieto y atónito frente al perenne interrogante sobre el enigma de la muerte, tiene necesidad sobre todo de esta gozosa esperanza, de este anuncio siempre nuevo.

 

En María y en el misterio de su Asunción, cada persona está llamada a redescubrir el atrevido y connatural fin de la existencia, según el proyecto establecido por el Creador: hacerse conforme a Cristo, Verbo encarnado, auténtica imagen del Padre celestial, para avanzar con él por el camino de la fe y resucitar con él a la plenitud de la vida bienaventurada. En esta perspectiva, la solemnidad de la Asunción constituye un estímulo providencial a meditar en la altísima dignidad de todo ser humano, también en su dimensión corporal. Se trata de una reflexión que se inserta muy bien en la preparación para la Jornada mundial de la juventud, ya inminente. Sobre todo a los jóvenes, esperanza de un mundo nuevo en el alba del tercer milenio cristiano, quisiera dirigir la exhortación del Apóstol «a que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios», sin acomodaros al mundo presente (cf. Rm 12, 1‑2). Jesús, Maestro de inmortalidad, nos llama a seguirlo con pureza de vida y amor auténtico.

 

Juan Pablo II. Ángelus en la Solemnidad de la Asunción de la Virgen, 1997

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. La Asunción de María debe de llenar de esperanza y alegría mi vida ya que me enseña cuál es mi verdadero fin. ¿Cómo puedo vivir esta realidad?  

 

2. Vivamos de manera concreta y sencilla al amor a nuestra Madre del Cielo rezando el rosario en familia.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales 966 – 975.

 

 

 

 

 

 

 



[1] Este paralelo lo desarrollará también San Pablo en la carta a los romanos 5,12-21. 

[2] Ver Juan Pablo II. Audiencia 2 de julio de 1997.

[3] Ver Catecismo de la Iglesia Católica,  966.

[4] Juan Pablo II. Audiencia del 25 de junio de 1997.

[5] Juan Pablo II. Audiencia del 25 de junio de 1997.

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martes, 3 de agosto de 2010

{Meditación Dominical} Domingo 19 del Tiempo Ordinario. Ciclo C. «También vosotros, estad preparados»

Domingo de la Semana 19ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«También vosotros, estad preparados»

 

Lectura del libro de la  Sabiduría 18, 6-9

 

«Aquella noche fue previamente conocida por nuestros padres, para que se confortasen al reconocer firmes los juramentos en que creyeron. Tu pueblo esperaba a la vez la salvación de los justos y la destrucción de sus enemigos. Y, en efecto, con el castigo mismo de nuestros adversarios, nos colmaste de gloria llamándonos a ti. Los santos hijos de los buenos ofrecieron sacrificios en secreto y establecieron unánimes esta ley divina: que los santos correrían en común las mismas aventuras y riesgos; y, previamente, cantaron ya los himnos de los Padres.»

 

Lectura de la carta a los Hebreos 11,1-2. 8-19

 

«La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven. Por ella fueron alabados nuestros mayores. Por la fe, Abraham, al ser llamado por Dios, obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba. Por la fe, peregrinó por la Tierra Prometida como en tierra extraña, habitando en tiendas, lo mismo que Isaac y Jacob, coherederos de las mismas promesas. Pues esperaba la ciudad asentada sobre cimientos, cuyo arquitecto y constructor es Dios.

 

Por la fe, también Sara recibió, aun fuera de la edad apropiada, vigor para ser madre, pues tuvo como digno de fe al que se lo prometía. Por lo cual también de uno solo y ya gastado nacieron hijos, numerosos como las estrellas del cielo, incontables como las arenas de las orillas del mar. En la fe murieron todos ellos, sin haber conseguido el objeto de las promesas: viéndolas y saludándolas desde lejos y confesándose extraños y forasteros sobre la tierra. Los que tal dicen, claramente dan a entender que van en busca de una patria; pues si hubiesen pensado en la tierra de la que habían salido, habrían tenido ocasión de retornar a ella. Más bien aspiran a una mejor, a la celestial. Por eso Dios no se avergüenza de ellos, de ser llamado Dios suyo, pues les tiene preparada una ciudad...

 

Por la fe, Abraham, sometido a la prueba, presentó a Isaac como ofrenda, y el que había recibido las promesas, ofrecía a su unigénito, respecto del cual se le había dicho: Por Isaac tendrás descendencia. Pensaba que poderoso era Dios aun para resucitar de entre los muertos. Por eso lo recobró para que Isaac fuera también figura.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 12, 32-48

 

«"No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Estén ceñidos vuestros lomos y las lámparas encendidas, y sed como hombres que esperan a que su señor vuelva de la boda, para que, en cuanto llegue y llame, al instante le abran.

 

Dichosos los siervos, que el señor al venir encuentre despiertos: yo os aseguro que se ceñirá, los hará ponerse a la mesa y, yendo de uno a otro, les servirá. Que venga en la segunda vigilia o en la tercera, si los encuentra así, ¡dichosos de ellos! Entendedlo bien: si el dueño de casa supiese a qué hora iba a venir el ladrón, no dejaría que le horadasen su casa. También vosotros estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre".

 

Dijo Pedro: "Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?" Respondió el Señor: "¿Quién es, pues, el administrador fiel y prudente a quien el señor pondrá al frente de su servidumbre para darles a su tiempo su ración conveniente? Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así. De verdad os digo que le pondrá al frente de toda su hacienda. Pero si aquel siervo se dice en su corazón: "Mi señor tarda en venir", y se pone a golpear a los criados y a las criadas, a comer y a beber y a emborracharse, vendrá el señor de aquel siervo el día que no espera y en el momento que no sabe, le separará y le señalará su suerte entre los infieles. "Aquel siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no ha preparado nada ni ha obrado conforme a su voluntad, recibirá muchos azotes; el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá pocos; a quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más.»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«En confiada y vigilante espera», así podemos resumir el contenido principal del mensaje litúrgico de hoy. Esta es la actitud de Abrahán y Sara, y de todos aquellos que murieron en espera de la promesa hecha por Dios (Segunda Lectura). Esta es la actitud de los descendientes de los patriarcas, esperando con confianza, en medio de duros trabajos, la noche de la liberación (Primera Lectura). Ésta es la actitud del cristiano en este mundo, entregado a sus quehaceres diarios, esperando con corazón vigilante la llegada de su Señor (Evangelio).

 

La misteriosa solidaridad

 

La exhortación que Jesús al inicio del Evangelio, continúa y se relaciona con la lectura del Domingo pasado: el desprendimiento de los bienes materiales en aras de la solidaridad fraterna: «Vended vuestros bienes y dad limosna...porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón». Así lo resalta fuertemente la primera lectura que es una evocación «sapiensal»  y agradecida de la primera pascua a  la salida de los israelitas de Egipto: «Porque los justos, hijos de los santos, te ofrecían en secreto el sacrificio, y concordes establecieron esta ley de justicia, que los justos se ofrecían a recibir igualmente los bienes como los males». Sin duda nos llama poderosamente la atención la misteriosa solidaridad que une a toda la humanidad en un mismo destino. ¡Cuánto más deberíamos de tenerla en cuenta al ser todos miembros de un mismo Cuerpo en Cristo Jesús!

 

«La seguridad de lo que se espera»

 

La Segunda Lectura comienza con una definición teológica de la fe: «es seguridad de lo que se espera y prueba de lo que no se ve». La palabra griega «seguridad», etimológicamente quiere decir «sub-stancia», lo que está debajo, lo que sirve de base y fundamento, significa que es lo que le da base y realidad subsistente a las cosas que esperamos. Podemos afirmar que la fe es la «convicción» de que existen las cosas que esperamos; o si se quiere, la «garantía» de que existen las cosas celestiales.

 

Tan ciertas y seguras son las realidades que indica la fe que «los antiguos o mayores», nuestros modelos de virtud y personas prudentes, se acreditaron de ella y la cultivaron con esmero. Estos «antiguos» son los antepasados de Israel; son los «padres»; es decir los patriarcas en general, los antecesores de los judíos, de los cuales contarán en este capítulo de la carta a los Hebreos, sus hazañas por la fe. La lectura de este Domingo nos lleva directamente al versículo octavo que se refiere a la fe de Abraham: modelo y padre de los creyentes.


En la segunda parte de la lectura se acentúa la actitud de provisionalidad que mantuvo en tensión la fe de los patriarcas en camino hacia la patria definitiva. Vieron de lejos la tierra prometida y la saludaron, confesando y reconociendo que en esta tierra eran extranjeros y peregrinos.

 

El pequeño rebaño de Dios

 

El Evangelio de este Domingo comienza con unas palabras extraordinariamente consoladoras de Jesús. Ellas son la conclusión de su enseñanza acerca de la confianza en su amorosa Providencia: «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino». Jesús llama al grupo de sus discípulos «pequeño rebaño». Esta es la única vez que se usa esta metáfora en el Evangelio de Lucas.

 

Por eso para entender su sentido, como ocurre con muchos temas del Evangelio, es necesario recurrir al antecedente del Antiguo Testamento. Allí esta metáfora es corriente: el rebaño es el pueblo de Israel y su pastor es Dios. El fiel expresaba su confianza en Dios cantando: «El Señor es mi pastor, nada me falta... aunque pase por valle tenebroso, nada temo, porque tú vas conmigo; tu vara y tu cayado me sosiegan» (Sl 23,1.4). Se entiende que el pastor es Dios. Con este pastor el rebaño no tiene nada que temer.

 

Jesús llama a sus discípulos de «pequeño rebaño» no sólo porque son poco numerosos, sino, sobre todo, porque está compuesto por gente sencilla, por gente de poco peso en el mundo. Es claro que Jesús en su vida no fue seguido por la gente importante (ver Jn 7,47-48). Es más, si alguien se tiene por «importante», tiene que hacerse pequeño para entrar en este rebaño: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3; cf. Lc 18,17).

 

Las cosas que pasan...

 

Cada persona maneja un volumen más o menos grande de información para su vida en esta tierra. Y esto es verdad a todo nivel. Por decir lo menos, todos conocen los precios de los artículos de consumo habitual, el recorrido de los autobuses de la ciudad, los programas de tele­visión o de radio que le inte­resan, los equipos de fútbol y su formación, los entrena­dores, etc. Pero toda esa información se refie­re a cosas que van cambiando: manejamos un cúmulo inmen­so de información acerca de cosas que envejecen, se dete­rioran y pasan. Acerca de todo eso, nos dice «la Imitación de Cristo» con incuestionable verdad: «Todas las cosas pasan, y tú con ell­as».

 

Es oportuno examinarnos para ver cuánta dedicación y tiempo le damos aquellas otras cosas que no pasan, porque son eternas. ¿Leemos el Evangelio cada día un tiempo equiva­lente al que destinamos a leer el diario o a ver las noticias en TV? ¿Qué es más importante para nosotros, los bienes de esta tierra o los bienes eternos? ¿Dónde está nuestro tesoro? Estas mismas preguntas hacía Jesús a los hombres de su tiempo ofreciéndonos un criterio que es sumamente claro: «Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón».

 

Dicho en otras palabras: aquello que ocupa tu atención, eso es tu tesoro. Si nuestra vida es gobernada por información banal y superflua, quiere decir que nuestro tesoro son los bienes de esta tierra, aunque digamos otra cosa, o quera­mos engañar­nos.  Escuchemos la recomenda­ción del Señor: «Haceos bolsas que no se deterio­ran, un tesoro inagota­ble en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla». Los bienes de esta tierra son caducos, duran poco, se deterio­ran y defraudan; en el contexto del destino eterno del hombre son menos que nada. Atesorar esos bienes, diría el sabio Qohelet, es esfuerzo inútil, es como «atrapar vientos» (Ecle1,14). San Pablo nos dice: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conoci­miento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas y las tengo por basura» (Fil 3,7-8).

 

¡Estar preparados...!

 

En seguida Jesús nos exhorta a estar vigilantes, como están los siervos que esperan a su señor para abrirle apenas llegue. La venida del Hijo del hombre puede considerarse bajo un doble aspecto y ambas exigen estar bien preparados. Una se refiere a su venida al fin del tiempo, para poner fin a la historia. Entonces «vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos». De ésta no sabemos «ni el día ni la hora». Por eso la actitud cristiana es vivir en permanente espera. Sin embargo muchos pensarán: «para esa última venida de Cristo falta mucho». Admitamos que sea así. En todo caso, podemos acotar con bastante precisión el momento de su otra veni­da, la que pondrá fin a mi propia vida en esta tierra. Ocurrirá en cualquier momento. La actitud que Jesús re­prueba es la del que dice: «Mi señor tarda en venir» y, por eso, se despreocupara y dejara de vigilar.

 

Todo esto se aclara más si se considera que está dicho por Jesús como un comentario a la parábola sobre aquel hombre que había atesorado rique­zas para disfrutar «muchos años». La conclusión de esa parábo­la era ésta: «Dios le dijo: ¡Ne­cio! Esta misma noche te reclama­rán el alma; las cosas que preparas­te ¿para quién serán?» (Lc 12,20). El mayor desastre sería que llegara el Hijo del hombre y nos encon­trara distraídos y des­preocupados, demasiado absorbi­dos por las cosas de esta tierra. Al que se encuentre en ese caso, dice Jesús, «lo separará y le señalará su suerte entre los infieles». En cambio, para el que tiene su tesoro en el cielo y espera con gozo la venida del Señor, dice esta bienaventuran­za: «Dichoso aquel siervo a quien su señor, al llegar, encuen­tra así. En verdad os digo que lo pondrá al frente de toda su hacienda».

 

¿Para nosotros o para todos?

 

Ante la parábola sobre la vigilancia, Pedro intervie­ne para preguntar a Jesús: «Señor, ¿dices esta parábola para nosotros o para todos?» Pedro establece una diferen­cia entre ellos -se refiere a los Doce- que estaban siem­pre con Jesús, que habían sido instruidos por Él y que recibirían la respon­sabilidad de continuar su misión salvífica, y todos los demás hombres. Jesús en su respues­ta alude directamente a Pedro y a los demás apóstoles hablando del «administrador fiel y pru­dente a quien el señor pondrá al frente de su servidum­bre», y reconoce que hay una diferencia. Si son fieles recibirán mayor recom­pensa; pero si son infieles recibirán mayor castigo. En efecto, el siervo que desobe­dece, conociendo la voluntad de su señor, «recibirá muchos azotes»; en cambio, el que obra contra la voluntad de su señor, sin conocerla, "reci­birá pocos azotes". Jesús concluye advirtiendo: «A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho; y a quien se confió mucho, se le pedirá más».

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Con el propósito de esclarecer el conflicto que se había creado entre capital y trabajo, León XIII defendía los derechos fundamentales de los trabajadores. De ahí que la clave de lectura del texto leoniano sea la dignidad del trabajador en cuanto tal y, por esto mismo, la dignidad del trabajo, definido como "la actividad ordenada a proveer a las necesidades de la vida, y en concreto a su conservación". El Pontífice califica el trabajo como "personal", ya que "la fuerza activa es inherente a la persona y totalmente propia de quien la desarrolla y en cuyo beneficio ha sido dada".

 

El trabajo pertenece, por tanto, a la vocación de toda persona; es más, el hombre se expresa y se realiza mediante su actividad laboral. Al mismo tiempo, el trabajo tiene una dimensión social, por su íntima relación bien sea con la familia, bien sea con el bien común, "porque se puede afirmar con verdad que el trabajo de los obreros es el que produce la riqueza de los Estados". Todo esto ha quedado recogido y desarrollado en mi encíclica Laborem exercens.

 

Otro principio importante es sin duda el del derecho a la "propiedad privada". El espacio que la encíclica le dedica revela ya la importancia que se le atribuye. El Papa es consciente de que la propiedad privada no es un valor absoluto, por lo cual no deja de proclamar los principios que necesariamente lo complementan, como el del destino universal de los bienes de la tierra.

 

Por otra parte, no cabe duda de que el tipo de propiedad privada que León XIII considera principalmente, es el de la propiedad de la tierra. Sin embargo, esto no quita que todavía hoy conserven su valor las razones aducidas para tutelar la propiedad privada, esto es, para afirmar el derecho a poseer lo necesario para el desarrollo personal y el de la propia familia, sea cual sea la forma concreta que este derecho pueda asumir. Esto hay que seguir sosteniéndolo hoy día, tanto frente a los cambios de los que somos testigos, acaecidos en los sistemas donde imperaba la propiedad colectiva de los medios de producción, como frente a los crecientes fenómenos de pobreza o, más exactamente, a los obstáculos a la propiedad privada, que se dan en tantas partes del mundo, incluidas aquellas donde predominan los sistemas que consideran como punto de apoyo la afirmación del derecho a la propiedad privada».

 

Juan Pablo II. Carta Encíclica Centessimus annus, 6.

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana

 

1. El futuro de cada hombre, con todo su espesor, es imprevisible. El meteorólogo puede prever el tiempo para mañana, aunque con riesgo de equivocarse. El economista puede prever la inflación en el país durante el mes de mayo o el próximo año, con mayor o menor aproximación. Pero la historia del hombre es imposible de prever, porque es una historia de libertad. Libertad del hombre, y sobre todo libertad de Dios.

 

2. La imprevisibilidad del futuro reclama vigilancia. El hombre prudente, sensato, no considera la actitud vigilante algo simplemente posible. La vigilancia es la mejor opción. Vigilar para saber descubrir la acción del Espíritu en tu interior, en el interior de los hombres. Vigilar es mantener íntegras la fe, la esperanza y la caridad, «cuando Él venga» o cuando nosotros vayamos a Él. La vigilancia no es una opción, es una necesidad vital. ¿Cómo vivo la sana vigilancia en mi vida?

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1006- 1014. 

 

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