lunes, 12 de julio de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «María ha elegido la parte buena, que no le será quitada»

Domingo de la Semana 16ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«María ha elegido la parte buena, que no le será quitada»

 

Lectura del libro del Génesis 18,1-10a

 

«Apareciósele Yahveh en la encina de Mambré estando él sentado a la puerta de su tienda en lo más caluroso del día. Levantó los ojos y he aquí que había tres individuos parados a su vera. Como los vio acudió desde la puerta de la tienda a recibirlos, y se postró en tierra, y dijo: "Señor mío, si te he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor.  Que traigan un poco de agua y lavaos los pies y recostaos bajo este árbol, que yo iré a traer un bocado de pan, y repondréis fuerzas. Luego pasaréis adelante, que para eso habéis acertado a pasar a la vera de este servidor vuestro". Dijeron ellos: "Hazlo como has dicho".

 

Abraham se dirigió presuroso a la tienda, a donde Sara, y le dijo: "Apresta tres arrobas de harina de sémola, amasa y haz unas tortas". Abraham, por su parte, acudió a la vacada y apartó un becerro tierno y hermoso, y se lo entregó al mozo, el cual se apresuró a aderezarlo. Luego tomó cuajada y leche, junto con el becerro que había aderezado, y se lo presentó, manteniéndose en pie delante de ellos bajo el árbol. Así que hubieron comido dijéronle: "¿Dónde está tu mujer Sara?" - "Ahí, en la tienda", contestó. Dijo entonces aquél: "Volveré sin falta a ti pasado el tiempo de un embarazo, y para entonces tu mujer Sara tendrá un hijo".

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1, 24-28

 

«Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia, de la cual he llegado a ser ministro, conforme a la misión que Dios me concedió en orden a vosotros para dar cumplimiento a la Palabra de Dios, al Misterio escondido desde siglos y generaciones, y manifestado ahora a sus santos, a quienes Dios quiso dar a conocer cuál es la riqueza de la gloria de este misterio entre los gentiles, que es Cristo entre vosotros, la esperanza de la gloria, al cual nosotros anunciamos, amonestando e instruyendo a todos los hombres con toda sabiduría, a fin de presentarlos a todos perfectos en Cristo.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 38- 42

 

«Yendo ellos de camino, entró en un pueblo; y una mujer, llamada Marta, le recibió en su casa. Tenía ella una hermana llamada María, que, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atareada en muchos quehaceres. Acercándose, pues, dijo: "Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude". Le respondió el Señor: "Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

Partiendo de un humilde gesto de hospitalidad, común a  la Primera Lectura y al Evangelio, se trasciende en ambos casos la escena en cuestión para alcanzar el nivel de la fe que acoge al Señor que está de paso. En la Primera Lectura, se nos habla de Abraham que, en pleno bochorno producido por el calor del mediodía, ofrece un hospedaje espléndido a tres misteriosos personajes recibiendo la bendición divina de un descendiente.

En la lectura del Evangelio, Marta acoge a Jesús y a sus discípulos en su casa. María, su hermana, por otro lado acoge como discípula atenta la Palabra de Jesús en su corazón. El texto de la carta a los Colosenses presenta a Pablo que acoge en su cuerpo y en su alma a Jesús Crucificado para completar las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo, que es la Iglesia.

 

«Señor, no pases de largo junto a tu siervo»

 

Ninguna de las dos hermanas, cada una a su estilo, dejó de pasar a Jesús, igual que no dejó pasar de largo a Dios el patriarca Abraham, como leemos en el libro del Génesis. Narración hermosa pero ciertamente  difícil de entender, en que Abraham cambia del singular al plural para hablar con el Señor, presente en la aparición de los tres misteriosos hombres. La hospitalidad de Abraham es alabada por San Jerónimo ya que trata a los tres desconocidos como si fuesen sus hermanos. Abraham no encomienda el servicio a sus criados o siervos, disminuyendo el bien que les hacía, sino que él mismo y su mujer los servían.

 

Él mismo lavaba los pies de los peregrinos, él mismo traía sobre sus propios hombros el becerro gordo de la manada. Cuando los huéspedes estaban comiendo, él se mantenía de pie, como uno de sus criados y, sin comer, ponía en la mesa los manjares que Sara había preparado con sus propias manos. Al final de la comida Abraham, que ya tenía de Dios la promesa de una tierra en posesión, recibe ahora ya anciano, como su esposa Sara, la noticia de un futuro descendiente. Algunos escritores de la antigüedad, entre ellos San Ambrosio y San Agustín han visto en los tres personajes, un anticipo de la Trinidad: «Abrahán vió a tres y adoró a uno sólo» (San Agustín). Inspirados en este pasaje, representa la Iglesia Oriental a la Santísima Trinidad, preferentemente como tres jóvenes de igual figura y aspecto.   

 

«Marta, Marta, estás ansiosa e inquieta por muchas cosas»

 

Esta observación que Jesús dice a Marta, debería despertar nuestra atención. En efecto, parece dirigida a cada uno de nosotros inmersos en una sociedad donde lo que vale, lo que se aprecia, lo que se entiende es lo eficiente y lo útil. Es signo de importan­cia estar siem­pre «muy ocupado» y dar siempre la impresión de que uno dispone de muy poco tiempo porque tiene mucho que hacer. Cuando se saluda a alguien no se le pregunta por la salud o por los suyos; es de buen gusto preguntar­le: «¿Mucho traba­jo?». Como Marta, también noso­tros nos preocupamos e inquietamos por muchas cosas que creemos importantes e imprescindibles.

 

 Pero Jesús agrega: «Y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola». Las palabras que Jesús dirige a Marta encierran un reproche ya que establece un contraste entre las «muchas cosas» que preocupaban a Marta y la «única cosa» necesa­ria, de la cual, en cambio, ella no se preocupaba. Fuera de esta única cosa necesaria, todo es prescindi­ble, es menos impor­tante, es superfluo. ¿Cuál es esta única cosa necesaria? ¿Es necesaria para qué? Para responder a estas preguntas debemos fijarnos en la situación concreta que motivó la afirmación de Jesús.

 

Los amigos de Jesús

 

Marta y María, junto con su hermano Lázaro, tenían la suerte de gozar de la amistad de Jesús. Cuando alguien se quiere recomendar co­mienza a insinuar su relación más o menos cercana con gran­des personajes; ¿quién puede pretender una recomenda­ción mayor que la de estos tres hermanos? Acerca de ellos el Evangelio dice: «Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro» (Jn 11,5). ¡Marta es mencionada en primer lugar, antes que Lázaro! Estando de camino, Jesús entró en Betania; y Marta, lo recibe en su casa. Por otro lado «María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra, mientras Marta estaba atarea­da en muchos quehace­res». Para Marta Jesús era un huésped al que hay que obse­quiar con alojamiento y alimen­to; para María Jesús es «el Señor», el Maestro, al que hay que obse­quiar con la atención a su Palabra y la adhesión total a ella. Marta entonces reclama: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola en el trabajo? Dile, pues, que me ayude». ¡Qué lejos está Marta de entender! En realidad, lo que a Jesús le importa es que, estan­do Él presente y pro­nunciando esas «palabras de vida eterna» que sólo Él tiene, Marta esté preocupándose de otra cosa, «atareada en muchos quehaceres». ¿Qué hacía Marta?  «Mucho que hacer» es la expresión más corriente del hom­bre moderno; por eso los hombres importan­tes suelen ser llamados «eje­cu­tivos», es decir, que tienen mucho que ejecutar.

 

Lejos de atender el reclamo de Marta, Jesús defiende la actitud de María. Ella había optado por la única cosa nece­saria y ésa no le será quitada. Lo único necesario es dete­ner­se a escuchar la palabra de Jesús, y acogerla como Pala­bra de Dios. Y es necesario para alcan­zar la vida eterna, es decir, el fin para el cual el hombre ha sido creado y puesto en este mundo. Si el hombre alcanza todas las demás cosas, pero pierde la vida eterna, quedará eternamente frustrado. A esto se refiere Jesús cuando pregunta: «¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde la vida?» (Mc 8,36). María comprendía esta otra afirma­ción de Jesús: «Sin mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5) y sabía que Él es lo único necesario; que se puede prescin­dir de todo lo demás, con tal de tenerlo a él. ¡Una sola cosa es necesaria!

 

En el Antiguo Testamento ya se había comprendido esta verdad y se oraba así: «Una sola cosa he pedido al Señor, una sola cosa estoy buscan­do: habitar en la casa del Señor, todos los días de mi vida, para gustar de la dulzu­ra del Señor» (Sal 27,4). Pero llega­da la revelación plena en Jesucristo sabemos que esa única cosa necesaria se prolonga no sólo en el espacio de esta vida, sino por la eternidad. Es la enseñanza que Jesús da a la misma Marta: «Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás» (Jn 11,25-26).

 

¡No tengo tiempo...!

 

Se oye decir a menudo a muchas personas que no pueden santificar el Día del Señor y participar de la Santa Misa, porque «tienen mucho que hacer, mucho trabajo...no tienen tiempo». Son un poco como Marta. No entienden que Jesucristo les quiere dar el alimen­to de vida eterna de su Palabra y de su Santísimo Cuerpo pero prefieren «el alimento» perecible de esta tierra. No sabemos cómo reaccionó Marta ante la suave reprensión de Jesús.

 

 Pero ojalá todos reaccionáramos como aquella samari­tana a quien Jesús pidió de beber. Jesús la conside­ró capaz de entender y le dice: «Si conocie­ras el don de Dios, y quién es el que te dice: 'Dame de beber', tú le habrías pedido a Él, y Él te habría dado agua viva» (Jn 4,10). A esa mujer se le olvidó el jarro y el pozo y todo, y exclamó: «Señor, dame de esa agua» (Jn 4,15). Pidió lo único realmente necesario.

 

¿Qué nos dice San Agustín de este pasaje? 

 

«Marta y María eran dos hermanas, unidas no sólo por su parentesco de sangre, sino también por sus sen­timientos de piedad; ambas estaban estrechamente uni­das al Señor, ambas le servían durante su vida mortal con idéntico fervor. Marta lo hospedó, como se acostumbra a hospedar a un peregrino cualquiera. Pero, en este caso, era una sirvienta que hospedaba a su Señor, una enferma al Salvador, una creatura al Creador. ..Así, pues, el Señor fue recibido en calidad de hués­ped, Él, que vino a los suyos y los suyos no lo recibieron; pero a cuantos lo recibieron dio poder de llegar a ser hijos de Dios, adoptando a los siervos y convirtiéndolos en hermanos, redimiendo a los cautivos y convirtiéndo­los en coherederos. Pero que nadie de vosotros diga: «Dichosos los que pudieron hospedar al Señor en su propia casa.»...Por lo demás, tú, Marta —dicho sea con tu venia, y bendita seas por tus buenos servicios—, buscas el des­canso como recompensa de tu trabajo.

 

Ahora estás ocu­pada en los mil detalles de tu servicio, quieres alimentar unos cuerpos que son mortales, aunque ciertamente son de santos; pero ¿por ventura, cuando llegues a la patria celestial, hallarás peregrinos a quienes hospedar, ham­brientos con quienes partir tu pan, sedientos a quienes dar de beber, enfermos a quienes visitar, litigantes a quienes poner en paz, muertos a quienes enterrar? Todo esto allí ya no existirá; allí sólo habrá lo que María ha elegido: allí seremos nosotros alimentados, no tendremos que alimentar a los demás. Por esto, allí al­canzará su plenitud y perfección lo que aquí ha elegido María, la que recogió las migajas de la mesa opulenta de la palabra del Señor. ¿Quieres saber lo que allí ocu­rrirá? Dice el mismo Señor, refiriéndose a sus siervos: Os aseguro que se pondrá de faena, los hará sentar a la mesa y se prestará a servirlos» (San Agustín, Sermón 103, 1‑2. 6).

 

«Ahora me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros...»

 

Recibir y acoger a Jesucristo, es darle cabida en nuestra vida, es aceptar el misterio de su Persona en su totalidad; y el dolor humano, propio y ajeno, hace parte de ese misterio redentor, pues se asocia uno a la Pasión de Jesucristo, como leemos en la carta a los Colosenses: «completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia».

 

Ciertamente Pablo no pretende añadir nada al valor propiamente redentor de la Cruz de Jesús al que nada le falta; pero se asocia, cómo debemos hacer cada uno de nosotros, a las «tribulaciones» de Jesús; es decir a los dolores propios de la era mesiánica que Él ha inaugurado: «Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de Dios sufre violencia» (Mt 11, 12) .  

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«Ahora tenemos que mirar hacia adelante, debemos «remar mar adentro», confiando en la palabra de Cristo: ¡Duc in altum! Lo que hemos hecho este año no puede justificar una sensación de dejadez y menos aún llevarnos a una actitud de desinterés. Al contrario, las experiencias vividas deben suscitar en nosotros un dinamismo nuevo, empujándonos a emplear el entusiasmo experimentado en iniciativas concretas. Jesús mismo nos lo advierte: «Quien pone su mano en el arado y vuelve su vista atrás, no sirve para el Reino de Dios» (Lc 9,62).

 

En la causa del Reino no hay tiempo para mirar para atrás, y menos para dejarse llevar por la pereza. Es mucho lo que nos espera y por eso tenemos que emprender una eficaz programación pastoral postjubilar. Sin embargo, es importante que lo que nos propongamos, con la ayuda de Dios, esté fundado en la contemplación y en la oración. El nuestro es un tiempo de continuo movimiento, que a menudo desemboca en el activismo, con el riesgo fácil del «hacer por hacer». Tenemos que resistir a esta tentación, buscando «ser» antes que «hacer». Recordemos a este respecto el reproche de Jesús a Marta: «Tú te afanas y te preocupas por muchas cosas y sin embargo sólo una es necesaria» (Lc 10,41-42)»

 

Juan Pablo II, Carta Encíclica Novo Millennio Ineunte, 15

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. ¿Por qué cosas realmente me inquieto? ¿Son por las cosas del Señor? ¿Dónde está realmente mi corazón?

 

2.  Nuestra acción debe de fundamentarse en el encuentro con el Señor. ¿En qué espacios y tiempos me encuentro con el Señor? ¿Soy atento a su Palabra? ¿Me alimento de ella? ¿Mi actuar responde a mi encuentro con el Señor? 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 2031.2074. 2180- 2188. 2725 - 2728 

 

 

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lunes, 5 de julio de 2010

{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 30, 10-14

 

«Si tú escuchas la voz de Yahveh tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley, si te conviertes a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance.

 

No están en el cielo, para que hayas de decir: "¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: "¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1, 15-20

 

«El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación,  porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,  él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.  El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,  y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

 

«Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: "Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?" El le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?" Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Díjole entonces: "Bien has respondido. Haz eso y vivirás". Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: "Y ¿quién es mi prójimo?"

 

Jesús respondió: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.

 

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" El dijo: "El que practicó la misericordia con él". Díjole Jesús: "Vete y haz tú lo mismo".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Y ¿quién es mi prójimo?» Este Domingo el Señor Jesús tiene la delicadeza de responder, con una de las más bellas parábolas de todo el Evangelio, la pregunta que un huidizo legista le hace acerca del amor al prójimo. La pregunta hecha por el legista es acerca de la «vida eterna» es, curiosamente, la misma pregunta que le hace el «joven rico». La respuesta ya la podemos vislumbrar en la Primera lectura que nos habla acerca de la Palabra de Dios inscrita en nuestro corazón y que «se deja ver en la inteligencia a través de sus obras...de forma que no hay disculpa» (Rom 1, 20) para seguir los mandamientos de Dios. Toda creación, toda ley; todas las cosas tienen en Jesucristo su plenitud. En Él podremos encontrar la luz y la seguridad que necesitamos para entendernos plenamente.

 

La ley en el corazón y en la boca

 

La Primera Lectura es un fragmento del discurso de Moisés al final de la peregrinación por el desierto a punto de cruzar el Jordán. Todo el discurso es una viva exhortación al cumplimiento de la Alianza con Dios, renovada en la llanura del país de Moab (ver Deut. 29). La observancia de la ley no es imposible, pues no se trata de un código extraño y lejano, sino del mandamiento que Dios mismo ha escrito en el corazón de todos los hombres y que se manifiesta en la conciencia moral. «Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

 

Es la ley interior como nos recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo»[1].

 

El Primogénito de toda la creación...

 

En la Segunda Lectura tenemos un denso resumen de la cristología de San Pablo (ver también Flp 2,6-11). El apóstol de los gentiles escribe  a los fieles de Colosas, ciudad de Frigia, en el Asia Menor (hoy Turquía), durante su custodia militar en Roma (alrededor de los años 61-63). Toda la carta se centra en la afirmación de la supremacía de Cristo sobre las potencias cósmicas (eones o demiurgos[2]) a los que rendían pleitesía al sincretismo de las religiones mistéricas, influenciados por el mundo helenista. Todo esto tenía desorientados a los colosenses que eran de origen griego y pagano en su gran mayoría. Por el sacrificio redentor del Hijo; el Padre reconcilia consigo al hombre y a toda la creación de manera tal que todo es nuevamente creado en Él por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 12ss. Ap 21, 1)

 

Se levantó un legista para ponerlo a prueba...

 

El Evangelio de hoy pone en evidencia este problema planteado por un legista: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Un «legista» era un especialista en la ley judía, y un convencido de que esa ley fue dada por Dios como el medio para alcanzar la felicidad, es decir la vida eterna. «Y ahora Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que... guardes los mandamientos de Yahveh y sus pre­ceptos... para que seas feliz?» (ver Dt 10,12-13). Los legistas o maestros de la Ley, también conocidos como escribas, eran llamados de «Rabbí»[3]. Eran hombres que consagraban toda su vida a estudiar, a conservar la Ley y a transmitirla con toda exactitud buscando aplicarla con toda minuciosidad.

 

Los rabinos del tiempo de Jesucristo señalaban en la ley de Moisés 613 preceptos, agrupados en 248 positivos y 365 negativos. No eran raras entre ellos las disputas sobre cuál de todos estos preceptos era el más importante. Al reconocer a Jesús como «Maestro», sin duda debía tener una postura propia sobre el punto más central: «¿qué se debe hacer para heredar vida eterna?». El legista quiere conocer la sabiduría del Maestro, por eso su pregunta tiene el objetivo de «ponerlo a prueba». Jesús ciertamente tiene una postura ante la ley. Él también concuerda en que la ley es el medio dado por Dios para alcanzar la felicidad. Por eso responde: «¿Qué está escrito en la Ley?». A una persona sencilla e interesada Jesús le habría respondido directamente, pero a un especialista en la ley que debe saber los preceptos le responde con una pregunta. Y este legista ciertamente lo sabía ya que su respuesta fue plenamente aprobada por Jesús «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»... se entiende: «tendrás vida eterna».

 

La parábola sobre la misericordia divina

 

Respecto a la primera parte de la respuesta de Jesús que se refiere al amor a Dios, no hay discusión. Respecto a la segunda parte de su respuesta, el legista pone a Jesús ante un real problema de interpretación: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús responde proponiendo la hermosa parábola del «buen samaritano». Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasó por allí un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo; pasó un levita y, al verlo, dio un rodeo. Pasó por allí un samaritano y al verlo, tuvo compasión. La identidad o condición del hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, permanece en el anonimato, sin embargo, por el objetivo didáctico de la parábola, es probable que el Señor estuviera indicando que se trata de un judío y más aún, de un sacerdote o un levita.

 

Veamos algunos detalles para poder entender mejor esta parábola. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Unos 24 kilómetros de camino separaban a Jerusalén de Jericó, camino de «bajada», puesto que Jericó se ubica 1000 metros más abajo. Desde el octavo kilómetro hasta casi llegar a las puertas de Jericó; el paraje se vuelve desértico, las muchas montañas y lugares escarpados hicieron de esta zona un lugar ideal para los ladrones de caminos, que podían emboscar fácilmente a los peregrinos y huir sin más. Sin embargo, aunque sumamente inseguro, este camino era muy transitado: desde Jerusalén no había otro modo de llegar a Jericó o la Transjordania.

 

¿Quiénes eran los sacerdotes y los levitas? Bajo la dirección del Sumo Sacerdote oficiaban el culto en el Templo de Jerusalén los descendientes de la tribu de Leví, divididos en las dos antiguas categorías de sacerdotes y de simples levitas. Los sacerdotes ejercían las funciones litúrgicas ordinarias, ya las del culto público oficial, ya las especialmente solicitadas por particulares. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones, estando generalmente encargados de los servicios secundarios del Templo. Los sacerdotes se dividían en 24 clases, que se turnaban por semanas en los servicios del Templo. La mayoría de los sacerdotes residían en la propia Jerusalén o en sus contornos, pero algunos habitaban en aldeas bastante distantes, a las que regresaban terminado su turno de servicio en Jerusalén. ¿Y los samaritanos...quiénes eran?

 

 En aquellos tiempos, mientras Judea y su capital, Jerusalén, representaban el auténtico bastión del judaísmo, Samaría significaba un rotundo contraste étnico y religioso. Los samaritanos, en efecto, descendían de los colonos asiáticos importados a aquellas regiones por los asirios hacia fines del siglo VIII a. C., los cuales se habían mezclado con los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera en subs­tancia idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo; se fue purificando sucesivamente, y al declinar el siglo IV a. C. los samaritanos ya tenían su propio templo construido sobre el monte Garizim. Para ellos, natural­mente, era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahvé; por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se conside­raban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y con­tinuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Sa­maria era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y Judea en el sur.  


¿Por qué el sacerdote y el levita dieron un rodeo?

 

Ante la posibilidad de que el hombre que yacía malherido estuviese muerto: la ley mosaica (ver Nm 19,16) establece una demarcación absoluta entre el reino de la muerte y el reino de la vida. Esto se da también en lo que se refiere al culto, a las cosas de Dios: Los muertos no conocen ni ven nada, con ellos Dios ya no trata por tanto, el que directa o indirectamente entra en contacto con los muertos «se hace impuro», esto es, se halla separado de Dios. Lo mismo dígase de tocar sangre humana: al curar heridas expuestas, se harían impuros al menor contacto con la sangre del herido.

 

Así, pues, en el caso de que estuviese muerto o no, el sacerdote y el levita, luego de una agotadora semana en el templo, probablemente no querían contraer impureza alguna para luego tener que pasar por los largos y exigentes rituales de purificación, o acaso, como hombres dedicados al servicio de Dios, simplemente no querían caer en impureza legal para verse separados de Dios. Si es éste el caso, lo que los separa de Dios es contradictoriamente su apego a la legalidad y su incapacidad para vivir la misericordia con el prójimo.

 

El buen samaritano

 

Es conmovedor ver todo lo que hizo el samaritano por el hombre herido: «acercándose, vendó sus heridas...; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». Estamos tentados de exclamar: ¡Es excesivo! El samaritano atiende al herido con sus propias manos; pero además ¡con su dinero! Y hay que considerar que se trataba de un desconocido y, además, judío y que «los judíos no hablaban con los samaritanos» (Jn 4,9) como ya hemos visto. Se puede decir que este samaritano amó a ese hombre «como a sí mismo».

 

En efecto, no habría puesto mayor solicitud en curar sus propias heridas ni habría gastado más dinero en su propio cuidado. La pregunta que Jesús le hace al legista sobre el prójimo es recíproca, es decir equivale a: ¿quién consideró al herido como su prójimo? Al legista no le queda otra salida que decir: el samaritano. Pero se resiste a reconocerlo, por los motivos indicados más arriba, y responde: «el que practicó la misericordia con él». Jesús concluye lo mismo que le había dicho antes: «Vete y haz tú lo mismo». Se entiende: haciendo eso mismo heredarás la vida eterna.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«El Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea… es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que «se conmueve» ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno.

 

Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre... el que ofrece ayuda en el sufrimiento... en ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio «yo», abriendo ese «yo» al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede «encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo».

Juan Pablo II, Carta Encíclica Salvifici doloris, 28.

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos», nos dice Tomas Merthon. ¿De qué manera vivo esta realidad? ¿Cómo vivo el amor al prójimo y a mí mismo? 

 

2. El amor a Dios se manifiesta entonces en el servicio que se hace concreto en el rostro también concreto del hermano que sufre, del que - en cuerpo, alma o espíritu - necesita de nuestra caridad. Este es el camino seguro para la vida eterna. Busquemos esta semana vivir la caridad y el amor solidario con el prójimo.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1503- 1504. 2447-2448.



[1] Gaudium et spes, 16.

[2] Demiurgo. Del griego demos: pueblo, y ergón: trabajo. Quien trabaja para el pueblo, el artesano. En la cosmología de Platón y los alejandrinos, el dios creador o el artesano divino que crea el mundo. Se trata de un dios malo o ignorante que, al crear, provoca un desastre cósmico, ya que atrapa en la materia el elemento divino que sale del verdadero Dios.    

[3] Rabbí: derivado el verbo rahab que significaba «ser grande». Luego se les llamará «rabinos».

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{Meditación Dominical} Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

Domingo de la Semana 15ª del Tiempo Ordinario. Ciclo C

«Bien has respondido. Haz eso y vivirás»

 

Lectura del libro del Deuteronomio 30, 10-14

 

«Si tú escuchas la voz de Yahveh tu Dios guardando sus mandamientos y sus preceptos, lo que está escrito en el libro de esta Ley, si te conviertes a Yahveh tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma. Porque estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance.

 

No están en el cielo, para que hayas de decir: "¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: "¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?" Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica.»

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Colosenses 1, 15-20

 

«El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación,  porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él,  él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia.  El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo, pues Dios tuvo a bien hacer residir en él toda la Plenitud,  y reconciliar por él y para él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos.»

 

Lectura del Santo Evangelio según San Lucas 10, 25-37

 

«Se levantó un legista, y dijo para ponerle a prueba: "Maestro, ¿que he de hacer para tener en herencia vida eterna?" El le dijo: "¿Qué está escrito en la Ley? ¿Cómo lees?" Respondió: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo". Díjole entonces: "Bien has respondido. Haz eso y vivirás". Pero él, queriendo justificarse, dijo a Jesús: "Y ¿quién es mi prójimo?"

 

Jesús respondió: "Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de salteadores, que, después de despojarle y golpearle, se fueron dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión; y, acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y montándole sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él.

 

Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: "Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva." ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?" El dijo: "El que practicó la misericordia con él". Díjole Jesús: "Vete y haz tú lo mismo".»

 

Pautas para la reflexión personal  

 

El vínculo entre las lecturas

 

«Y ¿quién es mi prójimo?» Este Domingo el Señor Jesús tiene la delicadeza de responder, con una de las más bellas parábolas de todo el Evangelio, la pregunta que un huidizo legista le hace acerca del amor al prójimo. La pregunta hecha por el legista es acerca de la «vida eterna» es, curiosamente, la misma pregunta que le hace el «joven rico». La respuesta ya la podemos vislumbrar en la Primera lectura que nos habla acerca de la Palabra de Dios inscrita en nuestro corazón y que «se deja ver en la inteligencia a través de sus obras...de forma que no hay disculpa» (Rom 1, 20) para seguir los mandamientos de Dios. Toda creación, toda ley; todas las cosas tienen en Jesucristo su plenitud. En Él podremos encontrar la luz y la seguridad que necesitamos para entendernos plenamente.

 

La ley en el corazón y en la boca

 

La Primera Lectura es un fragmento del discurso de Moisés al final de la peregrinación por el desierto a punto de cruzar el Jordán. Todo el discurso es una viva exhortación al cumplimiento de la Alianza con Dios, renovada en la llanura del país de Moab (ver Deut. 29). La observancia de la ley no es imposible, pues no se trata de un código extraño y lejano, sino del mandamiento que Dios mismo ha escrito en el corazón de todos los hombres y que se manifiesta en la conciencia moral. «Sino que ésta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días - oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Jer 31,33).

 

Es la ley interior como nos recuerda bellamente el Concilio Vaticano II: «En lo más profundo de su conciencia descubre el hombre la existencia de una ley que él no se dicta a sí mismo, pero a la cual debe obedecer, y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, advirtiéndole que debe amar y practicar el bien y que debe evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia consiste la dignidad humana y por la cual será juzgado personalmente. La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla. Es la conciencia la que de modo admirable da a conocer esa ley cuyo cumplimiento consiste en el amor de Dios y del prójimo»[1].

 

El Primogénito de toda la creación...

 

En la Segunda Lectura tenemos un denso resumen de la cristología de San Pablo (ver también Flp 2,6-11). El apóstol de los gentiles escribe  a los fieles de Colosas, ciudad de Frigia, en el Asia Menor (hoy Turquía), durante su custodia militar en Roma (alrededor de los años 61-63). Toda la carta se centra en la afirmación de la supremacía de Cristo sobre las potencias cósmicas (eones o demiurgos[2]) a los que rendían pleitesía al sincretismo de las religiones mistéricas, influenciados por el mundo helenista. Todo esto tenía desorientados a los colosenses que eran de origen griego y pagano en su gran mayoría. Por el sacrificio redentor del Hijo; el Padre reconcilia consigo al hombre y a toda la creación de manera tal que todo es nuevamente creado en Él por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 12ss. Ap 21, 1)

 

Se levantó un legista para ponerlo a prueba...

 

El Evangelio de hoy pone en evidencia este problema planteado por un legista: «Maestro, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?». Un «legista» era un especialista en la ley judía, y un convencido de que esa ley fue dada por Dios como el medio para alcanzar la felicidad, es decir la vida eterna. «Y ahora Israel, ¿qué te pide tu Dios, sino que... guardes los mandamientos de Yahveh y sus pre­ceptos... para que seas feliz?» (ver Dt 10,12-13). Los legistas o maestros de la Ley, también conocidos como escribas, eran llamados de «Rabbí»[3]. Eran hombres que consagraban toda su vida a estudiar, a conservar la Ley y a transmitirla con toda exactitud buscando aplicarla con toda minuciosidad.

 

Los rabinos del tiempo de Jesucristo señalaban en la ley de Moisés 613 preceptos, agrupados en 248 positivos y 365 negativos. No eran raras entre ellos las disputas sobre cuál de todos estos preceptos era el más importante. Al reconocer a Jesús como «Maestro», sin duda debía tener una postura propia sobre el punto más central: «¿qué se debe hacer para heredar vida eterna?». El legista quiere conocer la sabiduría del Maestro, por eso su pregunta tiene el objetivo de «ponerlo a prueba». Jesús ciertamente tiene una postura ante la ley. Él también concuerda en que la ley es el medio dado por Dios para alcanzar la felicidad. Por eso responde: «¿Qué está escrito en la Ley?». A una persona sencilla e interesada Jesús le habría respondido directamente, pero a un especialista en la ley que debe saber los preceptos le responde con una pregunta. Y este legista ciertamente lo sabía ya que su respuesta fue plenamente aprobada por Jesús «Bien has respondido. Haz eso y vivirás»... se entiende: «tendrás vida eterna».

 

La parábola sobre la misericordia divina

 

Respecto a la primera parte de la respuesta de Jesús que se refiere al amor a Dios, no hay discusión. Respecto a la segunda parte de su respuesta, el legista pone a Jesús ante un real problema de interpretación: «¿Quién es mi prójimo?». Jesús responde proponiendo la hermosa parábola del «buen samaritano». Un hombre que bajaba de Jerusalén a Jericó fue asaltado en el camino y dejado medio muerto. Pasó por allí un sacerdote y, al verlo, dio un rodeo; pasó un levita y, al verlo, dio un rodeo. Pasó por allí un samaritano y al verlo, tuvo compasión. La identidad o condición del hombre, que bajaba de Jerusalén a Jericó, permanece en el anonimato, sin embargo, por el objetivo didáctico de la parábola, es probable que el Señor estuviera indicando que se trata de un judío y más aún, de un sacerdote o un levita.

 

Veamos algunos detalles para poder entender mejor esta parábola. «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó...». Unos 24 kilómetros de camino separaban a Jerusalén de Jericó, camino de «bajada», puesto que Jericó se ubica 1000 metros más abajo. Desde el octavo kilómetro hasta casi llegar a las puertas de Jericó; el paraje se vuelve desértico, las muchas montañas y lugares escarpados hicieron de esta zona un lugar ideal para los ladrones de caminos, que podían emboscar fácilmente a los peregrinos y huir sin más. Sin embargo, aunque sumamente inseguro, este camino era muy transitado: desde Jerusalén no había otro modo de llegar a Jericó o la Transjordania.

 

¿Quiénes eran los sacerdotes y los levitas? Bajo la dirección del Sumo Sacerdote oficiaban el culto en el Templo de Jerusalén los descendientes de la tribu de Leví, divididos en las dos antiguas categorías de sacerdotes y de simples levitas. Los sacerdotes ejercían las funciones litúrgicas ordinarias, ya las del culto público oficial, ya las especialmente solicitadas por particulares. Los levitas ayudaban a los sacerdotes en la preparación y realización de sus funciones, estando generalmente encargados de los servicios secundarios del Templo. Los sacerdotes se dividían en 24 clases, que se turnaban por semanas en los servicios del Templo. La mayoría de los sacerdotes residían en la propia Jerusalén o en sus contornos, pero algunos habitaban en aldeas bastante distantes, a las que regresaban terminado su turno de servicio en Jerusalén. ¿Y los samaritanos...quiénes eran?

 

 En aquellos tiempos, mientras Judea y su capital, Jerusalén, representaban el auténtico bastión del judaísmo, Samaría significaba un rotundo contraste étnico y religioso. Los samaritanos, en efecto, descendían de los colonos asiáticos importados a aquellas regiones por los asirios hacia fines del siglo VIII a. C., los cuales se habían mezclado con los israelitas que quedaron allí. Su religión, que al principio fuera en subs­tancia idolátrica, con una leve tintura de yahveísmo; se fue purificando sucesivamente, y al declinar el siglo IV a. C. los samaritanos ya tenían su propio templo construido sobre el monte Garizim. Para ellos, natural­mente, era el único lugar donde se rendía culto auténtico al Dios Yahvé; por contraposición al templo judío de Jerusalén, y se conside­raban como los genuinos descendientes de los antiguos patriarcas hebreos y los verdaderos depositarios de su fe religiosa. De aquí las rabiosas y con­tinuas hostilidades entre samaritanos y judíos, tanto más cuanto que Sa­maria era lugar de tránsito forzoso entre la septentrional Galilea y Judea en el sur.  


¿Por qué el sacerdote y el levita dieron un rodeo?

 

Ante la posibilidad de que el hombre que yacía malherido estuviese muerto: la ley mosaica (ver Nm 19,16) establece una demarcación absoluta entre el reino de la muerte y el reino de la vida. Esto se da también en lo que se refiere al culto, a las cosas de Dios: Los muertos no conocen ni ven nada, con ellos Dios ya no trata por tanto, el que directa o indirectamente entra en contacto con los muertos «se hace impuro», esto es, se halla separado de Dios. Lo mismo dígase de tocar sangre humana: al curar heridas expuestas, se harían impuros al menor contacto con la sangre del herido.

 

Así, pues, en el caso de que estuviese muerto o no, el sacerdote y el levita, luego de una agotadora semana en el templo, probablemente no querían contraer impureza alguna para luego tener que pasar por los largos y exigentes rituales de purificación, o acaso, como hombres dedicados al servicio de Dios, simplemente no querían caer en impureza legal para verse separados de Dios. Si es éste el caso, lo que los separa de Dios es contradictoriamente su apego a la legalidad y su incapacidad para vivir la misericordia con el prójimo.

 

El buen samaritano

 

Es conmovedor ver todo lo que hizo el samaritano por el hombre herido: «acercándose, vendó sus heridas...; y montándolo sobre su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacando dos denarios, se los dio al posadero y dijo: Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva». Estamos tentados de exclamar: ¡Es excesivo! El samaritano atiende al herido con sus propias manos; pero además ¡con su dinero! Y hay que considerar que se trataba de un desconocido y, además, judío y que «los judíos no hablaban con los samaritanos» (Jn 4,9) como ya hemos visto. Se puede decir que este samaritano amó a ese hombre «como a sí mismo».

 

En efecto, no habría puesto mayor solicitud en curar sus propias heridas ni habría gastado más dinero en su propio cuidado. La pregunta que Jesús le hace al legista sobre el prójimo es recíproca, es decir equivale a: ¿quién consideró al herido como su prójimo? Al legista no le queda otra salida que decir: el samaritano. Pero se resiste a reconocerlo, por los motivos indicados más arriba, y responde: «el que practicó la misericordia con él». Jesús concluye lo mismo que le había dicho antes: «Vete y haz tú lo mismo». Se entiende: haciendo eso mismo heredarás la vida eterna.

 

Una palabra del Santo Padre:

 

«El Buen samaritano es todo hombre, que se para junto al sufrimiento de otro hombre de cualquier género que ése sea… es todo hombre sensible al sufrimiento ajeno, el hombre que «se conmueve» ante la desgracia del prójimo. Si Cristo, conocedor del interior del hombre, subraya esta conmoción, quiere decir que es importante para toda nuestra actitud frente al sufrimiento ajeno.

 

Por lo tanto, es necesario cultivar en sí mismo esta sensibilidad del corazón, que testimonia la compasión hacia el que sufre. A veces esta compasión es la única o principal manifestación de nuestro amor y de nuestra solidaridad hacia el hombre que sufre... el que ofrece ayuda en el sufrimiento... en ella pone todo su corazón y no ahorra ni siquiera medios materiales. Se puede afirmar que se da a sí mismo, su propio «yo», abriendo ese «yo» al otro. Tocamos aquí uno de los puntos clave de toda la antropología cristiana. El hombre no puede «encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás». Buen Samaritano es el hombre capaz precisamente de ese don de sí mismo».

Juan Pablo II, Carta Encíclica Salvifici doloris, 28.

 

 

 

Vivamos nuestro Domingo a lo largo de la semana. 

 

1. «No podemos amarnos a nosotros mismos si no amamos a los otros; y no podemos amar a otros si no nos amamos a nosotros mismos», nos dice Tomas Merthon. ¿De qué manera vivo esta realidad? ¿Cómo vivo el amor al prójimo y a mí mismo? 

 

2. El amor a Dios se manifiesta entonces en el servicio que se hace concreto en el rostro también concreto del hermano que sufre, del que - en cuerpo, alma o espíritu - necesita de nuestra caridad. Este es el camino seguro para la vida eterna. Busquemos esta semana vivir la caridad y el amor solidario con el prójimo.

 

3. Leamos en el Catecismo de la Iglesia Católica los numerales: 1503- 1504. 2447-2448.



[1] Gaudium et spes, 16.

[2] Demiurgo. Del griego demos: pueblo, y ergón: trabajo. Quien trabaja para el pueblo, el artesano. En la cosmología de Platón y los alejandrinos, el dios creador o el artesano divino que crea el mundo. Se trata de un dios malo o ignorante que, al crear, provoca un desastre cósmico, ya que atrapa en la materia el elemento divino que sale del verdadero Dios.    

[3] Rabbí: derivado el verbo rahab que significaba «ser grande». Luego se les llamará «rabinos».

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